Los escaparates parecían rebosar. En la calle Saint-Sauveur, en la calle Saint-Germain-l’Auxerrois y más tarde en la calle Sedaine, las tiendas de Antonio Malato ofrecían a los proveedores el tranquilizador espectáculo de un comercio en plena actividad: panes de azúcar, velas, cajas de provisiones, terrinas y toneles alineados como los signos habituales de un próspero ultramarinos. El acta de acusación leída ante la Audiencia de lo Criminal del Sena describía, sin embargo, un decorado falaz. Los panes de azúcar y las velas expuestos eran de yeso; las cajas cerradas no contenían nada; las terrinas, cuidadosamente tapadas, estaban vacías; en un gran tonel que aparentaba estar colmado de ciruelas pasas, tan solo una capa superficial mantenía la ilusión. Varias casas de comercio habían concedido entregas a crédito, creyendo abastecer a un negociante, mientras que los géneros se revendían al contado y con pérdidas.
El 24 de agosto de 1874, cuatro personas comparecieron ante el tribunal de lo criminal del Sena: Antonio Malato, llamado de Corneto, su esposa Marie-Louise Hanneguin, Émile Salomon y Armand-Marie-Antoine Hanneguin. La crónica sitúa la vista bajo la presidencia del señor Thévenin. El fiscal general Hémar ocupaba el estrado del ministerio público; los letrados defensores mencionados eran Demange, Joumar, Strauss y Pougy. La lista señala al tercer procesado como Émile Salomon; más adelante, el acta alude a «la muchacha Salomon», su cajera, sin aclarar dicha discrepancia. El secretario Blondeau dio lectura al auto que exponía la concatenación de hechos imputados al principal encausado y a quienes la instrucción señalaba como sus cómplices.
Malato había nacido en Sicilia en 1824. Conforme al sumario, afirmaba haber ejercido allí la abogacía. En 1853 había contraído matrimonio en Toul con Louise-Marie-Octavie Hanneguin. Tras sufrir reveses comerciales en Meurthe y Mosela, se trasladó a París para dedicarse a la venta de naranjas y productos de Italia. Una primera quiebra fue declarada en 1860, en circunstancias que la acusación calificó de desastrosas para sus acreedores. El mismo auto recordaba su pasado político: agente de negocios en el distrito del Panteón, habría servido como capitán en las filas de la insurrección de la Comuna, antes de ser objeto de un decreto de expulsión y condenado en rebeldía a reclusión en recinto fortificado. Sustraído a la acción de la justicia, había vivido bajo nombre supuesto.
En 1873, según el relato judicial, Malato reanudó sus actividades mercantiles en París. El 13 de octubre pasó a ser titular de un colmado en el número 30 de la calle Saint-Sauveur. Poco después abrió un segundo establecimiento en el 73 de la calle Saint-Germain-l’Auxerrois; el 29 de diciembre se instaló en un tercer local, en el número 39 de la calle Sedaine. Fue esta multiplicación de domicilios, unida a la aparente abundancia de los almacenes, lo que inspiró confianza a las casas que despachaban a plazos. La acusación sostenía que las existencias a la vista no eran más que simulacros y que las partidas recibidas se revendían de inmediato, a menudo con pérdidas, para transformar el crédito de los proveedores en dinero líquido.
El acta sitúa el desenlace a finales de enero de 1874. Consigna que, el 25 de enero, Malato se vio en la imposibilidad de satisfacer una letra de cambio girada por los tres hermanos Vallach, proveedores suyos, resolviendo entonces darse a la fuga. Añade no obstante que dicha partida había sido concertada desde el día 24 con su mujer y con la muchacha Salomon, su cajera: ambas fechas próximas son las consignadas en la crónica judicial. El 28 de enero, los tres se alojaron bajo falsas identidades en una modesta vivienda de la calle Renouard. El auto enumera los nombres de Charles Antoine, Marie de Farge, esposa de Antoine, y Annette de Farge, presentada como hermana de la anterior; filiaciones fingidas que emborronaban los vínculos entre los tres y sus comercios.
Antes de la marcha se habían puesto a recaudo diversos efectos. El auto atribuye a Malato, auxiliado por la joven Salomon y por Armand Hanneguin, la ocultación de un reloj de sobremesa, candelabros y otros enseres a los que profesaba un aprecio singular. Malato habría regresado después a sus establecimientos para apoderarse del numerario de las cajas. Armand Hanneguin, pariente suyo, quedó encargado de la custodia de los tres locales. La acusación le reprochaba haber liquidado cierta cantidad de mercancías y entregado su importe al reo principal en cumplimiento de acuerdos previos; añadía que también había sustraído sacos de sémola y lentejas. La tesis fiscal hacía hincapié en que, al acudir los acreedores a cobrar, Hanneguin bien sabía que no debía disponer de fondo alguno.
La quiebra de Malato fue declarada el 13 de febrero por el tribunal de comercio del Sena. El descubierto, de difícil cómputo dada la insuficiencia de los libros contables, se estimó en unos 56 000 francos. El acta distinguía las pérdidas derivadas de operaciones ruinosas de aquellas imputables a malversaciones y desvíos, tasados por un perito en no menos de 13 000 francos. Estas cifras medían conceptos distintos: la primera correspondía al déficit total comprobado; la segunda, al monto mínimo atribuido a maniobras fraudulentas. La joven Salomon fue interceptada cuando se dirigía a consultar a un abogado. Llevaba 300 francos escondidos bajo las ropas, contra el pecho; casi de inmediato prestó declaración con confesiones que, a juicio del ministerio público, comprometían gravemente a sus coprocesados.
Las pesquisas condujeron después a diversos paraderos y a sumas ocultas. Tras el arresto de la cajera, el matrimonio Malato mudó de domicilio para refugiarse bajo el patronímico de los esposos Detroyes en el número 4 de la calle Debrousse. Marie-Louise Hanneguin fue detenida allí el 15 de febrero. El registro permitió incautar 400 francos, dos pagarés suscritos por un tal Colas y piezas de mobiliario que la instrucción vinculaba a las sustracciones de enero. El 19 de febrero se descubrieron 5 000 francos ocultos dentro de un frasco de polvos de arroz. Una nueva diligencia domiciliaria, practicada el 26 de febrero, sacó a la luz otros 4 000 francos en billetes cosidos al forro de un vestido. Estos hallazgos trazaban un itinerario de escondrijos, si bien su mera posesión no bastaba por sí sola para esclarecer el grado de culpa de cada cual: tal era precisamente el objeto de la acusación y de los debates.
Malato no fue arrestado hasta el 19 de marzo en Levallois-Perret. Tras una breve estancia en Bélgica, había regresado a París, agotados sus recursos, y presuntamente intentó entrar en su antiguo alojamiento para recuperar los 5 000 francos que creía a salvo de los registros. En el plenario admitió haber quebrado en 1860 y haber sido condenado en rebeldía por su participación en los sucesos insurreccionales de la Comuna. Negó, empero, haber ejercido la abogacía en Sicilia. Explicó que se había ocultado y luego salido de Francia por saberse perseguido por dicha causa política, defendiéndose con energía de los cargos del sumario.
Los demás acusados proclamaron asimismo su inocencia. Alegaron que su conducta vino determinada por la precaria situación de Malato, acosado y sujeto desde 1872 a una orden de expulsión, e invocaron su buena fe. La crónica recoge la declaración del comisario de policía Bérillon y de otros testigos propuestos tanto por la fiscalía como por la defensa, sin reproducir íntegramente sus palabras. El fiscal general Hémar interesó la condena de los cuatro acusados, sin pronunciarse respecto a circunstancias atenuantes para ninguno de ellos. El letrado Pougy asumió la defensa de Armand Hanneguin y solicitó su absolución. A las seis menos cinco se levantó la sesión, aplazándose la vista para el día siguiente con el fin de escuchar a los defensores de los restantes inculpados. La crónica concluye en este punto: consigna una acusación, los descargos y una petición de condena, mas no el veredicto ulterior.
