Tres zanahorias vaciadas, un paquete de pólvora y seis táleros: en julio de 1804, en Varsovia, la trama de una conspiración contra Luis XVIII se reduce a unos efectos que nadie vio entregar a los pretendidos conjurados. Jean Coulon, encargado de un billar y de un café frecuentado por la servidumbre de la casa real, lleva estas piezas a su antiguo amo. Sostiene que ha sido captado para deslizar veneno en la sopa del monarca. En 1857, el Pitaval relata el suceso volviendo contra los emigrados las mismas acusaciones que estos habían esgrimido contra Napoleón.
Conviene detenerse primero ante semejante distancia temporal. El texto titulado «Las zanahorias envenenadas», publicado en el Nuevo Pitaval en 1857, no es un sumario judicial íntegro ni una narración imparcial. Condensa declaraciones procesales, cita autos y los envuelve en vigorosos comentarios políticos. La existencia de un complot contra la familia Borbón no queda acreditada en esta relación: la instancia judicial reseñada al término de las pesquisas dictaminó, por el contrario, que la delación de Coulon era falsa. Lo que permanece en penumbra, a tenor del mismo escrito, es la posibilidad de que allegados a la corte sacaran provecho de semejante invención para sus fines políticos.
Varsovia es por entonces una escala del destierro. Luis XVIII, bajo el nombre de conde de l’Isle, reside en la ciudad prusiana rodeado de una pequeña corte, criados, oficiales y eclesiásticos. En agosto, el London Courier propala una historia sobrecogedora: emisarios de Bonaparte habrían intentado atentar contra el rey y varios miembros de su linaje arrojando zanahorias envenenadas a una marmita. Su corresponsal adjudica el papel de corruptor a un agente francés, Boyer, presentado como el ejecutor de un designio imperial. El artículo no refiere el hallazgo de unos instructores independientes; pone en circulación una imputación política.
Una segunda entrega da cuenta del enojo de Berlín, de los ultrajes padecidos por el representante galo y del proceder de Coulon, a quien se atribuye el descubrimiento de la maquinación. Al leer estas noticias, la certeza parece sentada antes de que la justicia haya tomado declaración a los señalados. El Pitaval, no obstante, desvela el origen de tales sueltos: según sus conclusiones, fueron ciertos emigrados del círculo borbónico quienes procuraron su inserción en el diario londinense. Este extremo se presenta como una confesión tardía de un mandatario de la corte, mas la obra de 1857 sigue siendo la fuente que nos lo transmite; importa, por ende, no confundir su relación de los documentos con su interpretación de los designios.
El escenario se traslada a las autoridades prusianas. El conde d’Avaray acude ante el presidente Hoym y da a entender de entrada que varios franceses y una docena de polacos atentan contra la vida del rey. No precisa de inmediato lo que sabe. Más tarde, alude a un modesto comerciante de billares, Coulon, a quien habrían citado en Nowawies para entregarle ponzoña. Hoym alberga dudas. La reunión ya habría concluido para cuando pudiera destacar a sus agentes; desconoce el paradero de Coulon y no puede mandar prender a unos desconocidos basándose en un testimonio aún nebuloso.
D’Avaray regresa con un memorial y, más adelante, con un fardo que presenta a Hoym asegurando que contiene de diez a doce zanahorias tiernas recibidas por Coulon de manos forasteras. El presidente rehúsa sellar un escrito que da por sentada de antemano su procedencia: nada permite entonces comprobar que Coulon las obtuviera de los hombres descritos. Esta divergencia cobrará peso en lo sucesivo: Coulon sostendrá no haber recibido más que tres, y el atestado del 26 de julio somete a examen tres zanahorias y un frasco de licor. Cuatro peritos, según la crónica, dictaminan la presencia de arsénico en las hortalizas. Este resultado, de haberse consignado fielmente, fija la composición de los efectos examinados. No demuestra quién los preparó, ni que fueran entregados por conjurados, ni que su destino fuera la cocina regia.
La cronología misma se enturbia a través de las versiones. La relación de Beauchamp, extractada por el Pitaval, ofrece una dramatización en la que los desconocidos atraen a Coulon extramuros, le entregan el paquete y le prometen cuatrocientos luises de oro. En las declaraciones agregadas al sumario, Coulon cuenta al principio que le propusieron verter una sustancia en la sopa, para luego describir varios encuentros, una botella destinada a infundirle brío, amenazas y una evasión concertada hacia Francia. Los pormenores mudan: un pañuelo oculto al pie de un árbol, el paraje de una cita, el número de zanahorias y las sumas prometidas entran y salen de sus testimonios.
La sospecha inicial adopta un cariz doméstico. Tras la marcha de la corte, la esposa de Coulon es arrestada a raíz de un rumor según el cual habría procurado veneno en una tienda de ultramarinos. Reconoce haber solicitado un polvo, mas asegura que pretendía exterminar ratas y ratones, sin noticia de su marido. Este admite haber encomendado la compra a su cónyuge. Proporciona entonces una explicación: los desconocidos habrían reclamado en un principio un producto raticida, para sustituir luego dicho encargo por una ponzoña destinada al monarca. Con todo, la fábula carece de asiento. Coulon reconoce que los efectos y el fardo que dice haber recibido no figuraban en las fases preliminares de su declaración del modo en que lo pretende después.
Interrogado por la magistratura prusiana, vira en redondo. Confiesa haber urdido el atentado para granjearse una gratificación en un instante en que la marcha del rey ponía en jaque sus negocios. Habría manufacturado las zanahorias él mismo, vaciándolas con una cuchara y una vara, antes de introducir en ellas el arsénico adquirido en la botica. Aclara asimismo que el pañuelo escondido en Nowawies no era sino una tramoya concebida para dotar de verosimilitud a su patraña. Semejante retractación no zanja la causa: Coulon retorna luego a su primera inculpación, la recarga con nuevos lances y acusa a ciertos cortesanos de haber guiado su conducta y de haber buscado hacer público el lance.
A cada una de estas versiones va aparejada una recompensa, una fuga o una pensión. Coulon esgrime sumas considerables, si bien las cifras bailan. Declara primero que unos forasteros le brindaron cuatrocientos luises; más tarde, alude a un premio esperado de cien ducados por su delación. Afirma que su antiguo señor, el barón de Milleville, le prometió una renta vitalicia; el Pitaval evoca asimismo la entrega de treinta y cinco ducados en el instante preciso en que se asienta por escrito su primera declaración. Son manifestaciones e indicios cuyo alcance sigue en disputa, no la prueba fehaciente, por sí solos, de una conjura realista.
La prueba material más comprometedora para Coulon es, con arreglo a la crónica, el apero hallado en su morada. Después de haber admitido que horadó las hortalizas y procedió a su relleno, los pesquisidores descubren un palo cuya punta muestra aún vestigios amarillentos. El cronista refiere asimismo que se le conpele a reproducir la operación sobre otras zanahorias, idénticas en su traza y por el bramante que ciñe a una de ellas. Coulon se desdice luego de esta confesión material. A juicio del Pitaval, los adminículos y los bandazos del relato desbaratan la tesis del complot; no permiten deslindar, con la certidumbre de los métodos modernos, qué porción de cada testimonio encerraba verdad.
El tribunal debe juzgar, por ende, menos un conato de magnicidio que una denuncia calumniosa. Concluida la instrucción, el Kammergericht de Berlín resuelve, según el fallo condensado por el Pitaval, que Coulon, con la complicidad verosímil de individuos del séquito del conde de l’Isle, imputó falsamente a Boyer haber servido de intermediario en un plan de envenenamiento, y ello movido por el lucro. El texto expone la resolución judicial como fruto de las indagaciones; procede preservar su vocabulario de conjetura en lo tocante a los demás partícipes. Coulon es condenado a cuatro años de trabajos en fortaleza. La apelación confirma la sentencia y es conducido al presidio de Cosel.
El articulista de 1857 no se contenta con este desenlace. Fustiga a los legitimistas, acusa a varios de haber fraguado o explotado la denuncia y vincula el episodio a otras intrigas de Estado. Su libelo contra los emigrados resulta tan enconado como lo fuera el libelo contra Napoleón en las gacetas de 1804. Tal simetría no concede igual crédito a todas las hipótesis: el Kammergericht, según el Pitaval, declara mendaz la acusación de Coulon contra Boyer; el capítulo no deja constancia de un proceso seguido contra este último. La implicación formal de los dignatarios cortesanos permanece en el terreno de las sospechas del cronista y dista de constituir una verdad jurídica.
Quedan así tres zanahorias y dos relatos que pugnan por explicar su origen. En el primero, un criado de la casa real desbarata un crimen ordenado por el Emperador; en el segundo, un reo acuciado por las deudas urde una imputación mientras terceros intentan sacar partido de la infamia. La justicia zanjó la responsabilidad criminal de Coulon, no cada designio atribuido a los emigrados ni la totalidad de los móviles políticos de la época. Las zanahorias carecen de voz; el proceso, en cambio, reúne demasiadas, y cada una de ellas exige ser creída.
