El capitán William Codlin había ordenado que la chalupa permaneciera expedita y que los toletes para los remos estuviesen a punto. Thomas Cooper, marinero a bordo del bergantín Adventure, recordaba tales disposiciones porque distaban de parecerse a los preparativos habituales de una zarpada. El viernes, según refirió, el capitán le aseguró que no permanecerían cuarenta y ocho horas a bordo. El sábado, añadió que la nave no los llevaría hasta el golfo de Vizcaya. Acto seguido, lo mandó abajo a buscar con qué preparar grog.
Cooper había sido contratado como marinero raso en el Támesis. El buque descendió hasta Yarmouth, donde cargó veintidós barriles de tabaco, lencería y quince toneladas de lastre. En Deal, el segundo dejó el barco a causa de sus reumatismos; Read y otro hombre se incorporaron entonces a la tripulación. Estos cambios empañaban la delimitación de responsabilidades: no todos habían asistido a la misma partida. El destino declarado era Gibraltar y, después, Livorno. En realidad, según los testigos oídos en el Old Bailey, la travesía tenía por objeto estafar a los aseguradores. Codlin y su segundo, John Read, fueron acusados de haber barrenado el fondo de la nave frente a Brighton; dos armadores, Macfarlane y Easterby, de haber ordenado el sabotaje. El juicio se abrió el 26 de octubre de 1802 ante sir William Scott, lord Ellenborough y el barón Thompson. Se prolongó hasta la medianoche.
Cooper relató que el capitán descendió al camarote tras haberle pedido que lo relevara al timón. Un cuarto de hora después, le ordenó tomar una barrena sobre la cubierta de la cabina, levantar una trampilla y horadar dos o tres agujeros en la parte de popa del casco, tan abajo como fuera posible. Cooper afirmó haber encontrado una herramienta nueva comprada en Deal. Practicó tres agujeros con ayuda de dos barrenas y una barrena de mano, dejando los útiles clavados en la madera para contener la entrada de agua.
Antes de que se consumara el naufragio, Cooper ya había vaciado un saco de galleta para guardar sus propios efectos. A nadie dijo una palabra de la advertencia del capitán. Mientras duró la perforación, los demás hombres fueron enviados a la arboladura para acortar trapo: a su entender, solo Codlin, Read y él mismo se hallaban en condiciones de oír lo que sucedía abajo.
Subió a avisar a Codlin. El capitán le preguntó si el agua entraba en abundancia. No, respondió Cooper, las herramientas seguían obturando los agujeros. Podían permanecer así hasta que despuntara el día. Por la mañana, Cooper las retiró. El agua comenzó a penetrar, pero no con la celeridad que el capitán deseaba. Codlin le ordenó agrandar las perforaciones con una pata de cabra. Mientras el marinero ejecutaba la orden, el capitán derribó unos cofres para despejarle espacio. La bodega presentaba ya una vía que la tripulación debía tratar como una avería fortuita. Al paje de escoba, a quien de ordinario se le permitía almorzar en el camarote, se le impidió bajar allí el domingo por la mañana. Cooper refirió asimismo que solo funcionaba una bomba de achique, pese a que podía armarse una segunda; el capitán, al parecer, no solicitó el aparejo necesario.
Read dormía en la cabina, a escasos metros. Cooper aseguró que el segundo se revolvió en su litera durante el barrenado, sin pronunciar palabra. No lo vio acercarse a las hendiduras. Tras la perforación, Cooper llamó a Read por orden del capitán. El segundo subió a cubierta y volvió luego a acostarse; precisó, no obstante, que se hallaba sobre cubierta mientras se trabajaba con la pata de cabra. En el juicio, la controversia no giró únicamente en torno a quién había dañado el buque, sino a quién estaba al tanto de lo que ocurría. ¿Bastaba acaso un rumor escuchado sin mediar intervención para probar la complicidad?
Se izó la señal de socorro. La chalupa ya estaba dispuesta y la tripulación se amontonó en ella, a excepción de Codlin y Cooper. Varias embarcaciones se aproximaron y ofrecieron remolcarlos a tierra. El capitán rehusó: el buque le pertenecía en tanto se mantuviera a flote, declaró. El cúter de aduanas Swallow tomó finalmente al Adventure a remolque. El casco, escorado sobre la banda, se adrizó de pronto y zozobró. Cooper atribuyó el naufragio a los orificios que él mismo había taladrado.
En Brighton, los hombres se dirigieron a la taberna del Ship. Read le dijo a una mujer que acudió a visitarlo que lo había perdido todo y que estaba arruinado. Cuando Macfarlane y Easterby llegaron, Easterby preguntó dónde estaban los agujeros y qué dimensiones tenían. Las herramientas del barco yacían en el suelo; cotejó sus mangos con el tamaño de las perforaciones. Se dice que ordenó entonces a Cooper disponer una clavija para cegarlos si el navío encallaba en la costa. Luego tildó a Codlin de insensato: debió haber abierto el casco cerca de la costa francesa para ganar una u otra orilla en la chalupa, al abrigo del buen tiempo.
Los armadores, según Cooper, los enviaron a Londres a él y al capitán, instándolos a alojarse con discreción. Macfarlane sufragó sus pasajes en la diligencia. Cooper recibió nueve chelines de soldada y una guinea extraordinaria. Tras pasar dos noches en Londres, partió a pie hacia la casa de su madre, cerca de Saxmundham, falto de peculio y sin haber hallado nuevo embarque. Supo que la justicia lo buscaba y que se ofrecía una recompensa. Él mismo compareció ante el condestable de la aldea y refirió cuanto sabía.
Los demás marineros de la tripulación confirmaron varios extremos del relato. Morris, Kennedy, Lacy y Welsh corroboraron lo expuesto por Cooper. Storrow demostró el verdadero designio del viaje, y se presentaron las pólizas de seguros. Con todo, el jurado no imputó los mismos cargos a todos los acusados. La acusación contra Read estribaba en su cercanía a los agujeros y en lo que hubiera podido oír. Un testigo declaró que era sordo. El magistrado observó que cabía la posibilidad de que no hubiese escuchado hablar a los conjurados ni percibido la faena ejecutada en el camarote. Read fue absuelto.
Codlin, en cambio, fue hallado culpable. Los jurados declararon asimismo culpables a Macfarlane y a Easterby, pero las cuestiones de derecho esgrimidas por la defensa de Erskine obligaron a suspender la sentencia a la espera del dictamen de los doce jueces. Borrow no refiere las resultas de este punto; de ahí que no proceda presentar su condena como un fallo definitivo. Codlin escuchó su veredicto sin alterar su aparente serenidad. Read guardó compostura. Easterby miró a su alrededor con indiferencia; el rostro de Macfarlane delataba, a juicio de Borrow, una zozobra que pugnaba por contener.
Sir William Scott pronunció la pena de muerte contra el capitán. La crónica de Borrow lo describe despidiéndose con deferencia del tribunal y abrigando, hasta la medianoche anterior a su suplicio, la esperanza de que llegara un indulto. Su esposa había elevado una súplica al rey en Windsor, pese a las escasas esperanzas que él mismo abrigaba. Confesó al señor Dring los pormenores de su delito y afirmó que en Brighton le habían entregado varias guineas apremiándolo a huir.
El 27 de noviembre, Codlin salió de Newgate sobre una carreta, conducido hacia el cadalso en los muelles de Wapping. Oficiales de paz abrían la comitiva; los alguaciles y el capellán la seguían en carruaje. Llevaba una soga ceñida al cuello y a los hombros. Al cruzar la ciudad leía las oraciones de ordenanza, refiere Borrow. Al aproximarse a los muelles, la muchedumbre obstruía de tal modo el paso que fue preciso bajarlo de la carreta. Cubrió a pie el último trecho, trabados los brazos. Borrow repara en un pormenor: aún elegía los tramos menos cenagosos del camino. Subió al cadalso sin dar muestras de pavor, a decir de la crónica. Consumado el ahorcamiento, sus allegados retiraron el cadáver en una barquichuela.
