Las primeras pruebas contra James Sherwood no recaían sobre una bolsa de monedas ni sobre un caballo, sino sobre doce quesos de Gloucester sustraídos de una vivienda durante la noche. Aquel modesto botín abrió, sin embargo, una prolongada serie de acusaciones en la que tres jóvenes, encausados conjuntamente, no resultaron convictos de los mismos cargos.
James Sherwood, el mayor de ellos, era también conocido por el alias de Hobbs. Sus padres, de humilde condición, se habían esforzado en procurarle la mejor crianza a su alcance; llegado a la mocedad, entró como aprendiz con un barquero, cumplió su tiempo de servicio y luego navegó a bordo de un buque de guerra. Afirma la crónica que más tarde se mezcló con jóvenes ociosos y con mujeres a quienes describe con el severo tono de la moral de su tiempo. Al poco tiempo fue arrestado junto a sus primeros cómplices. Se convirtió en testigo contra ellos, salvando así la vida, y fue deportado fuera de Inglaterra. El texto no precisa el destino de aquel destierro. Refiere que le resultó penoso subsistir en el extranjero sin trabajar —ocupación a la que, según se dice, profesaba una viva aversión— y que aprovechó la primera ocasión para regresar a su patria.
De vuelta en el país, Sherwood reanudó sus antiguos hábitos. Tomó alojamiento en casa de Sarah Payne, a quien el autor presenta como una mujer capaz de arrastrar a mozos al delito para luego denunciarlos. Semejante semblanza pertenece al juicio moral del redactor; las actuaciones procesales consignadas fijan el papel de testigos y acusados, mas no demuestran que Payne dirigiera por sí sola su conducta. Fue por mediación suya, y por la de Sherwood según la crónica, como George Weedon ingresó en la cuadrilla.
Weedon procedía de una familia a la que la fuente califica de respetable. Su madre lo había criado con esmero y ternura; pocos días antes de su detención, abandonó el hogar materno para avecindarse en la vivienda de Payne. La crónica atribuye esta mudanza al influjo de una mujer de quien se habría prendado, así como a la urgencia de allegar dinero para costear sus dispendios. Tales móviles nos son ofrecidos por el cronista, no por una declaración de Weedon que el texto reproduzca. Conviene no confundir, pues, el relato moralizante de las causas con las pruebas aportadas en las sesiones de justicia, donde las acusaciones aparecen deslindadas por inmueble y por víctima. Lo que el curso del proceso permite asentar con mayor exactitud son los lugares y los efectos vinculados a los cargos.
John Hughs, llamado asimismo Hews, se unió más adelante a los otros dos individuos. Su padre le había enseñado el oficio de zapatero. La relación le achaca desde años atrás hurtos de faltriquera y otras raterías, sin atribuirle ningún robo de consideración antes de su consorcio con Sherwood y Weedon. El grupo solía acudir a Moorfields y a otros parajes próximos a la ciudad para apostarse a la espera de viandantes, a tenor de la acusación referida; cuando no se presentaban ocasiones propicias, asaltaban moradas particulares. El botín, reza el texto, se repartía a partes iguales y se consumía en el hospedaje de Payne. El autor afirma que sus andanzas fueron seguidas de numerosas rapiñas en breve plazo, aunque solo ofrece pormenor de algunas en las causas registradas. Ningún itinerario exacto ni detalle cotidiano de aquellas correrías ha quedado consignado en el documento.
Llegada la noticia al conocimiento de la justicia, los tres hombres fueron prendidos y encerrados en Newgate. En las siguientes sesiones de la corte se formularon contra ellos diversos pliegos de cargos. El primero atañía al allanamiento nocturno con fractura de la casa de William Meak y a la sustracción de doce quesos de Gloucester. La acusación señalaba a los tres socios, pero la prueba se consideró concluyente únicamente contra Sherwood, alias Hobbs. Solo él fue condenado por este hecho; los otros dos resultaron absueltos. Esta distinción merece ser preservada: el hecho de ser procesados conjuntamente no bastó para determinar la participación individual de cada uno en aquel hurto.
Un segundo pliego de acusación versaba sobre la morada de Daniel Elvingham, de donde se habían sustraído importantes partidas de aguardiente y tabaco tras forzar la entrada durante la noche. En esta ocasión, el testimonio consigna pruebas plenas contra Sherwood y Weedon, quienes fueron declarados culpables. Hughs no figura como condenado por este cargo. La fuente no reproduce el contenido circunstanciado de cada deposición ni las particularidades materiales del allanamiento; no es lícito, por ende, colmar tales vacíos con el relato de puertas quebrantadas, centinelas o huidas que nadie describe en ella.
La tercera causa concernía a la vivienda de Elizabeth Cogdal, de donde se llevaron ocho fuentes y veinte platos de peltre. Los tres encausados fueron hallados culpables de este asalto nocturno y de su expoliación. La sucesión de los juicios trazaba de este modo una geografía de bienes domésticos desvanecidos en la sombra: queso en la hacienda de Meak, licores y tabaco en la de Elvingham, y ajuar de mesa en la de Cogdal. No todas aquellas piezas poseían el mismo peso en la sustanciación de la causa: los doce quesos bastaron para dictar la condena de Sherwood en solitario, al tiempo que los enseres arrebatados a Cogdal motivaron el fallo contra los tres hombres. Sin embargo, la responsabilidad de cada uno variaba según el cargo considerado: Sherwood fue condenado en los tres asuntos; Weedon, en los de Elvingham y Cogdal; y Hughs, únicamente en el de Cogdal, a tenor de los fallos enumerados por el cronista.
Sherwood y Weedon fueron asimismo convictos de salteo en el camino real. La prueba, según puntualiza la fuente, fue facilitada por Sarah Payne, su patrona. No se consigna qué efectos fueron desvalijados, en qué paraje se produjo el asalto ni en calidad de qué pudo Payne prestar testimonio. Únicamente consta que su declaración determinó la condena en dicho procedimiento. La mujer figura, pues, tanto en el relato de los vínculos que mancomunaron a los reos como en la nómina de testigos que coadyuvaron a sentenciarlos; mas ambos papeles no alcanzan a ratificar la imagen general que de ella ofrece el texto como seductora e instigadora.
Estando ya bajo sentencia de muerte, los tres reos dieron muestras, a decir de la fuente, de un hondo pesar por su conducta pretérita. El cronista contrapone de nuevo sus disposiciones interiores, matiz moral cuya intimidad escapa a nuestra comprobación documental. Weedon, refiere, aparentaba mayor gravedad que sus compañeros y conservaba con más firmeza los principios piadosos recibidos en su niñez. De Sherwood afirma que venía perpetrando hurtos de diversa laya desde hacía cerca de dieciocho años y que un hábito tan arraigado en el crimen hacía menos manifiesta su contrición. Por su parte, Hughs habría manifestado haber cometido raterías menores durante años antes de agregarse a los otros dos, atribuyendo dicha sociedad a su propia inclinación y no a las persuasiones de sus cómplices. La crónica recoge tales manifestaciones sin acompañarlas del acta judicial que permitiera contrastarlas.
A medida que se aproximaba el día señalado para su suplicio, añade el texto, los tres sentenciados se mostraban más consternados, perseverando en dicho estado hasta el momento fatal. Sherwood contaba veintiséis años; Hughs, veintitrés; y Weedon, veintidós. Fueron ejecutados el 12 de febrero de 1728. Este desenlace pone término al legajo documental, que omite las circunstancias materiales del ahorcamiento y la suerte corrida por otros sujetos mencionados en la causa.
El primer auto judicial había separado a los encausados en el mismo instante en que la crónica los presentaba como cómplices: los quesos de Meak le valieron la condena a Sherwood en solitario. Los pronunciamientos posteriores recompusieron otras combinaciones de culpabilidad, hasta confluir en la ejecución común. Esto es cuanto los autos extractados permiten asentar con certeza; la pintura moral que los envuelve, en cambio, debe adscribirse a la sola pluma del redactor que la trazó.
