En vísperas de la clausura de los debates, Alfred Roger solicitó la palabra. «Quiero decir la verdad», anunció: negó haber prendido fuego a los edificios de Perreau y al establo de Boudin, y admitió que había faltado a la verdad. Semejante retractación venía a enturbiar una causa ya de por sí singular. Durante varios meses, Roger se había proclamado autor de ambos incendios; sostenía por entonces haberse inculpado para proteger a Perreau. El jurado, empero, declaró a ambos reos culpables.
El primer fuego había alcanzado las propiedades de Claude Perreau, labrador en Teigny, en el departamento de Nièvre. En la audiencia de mayo de 1875, la crónica relata que Perreau arrastraba desde hacía varios años una coyuntura financiera ruinosa. Sus fincas se hallaban hipotecadas por encima de su valor real y las deudas lo acuciaban. Las edificaciones y los enseres muebles que albergaban estaban asegurados en una suma que el ministerio público juzgaba muy superior a su tasación efectiva. Tales circunstancias sustentaban el móvil alegado por la acusación; por sí solas, sin embargo, no bastaban para esclarecer quién había preparado la ignición.
El 16 de agosto, Perreau recogió en sus dependencias los aperos y demás útiles dispersos por el patio. Acto seguido, condujo a sus dos hijos a casa de su hermana, la señora Pannetier. Al día siguiente, tras echar la llave a las puertas de la vivienda y de los anejos, partió con rumbo a París, adonde aseguraba acudir para reunirse con su esposa. Dieciséis horas después de su marcha, el 18 de agosto hacia las cinco de la madrugada, los vecinos oyeron una detonación. Poco después vieron cómo el fuego quebraba la techumbre de un pajar. Un convecino trepó al cobertizo para intentar contener las llamas, mas el siniestro ya devoraba también el interior de aquella nave. Ambas estructuras quedaron reducidas a cenizas; la casa de habitación se salvó de la ruina.
El incendio no se había propagado al azar, sostenía la acusación pública. Bajo unas haces de leña, en el desván, se descubrieron materias combustibles, virutas de carpintería y papel, todo ello pródigamente espolvoreado con pólvora de caza. Una canaleta atravesaba el muro y la techumbre; una mecha de papel conducía a un fardo de cerillas. El calor del fuego en el cobertizo debía, según la descripción de la fiscalía, encender los fósforos y trasmitir las llamas al granero. El dispositivo había sido dispuesto a escasa distancia de ambos cuerpos de obra. Estimaba la acusación que se habían precisado más de dos horas para retirar y reponer las gavillas y consumar la preparación del ingenio.
Los materiales depararon nuevos indicios de cargo. Las virutas presentaban idéntica labra que las del taller de Perreau; el papel procedía, según el acta procesal, de cartas vinculadas al acusado. En su domicilio se halló pólvora de caza. La víspera de su partida había adquirido un paquete de velas que no fue encontrado en la casa. La fiscalía cotejó esta desaparición con un precedente incendio perpetrado en el partido judicial, en el cual una mecha confeccionada con velas había retardado la ignición. Perreau negó haber prendido fuego a sus haciendas. Impugnó asimismo las deducciones hilvanadas a partir de aquella concatenación de objetos y fechas.
Las pérdidas no atañían únicamente al propietario. La póliza de seguro debía responder de las de Perreau; mas un pajar perteneciente a Grasset y arrendado a Baudequin figuraba entre los inmuebles destruidos. Baudequin guardaba allí su cosecha, valorada en unos 2500 francos. En la cuadra se custodiaba asimismo el arcón de un criado, con sus ahorros de toda la vida: 1500 francos en billetes. La crónica no permitía discernir si el dinero ardió en el siniestro o si Roger lo sustrajo antes de abandonar el lugar. Se barajaron otras cifras respecto a los perjuicios de Perreau; mas no pasaban de ser meras estimaciones recogidas por el periódico, distantes de una contabilidad pericial definitiva.
El segundo incendio sobrevino tres meses más tarde, en la hacienda de Boudin, teniente de alcalde de la comuna. Roger acababa de regresar a Teigny tras una estancia en Valenciennes. Se había presentado primeramente en casa del cuñado de Perreau, Jean-Baptiste Pannetier, y buscó después cobijo donde pasar la noche. Boudin lo acogió con caridad, le dio de cenar y le facilitó una manta. Lo condujo a dormir a un establo donde se encontraban la yacija y el baúl de un mozo ausente. Durante la noche del 25 al 26 de noviembre, la cuadra ardió pasto de las llamas junto con el pajar colindante y las mieses almacenadas. Las pérdidas se tasaron en 5500 francos.
Roger se había desvanecido, llevándose consigo la manta. Aquel mismo día compareció espontáneamente ante la gendarmería de Clamecy y reconoció haber prendido fuego a la casa de Boudin. En sus primeros interrogatorios justificó su acción en el encono y la exasperación que albergaba contra los poseedores de bienes. Tal versión fue efímera. El 2 de enero dirigió al juez de instrucción una extensa misiva en la que se atribuía también el incendio de las propiedades de Perreau. Afirmaba haber fabricado la tramoya bajo las haces de leña, sustraído las virutas del taller vecino y prendido entrambos fuegos.
Aducía entonces un móvil insólito para su confesión. Decía Roger haber conocido a Perreau en prisión, tras haber sufrido él mismo presidio en El Havre y resultar detenido en Varzy bajo acusación de vagabundaje. Al enterarse de que Perreau se hallaba encausado por el incendio de agosto, habría resuelto cargar con la culpa del crimen para salvar a su compañero de infortunio. Acto seguido, habría incendiado la finca de Boudin al solo fin de dotar de verosimilitud a su testimonio. Las cartas que Perreau le encomendara para Pannetier parecían conferir un crédito singular a aquella relación: conminaban al cuñado a destruir pruebas y a someterse a las advertencias de Roger.
En octubre, Roger entregó nueve cartas de Perreau a Martin Parré, quien las trasladó a Pannetier. Este último, temeroso de verse sorprendido con documentos de tal gravedad, las puso en manos del alcalde, quien a su vez alertó a la fiscalía. Cuando Roger salió en libertad, un registro corporal permitió descubrir otras siete, dirigidas al mismo cuñado. El periódico extracta una de estas epístolas: Perreau presentaba al joven como un sujeto enterado al dedillo de sus asuntos y rogaba que se siguieran sus consejos. La connivencia entre ambos litigantes quedaba documentalmente probada; lo que entrambos se hubiesen prometido, allende las palabras transcritas, permanecía en el terreno de las conjeturas.
La cronología, sin embargo, restaba toda firmeza a la confesión de Roger tocante al fuego de agosto. Las pesquisas judiciales demostraron, a decir de la crónica, que el reo se encontraba en París del 16 al 22 de agosto, resultando materialmente imposible su presencia en Teigny en el instante del desastre. Roger insistió en inculparse, y Perreau pudo ampararse en dicha confesión para proclamar su inocencia. El diario, por su parte, sentenció que Perreau había abrasado sus propios edificios y que Roger había perpetrado el fuego en casa de Boudin; reconocía, no obstante, cuán arduo resultaba desentrañar por qué Roger se declaraba reo de un delito que jamás pudo consumar. Dicho enigma no logró disiparse a lo largo de las vistas.
Durante la audiencia, Perreau defendió su inocencia con ardor. Roger perseveró en un principio en presentarse como único autor de ambos crímenes. Los letrados defensores demandaron la libre absolución, estimando que la acusación descansaba en presunciones y conjeturas antes que en pruebas materiales fehacientes. El defensor de Perreau alegó que las pólizas de seguro, los suplementos contractuales y las alhajas de su cónyuge habían quedado abandonados en el interior de la vivienda. Un miembro del jurado inquirió si tales efectos se habían hallado ciertamente en el lugar; el presidente del tribunal corroboró que así constaba en el atestado. Un perito de seguros aclaró a renglón seguido que existían tres copias de la póliza, de suerte que la destrucción del ejemplar del asegurado en nada habría entorpecido la liquidación del siniestro. Esta deposición rebatía el argumento de la defensa, mas no zanjaba por sí sola la autoría del fuego.
Fue en ese punto cuando Roger se retractó solemnemente ante la sala. Negó haber provocado el fuego en agosto o en noviembre y declaró que todo cuanto dijo eran patrañas. El ministerio fiscal formuló breves alegaciones; la defensa replicó en consecuencia. Tras el resumen de las pruebas formulado por el presidente y hora y media de deliberación, el jurado declaró a entrambos procesados culpables, si bien con circunstancias atenuantes. La Audiencia condenó a Perreau y a Roger, respectivamente, a la pena de veinte años de trabajos forzados. La crónica de prensa no consigna las motivaciones concretas que guiaron el pronunciamiento del jurado. Clausura el proceso sobre sus discordantes versiones: Roger se había atribuido los dos incendios, había asegurado haberlo hecho para redimir a Perreau y terminó jurando ser ajeno a ellos. El jurado, no obstante, no vaciló en condenar a los dos hombres.
