El segundo oficial Gravett es agarrado por la garganta mientras la boca de una pistola le presiona el pecho. «Si te resistes, estás muerto», le advierte el carpintero. A bordo del Charles the Second, el capitán Gibson yace enfermo en su camarote; la chalupa de la tripulación se aproxima y varios hombres procedentes de la James galley toman el control del barco. Joseph Dawson, Edward Forseeth, William May, William Bishop, James Lewis y John Sparks serían acusados más tarde de haber participado en este motín y en las piraterías que le sucedieron.
El ataque tiene lugar frente a La Coruña, en un fondeadero que las actas judiciales denominan el Groyn. Charles Gibson capitanea un navío mercante pertrechado con cuarenta cañones. La compañía lleva meses adeudando las pagas; para varios marineros, la partida representa la oportunidad de adueñarse del buque y de su valiosa carga. El capitán Avery asume el mando de la empresa. Le propone a Gibson buscar fortuna juntos; si el capitán se suma a ellos, podrá conservar el mando. Gibson se niega en redondo a desobedecer a los armadores. Se le ordena entonces bajar a tierra con todos aquellos que rehúsen secundar la rebelión.
Los testigos no coinciden al relatar el grado exacto de coacción. El segundo oficial Gravett sostiene que fue amenazado y retenido a punta de pistola hasta que la nave ganó alta mar. David Creagh declara que May le encañonó con un arma, espetándole que merecía un tiro. John Dan, por su parte, refiere que la marinería bajó a tierra a reclamar su soldada y que luego unos pocos planearon la huida. La bajada a la chalupa distó de ser libre para todos: al cirujano se le prohibió taxativamente abandonar el barco. La gran cuestión que perseguirá a los procesados será discernir la frontera entre verse arrastrado por un motín y haber tomado la decisión de permanecer en él.
Quienes se quedan a bordo conducen el Charles the Second hacia el Atlántico. Hacen acopio de sal y víveres, para luego recalar en la isla de Maio, donde saquean varios buques ingleses. Apresan al gobernador de la isla, reteniéndolo como rehén hasta obtener vituallas, tras lo cual lo liberan. En la costa de Guinea izan el pabellón inglés a fin de atraer a mercaderes locales. En cuanto estos suben a bordo, los piratas les arrebatan el oro y los encadenan en la bodega. En la isla de Príncipe, siete de ellos son entregados en calidad de esclavos. La declaración de John Dan transforma así la memoria de una fuga en un periplo de capturas forzadas, trata de hombres y barcos desvalijados.
El buque altera su rumbo en repetidas ocasiones. Varias presas son incendiadas o echadas a pique una vez que los piratas han extraído cuanto les interesaba. En aguas africanas saquean una villa que el proceso nombra como Moat, en represalia porque sus habitantes se negaron a comerciar con ellos. Remontan después el mar Rojo, donde convergen con otras tripulaciones inglesas. La partida se transforma en una flotilla corsaria. Acechan el convoy mercante procedente de Moca, se apoderan de una embarcación y divisan poco después el Gunsway, un imponente bajel abarrotado de riquezas, cerca del cabo de San Juan.
El combate contra el Gunsway se prolonga durante unas dos horas, según Dan. Los piratas lo rinden, lo despojan y lo despachan de vuelta hacia Surat con sus pasajeros a bordo. Otro testigo afirma que hubo hombres muertos durante el asalto. Las sumas consignadas en el acta de acusación —cien mil reales de a ocho y cien mil cequíes— ilustran la colosal magnitud del botín, si bien la causa judicial no detalla cómo se computó cada una de estas riquezas. Cerca de una semana después, la tripulación reparte el saqueo. Algunos reciben mil libras; otros, quinientas o menos, a tenor del testimonio de Middleton. Para aquellos hombres que arriesgaron el pellejo, o que afirman haber sido enrolados por la fuerza, este reparto se tornará tanto en prueba inculpatoria como en recompensa.
Consumada la partición, el Charles the Second arriba a la isla de Providence. Los piratas escriben al gobernador negociando un refugio seguro a cambio de dinero; Avery ofrece sumas aún mayores, habiéndose reservado para sí una parte doble. Un emisario regresa con la autorización formal para entrar y salir a conveniencia. La compañía posee ya botín suficiente para comprarse una puerta de asilo, pero la cohesión del grupo no tardará en desmoronarse. Conforme avanzan las escalas, algunos marineros son desembarcados y otros abandonados a su suerte; el Charles concluye su singladura en Providence, mientras los hombres dispersan su rastro a lo largo y ancho del Atlántico.
Antes de llegar a Providence, habían dejado también en tierra a marineros franceses, daneses e ingleses en Dassaran; algunos, apunta Middleton, temían morir en la horca si regresaban a Inglaterra. Ganar la orilla podía significar abandonar la flotilla, pero en ningún caso garantizaba el retorno a su vida anterior.
En el tribunal de Old Bailey, Dawson se declara culpable del primer cargo, relativo a la captura del Gunsway; sus compañeros se declaran inocentes. Contra todo pronóstico, el tribunal los absuelve a todos de esa acusación y la sesión se suspende. Mas la maquinaria judicial no se detiene: son arrestados de inmediato bajo un nuevo mandamiento que les imputa otros actos de piratería. El 31 de octubre se presenta una nueva acusación centrada en la toma del Charles the Second. Gravett y Creagh describen minuciosamente el secuestro de la nave. Dan relata a continuación el itinerario del grupo, desde la costa de Guinea hasta la India, mientras Middleton corrobora diversas capturas y el consiguiente reparto del dinero.
La defensa basa su estrategia en la absoluta falta de elección. Forseeth pregunta al magistrado si puede confirmarse que él iba a bordo de la chalupa; el testigo replica que se le ordenó regresar y que se negó. Forseeth alega que le era imposible volver sin arrojarse al mar. May aduce que ignoraba por completo el plan y que lo habrían matado de negarse a seguir al resto. Afirma haber denunciado lo ocurrido en Bristol nada más pisar suelo inglés, intentando poner los hechos en conocimiento del Almirantazgo. El tribunal lo interroga sobre esa tardanza: ¿por qué no habló de inmediato? Responde que cayó enfermo y que fue trasladado de un lugar a otro antes de lograr personarse en Londres.
El presidente del tribunal recuerda que todo aquel que se suma a un acto de piratería es legalmente culpable, aunque un solo individuo lo haya instigado. Subraya además que los hombres que desearon bajar a tierra tuvieron ocasión de hacerlo, con la sola excepción del cirujano. Este dictamen no despeja del todo los relatos de coacción y zozobra; brinda, más bien, a los miembros del jurado una pauta estricta para juzgar los actos consumados tras la partida. El jurado solicita que se lean de nuevo las pruebas que incriminan a Sparks: ¿acaso su presencia a bordo, su participación en los abordajes y la porción de botín recibida bastan para demostrar su libre consentimiento? El juez les plantea si los actos reiterados en el tiempo no revelan la voluntad con mayor nitidez que las meras palabras.
En esta ocasión, el jurado declara culpables a los cinco hombres que habían mantenido su inocencia: Edward Forseeth, William May, William Bishop, James Lewis —llamado William Lewis en el auto subsiguiente— y John Sparks. Joseph Dawson ya se había declarado culpable de los cargos formulados contra él. En las jornadas posteriores, los seis son juzgados de nuevo por la captura de dos navíos daneses y de un barco moro cerca de Surat; la crónica recopilada por Borrow refiere que todos fueron hallados culpables y condenados a la horca. Añade a continuación que fueron ajusticiados el 25 de noviembre, sin individualizar los nombres de los ejecutados. Una reimpresión de época, fechada en 1696, menciona a Forseith y a «los demás», pero elude señalar explícitamente la identidad del único reo indultado; la historiografía moderna considera muy probable que Dawson recibiera el perdón real. La causa no se limitó a dilucidar si Avery había encabezado la sublevación: convirtió una sucesión de presas navales en la prueba irrefutable de la complicidad. La suerte final que cupo a Dawson exige, pues, ser leída con cautela frente al texto de Borrow.
