Aquellos pedazos de papel habían perdido su destino original. Una hoja impresa había sido rasgada, doblada y empleada como taco en un fusil; sus fragmentos yacían ahora dispersos entre el escenario de un crimen, el arma de un sospechoso y su morral de caza. Al cotejarlos, conformaron una prueba infinitamente más temible que el texto del que procedían. Madeleine Piot se había desvanecido sin poder dar cuenta de su último trayecto. Fueron los despojos de un escrito sin vínculo aparente con su existencia los que permitieron reconstruir su suerte postrera.
Había servido durante un año en casa de la madre de Jean-Antoine Duchon, en los alrededores de Besanzón. Él contaba treinta años de edad. Nació entre ambos una intimidad, y Madeleine quedó encinta. La crónica dibuja el retrato de una joven abandonada en la indigencia, carente de techo seguro y sometida a los designios del hombre de quien aún aguardaba socorro. Le atribuye credulidad y le afea haberse dejado seducir; tal juicio moral resulta superfluo para comprender su desamparo. Precisaba de un lugar donde vivir y dar a luz, mientras Duchon le ordenaba que se alejara.
La había enviado en primer término hacia Arbois. Madeleine no pudo consumar aquel desplazamiento: la gendarmería la obligó a regresar, sin que el testimonio judicial precise la causa de semejante intervención. Se vio de nuevo junto a Duchon. Este le prometió entonces colocarla en casa de un amigo y la citó en Besanzón. La promesa atañía esta vez a un techo, no a un matrimonio; bastó, sin embargo, para moverla a acudir. Al anochecer, ambos salieron juntos de la ciudad; a partir de esa partida, los testimonios pierden su continuidad.
Las pesquisas no lograron averiguar dónde había pernoctado Madeleine. El ministerio público conjeturó que había recibido cobijo no lejos del escenario del crimen y que Duchon había regresado a su propio hogar para dejarse ver antes de emprender de nuevo la marcha. Tal hipótesis dotaba de intencionalidad a la interrupción del trayecto, mas ninguna vivienda identificada vino a colmar aquel silencio. El sumario poseía constancia de una partida y, más adelante, de unos rastros junto al río. Entremedias, la joven permanecía vedada a los ojos de cuantos hubieran podido deponer en su favor.
En un prado colindante con el camino de Palente, unas pisadas conducían hacia el agua. Se reconoció allí el paso de dos personas. El cronista las describe caminando del brazo; las huellas conservadas permitían ante todo seguir su trayectoria. En el paraje considerado teatro de la agresión, se hallaron los tacos de un fusil. Madeleine presentaba dos heridas causadas por arma de fuego, una de las cuales le había destrozado la cabeza con extrema gravedad. Su cadáver fue arrojado a las aguas. Al día siguiente, unos pescadores lo descubrieron no lejos de allí y dieron aviso a la autoridad.
La justicia ordenó vaciar las huellas del terreno, recoger los papeles diseminados y extraer los proyectiles. Semejantes diligencias no devolvían la voz a la víctima, pero impedían que la corriente se llevara consigo toda posibilidad de esclarecimiento. Un prado preserva las pisadas hasta que otro paso las borra; un fragmento puede disiparse con el viento o desaparecer bajo una bota. Los indicios fueron examinados en conjunto, a partir del cuerpo rescatado. La autopsia determinó que Madeleine se hallaba en el sexto mes de gestación. Llevaba todavía en su seno a la criatura para la que buscaba amparo. No había nada de extraordinario en su afán: requería aguardar el alumbramiento en algún sitio, a resguardo de los sucesivos despidos que no cesaban de arrojarla a los caminos.
Las sospechas no tardaron en recaer sobre Duchon. Cuatro días después de los hechos fue arrestado, requisándosele la escopeta y el morral. Un armero descargó el arma en su presencia, extrayendo unos tacos cuyo papel guardaba manifiesta semejanza con el hallado en el lugar del suceso. El cotejo rebasó la simple coincidencia de color o de textura: los pedazos se ensamblaron como las partes desgajadas de una misma hoja impresa. Faltaba aún un fragmento, que apareció en el fondo del morral. Cuanto se hallaba disperso confluía por fin ante los ojos de los instructores.
El zurrón contenía asimismo munición idéntica a la extraída del cadáver. Dicha analogía complementaba el ensamble del papel, aun sin entrañar por sí sola una singularidad tan terminante. Diversos elementos cobraban así mutua firmeza: la tenencia de un arma, unos fragmentos coincidentes y unos pertrechos cuyo uso su dueño se veía obligado a justificar. El nombre de Madeleine no figuraba en aquella hoja; ningún escrito la incriminaba. Era el dibujo de la rasgadura, unido al origen de cada fragmento, lo que otorgaba al documento su peso determinante en la causa.
Se advirtieron asimismo manchas en el pantalón de Duchon. Alegó primero que se trataba de fango oscuro. El peritaje consignado en la crónica concluyó que era sangre. Aseveró entonces haber abatido una alondra días atrás. El ave se hallaba todavía en su morral, con una leve herida en el ala. Los peritos contaron las salpicaduras de la prenda y juzgaron su distribución incompatible con semejante disculpa. Su dictamen no constituía una identificación hematológica individualizada, sino que confrontaba un relato de montería con el estado del ave y las marcas patentes en el reo.
Duchon adujo haber cogido la escopeta para aguardar a la chocha perdiz, sin haber llegado a verificar la batida. Los pertrechos podían pertenecer a un cazador, mas urgía desentrañar por qué fragmentos procedentes de su ajuar habían aparecido junto a la muerta. En este extremo es donde su coartada tropezaba con la pieza más incontrovertible. Un fusil al hombro no prueba un asesinato; una mancha exige todavía examen y debate. El engarce de los pedazos, en cambio, constreñía a responder sobre el nexo material entre lo incautado al sospechoso y lo que yacía a la orilla del agua.
Ante la Audiencia de lo Criminal del Doubs, en 1828, Duchon se atrincheró de continuo en la negativa. Negó la cita previa y su presencia con el fusil y el morral. Admitió haber acudido a Besanzón, mas atribuyendo al viaje otro objeto. Los padres de Madeleine asistían a las sesiones. La crónica destaca su llanto y la fría compostura del procesado; la acusación disponía, con todo, de argumentos más firmes que el mero contraste de sus semblantes para sostener el cargo. Se valió de los testigos, los tacos, las postas y las ropas ensangrentadas. Cada una de estas piezas había sido allegada en un momento distinto de la instrucción.
El redactor de la crónica no alberga duda alguna de la culpabilidad de Duchon y tacha su circunspección de calculada doblez. Bien podemos dejar semejante apreciación fisonómica al arbitrio de su tiempo y ceñirnos al desenlace procesal. El jurado lo halló culpable de asesinato con premeditación. El tribunal dictó sentencia de muerte. Conducido de vuelta a la prisión, reiteró su inocencia y afirmó no comprender su condena. Confesión alguna viene, en estas páginas, a coronar la acumulación de indicios articulados en su contra, ni tampoco se consigna ejecución posterior al fallo judicial.
De Madeleine, la crónica judicial apenas nos lega un empleo perdido, un viaje truncado, la búsqueda de cobijo y la preñez advertida en su cadáver: el parco testimonio de una existencia cuya última etapa fue narrada casi por entero por voces ajenas. La instrucción, en cambio, preservó con minucia los restos de una hoja rasgada. El contraste se antoja cruel: conocemos con exactitud dónde se recogieron los pedazos de papel e ignoramos bajo qué techo durmió la joven antes de morir. Mas aquellos fragmentos impidieron que su ausencia quedase relegada a una marcha inexplicable. Una promesa la había conducido a las afueras de la ciudad; lo que aguardaba en un morral de caza llevó su historia ante los jueces.
