Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Francia

Los pedazos de la misma hoja

Besanzón, 1828. Madeleine Piot sigue una promesa de amparo y desaparece. Cerca del río, unos fragmentos de papel encontrarán su correspondencia exacta en el zurrón del hombre al que esperaba.

Aquellos pedazos de papel habían perdido su destino original. Una hoja impresa había sido rasgada, doblada y empleada como taco en un fusil; sus fragmentos yacían ahora dispersos entre el escenario de un crimen, el arma de un sospechoso y su morral de caza. Al cotejarlos, conformaron una prueba infinitamente más temible que el texto del que procedían. Madeleine Piot se había desvanecido sin poder dar cuenta de su último trayecto. Fueron los despojos de un escrito sin vínculo aparente con su existencia los que permitieron reconstruir su suerte postrera.

Había servido durante un año en casa de la madre de Jean-Antoine Duchon, en los alrededores de Besanzón. Él contaba treinta años de edad. Nació entre ambos una intimidad, y Madeleine quedó encinta. La crónica dibuja el retrato de una joven abandonada en la indigencia, carente de techo seguro y sometida a los designios del hombre de quien aún aguardaba socorro. Le atribuye credulidad y le afea haberse dejado seducir; tal juicio moral resulta superfluo para comprender su desamparo. Precisaba de un lugar donde vivir y dar a luz, mientras Duchon le ordenaba que se alejara.

La había enviado en primer término hacia Arbois. Madeleine no pudo consumar aquel desplazamiento: la gendarmería la obligó a regresar, sin que el testimonio judicial precise la causa de semejante intervención. Se vio de nuevo junto a Duchon. Este le prometió entonces colocarla en casa de un amigo y la citó en Besanzón. La promesa atañía esta vez a un techo, no a un matrimonio; bastó, sin embargo, para moverla a acudir. Al anochecer, ambos salieron juntos de la ciudad; a partir de esa partida, los testimonios pierden su continuidad.

Las pesquisas no lograron averiguar dónde había pernoctado Madeleine. El ministerio público conjeturó que había recibido cobijo no lejos del escenario del crimen y que Duchon había regresado a su propio hogar para dejarse ver antes de emprender de nuevo la marcha. Tal hipótesis dotaba de intencionalidad a la interrupción del trayecto, mas ninguna vivienda identificada vino a colmar aquel silencio. El sumario poseía constancia de una partida y, más adelante, de unos rastros junto al río. Entremedias, la joven permanecía vedada a los ojos de cuantos hubieran podido deponer en su favor.

En un prado colindante con el camino de Palente, unas pisadas conducían hacia el agua. Se reconoció allí el paso de dos personas. El cronista las describe caminando del brazo; las huellas conservadas permitían ante todo seguir su trayectoria. En el paraje considerado teatro de la agresión, se hallaron los tacos de un fusil. Madeleine presentaba dos heridas causadas por arma de fuego, una de las cuales le había destrozado la cabeza con extrema gravedad. Su cadáver fue arrojado a las aguas. Al día siguiente, unos pescadores lo descubrieron no lejos de allí y dieron aviso a la autoridad.

La justicia ordenó vaciar las huellas del terreno, recoger los papeles diseminados y extraer los proyectiles. Semejantes diligencias no devolvían la voz a la víctima, pero impedían que la corriente se llevara consigo toda posibilidad de esclarecimiento. Un prado preserva las pisadas hasta que otro paso las borra; un fragmento puede disiparse con el viento o desaparecer bajo una bota. Los indicios fueron examinados en conjunto, a partir del cuerpo rescatado. La autopsia determinó que Madeleine se hallaba en el sexto mes de gestación. Llevaba todavía en su seno a la criatura para la que buscaba amparo. No había nada de extraordinario en su afán: requería aguardar el alumbramiento en algún sitio, a resguardo de los sucesivos despidos que no cesaban de arrojarla a los caminos.

Las sospechas no tardaron en recaer sobre Duchon. Cuatro días después de los hechos fue arrestado, requisándosele la escopeta y el morral. Un armero descargó el arma en su presencia, extrayendo unos tacos cuyo papel guardaba manifiesta semejanza con el hallado en el lugar del suceso. El cotejo rebasó la simple coincidencia de color o de textura: los pedazos se ensamblaron como las partes desgajadas de una misma hoja impresa. Faltaba aún un fragmento, que apareció en el fondo del morral. Cuanto se hallaba disperso confluía por fin ante los ojos de los instructores.

El zurrón contenía asimismo munición idéntica a la extraída del cadáver. Dicha analogía complementaba el ensamble del papel, aun sin entrañar por sí sola una singularidad tan terminante. Diversos elementos cobraban así mutua firmeza: la tenencia de un arma, unos fragmentos coincidentes y unos pertrechos cuyo uso su dueño se veía obligado a justificar. El nombre de Madeleine no figuraba en aquella hoja; ningún escrito la incriminaba. Era el dibujo de la rasgadura, unido al origen de cada fragmento, lo que otorgaba al documento su peso determinante en la causa.

Se advirtieron asimismo manchas en el pantalón de Duchon. Alegó primero que se trataba de fango oscuro. El peritaje consignado en la crónica concluyó que era sangre. Aseveró entonces haber abatido una alondra días atrás. El ave se hallaba todavía en su morral, con una leve herida en el ala. Los peritos contaron las salpicaduras de la prenda y juzgaron su distribución incompatible con semejante disculpa. Su dictamen no constituía una identificación hematológica individualizada, sino que confrontaba un relato de montería con el estado del ave y las marcas patentes en el reo.

Duchon adujo haber cogido la escopeta para aguardar a la chocha perdiz, sin haber llegado a verificar la batida. Los pertrechos podían pertenecer a un cazador, mas urgía desentrañar por qué fragmentos procedentes de su ajuar habían aparecido junto a la muerta. En este extremo es donde su coartada tropezaba con la pieza más incontrovertible. Un fusil al hombro no prueba un asesinato; una mancha exige todavía examen y debate. El engarce de los pedazos, en cambio, constreñía a responder sobre el nexo material entre lo incautado al sospechoso y lo que yacía a la orilla del agua.

Ante la Audiencia de lo Criminal del Doubs, en 1828, Duchon se atrincheró de continuo en la negativa. Negó la cita previa y su presencia con el fusil y el morral. Admitió haber acudido a Besanzón, mas atribuyendo al viaje otro objeto. Los padres de Madeleine asistían a las sesiones. La crónica destaca su llanto y la fría compostura del procesado; la acusación disponía, con todo, de argumentos más firmes que el mero contraste de sus semblantes para sostener el cargo. Se valió de los testigos, los tacos, las postas y las ropas ensangrentadas. Cada una de estas piezas había sido allegada en un momento distinto de la instrucción.

El redactor de la crónica no alberga duda alguna de la culpabilidad de Duchon y tacha su circunspección de calculada doblez. Bien podemos dejar semejante apreciación fisonómica al arbitrio de su tiempo y ceñirnos al desenlace procesal. El jurado lo halló culpable de asesinato con premeditación. El tribunal dictó sentencia de muerte. Conducido de vuelta a la prisión, reiteró su inocencia y afirmó no comprender su condena. Confesión alguna viene, en estas páginas, a coronar la acumulación de indicios articulados en su contra, ni tampoco se consigna ejecución posterior al fallo judicial.

De Madeleine, la crónica judicial apenas nos lega un empleo perdido, un viaje truncado, la búsqueda de cobijo y la preñez advertida en su cadáver: el parco testimonio de una existencia cuya última etapa fue narrada casi por entero por voces ajenas. La instrucción, en cambio, preservó con minucia los restos de una hoja rasgada. El contraste se antoja cruel: conocemos con exactitud dónde se recogieron los pedazos de papel e ignoramos bajo qué techo durmió la joven antes de morir. Mas aquellos fragmentos impidieron que su ausencia quedase relegada a una marcha inexplicable. Una promesa la había conducido a las afueras de la ciudad; lo que aguardaba en un morral de caza llevó su historia ante los jueces.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La hoja incompleta

Una novela corta de ficción seguiría a un aprendiz de imprenta que reconoce un fragmento de su propio taller entre las piezas de convicción de un proceso judicial. La hoja que falta se la llevó su hermana, marchada tiempo atrás sin dar noticias. Para auxiliarla, deberá primero comprender por qué mintió ella sobre su verdadero paradero. Los personajes y el desenlace serían inventados. ¿Le gustaría esta novela corta donde un texto cuyas palabras ya nadie lee preserva el rastro de un destino, y donde dar con un margen rasgado obliga a un hermano a aceptar que su hermana vivió una vida que él jamás sospechó?

Cargando votos…

novela

La casa prometida

Una novela original seguiría a una antigua sirvienta que acoge a mujeres encintas en una casa tenida por piadosa y caritativa. Cuando una de sus pupilas no regresa de una cita concertada, descubre que las cartas de recomendación circulan en secreto entre un círculo de notables que se cubren las espaldas. Deberá emprender una pesquisa sin delatar a quienes temen perder su único amparo. La trama sería ficticia. ¿Desearía esta novela donde la promesa de un techo se torna instrumento para sojuzgar voluntades, y donde una mujer aprende a convertir un asilo concedido por mera dádiva en una protección inexpugnable que nadie pueda arrebatarles?

Cargando votos…

trilogía

Las ausentes del registro

Tres novelas de ficción seguirían a una estirpe de impresores confrontada a las figuras de mujeres sepultadas en el olvido por sus propios archivos. Una hoja hallada junto a un río, un pliego de anuncios jamás estampado y una carta compuesta bajo nombre supuesto abrirían tres investigaciones conclusas. Los personajes y sus desenlaces serían ficticios. ¿Le interesaría esta trilogía donde los documentos públicos lindan con las notas clandestinas, y donde cada generación se ve obligada a desenterrar no solo lo que fue escrito, sino a aquellas cuyo nombre nadie juzgó digno de memoria hasta que una desaparición forzó al fin a pronunciarlo?

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Fuente íntegra en tomo VIII, p. 20, sin sumario judicial original ni autos conservados. Existen discordancias en las fechas (29 de marzo de 1828 para la cita frente al 2 de marzo como día siguiente al crimen en el interrogatorio), por lo que se asienta únicamente el año 1828 sin dirimir de oficio. El paradero de la última noche y la supuesta coartada doméstica de la defensa se consignan expresamente como conjeturas de la acusación. La imagen de ambos caminando del brazo obedece a una recreación libre de la crónica a partir del mero rastro de pisadas. Los tacos se ensamblan como partes de una misma hoja y los proyectiles son de idéntico calibre y hechura, sin recurrir a nociones de balística moderna. El análisis sanguíneo confirmó origen hemático sin determinación individual; la alondra figuraba como argumento de la defensa. Gestación de seis meses constatada; no consta que tuviera hijos previos. Condena a muerte por asesinato con premeditación con reiterada protesta de inocencia; la fuente no documenta la ejecución. Se ignora la causa del arresto de la gendarmería en Arbois.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete