En Livorno, Jack Claxton corría hacia el puerto desprovisto de su carga. Escasos instantes antes, transportaba los efectos de valor que la esposa de un capitán italiano había dispuesto para huir con el contramaestre del navío en el que servía el joven marinero. El hermano del capitán acababa de encerrar a la mujer. Claxton había soltado los bultos y emprendido la huida; llegado al buque, alertó al maestre, quien mandó levar anclas de inmediato. Este primer episodio precede en su historia a los delitos que habrían de conducirlo en reiteradas ocasiones a Newgate.
Su padre era un marinero de Sunderland, hombre cuyos recursos no alcanzaban para procurar a su hijo una instrucción prolongada. Consigna la crónica que el muchacho, poco aplicado en la escuela, soñaba ante todo con travesías y tierras lejanas. Se hizo a la mar antes de haber adquirido mayores conocimientos. Su primer viaje lo condujo a través del estrecho de Gibraltar y de allí a Livorno. Acompañaba en tierra al contramaestre. Este había trabado relación con una irlandesa, esposa de un capitán italiano que a la sazón se hallaba en Sicilia; la mujer propuso apoderarse de las joyas y demás caudales de su marido, valorados en varios millares de coronas, para abandonar luego Italia con su amante.
El contramaestre se hacía pasar por primo suyo y multiplicó las visitas a lo largo de tres días. Los vecinos concibieron sospechas y avisaron a Stefano di Calvo, hermano del capitán ausente. Este acudió a Livorno a toda prisa. En la vivienda halló los efectos de valor debidamente embalados; la mujer se los había cargado a Claxton, que se disponía a seguirla hasta la nave. Stefano la condujo a una estancia interior, donde la dejó encerrada, y trancó a continuación las puertas exteriores. El joven marinero, viendo malograda la empresa, abandonó la carga. Corrió hasta el muelle y refirió al maestre lo sucedido. El barco zarpó sin demora, temeroso su capitán de las secuelas del lance y del perjuicio que pudiera acarrear a los armadores.
Precisa el cronista que, por aquel entonces, Claxton no había cometido aún delito alguno a ojos de la ley. No obstante, se mostraba propenso, añade el texto, a jugar malas pasadas durante sus navegaciones. A su regreso a Inglaterra, el bajel atracó en Yarmouth. Claxton contrajo allí matrimonio con una joven que poseía algún dinero. Tomó la mayor parte de aquella suma y marchó a Londres con el pretexto de enrolarse en un nuevo viaje. La reseña omite el nombre de la esposa y los pormenores del acuerdo habido entre ambos. Tan solo consigna que no tardó en abandonarla y que desatendió el propósito marítimo que le había servido de excusa.
En Londres, Claxton se integró en una cuadrilla de ladrones, inducido, según la relación, por ciertas mujeres y sus secuaces. El primer robo narrado con detalle tuvo por objetivo la casa de un comerciante de maderas, de donde los maleantes confiaban en sustraer una estimable cantidad de platería. Un obstáculo resguardaba el recinto: la criada entregaba cada noche las llaves a su amo tras echar el cerrojo al portalón del patio. Se imponía, por ende, evitar que quedara cerrado o hallar un medio para franquearlo.
Los cómplices eligieron a Claxton para granjearse la voluntad de la sirvienta. La crónica lo describe como un joven de menguada estatura y porte atildado. Se le proveyó de ricas vestiduras y se procuró que conociera a la señora Anne en una cerería de las inmediaciones. Tomó aposento en el barrio. En el término de unas dos semanas, logró que ella saliera a medianoche a su encuentro. La moza debía, tras devolver la llave al amo, dejar el gran portón del patio mal ajustado, asegurado tan solo por un pestillo. Mientras bebía ponche en compañía de Claxton, los demás hombres penetraron en la casa.
Se llevaron platería por valor de ochenta libras y dejaron las estancias en perfecto orden. La criada, que también había bebido, no advirtió la sustracción en el curso de la noche. Cuando se descubrió el despojo, corrió a prevenir a su amante; mas el aposento de Claxton se hallaba ya desierto. Había partido con los demás y con el botín antes de que el propietario y su esposa se levantaran. La señora Anne ocultó su participación en el hecho, consciente de las consecuencias que arrostraría si su amo llegaba a saber que había dejado el portón abierto. Jamás volvió a tener noticias de Claxton hasta el arresto de este y su posterior encarcelamiento en Newgate por una causa distinta. Este robo de la platería, prolijamente descrito en la crónica, no guarda relación con el asunto ulterior que acarreó a Claxton su primera condena y su deportación ultramarina.
Embarcado con otros penados, no tardó en obtener del capitán licencia para subir a cubierta. Su vigor y su oficio marinero le valieron, a tenor del relato, un trato idéntico al dispensado a la tripulación. La nave se vio obligada a recalar en las Canarias a causa del mal tiempo. Estalló allí una disputa entre su capitán y el de un navío procedente de Jamaica que retornaba a Inglaterra. Ambos capitanes se batieron en duelo a espada y pistola. El capitán del transporte se había hecho acompañar por Claxton; el comportamiento del joven durante el lance le arrancó una promesa: sería puesto en libertad en cuanto tocasen tierra en América. El capitán cumplió su palabra.
Claxton puso todo su empeño en regresar a Inglaterra y arribó a Londres seis semanas antes que su antiguo maestre. Volvió a reunirse con sus antiguos camaradas, pero fue prendido antes de haber cometido, según el texto, nuevas fechorías con ellos. Compareció ante las siguientes sesiones de justicia por haber retornado tras su condena de deportación y fue sentenciado. El capitán, que al fin había regresado, tuvo noticia de su suerte e intercedió en su favor. La pena capital le fue conmutada por un segundo destierro.
En Nueva Inglaterra, el capitán le procuró a Claxton una servidumbre llevadera junto a un hacendado. Pero apenas el amo volvió la espalda, Claxton se dio a la fuga. Nueve meses más tarde se hallaba de nuevo en Londres. La crónica ignora si abrigaba el propósito de reanudar sus antiguos tráficos; hace constar únicamente que no permaneció más que unas pocas semanas en Inglaterra antes de que un individuo dedicado a la captura de deportados prófugos lo prendiera en su antiguo alojamiento de Newgate. Fue conducido a juicio y hallado culpable por tercera vez. El texto no especifica la índole de este último delito; la condena registrada castigaba su regreso ilícito.
Tras esta tercera sentencia, Claxton desterró toda esperanza de conservar la vida. Desde su enlace en Yarmouth, jamás había inquirido noticias de su esposa. Explica la reseña que no deseaba acarrear sobre ella y sobre su familia el deshonor de su trance haciendo pública su desgracia en la villa natal de ambos. No consta que le escribiera, ni que ella llegara a enterarse de su suerte con anterioridad a su muerte.
En la prisión escuchaba las lecturas de Thomas Smith, quien leía a los reclusos textos piadosos. Afirma el cronista que de allí extrajo una noción cabal del arrepentimiento y de la fe cristiana. En el patíbulo, Claxton no dio muestra, según el mismo testimonio, de ningún pavor extraordinario. Siguió las preces del capellán de la cárcel, se recogió un instante en privada oración y murió junto a los malhechores ya citados, Smith y Reynolds, a la edad de unos veintiocho años.
La trayectoria de Claxton no describe una escala regular en el crimen. Discurre del mar a una fuga malograda, de un matrimonio en Yarmouth al robo con allanamiento facilitado por la connivencia de una sirvienta, y del destierro forzoso a dos regresos clandestinos. El favor de un capitán le granjeó una primera conmutación; una colocación en Nueva Inglaterra tampoco bastó para retenerlo. Aquello que el cronista presenta en última instancia como una conversión religiosa pertenece a sus postrimerías carcelarias, tras haber recibido tres condenas. Entre uno y otro extremo, su existencia fue ante todo la de un hombre a quien las partidas jamás lograron apartar de manera duradera ni de Londres ni de los secuaces a los que siempre regresaba.
