Un resguardo de la estación de Laval anunciaba al comprador que cierta mercancía había sido expedida. A tenor del escrito de acusación, Gogué remitía este documento falso, cobraba el anticipo estipulado para el envío y se esfumaba: ningún bulto había salido jamás de los andenes. A esta añagaza parisina se sumaba otra, iniciada en Bruselas, donde diversos proveedores le confiaban bienes que Gogué revendía acto seguido sin desembolsar un céntimo. La Audiencia de lo Criminal del Sena juzgó a ambos hombres como socios en el negocio; sin embargo, sus posturas divergieron ante el tribunal: Gogué confesó, mientras que Franskin negó toda complicidad.
A finales de junio de 1878, la Audiencia de lo Criminal del Sena examinó la causa en dos sesiones, los días 24 y 25, bajo la presidencia del magistrado Sevestre. La crónica de la Gazette des Tribunaux, publicada el 28 de junio, se abre con el auto de acusación y desgrana sus principales maniobras antes de consignar las respuestas de los reos, las declaraciones testificales y la condena. Conocemos, pues, la mayor parte de los pormenores a través de la voz fiscal; el periódico no reproduce el tenor íntegro de las testificaciones ni los alegatos de la defensa.
Gogué procedía del comercio de granos. Había ejercido en el departamento de Orne y, tras quebrar en sus negocios, se estableció en Bruselas, donde contrajo matrimonio a finales de 1875. A partir de 1876, según el acta, sus relaciones mercantiles adoptaron un cariz más engañoso. Mandaba imprimir papel con membrete bajo el nombre de Rattier, comerciante en granos, harinas, maltas, aceites, vinos y ultramarinos. Al buscar nuevos proveedores, presentaba como aval a Franskin, a quien hacía pasar por banquero, o bien a sí mismo con su verdadera identidad, o incluso a un ficticio negociante apellidado Bersmans, que coincidía con el linaje de su esposa.
Aquel decorado de correspondencias y recomendaciones cumplía a la perfección su cometido. Los comerciantes creían entablar tratos con una firma acreditada o con un comprador cuya solvencia venía respaldada por un tercero. Se cursaban los pedidos; los pagos prometidos adoptaban la forma de giros contra París o pagarés suscritos por insolventes y endosados por Gogué, carente de recursos. En cuanto tomaba posesión de las mercancías, las malvendía a bajo precio. El producto de dicha venta jamás llegaba a manos de los proveedores: sus facturas quedaban impagadas.
No todos los proveedores, sin embargo, despachaban sus géneros a ciegas. Algunos exigían el pago contra reembolso; otros, advertidos del estado patrimonial del comprador, ordenaban a la estación no entregar el cargamento sin la previa cobranza. Gogué rehusaba entonces los fardos, obligando al remitente a pechar con los portes. Las más de las veces, según el acta, interceptaba la remesa en tránsito y se adueñaba de ella. Estas pérdidas de fletes correspondían al primer ardid, aquel en que un vendedor había confiado efectivamente sus partidas al transporte; no deben confundirse con los resguardos falsificados, que no respondían a expedición alguna.
Al iniciarse las pesquisas, Gogué huyó de Bruselas y marchó a París. A finales de 1876, se aposentó primero en el número 16 del bulevar Magenta, bajo el falso nombre de Mercier, y más tarde en el 4 de la calle Saint-Lazare, haciéndose llamar Cotin. El sumario le atribuía asimismo otras identidades supuestas —Morel, Lunel, Dubray, Reiser y Rattier—, empleadas para arrendar domicilios en distintos barrios donde no residía, pero a los que hacía encaminar su correspondencia. Las señas postales proliferaban a la par que las razones sociales: una recogía las cartas, otra cobijaba al hombre, y las identidades mudaban según convenía.
En París, un segundo método vino a sumarse a los precedentes. Gogué debió de procurarse impresos oficiales destinados a hacer constar las remesas de mercancías en la estación de Laval, recinto al que tenía libre acceso con motivo de sus propios envíos. El fiscal sostiene que se valió de la confianza de los empleados ferroviarios para sustraerlos. Ofrecía entonces géneros a compradores de diversas comarcas; cerrado el trato, imponía que se le adelantase una suma sustancial a la recepción del resguardo de expedición. Enviaba el documento apócrifo, embolsaba el dinero y desaparecía. Cuando el comprador acudía a retirar la carga, descubría con pasmo que jamás se había despachado bulto alguno.
Ambos fraudes diferían en su sustancia: de un lado, géneros auténticos entregados y luego revendidos sin liquidación; del otro, un adelanto cobrado por un flete puramente imaginario. La acusación cifró en unos treinta mil francos las sumas allegadas por estos medios y precisó que Gogué las dilapidó principalmente en viajes y casas de juego. Los comerciantes que lograron recuperar sus pertenencias sufrieron además tres mil quinientos francos de quebranto en portes y averías, según el ministerio público. Este último guarismo no alude a una tercera estafa ni al valor de los envíos ficticios: concierne a los dispendios y al menoscabo de las mercancías rescatadas. El acta engloba los treinta mil francos devengados por ambos métodos sin desglosar el cómputo entre Bruselas y París, distinguiendo con nitidez el lucro ilícito amasado por Gogué de los perjuicios accesorios soportados por los negociantes que pudieron recuperar sus efectos.
La trayectoria de Franskin había sido muy distinta. Tras ejercer como pasante en una escuela libre de Vouziers y maestro auxiliar en Reims, se instaló en Bruselas en septiembre de 1872. Trabajó allí en una imprenta, en una agencia de correspondencia y más tarde al servicio de un confitero. El sumario recordaba que el 13 de junio de 1877 había sido condenado en rebeldía a dos años y medio de prisión por hurto y falsedad cometidos en perjuicio de su patrono, antes de trasladarse a París. Aquella condena pretérita concernía a una causa ajena y no debe asimilarse al veredicto emitido en junio de 1878. Ambos reos habían trabado amistad en Bruselas, y el ministerio público achacaba a Franskin su concurso en varias de las maquinaciones de Gogué. Su nombre figuró en recomendaciones bajo el supuesto título de banquero; no obstante, el texto fiscal no detalla la cuota de participación que le cupo en cada una de las tramas. En la vista, rechazó haber actuado concertadamente y se presentó como víctima de los engaños de Gogué.
Durante la audiencia, las tesis de los encausados se bifurcaron de raíz. Gogué, que había negado los cargos durante la instrucción, se entregó a una confesión palmaria y admitió sus falsificaciones y estafas; la crónica periodística lo describe quebrantado e implorando perdón y clemencia. Franskin, por el contrario, clamó contra las imputaciones, alegando su intachable buena fe: lejos de ser cómplice, se declaraba engañado y burlado por Gogué. La Gazette añade que las declaraciones de los testigos vinieron a corroborar la acusación.
Oído el informe del fiscal general de Bertheville y las defensas del letrado Crochard por Gogué y de Démange por Franskin, el jurado declaró culpables a ambos procesados, con estimación de circunstancias atenuantes. La sala condenó a Jean-Clément Gogué a siete años de reclusión mayor y a Franskin a tres años de prisión correccional. Gogué, a quien se imputaban ambos sistemas delictivos, se había allanado a los hechos; Franskin, que sostuvo haber sido un mero instrumento involuntario, fue hallado igualmente culpable.
Las misivas de Rattier prometían a los proveedores unos desembolsos que nunca llegaron; los resguardos de Laval hacían aguardar a los compradores remesas que jamás abandonaron las vías. A los unos, Gogué les dejaba géneros recuperados tras costosos periplos; a los otros, les entregaba la vana constancia de un transporte ficticio. El veredicto de la Audiencia fijó el castigo de ambos reos: siete años de presidio para quien confesó su culpa; tres años de prisión para quien porfió haber sido engañado.
