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Amores y traiciones · Inglaterra

Los ruidos de Stanmore Street

Battersea, abril de 1896. Frederick Charles St. John es hallado muerto en el dormitorio que comparte con Alice, su esposa. Los vecinos refieren el alcohol, antiguas violencias y gritos escuchados la víspera; los médicos atribuyen el deceso a un estrangulamiento precedido de heridas en la cabeza, si bien ciertos indicios materiales siguen en disputa. Alice afirma que cayó contra una cómoda. Al término del proceso, el jurado la absuelve.

A las cinco y cuarenta y cinco de la madrugada del 9 de abril de 1896, Alice St. John despertó a su casero y le dijo: «Teddy ha muerto». Thomas Preston entró en la sombría estancia y halló sobre el lecho el cuerpo helado, con el rostro tumefacto; no había presenciado el instante de la muerte ni los hechos que la precedieron. Dos días más tarde, una carta enviada desde Holloway atribuyó el fallecimiento a una caída contra una cómoda. En el juicio, dos médicos concluyeron que se trataba de un estrangulamiento. El jurado absolvió a Alice St. John.

El matrimonio ocupaba desde hacía unos ocho años dos habitaciones en el primer piso de una casa de Stanmore Street. Thomas Preston, el propietario, describió una convivencia apacible cuando la pareja no bebía, pero ensombrecida por frecuentes disputas cuando Frederick se embriagaba. Este recibía su renta trimestralmente; tales fechas de cobro, según Preston, marcaban asimismo el inicio de sus excesos. Alice bebía a veces con él en esas ocasiones, mas nunca fuera de tales períodos. Esta declaración delineaba una costumbre, no una escena continua, y dotaba a la reyerta conyugal de un trasfondo que ni el veredicto ni los médicos lograrían disipar.

El acta sitúa la llamada de auxilio de Alice hacia la una menos cuarto de la madrugada del «Easter Sunday, April 7th». Ahora bien, el 7 de abril de 1896 fue martes: la fuente asocia, por tanto, un día de la semana erróneo a dicha fecha, y no nos es lícito corregir en silencio su cómputo. Su marido, de pie sobre la alfombra de la chimenea, vestía tan solo una camisa de franela; hallábase ebrio y reclamaba más whisky. Alice aseguró haberle dado ya suficiente. Preston intentó disuadirlo de la bebida y conseguir que tomara algún alimento, pero Frederick le ordenó salir. El casero no volvió a ver al hombre con vida. Refirió asimismo que, con anterioridad a aquel domingo, Frederick había bebido durante cerca de tres semanas, mientras que Alice solo había tenido episodios aislados.

La noche del miércoles siguiente, 8 de abril, Alice bajó a la estancia de los Preston para encargar la cena: una salchicha y pudín de guisantes para ella y su marido. Había bebido, según los testigos, mas no se la describió entonces como ebria. Charlotte Taylor, la criada, había comprado para ella, a petición suya, dos chelines de ginebra. El dormitorio de los propietarios lindaba con la sala de los St. John; la planta, la puerta, los gritos y los ruidos fueron pronto lo único que separó a los testigos de una escena de la que no podían dar cuenta cabal.

Hacia las once menos cuarto de la noche, Thomas Preston oyó a Frederick llamar a Alice en repetidas ocasiones, seguido de un ruido semejante a palmadas. Su esposa Catherine y la nuera de ambos, Alice Maud, percibieron igualmente sonidos, aunque sus recuerdos diferían. La primera recordaba el chasquido de una bofetada o un golpe seco; la segunda oyó a Frederick pedir de nuevo de beber, prometer que guardaría silencio y se iría a dormir, seguido de palmadas antes y después. La sirvienta Charlotte Taylor escuchó las llamadas y un ruido semejante, sin ningún otro rumor durante la noche. Nadie declaró haber visto lo que ocurría en la alcoba.

A las cinco y cuarenta y cinco de la mañana del 9 de abril, Alice despertó a Preston y le anunció que «Teddy» había muerto. Preston afirmó que ella solo vestía un gabán ulster; Taylor precisó que llevaba una falda y una manta sobre los hombros, sin corpiño. El dueño entró y tomó el pulso al difunto. Lo halló yerto, con el semblante intensamente hinchado, en una habitación en penumbra. Alice le rogó que entrara a comprobarlo y pidió luego que llamaran a un médico. Los testimonios de los vecinos la retratan agitada, llorando y clamando por su marido; Catherine Preston le sirvió un té tras haberse negado a darle whisky.

El doctor William Kempster se personó poco después de las seis. Estimó que Frederick llevaba muerto unas seis horas. El cadáver yacía atravesado sobre la cama, con la cabeza sumamente tumefacta y amoratada; las mantas se encontraban a los pies del lecho. Advirtió que solo uno de los lados de la cama había sido ocupado. Alice le refirió que su esposo se había pasado la noche golpeándose la cabeza contra el montante del lecho. El facultativo no observó desorden alguno en la habitación ni marcas en el hierro de la cama que corroborasen tal versión. No obstante, hizo constar el influjo del alcohol en el estado de la viuda y, antes de marcharse, la vio apurar medio vaso de whisky solo.

El alcohol había ocupado un lugar preeminente en los recuerdos de los propietarios. Catherine Preston aseguraba haber visto subir hasta tres botellas en una sola jornada; había visto también a Alice cubierta de hematomas y relató que Frederick solía golpearla cuando ella se negaba a procurarle bebida. Su nuera refirió que en una ocasión él la había asido por el cuello profiriendo amenazas mientras se hallaba ebrio, para disculparse al día siguiente, ya sobrio. Estas mujeres no aludían a un suceso aislado acaecido el 8 de abril; exponían una relación prolongada en el tiempo, forjada de accesos de violencia y etapas de afecto. El casero juzgó sincero el dolor que Alice exteriorizó tras el deceso.

Un pormenor, ausente de las primeras declaraciones, emergió durante la vista: Catherine, su hijo y su nuera advirtieron al día siguiente una mancha oscura y seca alrededor de la boca de Alice, que tomaron por sangre. El doctor William Kempster afirmó haber visto tan solo costras parduscas, habituales tras un exceso alcohólico, sin vestigio alguno de sangre. La criada y el propietario recordaron asimismo que en la casa había dos gatos, uno de los cuales, llamado Boddles, presentaba una herida sangrante en la cabeza y solía dormir en la cama del matrimonio. La marca, por consiguiente, no aportaba certeza alguna, y el testimonio que la incorporó al proceso no era contemporáneo del hallazgo del cadáver.

Los agentes de policía hallaron en la estancia un cepillo de pasamanos, fibras, manchas con apariencia de sangre en una funda de almohada y en un travesero, así como un pequeño rastro rojizo en la manga de Alice. El cepillo reveló trazas hemáticas bajo el microscopio, si bien el médico admitió que podían proceder del gato; las manchas de la ropa de cama no fueron sometidas a análisis microscópico. Alice explicó que la sangre de su manga provenía de los rasguños que aseguraba haber recibido de su marido. El doctor Felix Kempster halló en el cuerpo de la mujer diversos arañazos recientes y hematomas; no pudo determinar si los primeros habían sido infligidos por una persona o por un animal.

En la noche del 9 de abril, el inspector Concannon detuvo a Alice. Cuando le notificó que sospechaba que había dado muerte a su esposo, ella exclamó: «¡Oh, Dios mío! ¿Acaso por haberle dado de beber?». Explicó a continuación que las lesiones se las había causado Frederick al negarse ella a servirle; alegó haber temido suministrarle demasiado alcohol, pero también negárselo. Edwin John, hermano del finado, indicó que Frederick percibía unas 150 libras anuales procedentes del patrimonio de su padre, en concepto de renta vitalicia que se extinguía con su muerte; su viuda, añadió, no heredaba nada. El acta judicial no prueba que el dinero constituyera, por sí solo, un móvil acreditado.

La misiva que Thomas Preston recibió desde Holloway, fechada el 11 de abril, remitía el asunto a la cómoda: «Sabe usted muy bien que no fue culpa mía que el pobre Teddie muriera; cayó contra la cómoda, lo que causó su muerte». El doctor William Kempster no había apreciado indicio alguno de impacto en dicho mueble; Felix Kempster declaró más tarde que las contusiones podían ser compatibles con el cepillo. El presunto accidente no correspondía, a juicio de ambos, con la lesión del cuello. Con todo, la carta no constituía la observación de un testigo ni un diagnóstico: era la justificación escrita de una mujer encarcelada, aportada al juicio por el casero.

Los dos hermanos Kempster atribuyeron el deceso a asfixia por estrangulamiento. Felix describió una fractura del hueso hioides, marcas en el cuello, la lengua proyectada entre los dientes, los ojos congestionados y extensas lesiones en la cabeza. Estimaba que tales heridas habían precedido al estrangulamiento, dejando a Frederick inconsciente. William Kempster había examinado el cuerpo con anterioridad y sostuvo una conclusión análoga. Ambos descartaron el accidente como causa suficiente de la fractura y de los traumatismos.

Sin embargo, la defensa puso a prueba los límites de aquella certidumbre. William Kempster reconoció que el alcohol había alterado diversos órganos y que un hombre ebrio podía caerse; admitió escasa experiencia en fracturas del hueso hioides y manifestó que hubiera deseado que su criterio fuese corroborado por un perito más experimentado. Felix concedió que la sangre del cepillo podía pertenecer a un gato, que resultaba imposible distinguir al microscopio la sangre humana de la animal y que las manchas de la ropa de cama no habían sido analizadas. Mantuvo, no obstante, que el estrangulamiento era, a su entender, la causa de la muerte. El dictamen médico se mostraba categórico en sus conclusiones, mas distaba de ser exhaustivo respecto a cada una de las piezas que la policía había recogido.

Se ignora, en los compases finales del acta, de qué modo sopesaron los jurados tales declaraciones. El proceso no desentraña el significado de los gritos nocturnos, no transforma la conducta violenta de Frederick en prueba irrefutable del acto homicida ni dilucida el valor probatorio de cada mancha o rasguño. Alice St. John fue declarada no culpable ante el Recorder. El desenlace es diáfano; los elementos que lo precedieron distan de serlo. La justicia absolvió a una mujer cuyo esposo, según la ciencia médica, había muerto estrangulado, sin que nadie hubiese presenciado el golpe mortal.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Lectura íntegra del cuerpo de texto del acta del Old Bailey t18960518-480, de 8.146 palabras, desde el pliego de cargos hasta el veredicto final «NOT GUILTY». SHA-256 del documento archivado: 67907b9cc4c30539e2bc7e2f18878e1700a8f72c3ac6e4dd239686ec2e3ba90a. El catálogo data la sesión el 18 de mayo de 1896 y recoge el fallo de no culpabilidad. Los testigos sitúan el hallazgo del cadáver el 9 de abril; no obstante, el acta incurre en una discrepancia cronológica al denominar «Easter Sunday» al 7 de abril de 1896, cuando dicha fecha correspondió a un martes. Los doctores William y Felix Kempster atribuyen la muerte a asfixia por estrangulamiento; la defensa cuestiona sus conclusiones, su pericia y el alcance de los indicios recabados. Las trazas del cepillo pudieron proceder de un felino, según Felix Kempster; la sangre de la ropa de cama no fue sometida a examen microscópico. Los Proceedings constituyen un compendio impreso de la vista, no una transcripción taquigráfica literal.

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