El 10 de noviembre de 1839, el bergantín Dryad encalla en un arrecife frente a cabo Cruz. Según el marinero Benjamin Shooltz, el buque no hace agua esa noche. La tripulación está dispuesta a intentar desencallarlo, pero no se da orden alguna. El capitán Edmund Loose desciende a su camarote. Las velas permanecen desplegadas. Dos años más tarde, ante el Central Criminal Court de Londres, dos comerciantes de la City, los hermanos Patrick Maxwell Stewart Wallace y Michael Shaw Stewart Wallace, deberán responder a una acusación vinculada a dicho siniestro: el ministerio fiscal sostiene que instigaron a Loose a destruir el Dryad.
Loose se halla ausente del proceso; Pelham escribe que con toda probabilidad había muerto. Los miembros del jurado escuchan, en su lugar, a los marineros que lograron regresar a tierra firme, los pagos efectuados por los aseguradores y las decisiones adoptadas durante la travesía. El pliego de cargos desglosa el perjuicio supuestamente causado a los propietarios del navío y a los dueños de las mercancías. Se enumeran veintiséis cargos, pero la dificultad procesal precede incluso al examen del viaje: ¿cómo juzgar a ambos hermanos si el capitán, imputado como autor principal, no comparece?
El 3 de marzo de 1841, el letrado de los Wallace sostiene que no pueden ser juzgados como cómplices en ausencia de Loose. El fiscal general invoca un estatuto de Jorge IV que permitiría juzgar a los inductores aun cuando faltase el autor material. El tribunal autoriza que la causa continúe como delito autónomo, aunque deja la cuestión de derecho abierta para que los acusados puedan valerse de ella en una revisión más exhaustiva. La acusación opta por dos juicios separados. Patrick comparece en primer lugar; las mismas pruebas se esgrimirán a continuación contra Michael.
Antes de reconstruir la derrota del Dryad, los jurados conocen quién era el dueño del bergantín y por qué razón se habían suscrito tantas pólizas. Una cuarta parte del buque pertenecía a los corredores Howden y Ainslie; Michael poseía las otras tres cuartas partes, adquiridas en 1838 por 1.600 libras. La nave había sido luego reparada y reacondicionada, con un desembolso aproximado de 600 libras. En julio de 1839, la casa mercantil Zulueta y Cía. lo fleta de Liverpool a Santa Cruz por 300 libras. Michael, encargado de la gestión del buque, solicita a Howden y Ainslie que aseguren el casco por valor de 2.200 libras y el flete por 300. Otros contratos cubren asimismo mercancías, el navío y sus pertrechos ante diversas compañías. Zulueta asegura su cargamento en el Lloyd's. Pelham afirma que las pólizas suscritas a nombre de los Wallace excedían con creces el valor de su interés real en el buque y los bienes.
El Dryad estiba unas trescientas toneladas de mercancías en Liverpool y se hace a la mar el 7 de septiembre. Tras su partida, Michael confiesa a Stott, su agente, que ha cargado a bordo bienes de su propiedad, contraviniendo el acuerdo estipulado con Zulueta. En enero, se presenta a los aseguradores una reclamación de indemnización por la pérdida total del buque. La mayor parte de las compensaciones es abonada a los hermanos e ingresada en sus cuentas. Los marineros de regreso en Londres no tardan en sumar sus relatos a estas sospechas. En noviembre de 1840, Patrick es detenido. Michael ha abandonado su residencia de Tredegar Square, dejándola amueblada pero desierta; el 16 de diciembre, se le localiza en una modesta hilera de casas cerca de Lancaster. Según su propia declaración, recogida por Pelham, se había refugiado allí para no ser obligado a testificar contra su hermano.
Ronald Maxwell, primer oficial del Dryad, refiere las primeras alarmas. El 17 de octubre, cerca de Anegada, divisa los rompientes y previene a Loose. Shooltz se encuentra al timón. Maxwell le ordena virar para alejar la nave del arrecife; el capitán sube a cubierta, toma la caña y enfila el Dryad directo hacia el peligro. Varios marineros dan un paso al frente y protestan, clamando que no desean perecer. Shooltz recupera la rueda, el buque vira y pasa rozando los rompientes. Maxwell afirma que Loose lo amenazó entonces con llevarlo a juicio por motín.
Dos días después, según Maxwell, el Dryad se aproxima a los Silver Keys, al norte de Santo Domingo. Emerge una roca a escasas brazas por el costado de babor. El capitán asevera no verla; un vigía apostado en el mástil grita que hay escollos bajo la proa. El buque encalla, logra liberarse al cabo de un cuarto de hora y choca enseguida contra una segunda roca. El timón queda arrancado. El carpintero construye uno de fortuna. La tripulación no tarda en recoger sus ropas en petates, dispuesta a desembarcar si la nave vuelve a embestir.
Frente a cabo Haitiano, el timón de fortuna se deshace. Maxwell aconseja ganar puerto o aguardar mar adentro hasta el amanecer para tomar un práctico. Sostiene que Loose rehúsa entrar alegando que carece de piloto y que correría el riesgo de perder el seguro. Un gran navío asoma al norte de la bahía. El Bencoolen efectúa un disparo de cañón para advertir al Dryad de que navega rumbo al desastre; iza además un pabellón que indica que solicita práctico. Loose se niega a izar el suyo. El piloto logra no obstante subir a bordo hacia las once y conduce el Dryad a puerto. Allí permanece entre nueve y doce días; la tripulación presenta quejas contra Loose e intenta, en vano, obtener permiso para desembarcar definitivamente.
El 5 de noviembre, el Dryad reanuda la navegación. El 10, cerca de cabo Cruz, encalla de nuevo en el arrecife. Shooltz asegura que el peligro se había avistado la víspera, pero que el rumbo del buque no se había alterado. La nave no hace agua aquella noche. La tripulación está presta a maniobrar para desencallarla, pero el capitán no da orden alguna, deja las velas izadas y se retira bajo cubierta. Una piragua con españoles se acerca al navío. Loose pregunta si hay alguna población cercana; le responden que se encuentra a treinta millas a través de las montañas y que hay un cónsul en tierra. El capitán desciende a tierra y regresa después. Durante su ausencia, varios marineros observan a popa una caja de puros lastrada con un perno, sumergida en el agua clara. Shooltz afirma haberla rescatado con ayuda de un remo, a seis brazas de profundidad. Contiene cartas y pliegos del diario de navegación.
Antes de abandonar el buque, Shooltz descubre asimismo un barreno bajo la popa, visible desde un camarote cerrado con llave. Considera que una roca jamás pudo haber causado semejante orificio, aunque admite ante los letrados que no vio a Loose perforarlo: se trata de una deducción. Tras el regreso del capitán a bordo, la tripulación llega a Jamaica en la chalupa, donde se registra la protesta de mar declarando el naufragio como accidental. Con todo, los marineros conservan los documentos. Shooltz declara que se los muestran al capitán dos días después de su llegada; Loose se los arrebata a Simpson y le entrega a cambio cuatro billetes de una libra. Los papeles, según su interpretación, acreditaban una pérdida deliberada; no obstante, no refiere una confesión directa del capitán.
Esta deposición constituye la pieza más controvertida del proceso. Shooltz reconoce haber firmado la protesta en Jamaica, donde declaró inicialmente que la pérdida fue fortuita. Para sustentar su acusación contra el capitán, apela al contenido de los documentos recuperados. Otros testigos vinculan las sumas de las pólizas con los Wallace. Sin embargo, de haber muerto Loose, como conjetura Pelham, la defensa se halla impedida de interrogarlo. En favor de Patrick, el letrado C. Phillips ataca la credibilidad de Shooltz, recuerda su versión inicial del accidente y sostiene que los seguros, por numerosos que fuesen, no demuestran por sí solos la intención criminal de echar a pique la nave. El jurado declara a Patrick culpable.
Al día siguiente, Michael comparece a su vez. El señor Jervis reitera los argumentos de la defensa: la ausencia de Loose, la protesta firmada en Jamaica y la escasa fiabilidad de los testimonios. El jurado declara igualmente a Michael culpable. Ambos hermanos son conducidos juntos ante el estrado. El juez Tindal ratifica los veredictos y recuerda el grave riesgo que entraña el fraude a los aseguradores marítimos, sobre los cuales descansa una parte sustancial del comercio. Alude asimismo al peligro corrido por vidas humanas, aun cuando los acusados son juzgados por haber instigado a Loose a provocar el naufragio.
Tindal precisa que la ejecución de la condena queda supeditada a la resolución del punto de derecho pendiente. Recuerda que el delito ha dejado de ser capital y pronuncia la pena de deportación de los hermanos a ultramar por el resto de sus vidas naturales. Pelham no refiere la conclusión de dicha cuestión legal. El proceso concluye así con dos veredictos de culpabilidad, una severa condena y una sombra de incertidumbre que sigue planeando sobre el capitán ausente. El Dryad, por su parte, jamás regresará del mar.
