Las dos familias compartían la misma escalera, mas no habitaban el mismo mundo. En la rue Royale de París, el conde de Montgommery ocupaba las plantas inferiores; los d'Anglade residían encima. El conde poseía caudal, carruajes, servidumbre e incluso un capellán adscrito a su casa. Su vecino disponía de rentas más modestas, si bien frecuentaba de buen grado a una sociedad selecta. Se saludaban, se visitaban en ocasiones. Nada exigía una intimidad particular. Bastaba, para que tal vecindad se tornara peligrosa, con que un cofre fuese forzado durante una ausencia.
En septiembre de 1687, los Montgommery invitaron a los d'Anglade a pasar unos días en su heredad de Villebousin. Estos aceptaron en un principio, para excusarse después. Habrían de lamentar aquel cambio de designio tanto como una falta. En la noche del 22, el conde y su esposa partieron con su séquito y con François Gagnard, su capellán. Algunas personas permanecieron en la mansión parisina, entre ellas unas bordadoras. Los d'Anglade se hallaban en sus aposentos. Más tarde, aquel simple hecho adquiriría la traza de un cálculo premeditado: habrían permanecido en el lugar para sacar provecho de la soledad del recinto.
Los dueños regresaron antes de lo previsto. Algunos sirvientes encontraron a los vecinos sorprendidos al volver a verlos. Se ignora qué significaba tal asombro antes de que se descubriese un robo; después, semejó una confesión involuntaria. Una pequeña sala donde dormía la gente de servicio tenía, además, la puerta tan solo entornada, a pesar de que el capellán aseguraba haberla cerrado con doble vuelta de llave. La puerta, los rostros, la invitación rehusada: tales pormenores existían por separado. El anuncio de la desaparición de una fortuna les confirió de pronto un sentido unánime.
El cofre del conde había sido violentado. Declaró la pérdida de un botín considerable, compuesto por talegas de moneda de plata, piezas de oro y un collar de perlas. Los magistrados acudieron a buscar en la casa cuanto a esta le faltaba. Los d'Anglade rogaron que se comenzase por sus estancias. Arcones, cajones, lechos y jergones fueron examinados en vano. Ellos mismos habían franqueado el paso de sus puertas; mas semejante docilidad no impidió que la sospecha los siguiese de una pieza a otra, para subir luego hasta el desván.
Madame d'Anglade se desvaneció y no acompañó este último registro. En un viejo arcón, entre lienzo y ropajes, se descubrieron setenta luises envueltos en un impreso genealógico que Montgommery reconoció como de su pertenencia. Había ya un objeto que mostrar y un sitio en donde había sido hallado. El vahído de la dama bien podía interpretarse como el temor a un descubrimiento. Una instrucción debiera aún haber inquirido quién tenía acceso al arcón y quién había trasladado el caudal. La impresión que causó aquel fardo pareció responder con mayor presteza.
El registro descendió a continuación a la cámara donde dormían el capellán, el paje y el ayuda de cámara. Madame d'Anglade recordó que la puerta se había encontrado sin cerrojo. Se hallaron allí varias talegas de plata. Este nuevo hallazgo bien pudo haber ampliado las pesquisas entre las personas que ocupaban la estancia; reforzó, por el contrario, la prevención contra la mujer que había atraído la atención sobre ella. Si señalaba un lugar, era porque lo conocía en demasía; si nada hubiese advertido, ¿acaso su silencio habría parecido menos sospechoso? El conde respondía de sus criados. Los vecinos, en cambio, no gozaban de garantía alguna comparable.
El marido fue conducido al Châtelet; la esposa, al Fort-l'Évêque. Se precintaron sus efectos. En el sumario penetraron pronto otras hablillas: d'Anglade habría sido tahúr; habría morado antaño en una casa donde desapareció cierta platería; se le atribuía la sustracción de unas cintas. La crónica subraya hasta qué punto la gravedad y la chanza podían confundirse en aquellos testimonios indirectos. El hombre dejaba de ser meramente el vecino en cuya morada se buscaba un botín. Su vida entera se convertía en el pretendido preludio del expolio.
D'Anglade impugnó el procedimiento e inculpó al magistrado que lo dirigía. El asunto, no obstante, volvió a recaer ante este último. Champagnac columbra en tal confrontación una causa añadida del encarnizamiento judicial. En enero de 1688, el acusado fue sometido a tormento; nada confesó. Al mes siguiente, se le condenó a nueve años de galeras y a su esposa a idéntico tiempo de destierro de París. El fallo esquivaba la pena capital, mas desgarraba al matrimonio, arruinaba su porvenir e imponía al marido un traslado que su quebranto físico tornaba atroz.
Cayó enfermo durante su cautiverio. Cuando se le unió a la cuerda de presidiarios, no se hallaba restablecido. El camino hasta Marsella sumó sus fatigas a las de las mazmorras. Llegado a su destino, fue trasladado al hospital de forzados. Allí falleció el 4 de marzo de 1689. Habían hallado en su estilo de vida motivos para alimentar sospechas de un caudal mal adquirido; terminaba lejos de su hogar, sin alcanzar siquiera el trabajo forzado al que se le había sentenciado. En París, el proceso continuaba gravitando sobre su viuda y sobre la hija de ambos, a quien el relato describe aún muy niña al inicio de la reclusión.
Madre e hija padecieron juntas el encierro. Champagnac describe un calabozo húmedo, la privación de lo más indispensable, una niña de cinco años que compartía una tribulación cuyos motivos no alcanzaba a desentrañar. Para ella, las ausencias no recibían las denominaciones exactas que les otorgaba la justicia: traslado, condena, partida de la cuerda. Su padre se había desvanecido de su vida. Su madre intentaba conservar arrestos bastantes para reclamar su exoneración. La familia carecía ya de aposentos que recorrer, de visitas que acoger, de convites a los que responder; dependía de gestiones entabladas en otros foros y del tiempo que otros quisieran consagrarles. Era a esta niña a quien se encontraría más adelante representada en los autos, demandando a su vez que el honor de sus progenitores no permaneciera ligado al cofre forzado.
La revelación sobrevino merced a cartas anónimas. Su autor aseguraba pretender aliviar su conciencia antes de profesar en un claustro. Apuntaba a dos hombres: Gagnard, el capellán, y Vincent, apodado Belestre. Señalaba asimismo a una mujer capaz de ilustrar a los pesquisas: madame de la Comble. Una misiva huérfana de firma no bastaba para enmendar una sentencia. Ofrecía, al menos, nombres y una pista que la instrucción podía perseguir, en lugar de continuar dando vueltas en torno al desván de los d'Anglade.
Las nuevas averiguaciones versaron sobre los tratos que unían a ambos hombres y sobre su repentina holgura. Belestre había adquirido unas tierras. Gagnard, que había abandonado la servidumbre del conde, gastaba con largueza muy superior a lo que su pretérita condición hacía presumir. Presos por otras causas, fueron interrogados. Madame de la Comble ofreció precisiones sobre el expolio de la rue Royale. La confección de llaves falsas vino a sumarse a la narración de los hechos. La hija de d'Anglade, representada por un tutor, se personó para solicitar que la condena de sus padres quedase finalmente anulada.
La crónica da cuenta de las confesiones de ambos sujetos, produciéndose la de Belestre con anterioridad a su ejecución. El robo hallaba una explicación distinta, avalada esta vez por las pruebas reunidas contra sus verdaderos autores. Restaba, con todo, alcanzar la debida reparación. Se otorgaron cartas de revisión; una demanda de daños y perjuicios interpuesta contra Montgommery dio pie a prolongados alegatos. El 17 de junio de 1693, un auto rehabilitó formalmente a los esposos d'Anglade. Casi seis años habían transcurrido desde aquella invitación declinada. En la escalera de la rue Royale, se había creído advertir la turbación de unos vecinos sorprendidos por un regreso. Al término de la causa, perduraba ante todo aquel retorno tornado en imposible: el del padre, muerto en Marsella, a quien su hija ya no podía aguardar.
