Mil ducados por restituir un cuadro: Johann Georg Worhatz halló la propuesta excelente. Sabía dónde se encontraba la pintura. La había robado él mismo.
En Dresde, el 22 de octubre de 1788, acababa de descubrirse que la galería había perdido su célebre Magdalena, por entonces atribuida a Correggio, y otras dos pinturas. La primera lucía un marco de plata enriquecido con piedras preciosas. Pocos años antes, se había rechazado una oferta de ochenta mil táleros por desprenderse de ella. Ahora yacía oculta en la morada de un antiguo zapatero que cultivaba plantas tintóreas y buscaba fondos para expandir su negocio. El Nouveau Pitaval, en la crónica que consagra a este robo, sigue los pasos de este hombre desde sus primeros éxitos hasta la falta de ortografía que habría de entregarlo a los jueces.
El zapatero que quería ser rico
Worhatz había nacido en Dresde en 1750, hijo de un soldado. Tras la escuela, aprendió el oficio de zapatero y luego viajó como oficial antes de establecerse como maestro en Brunswick. El oficio le fue propicio. Se vanagloriaba de haber calzado a gran parte de la universidad de Helmstedt y de haber empleado hasta a ocho oficiales. La hacienda podía, pues, prosperar con decoro sin necesidad de palacios, galerías ni fracturas. No se conformó con ello.
En 1778, tras un encuentro con un tal von Ponickau, regresó a Dresde, contrajo matrimonio y abandonó el taller por la agricultura. Su proyecto resultaba seductor: desarrollar el cultivo de la rubia tinctoria, aquella planta cuyas raíces proporcionaban un tinte rojizo. Supo presentar sus ensayos como una empresa de pública utilidad para el país. Se le otorgó un terreno cerca de la ciudad nueva y auxilios financieros. Las plantaciones dieron fruto; otros hacendados le solicitaron que implantara cultivos en sus tierras. Probó fortuna luego con la producción de cochinilla. La crónica reconoce en sus iniciativas gran diligencia e ingenio.
Sin embargo, las ganancias corrían más lentas que los proyectos. Worhatz pretendía extender los cultivos, levantar una manufactura en Bohemia y trocar sin tardanza la condición de labrador emprendedor por la de hombre acaudalado. Los gastos y las deudas medraron a la par. Empezó a allegar de otros pagos los recursos que sus campos no le proporcionaban. En las residencias principescas halló muebles, telas y platería. El Zwinger se convirtió en uno de los escenarios de sus correrías. Sustraía piezas preciosas, pero también cortinajes: el botín no precisaba ser una obra maestra para poseer un precio.
Sus hurtos menos gloriosos le acarrearon las primeras tribulaciones. En 1784 y 1785, según el cómputo fijado en el relato, se llevó sesenta y tres colmenas en las aldeas comarcanas. Revendió algunas a campesinos antes de hurtarlas de nuevo. Dicho trasiego acabó por despertar sospechas. Detenido y juzgado, fue condenado a diez años de reclusión. Ciertas restituciones sirvieron más tarde para reducir la pena a cuatro años.
El interés que suscitaban sus cultivos le había valido, no obstante, consideraciones durante el proceso. Se temía ver languidecer las plantaciones; se le concedió la libertad bajo fianza y palabra. Worhatz prosiguió sus robos. Aguamaniles y jarras de plata salieron del Zwinger; en el palacio de Moritzburg se apoderó singularmente de paños y de un reloj de sobremesa. Ya no se trataba de salvar un negocio mediante un ardid puntual. Las sustracciones se habían convertido en una ocupación sistemática.
Tres cuadros y ningún comprador
Durante una visita a la galería, Worhatz aguzó el oído ante lo que se decía a los forasteros a quienes se guiaba frente a las pinturas. Retuvo en la memoria las obras presentadas como las más insignes. La noche del 21 al 22 de octubre de 1788, penetró en el edificio, emplazado entonces en el Neumarkt, a pesar de la presencia de un centinela en la plaza. El relato describe una noche lluviosa y desabrida que favoreció su allanamiento. Se marchó con la Magdalena, cuyo marco de plata lo había deslumbrado, el Juicio de Paris de Van der Werff y una cabeza de anciano de Seybold.
En su casa, los lienzos fueron escondidos primero en una colmena. El valor pregonado no prestaba auxilio inmediato a su nuevo poseedor. Podía fundirse el metal y venderse sin conservar la traza de un aguamanil; una pintura ilustre arrastraba consigo su renombre y las pesquisas de las que era objeto. Worhatz declararía más adelante que había abrigado la esperanza de enviar las telas a Holanda, venderlas y emplear el producto en una gran plantación de rubia en una hacienda de Bohemia. Aquel propósito no pasó de ser una vana declaración: carecía de compradores.
La recompensa ofrecida por la restitución le sugirió otro camino. Las autoridades pregonaban mil ducados, dejando entender que silenciarían incluso el nombre del ladrón si las obras regresaban a su lugar. Worhatz, que había vuelto a la galería para calibrar la conmoción provocada por el expolio, resolvió presentarse de modo indirecto como el hombre capaz de hallarlas. Se guardó la Magdalena y depositó, al anochecer, los otros dos cuadros junto a la iglesia católica, acompañados de una misiva. En ella fijaba el lugar y el plazo en que debían entregarse los mil ducados a cambio de la última pintura.
Un sereno halló los lienzos y el pliego. Se dispuso puntualmente una caja en el sitio convenido; mas contenía una promesa de pago, no las monedas de oro. Para cobrar la suma, resultaba indispensable darse a conocer. Worhatz comprendió el riesgo y retuvo el cuadro. Había pretendido cobrar el premio sin mediar con quienes lo prometían; las autoridades habían pretendido recobrar la pintura sin renunciar a la investigación. La caja no satisfizo a nadie.
La letra de más
Quedaba la nota. Se mostró a diversas personas, hasta que un lector creyó reconocer la caligrafía y una singular costumbre. El autor escribía «Kurvürst» con una v, allí donde el vocablo alemán que designa al príncipe elector requería una f. Semejante pormenor evocaba recibos ya vistos con anterioridad. Worhatz había percibido dineros de las arcas principescas para sus labores y suscrito los resguardos correspondientes. Se cotejaron tales recibos con la demanda de recompensa. La letra y la falta ortográfica coincidían al punto.
Seis semanas después del robo, Worhatz fue arrestado. Negó al principio; luego admitió saber algo del asunto sin confesar su participación en el allanamiento. Aseguró que la Magdalena estaba oculta en un bosque y llevó de paseo a los pesquisidores durante una jornada entera en busca de un escondrijo que decía no lograr hallar. En tanto buscaban entre los árboles, la pintura aguardaba en su vivienda. Un nuevo registro permitió descubrirla bajo una tabla, sobre el hogar.
Confrontado con el lienzo, Worhatz confesó este robo y varios otros. No todos los hechos que se le atribuían pudieron probarse. Por los que quedaron demostrados, recibió diez años más de reclusión, agregados a los cuatro ya dictados, con exposición a la picota. Aun concluido el plazo de la pena, su puesta en libertad debía ser objeto de un informe ulterior. Fue conducido a la casa de reclusión de Zwickau el 16 de noviembre de 1789. La crónica no halla posteriormente rastro seguro de su salida.
La Magdalena había retornado a la galería. Para identificar a quien la había ocultado, no se había necesitado ni un perito capaz de reconocer a Correggio ni un mercader dispuesto a adquirir el botín. Un lector había reconocido una letra mal situada. El hombre que aspiraba a hacer fortuna con una obra sin igual se había traicionado por una falta que ya cometía en sus propios recibos.
