El primer día de 1888, mientras Marie-François Goron recibía las felicitaciones de su personal, acudieron a anunciarle que un hombre detenido la víspera en el barrio de Le Mail acababa de intentar el asesinato de un cobrador de banco. Ya se le llamaba «un nuevo Lacenaire». La comparación se fundaba en un apartamento alquilado para preparar el ataque contra un recaudador bancario, en unas letras llegadas a su vencimiento y en una herida infligida tras la nuca. Sin embargo, el detenido no era Lacenaire, sino un tal Lecomte, que se había presentado bajo el nombre de Garnier. El asunto lo relata Goron en sus memorias, publicadas en 1897, diez años después de los hechos.
El 15 de noviembre de 1887, un hombre de unos treinta años alquiló un pequeño apartamento en el segundo piso de la calle Tiquetonne por quinientos francos. Afirmaba vender sederías y residir en Marsella. Rara vez se presentaba en la vivienda y no llevó a ella mueble alguno. Hizo, no obstante, realizar ciertas reparaciones a un cerrajero de la calle Beaubourg, a quien pagó mediante dos letras de cambio con vencimiento el 31 de diciembre. Exigió que fuesen entregadas al Banco de Francia para su cobro. Esta elección del lugar y del día vinculaba el vencimiento a la visita prevista de un cobrador.
El 31 de diciembre, el inquilino, que se hacía llamar Garnier, compareció temprano en el apartamento y avisó a la portera de que permanecería allí toda la jornada. Hacia la una, un empleado del Banco se presentó para hacer efectivas las dos letras. Aquel joven tenía veintiocho años; supernumerario, suplía aquel día a un anciano colega enfermo. Tras entrar sin recelo en la vivienda desierta, preguntó si se efectuaría el pago.
Garnier hizo señas de que no. El empleado se inclinó para retirar el alfiler que sujetaba los efectos. Su anfitrión le asió entonces el brazo y le hundió en la nuca un punzón hueco, de una decena de centímetros según Goron. El joven gritó pidiendo socorro e implorando auxilio contra el asesino. Perdió sangre, mas la herida no fue mortal. El agresor, presa del pavor, salió y cerró la puerta con llave. Una vecina, alertada por los gritos, le preguntó qué ocurría. Él respondió que alguien se hallaba indispuesto y que iba en busca de un médico, tras lo cual continuó con calma su descenso por la escalera.
La portera y su hijo habían escuchado las voces de alarma. En cuanto vieron salir a Garnier, se lanzaron en su persecución. El hombre echó a correr; el hijo gritó: «¡Al ladrón!», varios transeúntes le cortaron el paso y fue detenido en la esquina de la calle Mandar. Conducido ante el comisario Brissaud, guardó absoluto silencio. El cobrador había salvado la vida, y la detención había seguido con tal presteza al asalto que la policía pudo examinar el apartamento, las letras y el arma homicida antes de que su artífice lograra desvanecerse.
Goron presenta el suceso como una imitación casi exacta del crimen de Lacenaire, quien, bajo un nombre fingido, había alquilado un aposento en la calle Montorgueil. Un 31 de diciembre, Lacenaire y su cómplice François Martin aguardaban allí asimismo a un cobrador de banco que acudía a hacer efectivas unas letras falsas. Lo acometieron en el cuello con un instrumento punzante, pero la víctima sobrevivió y dio la voz de alarma. Los dos malhechores huyeron; solo fueron descubiertos más tarde, tras la detención de Martin por otra estafa. Goron recuerda que Canler, encargado de la pesquisa, supo entonces desentrañar el nexo con Lacenaire y un tercer cómplice, Avril. Marcaba, por ende, la diferencia en el desenlace: el individuo de la calle Tiquetonne fue apresado al instante, mientras que Lacenaire y sus secuaces burlaron en un primer momento a sus perseguidores.
El arrestado afirmaba llamarse Garnier y desconocer el alojamiento de la calle Tiquetonne. Tampoco profirió palabra cuando Goron le exhibió el instrumento requisado en el lugar del delito. El jefe de la Sûreté sospechaba que el nombre era fingido, mas carecía aún de su verdadera identidad. Un detalle aproximó todavía más al sospechoso a su modelo: en el apartamento se había hallado un fragmento de papel con dos célebres versos de Corneille. Goron los presentaba como un indicio suplementario de la impostura literaria que comparaba con la de Lacenaire; no afirmaba que el propio Lacenaire los hubiese citado. La coincidencia literaria no bastaba, por sí sola, para constituir una prueba de identidad.
Goron refiere a continuación la estratagema de la que se valió. Mandó redactar una falsa ficha antropométrica en la que se hacía constar que Garnier ya había sido condenado en rebeldía a veinte años de trabajos forzados. Cuando se la exhibió como auténtica, el preso se sublevó: declaró no haber sido condenado jamás y no llamarse Garnier. Instado a revelar su verdadero nombre, replicó que solo hablaría ante el tribunal del jurado. Goron distinguió entonces una inscripción en un botón del pantalón y, sin cerciorarse de poseer realmente las señas del sastre, fingió conocerlas. Desconcertado, el hombre acabó confesando que se llamaba Lecomte y que regentaba una tienda de pinturas y colores en la avenida Bosquet.
Añadió que no residía en el establecimiento, sino en una buhardilla del sexto piso de una finca de la Chaussée-d'Antin, de la cual su madre era portera. Goron relata que debió trasladarse ante ella para verificar la identidad del hijo. La mujer, que ignoraba con quién hablaba, solo confiaba en que no hubiese desaparecido por faltarle dos mil francos con los que saldar un vencimiento comercial. Temía que se hubiera quitado la vida. Goron no le reveló de inmediato la cruda verdad; le dijo que su hijo había sido arrestado tras una reyerta y que acudía para comprobar su filiación. Los periódicos le revelarían al día siguiente la tentativa de asesinato.
El registro del aposento proporcionó nuevos indicios sobre la urdimbre del crimen. Goron halló en él novelas de Émile Gaboriau, las memorias de Canler y la práctica totalidad de los volúmenes que trataban sobre Lacenaire. Consigna asimismo que Lecomte había percibido algunos miles de francos procedentes de una herencia, consumiendo luego su patrimonio al multiplicar los dispendios y acumular mercancías en su tienda. Con el término del año próximo, se veía incapaz de hacer frente a un vencimiento perentorio. Según el relato que Goron afirma haber recibido, Lecomte se había fijado meses antes en la cartera de otro cobrador e imaginó que sería sencillo apoderarse de ella. Al agravarse sus apuros pecuniarios, aquella idea habría resurgido, nutrida por el ejemplo literario de Lacenaire. Esta crónica de sus designios es la que Goron atribuye al reo; ningún interrogatorio original ha sido consultado para la presente relación.
Ante el tribunal de la audiencia provincial, Lecomte sostuvo haber obrado bajo el influjo de una suerte de obsesión. El cobrador había sobrevivido y no presentaba lesiones que comprometieran su vida. Los jurados reconocieron circunstancias atenuantes, pero lo condenaron a trabajos forzados a perpetuidad. Goron supo más tarde que, en el presidio de Nueva Caledonia, Lecomte cometió otro crimen por el cual fue ejecutado. El memorialista no precisa la fecha ni las circunstancias de tal suceso.
Así concluyó la andadura de aquel a quien la prensa pudo calificar de nuevo Lacenaire antes incluso de que su identidad quedase fijada. La imitación prestaba al caso su rótulo novelesco, mas no suplía el examen riguroso de los hechos: el apartamento, las letras de cambio, la víctima, el nombre supuesto y la persecución en la calle Mandar pertenecían al sumario estricto de Lecomte. Las analogías literarias y el testimonio de sus impulsos nos han llegado por la pluma de Goron; el veredicto y la ulterior ejecución son transmitidos de igual modo por él. Deben leerse, pues, con prudente reserva, por cuanto las piezas originales de la causa y los registros del penal no figuran en la fuente consultada.
