Nathaniel Newnham el Mayor recibió una carta anónima en la que se le exigían ochenta y cinco guineas. De no hacer llegar el dinero conforme a las instrucciones, la misiva amenazaba con matar al comerciante y a su esposa. Una segunda carta, fechada el 27 de marzo de 1729, le reclamó cien guineas y reiteró las amenazas contra ambos cónyuges. Los envíos debían consignarse bajo el nombre supuesto de John Harrison y depositarse en ciertas posadas de Londres. En el juicio, la acusación sostuvo que Jepthah Big había concebido dicha extorsión y arrastrado a Peter Salter a los preparativos. Se le imputaba un delito al amparo de una ley contra la extorsión promulgada bajo el reinado de Jorge I.
Salter relató cómo Big lo había abordado en Squirrel Alley, donde él trabajaba. Primero lo invitó a beber en The Ship, una taberna que Salter solía frecuentar, para luego conducirlo a The Sieve, en Little Minories, con el pretexto de tratar un asunto privado. Big le confió que precisaba de diez o dieciséis guineas, y que con tal suma podría hacerse con sesenta más. Le explicó que su hermano servía como cochero para un anciano asustadizo. Big pretendía escribirle para que enviase un paquete; Salter debía escoger una posada donde el bulto pudiera recibirse sin levantar sospechas.
Big propuso The Shoulder of Mutton, en Billingsgate. El paquete debía dirigirse allí a nombre de John Harrison. Pidió a Salter que tomara asiento y vigilase, y que fuera a reunirse con él en The King’s Head si algo parecía sospechoso. Salter acudió a la hora acordada. Entró un mozo de cuerda con una nota y preguntó por el posadero. El hijo de este examinó la esquela, hizo una seña a su padre, salió y regresó poco después acompañado de otro hombre. El mozo recibió el fardo.
Salter fue a prevenir a Big. Cruzaron Moorfields; Big confesó su contrariedad y aseguró que habría dado cinco guineas a Salter si el plan hubiese prosperado. En The Three Tuns anunció que redactaría otra carta, más conminatoria, y que haría entregar el segundo paquete en The Black Boy, en Goodman’s Fields. Esta vez, el envío debía consignarse de nuevo a nombre de John Harrison. Big creía que el tabernero no sospecharía de él.
El primer paquete no contenía dinero alguno. John Long, criado de Newnham, declaró haber recibido la carta del 20 de marzo a través del correo de un penique. Su amo le hizo leer el contenido: exigía las ochenta y cinco guineas. Aquella misma noche se dispuso un fardo envuelto en papel de estraza, de unas dos libras de peso, sin moneda alguna y dirigido a John Harrison; a la mañana siguiente, Long lo llevó a The Shoulder of Mutton. Tras la segunda carta, se preparó otro bulto y se condujo a The Black Boy. La crónica sugiere que Newnham buscaba responder a las amenazas al tiempo que facilitaba la vigilancia sobre quienes acudiesen a recoger el dinero.
El 1 de abril, Big pidió a Salter que lo acompañase a The Black Boy para comprobar si el paquete había llegado. Le encomendó que observara si había alguna celada. Ambos leyeron la gaceta en la posada; un aviso daba cuenta del caso y varias personas comentaban que nadie acudiría a reclamarlo tras semejante publicación. Big se marchó y ordenó a Salter que fuera a buscarlo a The Rose, cerca de Aldgate.
Llegó entonces un mozo de cuerda con una nota. El posadero, el señor Whitaker, le dijo que habría preferido que el propio interesado se presentase, pero aun así le entregó el paquete. Un hombre se aproximó a Whitaker junto a la puerta, mientras este ponía el envío en manos del mozo pidiéndole que lo entregase a su destinatario. Varios individuos salieron tras ellos y siguieron al porteador a distancia, desde la acera de enfrente. Salter se demoró a beber una pinta y luego fue al encuentro de Big en The Rose. Le informó de que una partida seguía los pasos de la entrega.
Tras este episodio, ambos hombres fueron a ver al hermano de Big, que trabajaba para Newnham. Comieron en una posada cercana e hicieron llamar al cochero. Big le preguntó si pensaba abandonar su empleo. El hermano contestó que no: comprendía ahora por qué su amo se hallaba tan irritable, pues cierto «vil bribón» le había dirigido una carta exigiéndole una gran suma bajo amenaza de muerte. Big fingió indignación y dijo haber oído hablar de un anuncio en la prensa. Este diálogo, referido por Salter, demostraba que Big estaba al corriente de las cartas mientras aparentaba la estupefacción de un tercero ajeno a los hechos.
Leyeron los avisos en The Sieve y luego marcharon a The White Swan, en Goodman’s Fields. Big anunció que intentaría averiguar cuándo regresaría Newnham del campo para enviarle entonces una tercera carta. Salter le replicó que lamentaba verlo enredado en un lance tan peligroso. Big le contestó que nada tenía que temer, pero apostilló: «mi vida está en vuestras manos», advirtiéndole de que si revelaba la trama correría la misma suerte. La amenaza proferida contra el presunto cómplice hacía eco de la ya padecida por Newnham.
Los demás testigos no aportaron ninguna identificación concluyente. En The Bell, en Mincing Lane, Benger recordaba que un hombre había pedido pluma y tinta, redactado una esquela y solicitado después un mozo de cuerda. Tan escasamente lo había observado que no podía jurar que Big fuese aquel individuo. Flinder recordaba haber transportado el billete, pero tampoco reconocía al acusado como su remitente. Estas flaquezas confirieron un peso singular al relato de Salter: solo él describía a la vez el reclutamiento, las instrucciones para el primer depósito y el traslado hacia el segundo. No se trataba de una mera observación a distancia, sino de una sucesión de conversaciones en las que afirmaba haber tomado parte.
En la vista judicial se dio lectura a las dos cartas. La que exigía cien guineas aparecía colmada de juramentos e imprecaciones; en ella se reiteraban las amenazas de muerte contra los esposos Newnham.
Diversos testigos presentaron a Big como un hombre sobrio y laborioso. El jurado, no obstante, lo declaró culpable de extorsión. Fue condenado a muerte y ahorcado en Tyburn el lunes 19 de mayo de 1729. El testimonio de su antiguo compinche precipitó su condena; quienes presenciaron la escritura y el transporte del mensaje no lograron identificarlo con certeza. El capítulo concluye con la ejecución de aquel a quien el jurado designó culpable, sin llegar a demostrar que las cartas salieran de su puño y letra ni desvelar la suerte que aguardaba a Salter.
