El 18 de octubre de 1798, desde el castillo de Dublín, una misiva desautorizó la absolución pronunciada por un consejo de guerra congregado en el cuartel de la ciudad. Lord Cornwallis ordenaba la disolución inmediata de aquel tribunal y la expulsión de Hugh Wollaghan de los cuerpos de yeomanry. Tres días antes, los oficiales lo habían declarado no culpable de la muerte de Thomas Dogherty. Entre ambos actos, una misma cuestión había recibido dos respuestas irreconciliables: ¿había acreditado el tribunal el homicidio, y podía el poder político convalidar su veredicto?
El informe judicial llega a nosotros mediante el apéndice de una edición de 1876 de la Historia de la rebelión irlandesa de Charles Hamilton Teeling, fallecido en 1850. Esta narración conmemorativa reproduce el proceso y la misiva sin arrogarse la exactitud de una estenografía certificada; las declaraciones consignadas deben, por tanto, considerarse atribuidas. Sin embargo, el texto revela cómo la política de la insurrección se adentró en la sala de audiencias, no a modo de mero telón de fondo, sino en la urdimbre misma de los interrogatorios dirigidos a los testigos.
El sumario sitúa los hechos en Delgany, en el condado de Wicklow, el primero de octubre. Hugh Wollaghan, yeoman del burgo de Middleton, comparecía acusado de haberse presentado en el domicilio de Thomas Dogherty, de haberlo matado con arma de fuego y de haber actuado con la instigación de Charles y James Fox. El mismo pasaje añade que James Fox se hallaba imputado asimismo por haber disparado contra Margaret Barry. La causa fue incoada a nombre de Wollaghan; a lo largo de las páginas, no obstante, los Fox aparecen también como procesados, sin que el texto ofrezca una resolución diferenciada e íntegra sobre su destino procesal. Semejante irregularidad del acta no debe subsanarse mediante conjeturas. Wollaghan se declaró no culpable.
La primera deposición correspondió a Mary Dogherty, madre de Thomas. Según declaró, Wollaghan se presentó en su morada el lunes precedente, es decir, el primero de octubre, e inquirió si se ocultaban allí rebeldes. Ella le contestó que no había sino un muchacho enfermo. El hombre preguntó a este si era el primogénito de Dogherty; el joven se incorporó y lo confirmó. Mary refirió entonces una amenaza de muerte, seguida de una tentativa de disparo. El fusil no detonó en primera instancia. Entró entonces un tal Charles Fox, afirmó la testigo, si bien precisó que no se trataba de ninguno de los prisioneros que ocupaban el banquillo de los acusados.
En el relato que ofreció a continuación, forcejeó con el arma para desviarla de su hijo. Se produjo una detonación que hirió al joven en un brazo; tras salir al exterior, Wollaghan habría regresado y un segundo disparo habría acabado con la vida de Thomas. Mary afirmó que sostenía la cabeza del muchacho en el instante de expirar. Es ella la testigo capital de los hechos. El texto consigna que Esther Dogherty, hermana del difunto, se hallaba en la vivienda, y resume a renglón seguido que fue examinada sobre los mismos extremos y corroboró las palabras de su madre. Otra hermana había abandonado el lugar antes del disparo.
Mary atribuyó asimismo una intervención tangencial a James Fox, a quien afirmó haber visto en el exterior, armado con un fusil, sin que participase, a su leal saber y entender, en el suceso. Aseguró no tener reproche alguno que formularle. Margaret Barry compareció a su vez; las actas resumen su testimonio señalando que nada tenía que declarar contra James Fox ni contra los demás reos presentes. La prueba de cargo contra Wollaghan descansaba, pues, en aquellas fojas, principalmente en el testimonio de Mary y en la breve confirmación atribuida a Esther; en lo tocante a los demás acusados, el texto dibuja contornos aún más imprecisos.
El contrainterrogatorio desvió con premura el debate de los confines del hogar hacia el terreno de la lealtad política. Se preguntó a Mary si su esposo y otro de sus hijos habían tomado parte en la rebelión, y si este último había muerto en Dunboyne combatiendo a las fuerzas del rey. Respondió que dicho hijo vivía y trabajaba en su oficio; el difunto, manifestó, había sido acusado de rebelde, mas negó haberlo visto jamás empuñar las armas. Explicó que había estado detenido en calidad de insurgente, confinado en un navío de custodia por hallarse enfermo y trasladado después al hospital de la marina merced a la mediación atribuida a Lord Cornwallis y a la señora Latouche. Los antecedentes del finado se convertían así en argumento de la defensa, aun cuando ningún testigo pudiera transformar la sospecha de rebelión en justificación de su muerte.
Un manuscrito fue asimismo incorporado a los autos. Richard Byrne, soldado de los Wallace Fencibles, relató haberlo recogido en el camposanto de Delgany el día en que el forense practicaba las pesquisas; declaró que lo había tomado por un billete bancario y que lo había entregado luego al capitán Gore. Byrne era iletrado y dependía de lo que un camarada le había referido sobre el documento. El informe judicial lo presenta como una canción, sin fijar con certeza su autoría ni demostrar que Thomas hubiese sido su redactor. La pieza procesal arrojaba nuevas sospechas sobre la familia, mas su procedencia y lectura adolecían de una palmaria fragilidad.
Byrne aseveró haber visto a los Dogherty adiestrarse con pértigas o picas durante la primavera y refirió una frase atribuida a Thomas, quien supuestamente lo habría instigado a sumarse a una partida. E. Weyman, otro testigo propuesto por la defensa, confirmó que los miembros de la familia gozaban de reputación de rebeldes. Refirió que a comienzos de junio Mary le había confiado cueros y otros efectos en un fardo; al advertirle él sobre las consecuencias de la insurrección, la mujer habría maldecido a quienes la habían instigado, declarando que la revuelta había arruinado a los suyos. Estos testimonios distaban de probar quién había disparado aquel primero de octubre. Configuraban, más bien, un retrato político de la víctima y de su madre, del cual los letrados defensores pretendían extraer una eximente, mientras la acusación lo juzgaba una digresión ajena a la muerte examinada.
El consejo suspendió la vista hasta el lunes 15 de octubre; la página impresa consigna fielmente esta fecha, allí donde el reconocimiento óptico de caracteres la altera. Thomas Vicars fue interrogado entonces sobre el cautiverio previo de Dogherty. Manifestó tener entendido que este había sido apresado con las armas en la mano, juzgado por otro consejo de guerra y remitido a un navío antes de ser puesto en libertad. No obstante, Vicars ignoraba si Dogherty había obtenido un salvoconducto o prestado juramento de fidelidad, y no tenía noticia de acto alguno de rebeldía posterior a su excarcelación. La distancia entre lo que había oído decir y lo que conocía de ciencia cierta pesaba aquí más que el aplomo de sus asertos.
Isaac Sutton relató que un tal Thomas Dogherty había sido su custodio cuando él se hallaba prisionero de los insurgentes cerca de Roundwood, en mayo. Instado a identificar al occiso, reconoció los límites de su memoria: no había vuelto a ver a aquel individuo desde su cautiverio y no podía asegurar que el Dogherty que trató en su día fuese el mismo que yacía muerto. Tal vacilación no desmentía a la madre, pero ilustraba hasta qué punto el proceso se ventilaba en una comarca donde las identidades, los arrestos y las adscripciones políticas discurrían a través de una red de testimonios indirectos.
El punto más espinoso sobrevino con la deposición del cabo George Kennedy. Este atribuyó al capitán Armstrong una orden anterior al fallecimiento de Dogherty: las patrullas de yeomanry, al realizar sus batidas en partidas, no estaban obligadas a conducir a los hombres tenidos por rebeldes o sospechosos de serlo, sino que estaban facultadas para abatirlos en el acto. Kennedy afirmó haber transmitido esta consigna a la tropa y manifestó creer que Wollaghan se hallaba presente al impartirse. No obstante, al ser interrogado sobre si se había despachado patrulla alguna el primero de octubre, declaró no recordarlo. Su testimonio versaba, por tanto, sobre una directriz general referida de oídas, y no sobre una orden concreta impartida en aquella jornada.
El sargento Hayes declaró que Armstrong había hablado de abatir o ahorcar a los sospechosos de rebelión, y que se habría creído con potestad para obrar de tal suerte. El teniente Tomlinson describió una práctica consuetudinaria consistente, según sus luces, en no apresar rebeldes conocidos sino en abrir fuego contra ellos, admitiendo al mismo tiempo desconocer el origen de semejantes instrucciones. Diversos oficiales depusieron igualmente sobre la conducta de Wollaghan en el seno del cuerpo: lo calificaron de sobrio, disciplinado, valeroso o inclinado a la clemencia. Estos juicios morales podían ilustrar su reputación; en nada esclarecían, empero, la escena acontecida en el hogar de Mary.
Coexistían así dos causas paralelas. En una, Mary sostenía que el procesado había disparado contra su hijo, y la familia negaba haber visto a Thomas en armas. En la otra, la soldadesca esgrimía la existencia de órdenes para abatir sospechosos, sin que testigo alguno acreditase que el primero de octubre se hubiese destacado patrulla alguna a la morada de los Dogherty. El acta señala que, tras concluirse la defensa y darse lectura a un alegato por su letrado, Wollaghan fue absuelto. El documento no reproduce la motivación jurídica de los miembros del tribunal ni el pormenor de sus deliberaciones; el fallo no puede, pues, transformarse en una certidumbre incontestable sobre sus dudas.
Aparece entonces la misiva del castillo de Dublín, fechada el 18 de octubre y suscrita por H. Taylor, secretario. En ella se traslada la desaprobación del Lord Teniente hacia una sentencia que consideraba la absolución indebida de un homicidio consumado, a su juicio, con pruebas meridiemes. Disponía la disolución inmediata del consejo de guerra y la expulsión de Wollaghan de la yeomanry, con expresa prohibición de ingresar en cualquier otro cuerpo de milicias del reino. Una posdata ordenaba la constitución de un nuevo tribunal para juzgar a cuantos prisioneros pudieran serle presentados, vedando en él la presencia de los oficiales que habían integrado el primero.
Esta sección no refiere anulación alguna del veredicto ni segundo juicio para el encausado. Hace seguir a la absolución una censura y un conjunto de resoluciones administrativas; la posdata reclama un nuevo tribunal para eventuales prisioneros, pero no acredita que Wollaghan compareciese de nuevo ante la justicia militar. En el testimonio que nos transmite el acta, la madre ha hablado, los soldados han invocado sus órdenes, el tribunal ha absuelto y el poder supremo lo ha disuelto. La muerte de Thomas Dogherty permanece en el centro del relato, pero el dilema que la historia preserva atañe también a la administración de justicia en las convulsiones de una guerra civil: ¿quién responde de un disparo cuando la cadena de mando se halla, ella misma, bajo sospecha?
