«No le queda a usted más que una hora de vida.» En Berkem, André Carvin padre apunta con un revólver cargado hacia el labio superior del doctor Benoit y aprieta el gatillo al pronunciar estas palabras, según el relato de la acusación recogido por la Gazette des Tribunaux. El arma no se dispara: la baqueta se había quedado trabada en uno de los orificios del tambor. El médico aferra el cañón y lo desvía; se entabla entonces un forcejeo. Para comprender por qué Benoit se encuentra en aquel lugar, la crónica se remonta a la declaración que da inicio a la jornada del 18 de febrero de 1885.
Médico de la sociedad de socorros mutuos de La Madeleine-lez-Lille, el doctor Benoit reconoce a quienes solicitan su ingreso y certifica su estado de salud; los enfermos incurables quedan excluidos. El 18 de febrero de 1885, citado como testigo ante el juez de paz del cantón centro de Lille, declara que Carvin hijo, aquejado desde hacía largo tiempo de una dolencia incurable, no había podido conseguir sino mediante subterfugios el certificado presentado a su nombre bajo la firma del «Doctor Benoit». André Carvin padre asistía a la vista.
En la audiencia del 1 de junio, el acusado cuenta sesenta y cuatro años: nacido en Tournai (Bélgica), es calcetero y reside en la aldea de Berkem, en La Madeleine. Tal es la filiación que el periódico consigna al inicio del juicio, antes de remontarse a la audiencia de febrero.
El acta de acusación sitúa en aquella declaración el detonante de la tentativa juzgada en junio. Al salir del juzgado, Carvin habría concebido un profundo resentimiento hacia el doctor y resuelto vengarse. Regresa a La Madeleine en compañía de varios camaradas. La crónica insiste en el mutismo del trayecto y, más tarde, en el resto de la jornada, que el reo habría pasado recorriendo tabernas, recabando informes y vertiendo expresiones que anunciaban su propósito de matar a Benoit.
Hacia las cinco de la tarde, en el figón de Priem, la conversación regresa sobre el asunto de la sociedad de socorros. Carvin, a quien la crónica describe algo alterado por la bebida, espeta que al doctor no le quedan dos días de vida por haber hecho expulsar a su hijo. «Lo haré a mi modo. Se las verá conmigo.» Mientras habla, exhibe un rompecabezas sacado del bolsillo del paletó. La amenaza no se reduce, pues, a una bravata referida a posteriori: en la versión sostenida ante la audiencia provincial, el objeto se halla presente y a la vista en el instante mismo en que se pronuncian las palabras.
Cuatro horas más tarde, hacia las nueve, Carvin se halla en el despacho de bebidas de Duthoit. Pregunta a la tabernera qué clientes tiene el doctor Benoit por las inmediaciones. Ella nombra a Marie Martin; Carvin hace que le apunten dicho nombre en un pedazo de papel. Hacia las once menos cuarto, le pide que le lea la nota y añade: «La justicia no es justa. Me tomaré la justicia por mi mano.» La tabernera le arrebata el papel, lo rompe en pedazos y lo conmina a marcharse a dormir. El ademán destruye la nota, mas no el curso de los sucesos que la acusación asocia a esa noche.
Cerca de la medianoche, Carvin llama a la puerta del médico. La criada le responde que su señor se halla ausente; él insiste afirmando que el doctor no ha de tardar en llegar. Poco después, Benoit regresa de Berkem en compañía de Dumont y Bertin. Carvin le ruega que lo acompañe de vuelta a la aldea: la señora Priem, asegura, acaba de caer enferma y precisa asistencia urgente. La partida se pone en camino. Dumont y Bertin marchan delante; Carvin camina al lado del facultativo. La Gazette describe su conversación y atribuye a Carvin muestras de admiración por la entrega y la abnegación del galeno. Aquellas palabras cruzadas en la marcha, invocadas por la acusación, cobran pleno sentido en lo que sigue.
Al llegar a Berkem, los dos acompañantes se retiran a sus respectivos hogares. Benoit llama en repetidas ocasiones a la puerta del figón de Priem. La mujer se asoma por una ventana del primer piso. El médico indica su nombre, su condición y el motivo del aviso; ella replica que nadie se halla indispuesto en la casa. En ese mismo instante, conforme al sumario, Carvin encara hacia Benoit el revólver, cargado con cinco balas, y presiona el gatillo. El percutor no acciona el disparo. Con la mano derecha, el médico atenaza el cañón y lo aparta.
La lucha continúa mientras Carvin le echa en cara lo declarado aquella mañana y le asegura que morirá «bien joven». Añade asimismo que Benoit no logrará arrebatarle el revólver. Incapaz, según la crónica, de hacerle soltar el arma, el médico extrae una navaja del bolsillo del pantalón e hiere una o dos veces la mano de su agresor. Carvin acaba por soltar la pieza. Benoit se apodera de ella y corre de inmediato a prevenir al guarda rural. La escena se invierte en breves instantes: el individuo que acudió con el pretexto de una consulta queda desarmado, mientras que el médico que acudía a socorrerlo queda como dueño del revólver.
Carvin es arrestado hacia la una de la madrugada en el figón de Priem, adonde había entrado para curarse la herida. La acusación le atribuye a continuación diversas confesiones concordantes: ante los esposos Priem, el guarda rural y el comisario de policía, habría admitido haber resuelto desde la mañana quitar la vida a Benoit, lamentando no haberlo conseguido. Ante el juez de instrucción se retracta de lo dicho, alegando que sólo pretendía asustar al galeno. La crónica judicial sitúa de este modo dos versiones opuestas en el centro del proceso: la confesión vertida ante los primeros testigos y la posterior rectificación ante el magistrado instructor.
Una breve línea corona este relato: desde su llegada a La Madeleine, la conducta de Carvin jamás había merecido tacha alguna. El texto no precisa quién formula dicha observación ni qué elementos pretéritos sintetiza. Queda consignada al margen de los hechos atribuidos aquella noche, sin bastar para explicarlos ni para contradecirlos. La reseña del proceso, publicada cinco días después de la vista, es asimismo sucinta. El señor Blondel, abogado fiscal, sostiene la acusación pública; el letrado d’Hooge asume la defensa. La Gazette omite los pormenores de sus alegatos, así como las respuestas del jurado a cada una de las cuestiones planteadas.
El veredicto se resume en una sola línea: Carvin es condenado a cinco años de reclusión. Entre la testificación de la mañana y la agresión pasada la medianoche, el día y la noche despliegan una secuencia en la que el mismo médico es primero citado como testigo, luego convocado con el señuelo de una visita y, por último, forzado a batirse para desviar un revólver. En medio de esta cadena de sucesos, un mecanismo encasquillado deja una tregua; Benoit se sirve de ella para desarmar a Carvin y dar la alarma al guarda de campo.
