El disparo sonó cerca de un horno, en el camino de Cazella. En la noche del 3 de noviembre de 1884, Albertino Defendini regresaba a su morada tras haber abandonado la cabaña de Lucie Perri. La Gazette des Tribunaux, que reproduce aquí los hechos del pliego de acusación, relata que oyó una detonación antes de sentir la herida: el proyectil le había atravesado los músculos lumbares, desde la cresta ilíaca derecha hacia la izquierda, de donde fue extraído. La lesión le impediría trabajar durante más de tres meses. El artículo sitúa así, desde sus primeras líneas, una querella vecinal al borde mismo del asesinato.
En un número fechado los días 8 y 9 de junio, la Gazette da cuenta de las sesiones del 1 y 2 de junio de 1885 del tribunal de lo criminal de Córcega, presidido por el consejero Luiggi. Dos personas comparecían por el atentado: Ange-Dominique Vitori, grafiado de este modo en el encabezamiento y luego nombrado con mayor frecuencia Vittori en el cuerpo de la crónica, y la viuda Colombe Colombani. El titular anunciaba una tentativa de asesinato y una complicidad; el fallo, al término, separaría sus suertes. El artículo principia con los hechos imputados en el escrito de acusación, para reseñar seguidamente las deposiciones, las respuestas de los encausados y las alegaciones de los letrados. La exposición del ministerio público, las palabras recogidas durante los debates y las pretensiones de los defensores permanecen claramente deslindadas.
Defendini vivía en enemistad con Colombani, avecindada en Casalta. La Gazette refiere que esta le reprochaba haber azuzado a su perro para que mordiera a un cerdo, con el pretexto de que el animal causaba estragos en su propiedad. El 11 de octubre de 1884, estalló una disputa entre la viuda y Marie-Dominique Defendini a cuenta de unas ramas de encina. Albertino intervino y propinó un empujón a Colombani, quien cayó al suelo. A estar a lo publicado por el diario, la mujer no ocultó ya en adelante su resentimiento; incluso habría amenazado a la familia, asegurando haberse procurado armas y afirmando que a Albertino y a su esposa no les quedaba mucho tiempo.
Vittori, por su parte, guardaba asimismo agravios contra Defendini. Le reprochaba lanzar contra sus reses al perro de Paul-Toussaint Santoni y de ello se quejaba a este último. Pocos días antes del atentado, sostuvo una discusión con Defendini; la Gazette indica que en ella dejó traslucir sus malas disposiciones. La viuda había roto todo trato con Vittori desde que este compareció como testigo en un embargo trabado contra sus bienes. La crónica sitúa después un acercamiento mutuo: el 3 de noviembre fueron vistos conversando en Chiosale. La acusación presentó aquella entrevista como la reanudación de un común designio de venganza.
Aquel día, Vittori partió de Pastricciole con su hermana menor, Jeanne, a quien había ido a buscar a casa de su madre. En Vigna-Piana, le confió su perro y le pidió que lo llevase atado hasta la vivienda, mientras él se apartaba por su lado, provisto de una escopeta. Antes de separarse, le recomendó encarecidamente que, al llegar a Tribaldo, dijese a su mujer que atase al animal. El periódico considera significativa semejante cautela: un perro que hubiese regresado junto a su dueño habría podido delatar su presencia en Casella. Este comentario pertenece al juicio de la Gazette; el hecho consignado es la orden dada a la muchacha.
Vittori no regresó a su hogar sino a una hora avanzada de la noche. Tribaldo se hallaba, escribe el diario, a escasa distancia de Casella. Defendini relató que, al salir de la cabaña de Lucie Perri, vio a la hija de la viuda, la cual parecía vigilarlo; en cuanto él apareció, la joven se apresuró a refugiarse en su casa. Advirtió igualmente a Colombani en el umbral, trabada en conversación con un hombre de quien declaró más tarde haber reconocido la voz: era, a su decir, la de Vittori. Unos instantes después, al cruzar a la altura del horno, fue alcanzado por el plomo. La crónica no eleva estas observaciones del herido a la categoría de testimonio independiente; las recoge como parte de su declaración.
La herida proporcionó otro indicio. El proyectil, de forma alargada y horadado por un orificio en uno de sus extremos, correspondía, a juicio del juez de paz del cantón citado por la Gazette, con la escopeta que Vittori había cedido a Pietri Marsilius en octubre de 1883 a cambio de la suya. El testigo Colombani Pediaco manifestaba que, el 2 de noviembre siguiente, al disponerse Vittori a cazar perdices, había extraído del cañón una bala absolutamente idéntica. El periódico presenta, pues, una correspondencia material entre el proyectil y el arma de fuego; no transcribe, empero, informe pericial alguno ni las deliberaciones de los jurados sobre esta pieza de convicción.
Otros cargos procedían de las palabras atribuidas a Vittori. Raphaël Gambotti, hermano de Colombani, y Jacques-François Carlotti aseveraron que les había confesado su crimen. Por lo que toca a los dichos atribuidos a la viuda, el artículo consigna dos referencias discordantes: en la exposición inicial, la mujer Chiari sitúa en Boca di Taglieto, el 10 de noviembre, una plática con Colombani y sus dos hermanos; más adelante, el resumen de las declaraciones sitúa una conversación de la viuda con sus hermanos al día siguiente de los hechos. El diario no aclara si ambos pasajes aluden al mismo encuentro y no permite conciliar las fechas. Imprime en italiano las palabras que se atribuyen a Colombani: «Se era stata buona l’avrebbe fatta da per me, non avrebbe aspettatu a l’altri». El texto omite la traducción al francés; tales términos subsisten como el testimonio indirecto de una deponente.
Consumado el atentado, Colombani se afanaba, según el rotativo, por averiguar sobre quién recaían las sospechas de la familia Defendini. Cuando Marie-Constance Paoli manifestó el propósito de acudir a la cabecera del herido, la viuda le encareció que le refiriese cuanto lograse saber. Otra testigo, Ursule-Marie Defendini, declaró que Colombani le había asegurado que Vittori fue a su casa la noche del crimen y que mandó a sus dos hijos, Pasqualina y Louis, a comprobar si Defendini se encontraba en la cabaña de Lucie Perri. Interrogada al respecto por la deponente, Colombani habría respondido que sus relaciones con Defendini eran tales que habría consentido que se disparase contra él «no sólo con un fusil, sino aun con un cañón».
En su relación inicial, la Gazette añade que Colombani habría confesado a sus hermanos su temor de ser prendida, asegurando que ella misma habría asestado el golpe de haber podido, sin valerse de mano ajena; a propósito de Vittori, le atribuía asimismo este juicio: que se había delatado por su ligereza de lengua. La crónica hace llegar estas declaraciones al tribunal mediante la voz de la mujer Chiari, mientras los dos procesados persisten en sus negativas. Vittori esgrime una coartada que, a juicio del periódico, la instrucción desbarató con facilidad.
En la vista, los encausados sostuvieron que los testigos habían urdido un complot en su contra; el diario describe sobre todo las invectivas de Vittori contra sus acusadores. El fiscal general Angeli articuló las imputaciones y solicitó la condena de ambos reos. El letrado De Caraffa interesó la absolución de Vittori. El letrado Blanchard rebatió la concurrencia de los presupuestos jurídicos de la complicidad; el letrado Joseph de Montera combatió a su vez la acusación contra Colombani y recabó la absolución de su patrocinada. Una misma trama de presunta venganza quedaba así dividida en el estrado: de un lado, la autoría material del disparo; del otro, la participación de la viuda.
El tribunal declaró a Colombani no culpable y la puso de inmediato en libertad. Vittori fue hallado culpable de tentativa de homicidio voluntario con premeditación y condenado a veinte años de trabajos forzados. El titular del diario había asociado ambos nombres bajo una tentativa de asesinato y una complicidad; el veredicto publicado no los aunó en su suerte. La mujer cuyas palabras y manejos ocupaban una porción principal de la acusación salió libre, al paso que el rigor de la pena recayó sobre el hombre a quien la crónica señala como el brazo ejecutor.
