En la noche del 29 de octubre de 1812, la posta de Leeds cruzaba Higham Ferrers, en el condado de Northamptonshire. El guardia abandonó su puesto habitual en la zaga para acomodarse junto al cochero. Durante aquella ausencia, según la crónica de Camden Pelham, unos desconocidos forzaron la cerradura y se llevaron las sacas. Notificado el robo en Londres, dos agentes de Bow Street, Richard y John Limbrick, se pusieron en camino: iban tras la pista de un ladrón cuyo nombre había mudado ya en incontables ocasiones.
Huffey White distaba de ser un desconocido para la justicia. Condenado en 1809 por robo con fuerza, había sido confinado en los pontones de Woolwich en espera de su deportación perpetua. Logró evadirse y reapareció pronto en los bajos fondos londinenses. Una tentativa de desvalijamiento en Chester lo condujo de nuevo ante los tribunales: White había adoptado el alias de Evans; su compinche Mackcoull, el de Martin. Desenmascarado por los agentes llegados de Bow Street, White fue condenado a muerte por hallarse en libertad antes de expirar su condena de transporte, si bien la pena le fue conmutada por destierro de por vida. Reingresó en los pontones, mas por poco tiempo. Su destreza para la fuga se había erigido en la primera advertencia que sus captores debían tener presente.
Se había concertado con hombres que le secundaban en la preparación de sus empresas criminales, y el relato de Pelham lo sitúa poco después en otro sonado golpe contra un banco en Glasgow. Aquel episodio ya había sacado a la luz el instrumental, las identidades supuestas y la red de cómplices que secundaban a White. En la causa de la posta de Leeds, no obstante, tales antecedentes no pasaban de ser meros indicios: justificaban el celo con que los Limbrick le seguían los pasos, mas distaban de probar que fuese uno de los asaltantes del camino.
El cronista evoca asimismo el lance de Kettering, donde White, provisto de ganzúas maestras, penetró en el banco de Keep y Gotch. Los banqueros ni siquiera advirtieron de inmediato que sus puertas habían sido violentadas: los intrusos no se llevaron nada, al no juzgar la caja lo bastante tentadora. Mas su propósito, según Pelham, era regresar. Un cómplice acabó por delatar la empresa y reveló el folio exacto del libro mayor de Londres que los ladrones habían hojeado. Semejante precisión persuadió a los financieros de que lo inverosímil había tenido lugar. Ello nada demostraba respecto a la posta de Leeds, pero ilustra con fidelidad la naturaleza de los rastros que White dejaba a su paso: puertas abiertas con sigilo, un registro examinado y unas pesquisas que solo cobraban cuerpo tras la delación de un tercero.
El asalto a la diligencia postal, por el contrario, brindaría a la justicia un itinerario público en lugar de una cerradura que peritar.
Los agentes averiguaron que se ocultaba en Bristol, guarecido en compañía de Ned Burkitt y John Goodman, dos facinerosos de sobra conocidos. Lejos de asaltar la vivienda de inmediato, aguardaron durante jornadas enteras la ocasión propicia para prenderlos. Esta se presentó cuando Goodman y su esposa cayeron detenidos, sospechosos de haber desvalijado el banco de Canterbury. Los Limbrick llamaron entonces a la puerta del resto de la banda. Burkitt acudió al zaguán y el acceso degeneró al punto en contienda. En medio de la reyerta, White logró deslizarse por un cobertizo trasero. La redada no resolvía el enigma de la posta: tan solo recordaba a los oficiales que su presa aún era capaz de escurrírseles de las manos.
Una nueva confidencia los condujo hasta Liverpool. A comienzos de abril de 1813, hallaron a White en la morada de Mary Howes, conocida asimismo por el alias de Taylor. Lo acompañaba un individuo llamado Haywood. Los oficiales irrumpieron en la finca, no sin que la anciana les disputase fieramente el paso. Ya en el interior, bajaron en derechura al sótano. White y Haywood se encontraban allí parapetados, resueltos, según consigna Pelham, a sostener una resistencia desesperada. Se entabló un violento forcejeo y un corchete abrió fuego con su pistola. Esta vez, White no pudo escapar. El registro del sótano sacó a la luz, oculto bajo una losa, un arsenal de ganzúas e instrumentos de efracción. Mary Howes fue conducida igualmente presa.
En el juicio, celebrado en las sesiones de verano de Northampton, White, Richard Kendall y Mary Howes comparecieron imputados por el robo de la posta. El proceso no convirtió el sótano de Liverpool en prueba concluyente del delito cometido seis meses antes: la acusación estaba obligada a situar fehacientemente a los reos en Higham Ferrers. Se probó que, en la noche del asalto, White y Kendall habían sido vistos en el camino a bordo de una calesa de dos ruedas, y luego en el domicilio de Mary Howes, que residía en las inmediaciones. Se hizo constar, además, que ningún otro carruaje de tales características había cruzado el fielato en toda la noche. Tras el golpe, ambos individuos fueron avistados juntos y seguidos hasta Londres, donde White intentó endosar ciertos efectos comerciales y pagarés procedentes del botín a un sujeto ya condenado por otro robo.
En la crónica de Pelham, la certidumbre judicial descansa en la concordancia de itinerarios, el paso por el portazgo y la tentativa de colocar los efectos; ningún testigo afirmó haber visto abrir las sacas. Cuarenta declarantes desfilaron ante el estrado. La vista se prolongó durante catorce horas ante una sala abarrotada. Estas cifras dan testimonio no solo de la expectación popular que despertó la causa, sino de la ardua tarea de hilvanar una convicción a base de trayectos, encuentros y papeles mercantiles. Tras deliberar, el jurado declaró culpables a White y a Kendall. Mary Howes, por el contrario, resultó absuelta, al advertir el tribunal que los hechos que se le imputaban no habían acaecido en la jurisdicción del condado donde se la juzgaba. Ni su detención en Liverpool ni su papel en la trama bastaron para que sobre ella recayese condena en aquel fuero.
La sentencia de muerte no quebrantó de inmediato la audacia de White. En la víspera señalada para el suplicio, logró limar sus grilletes y franquear varias rejas. Solo le restaba ganar la puerta exterior cuando fue descubierto e interceptado. Los carceleros lo redujeron y lo devolvieron a la celda. Su existencia había sido una sucesión ininterrumpida de fugas; esta última vino a malograrse en el último umbral, sin alterar un ápice el destino que le aguardaba.
El 13 de agosto de 1813, a las nueve de la mañana, la comitiva fúnebre marchó hacia el patíbulo de Northampton. Richard Kendall, deshecho por el quebranto, proclamó una y otra vez su inocencia. Declaró ante la multitud congregada que moría únicamente por la desdicha de haberse hallado en compañía de White en la noche del asalto. Así lo consigna Pelham; tan postrera aseveración no poseía fuerza bastante para reabrir los autos, mas impide para la historia confundir el veredicto con una confesión espontánea.
White exhibió, a decir del cronista, una altiva indiferencia. Censuró repetidamente al capellán por el modo de administrar su ministerio. Cuando un eclesiástico se le acercó para ofrecerle consuelo, replicó con desdén que solo hallaría alivio si ahorcaban a otro en su lugar. Momentos antes del final, aseguró que Kendall era inocente. Aquellas palabras provenían de un ajusticiado en capilla y no de una retractación en sede judicial, y la crónica no aporta constatación independiente que las corrobore. Con todo, permanecen en el epicentro de la causa: el hombre que había burlado a la justicia en incontables ocasiones afirmaba que su compañero de infortunio no merecía compartir su trágico fin.
El robo de la saca se consumó en breves instantes; la instrucción judicial, en cambio, se fraguó a lo largo de meses entre Bristol, Liverpool, Northampton y Londres. Una calesa entrevisto en la penumbra del camino, una morada vecina, títulos de crédito ofrecidos bajo mano y el incesante callejeo de los sospechosos conformaron la prueba de cargo presentada al jurado. La pluma de Pelham convierte retrospectivamente a White en el hilo conductor que anuda todos estos hitos, desde los pontones carcelarios hasta el dintel de su postrera celda. Mas rescata asimismo la voz de Kendall, que clamó hasta el último aliento contra la fatalidad de una condena nacida de una mala compañía. En este lance de autos, dos hombres fueron condenados a una misma pena, mas legaron al mundo palabras enteramente distintas.
