El 5 de marzo de 1803, en mitad de una partida de whist, un sirviente entró en el salón donde la viuda Ursinus recibía a sus invitados. Unos agentes de policía aguardaban en la antecámara y solicitaban hablar con ella. Dejó sus cartas sobre el tapete, se disculpó ante los jugadores y anunció que regresaría en breve. No volvió jamás. Pocos minutos después, los congregados supieron que había sido conducida a la prisión criminal de Berlín, acusada de haber envenenado a su criado, Benjamin Klein. El capítulo del Neuer Pitaval relata esta escena mediante una narración retrospectiva: el procedimiento no tardaría en deslindar los hechos probados de aquellas muertes que la maledicencia pública ya imputaba a la señora de la casa.
Klein había caído enfermo a finales de febrero. Al quejarse ante su señora, esta le sirvió un caldo y, más tarde, uvas pasas. Los malestares no remitieron. El 28 de febrero, le ofreció unas pasas en una de las cuales había introducido arsénico; Klein vomitó de inmediato y padeció agudos dolores de vientre y de cabeza. Al día siguiente, le sirvió arroz con leche mezclado con arsénico. Ante el manifiesto desagrado del criado, arrojó la fuente a las letrinas. Desconfiando ya de cuanto alimento se le presentaba, el sirviente registró discretamente las estancias y alacenas de la casa. Descubrió allí un paquete que llevaba, según el relato, la inscripción «arsénico». Este hallazgo no probaba por sí solo quién había condimentado los platos, pero transformó una indisposición privada en una sospecha precisa.
La doncella Schley se incorporó entonces a la cadena de comprobaciones. Klein le confió sus temores y le entregó las ciruelas que acababan de ofrecerle. La criada las llevó a su hermano, aprendiz en una botica berlinesa. El examen pericial reveló la presencia de veneno. El boticario mayor alertó a las autoridades médicas, que pusieron los hechos en conocimiento de la comisión criminal; tras los primeros interrogatorios a Klein, a Schley y a las demás partes implicadas, se decretó el arresto. El capítulo sigue con minuciosidad este itinerario material —un paquete, unas frutas, una botica y, finalmente, las dependencias policiales— sin convertir cada sospecha inicial en una prueba juzgada de antemano.
Mas la ciudad no aguardó al juicio para extender la inculpación. Pronto corrió la voz de que el marido de la viuda, fallecido unos años antes, también había recibido veneno; que su tía, Christiane Sophie Regine Witte, había sucumbido a idéntico mal, y que un oficial holandés, Theodor Ragay, había corrido la misma suerte. Berlín creyó hallar en Ursinus a una nueva Brinvilliers. El texto recuerda la aparición, ya en 1803, de un volumen presentado como sus confesiones, si bien precisa que se trataba de una novela espoleada por el clamor popular y en modo alguno del testimonio de la encausada. La celebridad del recelo amenazaba con erigirse en veredicto antes de que los autos fueran siquiera examinados.
La instrucción se concentró primeramente en el origen del veneno y en la afección de Klein. Conforme al capítulo, Ursinus admitió haber obtenido arsénico de su médico valiéndose de un pretexto: afirmó que deseaba destinarlo a un hacendado foráneo. Explicó luego que abrigaba la intención de quitarse la vida. Semejante descargo le pertenecía en exclusiva; no desvirtuaba la administración reiterada de sustancias a Klein ni las pesquisas sobre los manjares. El criado pormenorizó los episodios en que ella le había suministrado caldo, pasas, arroz con leche y ciruelas. Los análisis y las declaraciones testificales se cotejaron con las propias manifestaciones de la viuda. Klein no pereció a causa de tales tomas, pero la relación judicial consideró plenamente acreditadas varias tentativas de envenenamiento.
La cuestión de la intencionalidad concentró los debates de los magistrados. La acusada sostenía que Klein había ingerido el veneno sin que ella tuviese propósito homicida, en el marco de sus propias cavilaciones suicidas; adujo asimismo que tan solo pretendía provocarle el vómito. El capítulo confronta esta versión con la repetición de los actos, las cantidades descritas, los padecimientos observados tras las ingestas y la relación de confianza existente entre ama y criado. Resalta que le ofreció alimentos destinados en apariencia a aliviarlo mientras su estado se agravaba. Tales eran los elementos con arreglo a los cuales el tribunal podía ponderar el dolo; no franquean el acceso a un fuero interno que el sumario no permite desentrañar.
Las imputaciones pretéritas exigían probanzas de otra índole. La suerte del esposo se había convertido en la primera patraña que el público asociaba a la causa; no obstante, los facultativos que lo asistieron declararon sobre su enfermedad y sus postreros días. Formey, Laube y Bremer descartaron que el óbito obedeciera a un envenenamiento. Aludieron a un ataque nervioso y manifestaron no haber advertido los signos propios de una intoxicación ni un deterioro compatible con la dosis de veneno supuesta. El análisis del cadáver no arrojó rastro alguno de arsénico. El capítulo, que somete estos dictámenes al prisma de los conocimientos médicos sobrevenidos, evidencia la discrepancia entre las sospechas de los instructores y el criterio de los prácticos que velaron el lecho de muerte.
El fallecimiento de Ragay suscitó igualmente conjeturas e ilaciones, en particular sobre la índole de los vínculos que unían al oficial con Ursinus. Se tomó declaración a varios testigos y se sopesaron sus manifestaciones; la trayectoria íntima de Ragay avivó la curiosidad de los corrillos. Pese a ello, en la sentencia definitiva que recoge la obra, la prueba resultó insuficiente para apreciar el envenenamiento. Conviene no transformar en certidumbre histórica los amores que la murmuración le atribuía, ni confundir la mención de un hombre entre las muertes sospechosas con una culpabilidad jurídicamente establecida. Correspondía al tribunal deslindar las habladurías del vecindario de cuanto las pruebas de cargo lograban sostener.
En lo tocante a Witte, el proceder fue bien distinto. La tía llevaba varios meses sepultada cuando se ordenó exhumar sus restos. Los médicos describieron lesiones inflamatorias y alteraciones orgánicas; las pesquisas químicas, empero, no hallaron arsénico en las vísceras. Pese a ello, los peritos concluyeron una elevada probabilidad de muerte por arsénico, fundándose en las afecciones observadas y en las circunstancias del curso clínico. Otros facultativos que habían atendido a Witte impugnaron semejante conclusión o no reconocieron las señales de una intoxicación. El capítulo pone de relieve esta contradicción: la falta de detección química no clausura la controversia, del mismo modo que el peritaje anatómico no alcanza rango de prueba incontrovertida.
Ursinus presenció la notificación de la exhumación y, a tenor de las palabras consignadas en el libro, declaró que se sometería al examen: si se hallaba veneno, los jueces sabrían que ella había suministrado la sustancia, mas no podrían dilucidar aún si lo había hecho con intención dolosa. Esta sentencia la transmite el compilador; en nada zanja el extremo sobre el cual disentían los peritos. El tribunal apreció que la muerte de Witte constituía un envenenamiento y condenó a Ursinus por este cargo. Dicha calificación judicial debe mantenerse con la mesura que impone el sumario, habida cuenta de que las observaciones y los pareceres médicos distaban de ser unánimes.
El 12 de septiembre de 1803, el Senado de lo Criminal del Kammergericht pronunció el fallo recogido en el capítulo. Ursinus fue absuelta de las dos acusaciones relativas a su esposo y a Theodor Ragay; se la condenó a reclusión perpetua en fortaleza por la muerte de Witte y las tentativas reiteradas contra Klein. La sentencia separaba con nitidez los hechos probados de las imputaciones que habían circulado por las calles berlinesas.
Ursinus extinguió su condena en Glatz. El capítulo describe una estancia habilitada en el torreón, un escritorio dispuesto junto a la ventana y los afanes intelectuales que le fueron consentidos. Tras cerca de treinta años entre los muros de la fortaleza, obtuvo licencia para residir en la villa de Glatz. Tomó a una dama por compañera y recibía visitas ocasionales, a quienes refería sus desdichas mientras proclamaba su inocencia. El texto desgrana después la dilatada existencia de la reclusa y su fallecimiento, acaecido en 1836 tras una dolencia. Da cuenta asimismo de la leyenda forjada en torno a su figura, a caballo entre la bienhechora, la criminal y la dama de sociedad. Tales semblanzas pertenecen al relato de sus coetáneos y a la pluma del compilador; no alteran los límites fijados por la sentencia de 1803.
En Berlín, el proceso se había iniciado con unas frutas rechazadas, un envoltorio descubierto en un armario y una mujer que interrumpía una partida de naipes. Concluyó con una pena de fortaleza, sin doblegarse al clamor de la ciudad que pretendía transformar cada sospecha en condena. Entre uno y otro hito, la justicia hubo de cotejar los hechos referidos por Klein, los análisis bromatológicos, los cuerpos exhumados, las pericias médicas y los descargos de la inculpada. La crónica del Pitaval añade a estas piezas su propio comentario moral; el lector advertirá ese acento sin confundirlo con el veredicto. La sentencia declaró probado el envenenamiento consumado de Witte y las tentativas contra Klein; las acusaciones referidas a su esposo y a Ragay quedaron formalmente desestimadas.
