La maleta de viaje contenía el dinero que un recaudador debía entregar al tesorero de los Estados de Borgoña. Cuando Bosquillon llegó a la posada de Los Cuatro Hijos de Aymón, en Charenton, los mozos que la subieron a su aposento la encontraron tan pesada que el viajero les comentó que allí había suficiente para casar a varias doncellas. Esa misma noche, el hombre se esfumó. Su baúl fue hallado cerrado en el carruaje, pero en él apenas restaba una porción del dinero. Pocas semanas más tarde, la corriente depositaba un cadáver en el Port-au-Blé, en París.
Bosquillon ejercía en Auxonne como recaudador de tributos. En octubre de 1778, se encaminaba a París para entregar las sumas recaudadas; pretendía asimismo establecer en Charenton un almacén de vinos para su hijo mayor. Antes de la partida, su esposa le había ayudado a guardar los fondos en una maleta de cuero amarillento. Ella le había desaconsejado viajar solo con semejante caudal y le había rogado que llevase consigo a Foulin, un hombre de confianza. Bosquillon partió sin él.
Salió de Auxonne el 14 de octubre y llegó a Charenton el día 18, hacia las cuatro o cinco de la tarde. En la posada que regentaba Leblanc, mandó guardar el carruaje en las cocheras y subir el equipaje a su habitación. La maleta fue confiada al hijo del posadero y al postillón. Ambos advirtieron su extraordinario peso. La frase del viajero, que Champagnac consigna más tarde como tal vez fatal, otorgó a aquel bulto un protagonismo decisivo en la historia: una suma importante había sido entrevista, mas no contada públicamente.
Los Leblanc aseguraron que se había servido pan y vino al recién llegado. Este habría comido un mendrugo, pedido luego pichones y chuletas para la cena, y desaparecido antes de que se dispusiera el servicio de mesa. En la casa se le buscó y se le aguardó hasta la medianoche. La crónica recalca que no dieron aviso inmediato a la justicia ni a la hermana religiosa de Bosquillon, que residía cerca de Charenton. Transcurrieron ocho días antes de que acudieran ante el juez a exponer su versión y solicitar la aposición de sellos.
Esta dilación no probaba los hechos, pero alimentó la desconfianza del cronista. Los posaderos propalaron también que su cliente había vertido comentarios ofensivos sobre la persona del rey y que tal vez tramaba alguna maquinación contra el gobierno. Aconsejaron al juez que escribiese al teniente general de policía para solicitar pesquisas a lo largo del camino de Fontainebleau. La pista política se distanciaba del dinero que transportaba Bosquillon, mas no explicaba en absoluto su paradero.
Cuando se levantaron los sellos el 7 de noviembre, la maleta se hallaba dentro del baúl del carruaje, aún cerrada con su candado. Solo guardaba dos mil doscientas sesenta y cinco libras. El juez confió esta suma y los demás enseres a la custodia de Masson. Champagnac reprocha en sus páginas al juez de Charenton que no ordenara registro alguno. Quince días después, las aguas aportaron un indicio nuevo, más sobrecogedor e igualmente incompleto.
El 16 de noviembre, un cuerpo sin vida fue devuelto por el río en el Port-au-Blé de París. Varios hombres de ribera lo sacaron del agua y lo trasladaron a los calabozos bajos del Châtelet. En sus faltriqueras había un escudo de seis libras, una tabaquera de cartón, unas gafas, tres llaves y algunos menudos objetos personales. Ni reloj, ni bolsa, ni hebillas de plata en los zapatos. Los médicos y cirujanos no hallaron, según su dictamen, herida ni contusión alguna; atribuyeron el deceso a sumersión. Los carceleros, por el contrario, aseguraron haber observado una herida en el costado izquierdo. Dos días después, los restos fueron reconocidos como los de Bosquillon y sepultados bajo su nombre en Saint-Germain-l’Auxerrois.
En Auxonne, su viuda ignoraba todavía el fallecimiento. Suponía que su esposo se encontraba en París desde hacía tiempo y tan solo le reprochaba su silencio. Al enterarse de que su cuerpo había sido hallado ahogado y ya enterrado, partió de inmediato. Champagnac la describe llegando casi exánime, deshecha hasta el punto de no acertar a explicarse aquella muerte extraordinaria. La sospecha de un asesinato no brotó de inmediato en su ánimo. Durante los meses siguientes, otra posibilidad alimentó sus vanas esperanzas: que Bosquillon yaciera recluido en la Bastilla.
Regresó a París, frecuentó los despachos policiales, obtuvo órdenes del ministro para registrar las casas de fuerza en busca de su marido, aportó sus señas fisonómicas e interrogó a cuantos salían a su paso. No encontró el menor rastro de él. Cuando hubo de rendirse ante la certeza de la muerte, se instaló en Charenton con el designio de reanudar las pesquisas a partir de los rumores del vecindario. Lo que averiguó conformaba un cuadro acusador: gritos lastimeros a media tarde, el hijo de Leblanc visto desmelenado y con manchas de sangre, un fardo de la estatura de un hombre acarreado hacia el Sena, y los posaderos contando caudales y adquiriendo de improviso casa y mobiliario nuevo.
La viuda juzgó que tales indicios señalaban sin ambages a los culpables y denunció a los Leblanc ante un comisario el 4 de mayo de 1781. El procurador del rey en el Châtelet presentó querella y mandó incoar sumario. No obstante, la instrucción quedó interrumpida a lo largo de dos años. En agosto de 1783, el ministerio público instó a su reapertura y a la publicación de un monitorio judicial. La indagación cobró nuevo impulso en noviembre, para suspenderse de nuevo y proseguir a la primavera siguiente. Cada providencia aproximaba la causa al tribunal sin arrojar jamás una resolución definitiva.
En agosto de 1784 se dictaron autos de emplazamiento personal contra los Leblanc, al tiempo que se decretaba la orden de prisión contra Tudon, la sirvienta. Los careos se celebraron en otoño. La viuda de Bosquillon se personó como parte civil y recurrió lo que consideraba un exceso de indulgencia con los posaderos y la criada. En el curso del proceso sobrevino la muerte repentina del hijo de Leblanc. El fallecimiento del joven desató una nueva maledicencia: sus progenitores le habrían quitado la vida para suprimir a un testigo peligroso. La crónica no lo da por acreditado; lo consigna tan solo como clamor público.
El 15 de junio de 1785, el Parlamento dictó una sentencia por la que se ordenaba la detención de Leblanc padre, de su mujer y de Tudon, y remitía la causa al bailiazgo del Palacio. Se sucedieron nuevas querellas, sumarios, careos y monitorios. Los Leblanc articularon su defensa y refutaron diversos extremos alegados por la viuda, tachando a varios testigos de falsarios. La misma concatenación de sospechas que a la familia Bosquillon le parecía prueba irrefutable perdía su nitidez al contraponerse a los descargos de la parte contraria.
El bailiazgo del Palacio no halló materia suficiente para fundar la condena ni para declarar la inocencia. Por providencia de 26 de octubre de 1785, ordenó ampliar la información judicial durante un año y dispuso que los procesados permaneciesen en prisión. El Parlamento confirmó este auto el 14 de marzo de 1786. En ese estado de incertidumbre concluye el relato de Champagnac. La crónica no revela quién sustrajo el dinero, de qué modo Bosquillon fue a parar a las aguas del Sena, ni si los encausados fueron con posterioridad condenados o absueltos.
La viuda se había puesto en camino tras los pasos de un esposo que, según creyó en un principio, aún podía respirar entre los muros de una prisión del Estado. Encontró su cadáver, recopiló testimonios, acudió a la justicia y aguardó el avance de los autos. Sin embargo, la última providencia conservada no resuelve nada: los Leblanc y Tudon continúan entre rejas, la causa permanece inconclusa y los testimonios se desmienten unos a otros. El viajero de Charenton yace suspendido entre dos versiones incompatibles: desvanecido de su alcoba según los mesoneros, víctima de un crimen nefando según su viuda. El procedimiento deja esta contradicción en el misterio.
