El 28 de junio de 1887, en una estancia de Batty Street, los vecinos descubrieron a Miriam Angel tendida sobre su lecho y a Israel Lipski, su convecino, oculto tras el mismo mueble, entre el somier y la pared. Ella yacía sin vida; él respiraba todavía, con las manos maculadas de ácido. A ojos de la policía, la escena parecía hermanar ambos cuerpos en una misma tragedia. Para Lipski, narraba una historia enteramente distinta: dos individuos lo habrían forzado a tragar veneno, arrojándolo después bajo la cama tras haber dado muerte a la joven. En el juicio, ningún testigo declaró haber visto el homicidio. La acusación se sustentó en el ácido, en los movimientos de aquella mañana, en las ropas quemadas y en la inverosimilitud del relato del sospechoso; el jurado lo declaró culpable y lo sentenció al cadalso.
Los hechos se desarrollaron en el número 16 de Batty Street, un inmueble de tres plantas donde los Lipski ocupaban la baja, los Angel una pieza en el primer piso e Israel la buhardilla superior. Hacía cerca de dos años que este residía en casa de Philip Lipski, sastre y arrendador de la finca, primero como simple huésped y más tarde transformando su cuarto en taller de confección de bastones. Hasta entonces, la familia lo tenía por un hombre laborioso y honesto. Miriam e Isaac Angel, llegados de Polonia hacía menos de un año, habitaban frente a la escalera. Miriam contaba veintidós años de edad y se hallaba en el sexto mes de su gravidez.
En la noche del 27 al 28 de junio, Isaac Angel regresó a casa hacia las nueve. Su esposa se encontraba despierta y con buena salud, según declaró; le sirvió cerveza y salió más tarde a llevar una carta para que le pusieran las señas. Él se acostó a las once y media y marchó a su trabajo a la mañana siguiente, a las seis y cuarto. La dejó en el lecho, tras una ventana entornada y protegida a medias por la cortinilla. Cuando regresó, alertado por una vecina hacia el mediodía, se le impidió entrar en la alcoba. Las actas fijan así la última visión indubitada de Miriam con vida en el instante de partir su esposo; nada revelan de lo que ella hiciera después.
La mañana de Lipski se reconstruyó a través de múltiples testimonios cuyas precisiones horarias no cuadraban con exactitud. Debía abrir su nuevo taller y había contratado a Simon Rosenbloom y, poco después, al joven Richard Pitman, de dieciséis años. Rosenbloom aseguró haber llegado hacia las siete. Lipski le encomendó limar piezas para empuñaduras de bastón y salió a comprar un tornillo de banco y una esponja. Pitman se presentó hacia las ocho, volvió a salir para desayunar y regresó. A tenor de sus recuerdos, Lipski entró entonces unos minutos en el taller antes de descender de nuevo; Rosenbloom no refirió idéntica secuencia de hechos. Ambos coincidieron en haber visto subir a otro hombre, pero sus versiones diferían en cuanto a la duración de la visita y lo que alcanzaron a comprender de la conversación en yidis.
Aquel visitante era Isaac Schmuss, cerrajero recién arribado a Inglaterra. Afirmó haber aguardado un momento en el obrador, charlado con Rosenbloom en su propia lengua y marchado luego a desayunar. Aseveró no haber penetrado jamás en el cuarto de los Angel ni haber visto a Lipski tras despedirse. Los letrados le opusieron otras versiones que lo situaban junto a la puerta de los Angel o auxiliando a sujetar a Lipski. Schmuss lo negó rotundamente. El plenario expuso estas contradicciones sin lograr presentar un testigo directo del crimen ni dar cuenta exacta de cada minuto transcurrido aquella mañana.
Otra pesquisa condujo a un establecimiento de aceites y pinturas, próximo al obrador donde Lipski solía surtirse de materiales. Charles Moore, el dependiente, testificó que un individuo se había presentado hacia las nueve solicitando una pequeña porción de agua fuerte —es decir, ácido nítrico— en una ampolla de dos onzas. El parroquiano adujo que la precisaba para teñir varas de bastón; Moore le advirtió de que el líquido constituía un veneno mortal. Al día siguiente, la policía condujo a Moore al hospital advirtiéndole de que allí podría ver al sospechoso. El mozo reconoció a Lipski entre los pacientes. Dicho reconocimiento quedó registrado, pues, supeditado a esa condición previa, y no como una identificación espontánea y exenta de sugerencia procesal.
Hacia las once, la familia y las inquilinas hallaron cerrada la puerta de los Angel. Dinah Angel, que acudía a buscar a su nuera, golpeó las maderas sin obtener respuesta. Leah Levy atisbó por una hendidura del tabique y divisó a Miriam sobre el lecho. Tres mujeres forzaron la puerta. La creyeron al principio desvanecida, comprendiendo enseguida que estaba muerta. Su camisón aparecía alzado, el cabello revuelto y un líquido amarillento mancillaba su rostro y sus ropas. Los primeros en acudir apenas advirtieron desorden en la estancia. Varias personas transitaron por allí antes de que el cirujano y su ayudante ordenaran desalojar el lugar; las declaraciones no consienten fijar el orden riguroso de cada entrada ni de cada hallazgo.
El cirujano John Kay compareció poco antes del mediodía. Dictaminó que Miriam llevaba muerta unas tres horas, cómputo deducido de la temperatura corporal y de la ausencia de rigidez cadavérica, no de un registro cronométrico exacto. Advirtió quemaduras de ácido nítrico en torno a los labios, el cuello, el pecho y las manos. Tras examinar el lecho, apartó la ropa de cama y descubrió a Lipski en el suelo, encajado tras el bastidor. El hombre presentaba palidez y apenas reaccionaba; Kay le tomó el pulso, le propinó unas bofetadas y vio cómo abría los ojos. Un agente reparó en las manchas amarillas de sus manos y de su atuendo. En el dispensario, los facultativos hallaron asimismo restos de corrosión ácida en su boca y leves arañazos, mas no lesiones de gravedad que hubieran bastado, por sí solas, para impedirle gritar.
En la autopsia, Kay apreció varios golpes contundentes en la sien derecha, de fuerza suficiente para aturdir a Miriam, seguidos de la ingestión de ácido en boca, garganta, tráquea y bronquios. La mayor parte de la sustancia parecía haber invadido las vías respiratorias; el galeno calculó que se había empleado cerca de media onza. Atribuyó la muerte a la asfixia provocada por la acción corrosiva del corrosivo. El cadáver no presentaba vestigios de acceso carnal reciente, puntualizó. Aquellas comprobaciones acreditaban una agresión brutal y una causa mortis; no determinaban la identidad del ejecutor. Sangre y ácido se entremezclaban en las sábanas, pero Kay no halló mácula alguna de sangre en el gabán de Lipski.
Lipski fue trasladado al hospital antes de recibir acusación formal. El inspector David Final se presentó aquella misma noche acompañado de un intérprete, previniéndole de que cuanto manifestara sería recogido por escrito y podría ser aducido en su contra. Lipski relató entonces que había salido del taller a comprar un tornillo de banco; que al regresar dos hombres lo habían reducido, obligándolo a ingerir un líquido que dijeron ser aguardiente, arrojándolo seguidamente bajo el lecho. Uno de ellos era un antiguo oficial llamado Simon, afirmó, pero ignoraba su paradero y no podía asegurar si se trataba de Rosenbloom. Al otro lo desconocía por completo. Negó categóricamente haber matado a Miriam. El 2 de julio, al formularse el cargo oficial de asesinato, su respuesta traducida fue: «No la he asesinado; no he sido yo».
La defensa no dejó de recalcar que aquella manifestación liminar se obtuvo antes del procesamiento, hallándose Lipski convaleciente y custodiado por la policía; el inspector Final hubo de admitir que acudió en busca de una declaración y que obraba por iniciativa propia. El intérprete, por su parte, certificó la advertencia legal y la fidelidad de la traducción. Los informes médicos no mostraron lesiones de gravedad que corroboraran la tesis de un forcejeo violento contra dos agresores, si bien se hicieron constar rasguños y quemaduras. Ni las aseveraciones de Lipski ni tales marcas bastaban para certificar la existencia de los dos atacantes que describía.
El gabán que portaba aquella mañana cobró asimismo un relieve capital. El agente Inwood lo halló a los pies de la cama, oculto bajo otra prenda, empapado y saturado de una sustancia que le abrasó la piel al tocarla. El análisis y el hedor orientaron a los peritos hacia el ácido nítrico. La chaqueta y el chaleco de Lipski se encontraban igualmente salpicados; su mano izquierda y varios dedos ostentaban máculas amarillentas. Él sostenía haber sido él mismo la víctima del envenenamiento; la acusación argumentaba que sus ropas lo vinculaban directamente con el cáustico vertido sobre Miriam. La sustancia probaba una proximidad material, no el gesto humano y voluntario que la había esparcido sobre cada objeto.
Los testigos exteriores añadieron nuevas restricciones a las hipótesis. Thomas Warwick, que faenaba en la casa de enfrente, aseguró haber visto entrar a Lipski a eso de las nueve menos cuarto y no haberlo visto salir jamás por la ventana del primer piso, visible desde su estancia. No obstante, reconoció no haber vigilado la calle de forma continua, en particular durante su desayuno. La ventana carecía de señales perceptibles en el alféizar; la cortina cubría la mitad inferior y la parte superior permanecía entreabierta. Los testimonios sobre la puerta y su cerradura resultaron igualmente contradictorios: el propietario sostenía haberla instalado en perfecto estado, mientras que quienes la descerrajaron aludieron a una caja de cierre desquiciada. El examen no transformó aquella puerta en la prueba incontrovertible de una entrada imposible.
La vista oral exhibió así indicios gravosos pero de naturaleza diversa: la compra del ácido aquella misma mañana, su presencia en la alcoba y en las ropas, las quemaduras corporales de Lipski, su aprehensión bajo el lecho, los testimonios que lo situaban en la casa y su propia versión de un asalto a manos de dos extraños. El trajín del taller, las visitas, las idas y venidas y el cerrojo abrían múltiples interrogantes; ningún ojo humano había presenciado el ataque. El jurado emitió veredicto de culpabilidad contra Israel Lipski y la sentencia de muerte fue pronunciada. Las actas concluyen en ese fallo. No registran los motivos detallados de los jurados ni el destino ulterior del reo; dejan suspendido en el tiempo el abismo que media entre la certidumbre judicial del fallo y la ausencia de una escena corroborada por un testigo.
