El 18 de enero de 1872, frente a las costas de L’Estaque, unos pescadores vieron flotar un bulto que en un principio tomaron por un madero de gran tamaño. Al aproximarse, reconocieron un baúl largo y pesado, y no sin fatiga lograron izarlo a la superficie. Al abrirlo, un saco manchado de sangre les reveló el cadáver de un hombre, con las piernas casi seccionadas por completo y dobladas hacia la cabeza. Ciertos papeles hallados sobre el difunto permitieron identificarlo: se trataba de Grego Angelo, comerciante y apoderado en Marsella de la casa Samama mayor, de Túnez. El macabro hallazgo no tardaría en conducir a tres jóvenes ante la Audiencia de lo Criminal de Bouches-du-Rhône.
La crónica judicial sitúa los hechos en el martes 16 de enero, hacia las siete de la tarde. Grego, de veinticinco años, residía en el número 47 de la calle Montgrand. A lo largo del día había cobrado fondos en la Bolsa y después, según el escrito de acusación citado por la prensa, una suma de 4526 francos en el despacho del negociante Milan, en la calle Paradis. El testigo Milan declaró más tarde haberle entregado 4525 francos: persistió así una discrepancia de un franco entre ambas versiones impresas. Grego regresó a su aposento para dejar el paraguas y la cartera. Tras ello, nadie supo qué rumbo había tomado.
Al día siguiente, Michel Samama, compatriota suyo y dependiente de la firma, halló la puerta cerrada únicamente con el picaporte. Disponía de un duplicado de la llave y conocía las costumbres de Grego: este acostumbraba a echar siempre la doble vuelta a la cerradura. En el interior, nada parecía alterado; la cama no había sido deshecha. Aquella ausencia no despertó en un primer momento alarma inmediata. Samama sabía que su principal pasaba a veces la noche fuera. Sin embargo, Grego no reapareció, y los negocios reclamaban su presencia. Samama interrogó a varios conocidos, entre ellos Raphaël Tolédano e Isaac Sitbon. Ambos aseguraron no haberlo visto; Sitbon sugirió incluso averiguar si no se hallaría indispuesto en algún hospital.
Cuando la inquietud cobró mayor gravedad, Samama telegrafió a Túnez. Su tío, jefe de la casa mercantil y cuñado de Grego, requirió la intervención judicial. Los magistrados ordenaron a un cerrajero forzar la caja de caudales. El periódico consignó la desaparición de piastras tunecinas, monedas de oro francesas y billetes de banco por un valor estimado en unos 30 000 francos, amén de documentos mercantiles y libros de contabilidad de la firma. En aquel instante, la falta de fondos y de libros aún admitía diversas explicaciones. El descubrimiento en el mar descartó una de ellas, sin desvelar de inmediato el alcance cabal de lo acontecido.
En estrados, los debates iniciados el 20 de mayo sentaron en el banquillo a tres encausados: Raphaël Tolédano, corredor de comercio de veintiún años; Isaac Sitbon, comerciante de veinte, y Nissim Sizouri, mozo de cuerda, de veintiún años asimismo. El diario los presentó como miembros de la colonia tunecina de Marsella. Sitbon se había refugiado en Inglaterra; una carta interceptada en la estafeta postal permitió a las autoridades francesas seguirle el rastro y obtener su extradición. La Gazette menciona asimismo a Rhamin Saada, criado de Tolédano, quien debía deponer como testigo pero se quitó la vida tras conocer la acusación que pesaba sobre su amo.
El auto de acusación, reseñado por la Gazette, aunaba la desaparición de Grego, el dinero sustraído y el baúl. Describía la cuerda al cuello, las heridas craneales y las piernas amputadas para embutir el cuerpo en el cofre. Conforme a esta tesis, los tres acusados habían concertado una cita, atraído a Grego a un almacén de la calle de los Tonneliers y forzado después su caja fuerte con sus propias llaves. El fiscal imputaba a Tolédano el móvil del lucro; achacaba a Sitbon el rencor personal y asignaba a Nissim las tareas de vigilancia y traslado. Aquel relato no constituía todavía el veredicto. En la vista pública, los reos se contradirían y se arrojarían mutuamente las culpas de cada acción.
Tolédano negó la codicia que se le atribuía. Aseguró contar con recursos propios y no precisar del dinero de Grego. El presidente del tribunal vinculó el crimen con ciertos encuentros en torno a Clémentine Rey, joven operaria de la casa Samama, y con altercados surgidos tras desairar Grego a Sitbon; atribuyó el móvil a los celos y a rivalidades mercantiles. Tolédano recusó las expresiones que Sitbon le atribuía. Respecto a la «jugada» que pretendían gastar a Grego, uno la describió como una maquinación premeditada, mientras que el otro rechazó tajantemente sus palabras.
Los careos se centraron en el almacén de la calle de los Tonneliers. Sitbon sostenía que Tolédano había escogido el local; Tolédano afirmaba que Sitbon había preferido aquel emplazamiento y que él no había firmado el arrendamiento sino en calidad de mero intermediario. Coincidían en haberlo visitado, no así en el propósito ni en la iniciativa. Nissim admitió haber acudido al local y hallarse en posesión de una soga, mas sostuvo que había permanecido fuera. Declaró que le habían hablado de mujeres jóvenes; los otros impugnaron su versión. El presidente puso de relieve las constantes discrepancias de los tres testimonios.
A medida que avanzaba el interrogatorio, los pormenores materiales fueron desplazando a las grandes justificaciones. Los procesados se disputaron las llaves, el dinero, el reloj, los papeles y la carga del baúl. Tolédano acusó a Sitbon y a Nissim de haber tomado el botín; Sitbon afirmó que Tolédano se había reservado la mayor parte; Nissim reconoció haber recibido unos 8000 francos y el reloj, pero negó toda participación activa. Se confrontó una carta hallada en el almacén con el bolsillo de Nissim; este mostró que estaba roto y alegó que la cuerda bien pudo retener el papel. El presidente dejó aquella explicación a la prudente apreciación del jurado. La prensa no recogió ninguno de estos descargos como prueba irrebatible.
Los testigos corroboraron hechos puntuales con diversos grados de certidumbre. El portero del inmueble reconoció a Tolédano, pero afirmó no haber distinguido el rostro de Sitbon. Su hija recordó que Tolédano había acudido a recoger la llave. Varios tenderos reconocieron la soga y el cordoncillo de seda comprados por dos de los hombres; el silbato adquirido por Nissim se asoció a las labores de centinela. Un embalador declaró haber vendido el baúl sin poder identificar a los compradores, quienes llevaban el cuello del abrigo subido y el sombrero calado. El cochero de punto que lo transportó recordaba a Sitbon urgiendo al caballo. Otros deponentes reconocieron a alguno de los encausados sin poder precisar siempre sus facciones ni esclarecer a ciencia cierta quién había pagado.
El grumete de una embarcación había divisado a Tolédano y a Sitbon con el baúl en alta mar. Declaró haberles ofrecido remolque, que ellos rehusaron. Vio arrojar el baúl al agua, izarlo de nuevo y volverlo a arrojar antes de que la lluvia y la cerrazón lo ocultaran a la vista. La defensa de Sitbon promovió asimismo la comparecencia de testigos para acreditar las pesquisas de Tolédano. Algunos reconocían a Sitbon, vacilaban al señalar a Tolédano o incurrían en contradicciones entre la instrucción sumarial y la audiencia pública.
La prueba pericial médica aportó otra clase de precisiones. El profesor Rousset examinó las vestimentas y dictaminó que las manchas halladas en la camisa y la chaqueta de Nissim eran de sangre humana. Nissim replicó que padecía sarna y que podía haberse desollado; el perito admitió que resultaba arduo en ciertos casos distinguir una mácula producida por una afección cutánea, si bien juzgó que aquella presentaba los caracteres de sangre proyectada. Las ropas de Tolédano presentaban asimismo rastros calificados de hematíes por el facultativo. Sitbon adujo haberse manchado al sostener el saco. Los tejidos probaban la presencia de sangre, pero no bastaban para deslindar por sí solos la responsabilidad de cada partícipe.
El médico forense encargado de la autopsia describió una ligadura de una sola vuelta, desprovista de nudo, y múltiples traumatismos craneales. A su juicio, la estrangulación había constituido la causa determinante de la muerte, y los golpes, un factor secundario. Una falange fracturada no permitía deducir con certeza que hubiera mediado lucha. Estimó que varios individuos debieron obrar de concierto, aunque convino en que no podía aseverar de forma absoluta que fuesen tres: dos personas, a su entender, habrían bastado para consumar el hecho. Semejante salvedad no resultaba baladí. En una causa donde los procesados atribuían los mismos actos a manos distintas, la medicina forense esclarecía la mecánica de la muerte sin identificar al ejecutor.
El ministerio público interesó la pena capital para los tres encausados. La Gazette extractó a continuación las defensas: Tolédano fue presentado como mero instrumento en manos de Sitbon; Sitbon, como cooperador secundario; el letrado de Nissim sostuvo a su vez la inocencia de su defendido. Un recluso de las cárceles de Aix dirigió una misiva al presidente afirmando conocer el paradero del dinero ocultado por Nissim. Las pesquisas decretadas a raíz de dicha carta resultaron infructuosas. La crónica registró aquella pista sin otorgarle el valor de una revelación fehaciente.
El jurado se retiró a deliberar a las nueve de la noche y regresó a la sala con un veredicto de culpabilidad. Solo en favor de Nissim se apreciaron circunstancias atenuantes. El tribunal condenó a Tolédano y a Sitbon a la pena de muerte; Nissim fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. En las páginas de la Gazette, la caja fuerte, el baúl y los testimonios habían mudado de manos con cada nueva negativa; la sentencia, en cambio, distinguió con rigor el castigo de cada uno.
