En las sesiones del 22 y 23 de enero de 1862, ante los miembros del jurado de Ariège, una colección de huesos fue dispuesta sobre una mesa. La crónica de la Gazette des Tribunaux describe a un facultativo llegado de Toulouse reconstruyendo el esqueleto de una mujer joven, junto a menudos fragmentos óseos que la ciencia de aquellos días atribuía a un feto. Entre los efectos exhumados, la prensa consigna varias medallas, un rosario, un dedal, una bola de azur y una romana. Frente a tales despojos, Jean Faur-Palé, de treinta y nueve años de edad, negaba el homicidio. Declaraba haber conocido a Marie Ajas Pégou, pero afirmaba ignorar cómo y cuándo se había desvanecido su rastro. Son estas las primeras estampas que el corresponsal parisino resolvió transmitir; otorgan a la causa una apariencia de certidumbre antes siquiera de que se haya expuesto cómo llegó a fraguarse semejante convicción.
La crónica pertenece a las columnas de un periódico, no a un acta estenográfica. En ella se refiere que el encausado, domiciliado en Ercé, en el cantón de Oust, afrontaba una acusación de la cual la Gazette transcribe extensos pasajes. El sumario sitúa los orígenes de la intriga a comienzos de 1851, cuando Faur-Palé, concluido su servicio en las armas, regresó a su suelo natal. Pretendió entonces en matrimonio a Marie, de veintitrés años. Tratáronse con intimidad y la joven quedó encinta. Según el ministerio fiscal, el reo se apartó entonces de ella, tachándola de humilde cuna y afeada por una carnosidad en el rostro, renegando de una elección que no halagaba su vanidad. En septiembre, Marie acudió con su madre a la alcaldía para poner en conocimiento de la autoridad su gravidez. Son estas las fórmulas de una providencia judicial reproducida por la Gazette, no una reconstrucción independiente de los afectos que guardaran uno u otra.
Tres meses después, prosigue el pliego acusatorio, Marie salió una tarde a despachar ciertas diligencias, empeñando su palabra de volver para la cena. Visitó al parecer a dos mujeres, señaladas por sus nombres como Ponsolle Pitache y Bacqué; tras despedirse de esta última, tomó el sendero hacia la casa solariega y jamás volvió a cruzar su umbral. La locución «tres meses después» enlaza la desaparición con el testimonio formalizado en septiembre, mas el cronista no proporciona una fecha cierta. Tampoco puntualiza la índole de los mandados ni las razones que mediaron entre Marie y sus convecinas. A falta de tales precisiones, subsiste el hecho procesal en los términos trasladados por la pluma del periodista: nadie, entre los deudos y allegados que emprendieron su busca, logró averiguar en un principio adónde había ido a parar.
La primera sospecha no bastó para sentar a Faur-Palé en el banquillo de los acusados. La instrucción precedente, extractada en el mismo libelo, daba por acreditado que el mozo había sostenido con Marie un prolongado coloquio en los campos, entre las tres y las cuatro de la tarde de aquella jornada funesta. A la hora de cenar, hallábase en un pajar situado a la vera del camino que la moza debía transitar para su regreso. Los padres la llamaban a voces, conforme a la acusación, y él no dio respuesta, pese a encontrarse a tiro de oír sus reclamos. Más tarde, antes de dirigirse a su yanta, se presentó presuntamente en casa de su vecina Catherine Faur Canté, quien quedó sobrecogida por su semblante inquieto y atribulado. Al alba siguiente, requerido por los hermanos de Marie, hubo de replicar que no estaba él al cuidado de la doncella. La crónica periodística omite las deposiciones originales que permitirían calibrar vocablos, distancias y horarios; brinda únicamente la síntesis incriminatoria de dichos indicios.
A estas conjeturas, el auto añadía un móvil verosímil: Faur-Palé bien pudo haber concebido el deseo de deshacerse de su amante a fin de concertar un enlace más ventajoso. Las habladurías corrían de boca en boca por el pueblo. Sin embargo, no se había dado con el cadáver y tres testigos juraban haber visto a la muchacha con vida en Burdeos o en sus contornos. La Gazette conviene en que tales testimonios resultaban harto sospechosos; no obstante, reconoce asimismo que ahondaban la incertidumbre. La sala de acusación resolvió por ende no remitir al sujeto ante el tribunal de lo criminal y dictó un auto de sobreseimiento. Es menester acotar este término en su justo alcance procesal: no equivale al veredicto absolutorio recaído tras la celebración de una vista pública, sino al mandato de suspender el enjuiciamiento por falta de elementos de convicción bastantes para elevar la causa a plenario.
Faur-Palé retornó a Ercé. La Gazette lo retrata en lo sucesivo como hombre de genio violento y da cuenta de dos condenas pretéritas: dos meses de prisión por lesiones leves y otros quince meses, fallados el 15 de junio de 1860, por haber maltratado a una cuñada. Tales penas constituyen antecedentes biográficos allegados al proceso según los refiere la relación periodística; no acreditan, de por sí, la muerte violenta de Marie. Al avecinarse su excarcelación, sus parientes habrían temido su regreso. En semejante clima de aprensión, puntualiza el texto, su hermano Pierre Faur le imputó el fallecimiento de Marie y se personó ante la fiscalía de Saint-Girons, persuadido por una persona a quien la crónica no identifica.
Pierre reveló una conversación reservada. Según su declaración, Jean le habría confesado la ocurrencia de un «accidente»: en el empeño de obligar a Marie a desmentir su preñez, le habría asestado un estacazo en la cabeza, impetrándole luego auxilio para trasladar y dar sepultura al cuerpo, oculto en un pajar. Pierre aseguró haberse negado. Añadió que Jean recurrió entonces al otro hermano de la estirpe, Jean-Pierre —fallecido desde entonces en la campaña de Crimea—, quien antes de marchar del país habría revelado el paraje a Pierre Faur Canté. Esta cadena de testimonios resulta medular, mas se halla mediatizada por varios grados de referencia indirecta: el periódico da fe de lo testificado por Pierre, quien a su vez atribuye palabras a Jean y evoca las confidencias de un difunto. El lector no puede equiparar tales dichos a una confesión judicial vertida de viva voz en estrados.
Los pesquisas se personaron en Ercé. Pierre Faur Canté habría ratificado que Jean-Pierre le impuso del crimen antes de incorporarse a filas; señaló acto seguido una heredad perteneciente al inculpado. Las excavaciones practicadas en aquel suelo sacaron a la luz un esqueleto y diversos enseres reconocidos como propios de Marie. Un médico forense dictaminó que correspondían a una mujer y distinguió restos de un feto de seis a siete meses. En las primeras líneas del artículo, el diario había aludido a un feto de siete meses. La discrepancia entre esta aseveración inicial y el cómputo registrado en la pericia no queda dirimida en la crónica; el criterio más riguroso estriba en consignar la estimación médica tal como figura en el pasaje técnico, sin añadir conjetura alguna.
Exhumado el cadáver, la causa cobró nuevo impulso. Jean, que acababa de extinguir su condena en el presidio correccional de Aniane, fue puesto de nuevo bajo arresto, según consta en la pieza judicial invocada. Negó los hechos con vehemencia. La Gazette califica sus descargos de «contradictorios y azarosos», juicio de valor del corresponsal que conviene deslindar de la relación material de los autos: los dos deudos fueron careados con el reo y reiteraron sus inculpaciones. Asimismo, los tres deponentes de Burdeos se retractaron de sus afirmaciones. Alegaron haber faltado a la verdad a instancias de Faur-Palé, quien les habría dictado la fábula e impuesto el falso testimonio bajo amenazas. La crónica resume su rectificación, mas no reproduce sus primeras declaraciones ni las coacciones concretas que se arguyeron. Una versión había sostenido el avistamiento de Marie en tierra bordelesa; otra los tachaba ahora de perjuros. El texto de prensa no permite cotejar de forma directa ambas versiones.
Una misiva redactada desde la cárcel de Foix fue aducida asimismo como prueba de cargo. A tenor del auto de acusación extractado, Faur-Palé confiaba que aquel asunto le oprimía el corazón y rogaba a un pariente que intercediera ante los testigos para sacarlo de aquel atolladero. El ministerio fiscal infería de aquellas líneas el testimonio de una conciencia atormentada. Con todo, el rotativo no ofrece la carta íntegra, ni su contexto, ni los términos literales ajenos a este sucinto compendio; el cronista apostilla por cuenta propia que en ella el reo «deja traslucir» su desasosiego. Tal exégesis obedece a la tesis acusatoria y no al dictamen pericial de la pieza documental. El distingo cobra tanto mayor fuste por cuanto el mero ruego de realizar gestiones ante ciertos testigos no prejuzga, de suyo, qué mandato se les confería.
El ministerio fiscal citó a veintiocho personas de entre las ciento dos interrogadas a lo largo de la instrucción sumarial. Faur-Palé tachó sus testimonios y sostuvo ser blanco de una conjura urdida por su propia sangre. El procurador imperial Dubédat solicitó al jurado un veredicto de culpabilidad por homicidio con premeditación y emboscada; el letrado Laborde asumió la defensa, cuyos alegatos no fueron pormenorizados por la Gazette. Tras el resumen de las pruebas pronunciado por el presidente Carol, el jurado pasó a deliberar. La crónica no traslada las contestaciones detalladas al pliego de preguntas ni los debates habidos en sala: se limita a consignar que el tribunal sentenció a Faur-Palé a la pena de trabajos forzados a perpetuidad. Describe por fin al reo aherrojado, sostenido por la fuerza pública en su retorno a la prisión. Esta postrera estampa clausura la reseña; nada añade, por sí sola, sobre los límites y contradicciones de las testificales que precedieron al fallo.
Cumple enlazar dos hitos temporales que el epígrafe concilia sin confundir: primeramente, un auto de sobreseimiento, dictado cuando faltaba el cuerpo del delito y las declaraciones apuntaban al supuesto paradero de la joven en Burdeos; después, la reapertura de la causa criminal tras la aparición de los huesos en la parcela señalada por un miembro del clan familiar, seguida de la delación fraterna y las retractaciones ventiladas en juicio. La Gazette presenta el desenlace bajo la forma de una condena a presidio perpetuo, pero, al omitir las respuestas literales del jurado, no consiente reconstruir cada una de las certezas de derecho sentadas en la sentencia. Permite, en cambio, constatar el modo en que un expediente sumido en la incertidumbre cobró nueva fuerza punitiva merced a confidencias domésticas, una sepultura clandestina y unos testimonios cuyo sentido mudó por completo.
