Dos mujeres murieron en la casa de un médico de Glasgow con apenas unas semanas de diferencia. La primera, Jane Cowan Taylor, había acudido para cuidar de su hija; la segunda, Mary Jane Pritchard, era la esposa del hombre que acogía a ambas bajo su techo. En julio de 1865, Edward William Pritchard compareció ante el Tribunal Superior de Justicia, acusado de haberlas envenenado. El pliego de cargos mencionaba diversas sustancias, múltiples alimentos y varias ocasiones propicias, pero las primeras declaraciones no ofrecieron un relato unívoco. Dieron voz, en cambio, a los recuerdos vacilantes de las criadas, a las fechas inciertas de una dolencia recurrente y a unas palabras pronunciadas en la angustia, que podían interpretarse como una sospecha sin llegar a constituir una prueba fehaciente.
El proceso dio comienzo en Edimburgo el lunes 3 de julio. Pritchard se declaró inocente. La defensa solicitó que se juzgaran ambas acusaciones por separado; los magistrados desestimaron la petición y los cargos se examinaron conjuntamente. La fiscalía sostenía que Jane Taylor había recibido, entre el 10 y el 25 de febrero, tártaro emético, acónito y opio, en particular en tapioca, cerveza y un fármaco conocido como solución sedante de Battley. En cuanto a Mary Jane, el auto alegaba la administración reiterada de tártaro emético y acónito, sobre todo en viandas y bebidas, entre diciembre y marzo. Eran estos los términos de la acusación; su aparente minuciosidad no significaba que cada dosis ni cada acto hubiesen quedado ya demostrados.
Las circunstancias que condujeron al acusado ante los jueces radicaban en la rápida sucesión de los fallecimientos. Jane Taylor, de unos setenta años de edad, había abandonado Edimburgo para instalarse junto a su hija enferma. Falleció en Glasgow hacia finales de febrero; en un primer momento se habló de apoplejía. Mary Jane murió a su vez en marzo, atribuyéndose el deceso a una fiebre gástrica. Según las actas de la primera sesión, la investigación tomó otro rumbo después de que los cuerpos fuesen examinados y los facultativos advirtieran la presencia de antimonio en las vísceras. Correspondió, pues, al juicio deslindar el hallazgo de una sustancia, la interpretación médica de unos síntomas y la identidad de quien supuestamente la hubiera administrado.
Catherine Lattimer, antigua cocinera de la casa, relató que a su regreso de una visita a Carlisle, en octubre, había encontrado a Mary Jane indispuesta. La señora de la casa se quejaba de un enfriamiento, y más tarde de náuseas y vómitos. Lattimer no pretendía haberla visto enferma en cada ocasión; repetía unas veces lo que su dueña le había confiado, otras lo que había alcanzado a oír, y reconocía su incapacidad para datar con certeza diversos episodios. La joven se trasladó a Edimburgo hacia finales de noviembre, regresó poco antes de Navidad en compañía de su madre y de su hija mayor, y pareció restablecerse al principio. Luego reaparecieron los vómitos. La cronología de la sirvienta, retomada y puntualizada por los jueces, dejaba al descubierto las vacilaciones de su memoria.
Un episodio de espasmos, acaecido el 1 de febrero según Lattimer, cobró singular relieve. Tras haber oído a Mary Jane vomitar en la despensa, la cocinera la halló en el lecho, con los dedos atenazados, el habla trabada y el rostro encendido. La enferma afirmó que jamás se había encontrado tan mal; Lattimer llamó a Pritchard, que se hallaba en el inmueble. Más tarde, la joven fue trasladada a otra estancia. Semanas después, hacia la medianoche, una nueva crisis alarmó al servicio. Mary Jane reclamó la presencia del doctor Gairdner. Lattimer recordaba haber oído hablar de cloroformo y de agudos dolores; sin embargo, a medida que avanzaba el interrogatorio, tendía a confundir ambas crisis, por lo que el Lord Justice-Clerk le instó a separar lo que en verdad había visto de lo que su mente reconstruía.
Mary McLeod, doncella de diecisiete años, prestó testimonio a continuación. También ella aludió a las repetidas náuseas, a las comidas subidas a las alcobas y a los periodos en que Mary Jane guardaba cama. Con todo, el tribunal debió interrumpirla a menudo para precisar el origen de cada recuerdo: ¿había presenciado los vómitos de la enferma, los había escuchado, o bien los conocía por referencias ajenas? Ambas jóvenes no tenían libre acceso a las mismas habitaciones y no podían, por tanto, certificar los actos a los que la otra no hubiera asistido. A propósito de una tapioca cocinada por Lattimer, McLeod refirió que el paquete había sido adquirido por uno de los niños y depositado en el vestíbulo; Lattimer, por su parte, había preparado la porción con agua y se la había entregado a la doncella, quien la subió a Jane Taylor. Ninguna de las dos afirmó haber visto verter veneno en aquel plato.
El relato de la última noche de Jane Taylor se compuso asimismo de testimonios fragmentarios. McLeod la vio presa del malestar pasadas las cinco, incapaz de vomitar y declarando que creía haber contraído la dolencia de su hija. Pidió agua caliente, según se dijo, y la bebió para provocarse el vómito. La muchacha relató que Pritchard, ocupado en su consulta con un paciente, acudió después al aposento; más tarde, la enferma fue hallada desplomada sobre una silla y conducida luego al lecho. Murió antes del alba, a tenor de la hora que McLeod creía recordar. Lattimer, que había dejado el servicio pocos días antes, no pudo corroborar los pormenores de aquella escena. Un hecho referido por un único testigo distaba de convertirse en una certidumbre compartida por todos.
Para la acusación, las comidas y los remedios revestían una importancia capital. El servicio describió la tapioca, la solución de Battley, el té, el queso y un ponche de huevo. McLeod declaró haber probado un pequeño trozo del queso servido a Mary Jane: le pareció que le abrasaba la garganta y le causó una gran sed; la enferma, según su testimonio, no comió el resto. Refirió asimismo que un preparado con huevo, servido a deshora por la noche, fue devuelto poco después. Empero, el interrogatorio reveló hasta qué punto las cantidades, los horarios y la sucesión de los síntomas dependían de recuerdos retrospectivos. Los objetos habían cobrado trascendencia tras los fallecimientos; los testigos no siempre sabían a ciencia cierta quién los había preparado, trasladado o conservado.
La fiscalía centró finalmente su atención en la relación íntima entre Pritchard y McLeod. La muchacha confesó que el médico la había besado, que habían mantenido tratos carnales y que ella había sufrido un aborto espontáneo. La defensa protestó: este último extremo no figuraba en el acta de acusación y corría el riesgo de imputar al encausado una falta ajena a los dos homicidios juzgados. El Lord Justice-Clerk rehusó que prosiguiera el interrogatorio sobre la sustancia que supuestamente habría provocado el aborto; admitió en cambio, tras deliberación, las preguntas relativas a la aventura amorosa y a los celos que esta habría despertado en Mary Jane. El tribunal trazó de este modo una frontera, imperfecta pero reconocible, entre el examen de un posible móvil y el enjuiciamiento de un hecho independiente.
En esa misma declaración, McLeod reprodujo unas palabras que Mary Jane habría dirigido a su esposo en mitad de una crisis: «No llore, es usted un hipócrita; si llora, es porque ha sido usted quien lo ha hecho». La testigo no supo situar la frase con entera certeza antes o después de la llegada del doctor Gairdner; interrogada de nuevo, reconoció su duda sobre el momento exacto. La expresión resultaba demoledora para el oído, mas no aclaraba a qué acción aludía ni en qué fundaba la enferma su reproche. Un proceso judicial no puede transformar unas palabras transmitidas de oídas, pronunciadas en el paroxismo del dolor y situadas a tientas en el tiempo, en el equivalente de un análisis químico o de una observación directa.
La primera jornada concluyó tras una prolongada sesión. Los testigos habían descrito a una esposa frecuentemente indispuesta, a una suegra llegada para asistirla, alimentos elaborados y episodios de dolorosos espasmos; habían aportado también pormenores sobre la relación ilícita de Pritchard con McLeod y sobre la zozobra que esta habría sembrado en el hogar. El acta literal de esta jornada concluye aquí, antes de los debates de los cuatro días siguientes. Un artículo del Marlborough Press, publicado en octubre y dedicado al proceso y a las confesiones posteriores, informa de que el jurado declaró finalmente a Pritchard culpable de ambos asesinatos y que se dictó contra él la pena capital. Se trata de una crónica periodística de la época, no de la transcripción de las sesiones restantes, ausentes del registro original.
Dicho artículo da cuenta además de dos declaraciones contradictorias, redactadas en prisión tras el veredicto. En la primera, fechada el 11 de julio, Pritchard reconocía haber matado a su esposa pero negaba haber envenenado a su suegra; atribuía la muerte de esta última a una dosis excesiva de solución de Battley y afirmaba haber añadido acónito al frasco después de su fallecimiento. Una segunda declaración, con fecha del 19 de julio, revocaba la anterior y admitía ambas muertes, sin aducir más motivo que una «terrible locura» y el abuso de bebidas espirituosas. La prensa reprodujo estos textos, advirtiendo no obstante de que el primero había sido desmentido y luego retirado. Tales escritos arrojan luz sobre el desenlace público de la causa sin disipar las incertidumbres de los testimonios ni suplantar el juicio al que sucedieron.
Así, en el sumario incoado en Edimburgo, el antimonio y los restantes venenos esgrimidos por la acusación sustentaron dos cargos de asesinato; los recuerdos del servicio doméstico vincularon los alimentos con los accesos del mal; la vida íntima suministró un posible móvil, vivamente disputado. Mas entre la sustancia hallada y la mano que supuestamente la suministró, los jueces escucharon voces desiguales, recuerdos controvertidos, silencios y preguntas desestimadas. La condena emanó del criterio del jurado, no de una fórmula química aislada; y las confesiones divulgadas tras la sentencia, mudables de una semana a otra, legaron a la historia una última pieza de irreductible contradicción.
