Ir al contenido
Maison BeaulieuMAISON BEAULIEUAB ÉDITIONS · GASTRONOMÍA Y ARCHIVOS HISTÓRICOS
Justicia y escándalos · Suiza

Dos voces en la noche

El 25 de septiembre de 1859, Hans Jakob y Anna Schmid son hallados asesinados en su lecho en Volketswil. Un hacha ensangrentada y un antiguo criado, Hans Jakob Kündig, conducen la investigación hasta el mercado de Zúrich, donde este es detenido junto a su prometida. Confiesa el doble homicidio, pero vacila sobre el instante preciso en que resolvió matar. Condenado a muerte, es ejecutado tras rechazar el Gran Consejo el indulto por 102 votos contra 99.

El lunes 26 de septiembre de 1859, los concurrentes al mercado de otoño de Zúrich se apartan para abrir paso a un joven al que acaban de prender. Pasea del brazo de su prometida y viste ropas nuevas. El reloj que había vendido la víspera le ha dejado dinero en el bolsillo. Desde el alba corre el rumor de que se busca al asesino del matrimonio Schmid, degollado en su casa de Volketswil. El reo se llama Hans Jakob Kündig. Antes de que expire el día, habrá confesado el doble crimen.

El domingo por la mañana, Johann Dietschi, un zagal de quince años, había recibido de su patrona una consigna terminante: sacar el ganado únicamente si los amos continuaban acostados. A su regreso, cerca de las ocho, encuentra las puertas atrancadas y una ventana batiente abierta hacia el cementerio. Llama a voces, golpea los postigos, no obtiene respuesta. Acude a prevenir a Emerentia Wintsch, hermana de Jakob Schmid. Ella vuelve con él y le apremia a colarse por la ventana para abrir desde dentro.

Cruzan la estancia y suben por la escalera del horno hasta la alcoba. Hans Jakob Schmid y Anna, su esposa, yacen tendidos uno junto al otro. Sus rostros están desfigurados, los cráneos destrozados y el lecho anegado en sangre. El muchacho, presa del espanto, baja la escalera a trompicones; su tía le sigue al exterior. En pocos instantes, la noticia congrega a los vecinos de Volketswil. El teniente del distrito de Uster asume la instrucción del caso.

La puerta de la cocina exhibe las huellas de un intento de fractura. Un cristal ha sido roto desde fuera, pero ciertos rastros de sangre sobre la jamba sugieren que el intruso también se hirió al salir. Las prendas del matrimonio han sido extraídas del armario de Jakob; las de Anna parecen intactas. Un compartimento secreto, disimulado sobre la estufa, se halla abierto de par en par. Contiene todavía una bolsita azul con monedas de oro y plata. Las escrituras de propiedad han quedado abandonadas sobre la estufa; las actas señalan que la bolsa de dinero escapó a la codicia del ladrón.

Una familia apacible, un lecho de muerte, un armario desvalijado y un escondrijo abierto: los indicios dibujan el perfil de un robo que degeneró en carnicería. Con todo, ninguna huella concluyente ni objeto alguno abandonado señalan a un culpable. La primera pista la aporta el hermano de la víctima. Un mes antes, un antiguo criado había pernoctado en casa de Jakob Schmid y se había dado a la fuga llevándose un capote. Aquel visitante había revuelto los papeles ocultos y dejado una ventana abierta. Se llamaba Hans Jakob Kündig.

La sospecha cobra fuerza cuando un labrador descubre junto al camino un hacha manchada de sangre. El amo de Kündig, el concejal Egli, reconoce la herramienta: solía guardarla en su cobertizo. Kündig abandonó la granja el domingo por la tarde y no ha regresado. Su prometida, Margarethe Bruppacher, declara que marcharon juntos a Zúrich. Se le localiza en pleno mercado, entre la muchedumbre. Entre improperios e insultos, los agentes lo trasladan a la guardia.

A la primera pregunta del pesquisidor —¿dónde se hallaba el sábado anterior?—, Kündig responde sin rodeos que marchó a Volketswil y dio muerte a los Schmid, en cuya casa había servido tiempo atrás. ¿Por qué razón? «Quería robar ropa, porque me faltaba». El hacha no deja lugar a dudas. El reloj revendido, las prendas regaladas o vestidas, la ventana, la herida en el brazo y el compartimento forzado vienen a corroborar una confesión que el reo desgrana sin necesidad de apremio.

El hombre que habla nació en 1838, vástago de una familia desheredada e itinerante del cantón de Zúrich. Pierde a su padre a los cuatro años. Su madre lo empuja a mendigar, lo aparta de las aulas escolares y le dicta falsos pretextos para justificar sus faltas. El pilluelo hurta fruta y pasa hambre. Tras la muerte de la madre, una sociedad de beneficencia lo coloca como aprendiz de tejedor. Hurta una aguja y, más tarde, obtiene fiados pan, embutidos y una chaqueta suplantando a su señor. El robo de cinco francos le acarrea seis semanas de cárcel.

En la celda comparte encierro con un hampón avezado que le enseña el arte del escalo y le persuade de que robar no constituye pecado. Más adelante, Kündig declarará que jamás olvidó aquellas enseñanzas. Un pastor protestante y varios hacendados lo acogen sucesivamente bajo su tutela. Trabaja sin brillo, permanece taciturno, no prueba el alcohol. En Rütihof, en la heredad de Egli, cobra carnes y se gana la confianza de su patrón.

En 1856, sin embargo, había trabajado para los Schmid, cuando estos aún no habían contraído matrimonio. Jakob lo trataba con rudeza, le reprendía agriamente y llegaba a golpearlo cuando rompía algún apero. Kündig había compartido lecho con él y le había visto guardar escrituras y caudales en un escondite sobre la estufa. En agosto de 1859, acuciado por la miseria, regresa a pasar la noche en su morada. Al amparo de una tormenta, abre la cavidad, no halla el dinero en metálico, se apodera de un capote de lienzo y huye por la ventana. Schmid recupera sus títulos y sus trescientos francos. No presenta denuncia alguna; presume que el zagal no se atreverá a volver.

Kündig, sin embargo, regresa. En febrero se había comprometido con Margarethe, hija de campesinos. Ella no le echa en cara su indigencia y propone aplazar las nupcias hasta haber reunido algún ahorro. Él porfía: el enlace habrá de celebrarse por la Candelaria. Se compra un reloj de cincuenta y ocho francos, derrocha en ropas, regala cortes de tela a su novia y piensa en el abrigo de invierno que ella anhela. Al expirar septiembre, ya no dispone de medios para honrar sus promesas. Una semana antes del crimen, acude a comulgar. El sábado 24, sus compañeros de labor le oyen silbar alegremente mientras siega en los campos.

Esa misma noche, tras abrevar y alimentar al ganado, se marcha pertrechado con un hacha y un alambre arrancado a una ratonera, la ganzúa rudimentaria que le había enseñado su antiguo camarada de presidio. Camina en la oscuridad hasta Volketswil. Hacia la una de la madrugada intenta forzar la cerradura de la cocina con el alambre y, al fracasar, arremete cuatro veces con el filo del hacha contra el batiente. Rompe al fin el cristal de la pieza, se hiere el brazo al penetrar y enfila la escalera que también conoce.

La alcoba está sumida en tinieblas. Tantea a los durmientes para ubicar las cabezas. Descarga el primer golpe sobre Jakob. Anna despierta y pregunta qué ocurre. Kündig no pronuncia palabra: descarga una segunda hachada y se vuelve hacia ella. La mujer solo atina a gritar «¡Jesús!» antes de que un nuevo golpe le siegue la voz. Más tarde confesará haber golpeado repetidamente a cada uno de los cónyuges. Ambos quedan inertes sobre el lecho.

Baja a buscar una cerilla, ilumina la estancia y revuelve los muebles. El cofre de caudales no se le había escapado por segunda vez: sencillamente no da con él. Se apodera de abrigos, pantalones, una capa, camisas, un sombrero, un paraguas, un reloj de plata y un devocionario de cánticos. Ata las ropas con una soga y vuelve a escapar por la misma ventana. Durante el camino de regreso, cree percibir pasos a su espalda; cada vez que vuelve la cabeza, el corazón le palpita con violencia desbocada. Cerca de Zimikon se le cae el hacha. Regresa a su granja cerca de las cinco, oculta el fardo en un armario y atiende a las bestias.

El domingo vende el reloj e intenta dar salida a un pantalón. Al caer la tarde, regala el libro de cánticos a Margarethe. Al día siguiente, acude al mercado donde lo buscan llevando puestos el sombrero y una prenda de Schmid. Interrogado sobre el origen de sus ropas, solo ofrece respuestas evasivas. A su novia, que repara en su mirada extraviada, termina por musitarle que preferiría estar muerto.

Ante el tribunal, el debate se centra en la intención criminal. En un principio, Kündig afirma haber cogido el hacha con propósito homicida. Con posterioridad, sostiene que su única intención era robar y que solo resolvió matar en el trayecto. La corte retiene, sin embargo, la premeditación: el hacha había sido preparada de antemano, la víctima elegida, el escondrijo era bien conocido y el ataque se ejecutó con ensañamiento sobre dos personas dormidas. El 18 de octubre se declara culpable de doble asesinato y es condenado a la última pena.

El fiscal no implora clemencia, pero tampoco retrata al reo como a un monstruo execrable. Alude a su confesión, a su arrepentimiento, a su juventud, a la orfandad de instrucción y a la ausencia total de amparo. Su letrado añade la negligencia del cuerpo social y la perversión de una cárcel donde un adolescente compartió celda con un delincuente consumado. Corresponde al Gran Consejo de Zúrich dirimir si se ejecuta la sentencia. El 25 de octubre, los parlamentarios depositan una bola negra por la muerte o una blanca por la gracia. De 201 sufragios emitidos, 102 son negros y 99 blancos: la mayoría absoluta quedaba fijada en 101 votos.

A la mañana siguiente, Kündig camina hacia el patíbulo sin reparar en el gentío, fijos los ojos en el clérigo que le susurra las oraciones de difuntos. La crónica refiere que recibió el corte de la cuchilla tras musitar: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». En Zúrich, los tres votos que separaron el cadalso del perdón dejaron tras de sí una pregunta sin respuesta: ¿castigó la justicia a un criminal despiadado o también al niño que la sociedad dejó crecer en el desamparo? El arma recobrada a la orilla del camino no dejaba, por su parte, duda alguna sobre la atrocidad de la noche que había segado dos vidas.

De este caso podría nacer un libro

Ayúdenos a elegir nuestro próximo libro

Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

La alcoba tras el horno

En 1859, un joven pastor ficticio que cuida el ganado advierte que una ventana ha quedado abierta en una heredad de Volketswil. Su primer impulso es avisar a la hermana del hacendado; el segundo, silenciar el hallazgo de una soga junto al horno de la cocina. Conforme los adultos interrogan a la vecindad, comprende que cada detalle observado puede salvar o condenar a un hombre. La novela corta sigue los titubeos de su memoria infantil hasta la declaración procesal definitiva, prescindiendo de las figuras reales de víctimas e investigadores para explorar el abismo entre la mirada pura de un zagal y el testimonio que los mayores exigen de él.

Cargando votos…

novela

La novia del mercado

Una joven ficticia acude a la feria de otoño del brazo de su prometido, quien la obsequia con un vestido nuevo cuyo origen se niega a confesar. Al día siguiente, descubre estupefacta que el joven ha sido prendido por una atrocidad nocturna. La trama acompaña a la protagonista a través de interrogatorios hostiles, el rechazo familiar y una ciudad que ya ha dictado sentencia popular. Obligada a indagar en deudas secretas, promesas nupciales y el pasado turbio de su amante, la obra prescinde de reconstruir los pensamientos reales de Margarethe Bruppacher para erigir una ficción desgarradora sobre el amor y la lealtad al borde del patíbulo.

Cargando votos…

trilogía

Las voces del Consejo

Tres novelas independientes exploran causas penales donde el destino de un reo depende del voto secreto de una asamblea soberana. En la primera, un ujier ficticio realiza el recuento de bolas blancas y negras tras un proceso de sangre; en la segunda, una viuda lucha para evitar que un sufragio corporativo convierta a su linaje en paria social; en la tercera, una jurista confronta tres expedientes de clemencia parlamentaria con un siglo de distancia. Con personajes, víctimas y delitos enteramente imaginarios, la trilogía disecciona el dilema moral entre castigo, culpa y redención cuando la vida de un semejante queda a merced del cómputo de votos colectivos.

Cargando votos…

Un voto por caso en este navegador, modificable en cualquier momento. Los proyectos más apoyados orientarán nuestras próximas ediciones. Cómo se conservan sus votos.

Ver los demás proyectos en el Salón →
El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Capítulo completo pp. 292–333, cotejo OCR líneas 12330–14130, SHA-256 e61c17999af2e45c55b45a5408c97ff63d0800789a5d2d59d73137c474130455. El texto consigna la detención, el veredicto condenatorio del 18 de octubre de 1859, la votación del Gran Consejo (102 votos por la ejecución frente a 99 por el indulto) y el suplicio consumado el 26 de octubre. Presenta dos variantes sobre el dolo inicial del acusado; la premeditación responde a la calificación fiscal y al fallo judicial documentados. Compilación fechada en 1871; no se han consultado directamente las minutas de archivo originales.

← Todos los 1.003 casos del Gabinete