La carta fijaba el encuentro entre la una y las dos de la tarde. Había empujado a Ann Forbes a caminar desde Aberdeen hasta Thainstone, a catorce o quince millas de la ciudad, en una gélida mañana de diciembre; pensaba regresar a pie. Cuando la hallaron, pocas horas después, guardaba entre sus ropas un sobre dirigido a George Stephen que solo contenía un pedazo de papel castaño. Entre estos dos vestigios —la cita concertada y la esquela sin mensaje— se abrió, en la primavera siguiente, uno de los debates judiciales más encarnizados de Escocia acerca del valor de la prueba y la enajenación mental.
La relación médica de Alexander Silver, doctor y ayudante en la Universidad de Aberdeen, devuelve en primer término el caso a sus horarios y distancias. Refiere que Stephen, comerciante maderero en Port Elphinstone, conocía a Ann desde hacía veintisiete años. Ella se desplazaba en ocasiones desde la ciudad hasta Thainstone para verlo y, según afirmaba, recibir dinero de sus manos. Entre los papeles hallados en su poder figuraban cartas redactadas en su nombre que contenían amenazas de deshonra pública si sus pretensiones no eran atendidas; una de ellas fijaba el encuentro del 3 de diciembre. Esta prolongada vinculación y aquellas advertencias brindaron a la acusación un móvil verosímil, mas distaban de constituir una confesión.
Ann partió de Aberdeen hacia las ocho de la mañana, tras haber pedido prestada ropa a una vecina. A mediodía se detuvo en una posada de Kintore, solicitó medio gill de whisky, apuró la mitad y prometió saldar la deuda a su regreso, como ya había hecho en otras ocasiones. El camino se estrecha a partir de ahí en torno a varios testigos, cada uno de los cuales apenas entrevé una fracción de la escena. Un muchacho la vio sentada sobre un montón de piedras, con un trozo de franela roja sobre la cabeza; ella le preguntó si pasaba ya de la una. Poco después, el joven vio aproximarse a Stephen en esa misma dirección, llevando un hacha bajo el brazo. Más adelante, una mujer distinguió a Ann todavía sentada y, luego, a Stephen internándose con ella en la espesura del bosque.
Lo que aconteció bajo el dosel de los árboles permaneció oculto a toda mirada. Es este un vacío que la narración retrospectiva de Silver procura colmar, si bien las declaraciones testificales resumidas omiten por completo el ademán homicida. Otro testigo divisó a Stephen abandonando el lugar en solitario, portando un objeto que no logró reconocer. Hacia las dos y media, un muchacho que batía el monte en busca de caza halló a Ann tendida en el suelo, exánime, con el rostro ladeado hacia la izquierda y la sangre manando de una herida en la nuca. La franela roja estaba rasgada; bajo su cuerpo o a muy corta distancia yacía una enagua. No recobró el sentido y expiró alrededor de las ocho de la noche.
El doctor Irvine extrajo fragmentos óseos de la herida. Fue entonces cuando se reparó en el sobre dirigido al maderero, desprovisto de todo mensaje. Días más tarde, al practicarse una nueva inspección ocular del paraje, se recogieron restos de sangre coagulada y una papilla de avena idéntica a la hallada en el estómago de la finada. La autopsia, realizada dos jornadas después, certificó una fractura craneal, lesiones profundas y una hemorragia que los facultativos consideraron la causa del deceso. El dictamen, reproducido por Silver —quien figuraba entre los médicos firmantes—, concluía que los traumatismos habían sido infligidos en vida. Aquellos pormenores periciales constataban la violencia y su fatal desenlace; por sí solos, empero, no revelaban la mano ejecutora.
Las pesquisas condujeron a los investigadores hasta las tres hachas incautadas en el domicilio de Stephen. En una de ellas, cuya cabeza guardaba estrecha correspondencia con la hendidura del cráneo, los profesores Ogston y Brazier advirtieron máculas rojizas que sus análisis químicos y microscópicos identificaron como sangre. Una grieta en la madera retenía asimismo minúsculas briznas escarlatas. Cotejadas con la franela encarnada que vestía Ann, fueron juzgadas idénticas. En las otras dos herramientas solo se apreció orín. Silver presenta esta correspondencia como una prueba irrefutable; conviene recordar, no obstante, que su crónica constituye un resumen médico del proceso y no las actas judiciales oficiales ni un peritaje de laboratorio moderno.
Las ropas de Stephen, examinadas esa misma noche, no presentaban anomalía alguna, salvo un pequeño desgarro reciente en la manga derecha. La acusación hilvanó así diversos elementos: la cita epistolar, la presencia simultánea de hombre y mujer en el mismo sendero, el hacha divisada bajo su brazo, el regreso de él en solitario y los vestigios hallados en el útil conservado en su morada. El paraje del encuentro y el arma señalada trababan los indicios; la incógnita primordial residía menos en la materialidad del hecho que en el estado mental del reo al perpetrarlo.
La defensa no intentó, según Silver, rebatir que Stephen hubiese descargado los golpes. Trastocó la enajenación mental en su único baluarte. Los quebrantos económicos del año 1864 habrían precedido a una honda mutación: un hombre tenido hasta entonces por jovial se tornó sombrío y taciturno. Varios allegados refirieron que un domingo de agosto descendió de su alcoba trémulo y presa de viva agitación, exclamando que no sabía qué suerte aguardaba a los suyos, que sus caudales se habían agotado y que faltaban la harina y la lumbre en el hogar —penuria que distaba de ser cierta—. Se lamentaba también de no poder conciliar el sueño en su lecho, al que comparaba con una ruma de piedras.
El doctor Thomson, que trataba a Stephen desde hacía más de cuarenta años, fue requerido a su cabecera hacia finales de septiembre. Lo halló confuso y con la dicción perturbada; sospechó una patología cerebral. Describió ideas delirantes, un proceder pueril y crisis de naturaleza comicial observadas en octubre. A su juicio, un arrebato de cólera bien podía inducir a un individuo en tal estado a cometer un homicidio; no le extrañaría que Stephen hubiese sucumbido a un impulso irresistible. Mas su declaración adolecía de flaquezas: admitió que su dictamen reposaba en parte sobre referencias ajenas y convino en que Stephen aún era capaz de discernir en ocasiones el bien del mal, sabedor de que un hachazo acarrearía la muerte.
El doctor Jamieson, superintendente del manicomio de Aberdeen, solo había examinado a Stephen en prisión preventiva. Basándose en su aspecto físico, su lenguaje, su desatención y su aturdimiento, concluyó la existencia de una enfermedad cerebral; añadió que una viva excitación podía desatar una pulsión violenta. Con todo, interrogado por el tribunal, fue incapaz de precisar delirio alguno y no pudo certificar que el acusado ignorase la diferencia entre lo justo y lo vituperable. Durante una visita el 10 de diciembre, declaró, el semblante anómalo de Stephen obedecía a la dolencia cerebral, sin manifestar síntomas estrictos de locura. La defensa aportaba así indicios de perturbación y pareceres periciales, pero ningún testimonio ilustraba de forma directa la mente de Stephen en el instante preciso de la tragedia del bosque.
El magistrado presidente, el Lord Justice-Clerk, advirtió a los miembros del jurado de que debían ponderar el estado de Stephen el 3 de diciembre, y no la condición que mostrase en la sala de vistas. Deslindó con nitidez la afección física del cerebro de la enajenación mental con arreglo a los cánones jurídicos de la época. Para que esta última eximiese al acusado de responsabilidad criminal, sostuvo, el tribunal lego debía contemplar varias alternativas: Stephen podía ignorar el acto que ejecutaba o no comprender su naturaleza; o bien discernir su realidad material pero hallarse incapacitado para aquilatar su culpabilidad moral o legal y prever sus consecuencias. El discurso transcrito expone estas vías a modo de alternativas, no como requisitos acumulativos. Una facultad disminuida, un quebranto corporal o una propensión a la cólera no bastaban, conforme a tal instrucción de derecho. Era la doctrina forense imperante en 1865; el propio Silver reconoce que suscitaba encendidas controversias entre jurisconsultos y alienistas.
Tras veinte minutos de deliberación, nueve jurados frente a seis declararon a Stephen culpable de los cargos formulados. Se dictó sentencia de muerte. Sin embargo, el curso del procedimiento no concluyó en el estrado. A instancias del sheriff, se dispuso un peritaje médico con arreglo a la ley reguladora de reclusos con sospecha de locura; los doctores Macrobin y Fraser suscribieron un certificado que acreditaba su alienación mental. El secretario de Estado de Interior, sir George Grey, notificó que la pena capital quedaba en suspenso, si bien demoró la orden formal para trasladar a Stephen a un manicomio. En ese trance, el veredicto de culpabilidad permanecía inalterado; únicamente la ejecución quedaba paralizada.
Sobrevino entonces una noticia de última hora que Silver incorporó tras haber dado por concluido su memorial: la reina había concedido a Stephen el indulto y conmutado la pena suprema por la de servidumbre penal perpetua. El reo fue conducido a la penitenciaría de Perth en lugar de a un asilo para enajenados, toda vez que aquel penal carecía del estatuto legal de institución psiquiátrica. La crónica subraya que allí debía recibir trato de demente y no de presidiario ordinario; silencia, no obstante, la fecha de tal resolución y no reproduce la cédula real de gracia.
Así las cosas, la causa judicial no se agota en la certeza incontestable que Silver proclama para la prueba pericial, ni tampoco en una exculpación por demencia que los jurados rehusaron conceder. El tribunal condenó al reo a quien los indicios materiales vinculaban al hacha; el poder ejecutivo frenó el cadalso y mitigó la pena, al tiempo que la administración y los médicos lo reputaban desprovisto de razón. Entre el fallo condenatorio y los muros de Perth, el dilema de la imputabilidad mudó de sede sin llegar a zanjarse. En este proceso, la justicia sentenció la culpabilidad; la prerrogativa de gracia resolvió el destino del penado.
