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Justicia y escándalos · Inglaterra

El absuelto de Pocock’s Fields

Absuelto del asesinato de John Templeman en abril de 1840, Richard Gould es apresado de nuevo antes de zarpar rumbo a Sídney; condenado en junio por allanamiento de morada con fractura, es deportado a perpetuidad. La crónica da cuenta de ambos procesos sin permitir que se confundan sus veredictos.

El buque aguardaba en Gravesend. Richard Gould, a quien Camden Pelham llama asimismo Arthur Nicholson, debía partir hacia Sídney tras haber sido absuelto del asesinato de John Templeman. Un veredicto acababa de librarlo de aquella acusación; un ofrecimiento de asistencia le abría incluso la perspectiva de un alejamiento voluntario. Sin embargo, en el instante en que el navío se disponía a levar anclas, se anunció una recompensa de doscientas libras para dar con los autores del crimen. Gould fue apresado de nuevo. No se le juzgaría por segunda vez por asesinato: el procesamiento que lo condujo otra vez ante el jurado atañía al allanamiento con fractura de la vivienda.

El anciano vivía solo en Pocock’s Fields, cerca de Barnsbury Park, en una pequeña casa de dos estancias. Contaba cerca de setenta años y obtenía una renta modesta del alquiler de una o dos casas en Somers Town. El lunes 16 de marzo de 1840, había recorrido las viviendas de sus arrendatarios y cobrado seis libras, en su mayoría en moneda de plata; medio soberano completaba la suma. A su regreso, encomendó a la señora Thornton, vecina suya y asistenta, que comprara ciertos artículos que precisaba, retirándose luego hacia las seis de la tarde.

Pelham aduce como móvil la fama de avaro que Templeman se habría labrado y su costumbre de hablar de sus caudales. No cita aquí declaración alguna en la que el acusado hubiese explicado su proceder en tales términos. Esta distinción importa: el cronista vincula un modo de vida con el delito a posteriori, mientras que las sumas recaudadas aquella noche y la caja registrada son elementos que la narración asocia a las pesquisas. En aquel barrio de casas modestas, una renta por alquileres podía antojarse cuantiosa a ojos de quien la codiciara; mas no permite, por sí sola, reconstituir la intención de un visitante a quien nadie había identificado todavía.

A la mañana siguiente, la hija de la señora Thornton acudió a la vivienda con las compras. Llamó a la puerta, voceó a Templeman y no obtuvo respuesta alguna. Su madre se acercó a mirar por la ventana del dormitorio. El cadáver yacía en el suelo. En lugar de alertar de inmediato a la policía, la señora Thornton aguardó a su yerno, Capriani, sereno en el teatro de Sadler’s Wells. Este regresó a las once y corrió a avisar al nieto del difunto, solicitor en Mortimer Street. Solo tras la llegada de este último se requirió la presencia policial.

La reseña retrospectiva de Pelham describe una casa en total desorden. Las manos del anciano estaban atadas por delante, sus ojos cubiertos por una media manchada de sangre; el lecho se hallaba empapado, los cajones forzados, y vacía la caja donde guardaba su dinero. Las heridas en la cabeza y el rostro daban fe de golpes violentos. Se había roto un cristal de la sala tras forzar el postigo exterior; por allí, una mano podía alcanzar la puerta interior. Estas observaciones brindaban a la instrucción un punto de entrada plausible y la certeza de un robo manifiesto, pero aún no revelaban quién había traspasado el umbral.

La tardanza de Capriani despertó sospechas. Se le detuvo, mas los interrogatorios lo apartaron de la causa y fue puesto en libertad. John y Mary Ann Jarvis fueron apresados a continuación junto a Gould. John Jarvis recuperó prontamente la libertad; la probada intimidad entre Gould y la señora Jarvis no bastó para retener a esta última. El relato del juicio, al igual que el resto de la crónica, entrevera elementos referidos por los testigos con los juicios categóricos de su autor. Procede, pues, atribuir al jurado lo que verdaderamente falló, y no confundir la acusación con una condena por asesinato.

Gould había trabajado como mozo en despachos de bebidas del East End y de Islington. Se alojaba por temporadas en casa de los Allen, cerca de Templeman. En el juicio del 14 de abril, varios testigos le atribuyeron comentarios previos sobre un anciano que poseía dinero, un billete de cincuenta libras visto en un cajón y una suma que decía tener casi al alcance de la mano. Otros relataron que había hablado de una ganzúa y de una linterna sorda para servirse de un anciano en una cabaña aislada. Tales son las palabras que Pelham atribuye a los testigos; la crónica no reproduce sus declaraciones íntegras.

Los Allen informaron al jurado sobre la noche del crimen. Gould había salido entre las ocho y las nueve, sin desayunar; regresó cerca de las tres de la madrugada. Al día siguiente, pasó una larga media hora en el lavadero antes de salir, y volvió hacia las siete de la tarde. Al anunciarse el asesinato, preguntó si Templeman se habría quitado la vida él mismo. El señor Allen advirtió que calzaba zapatos nuevos. Él adujo que se los había dado su primo. La policía halló más tarde dinero oculto entre las vigas del lavadero, en piezas cuyas denominaciones coincidían con la moneda de plata que Templeman había recibido de sus arrendatarios.

Tales indicios parecían de peso, mas el jurado absolvió a Gould. La multitud, que abarrotaba los accesos al tribunal, manifestó su descontento. Los sheriffs le brindaron protección, y permaneció en la prisión del Compter hasta que se apaciguaron los ánimos. El alderman Pirie propuso entonces costear su traslado a Sídney en un navío propio. Pelham presenta esta oferta como un acto de compasión del cual Gould se habría aprovechado indebidamente; tal apreciación pertenece al cronista. Lo que consta en su relación es que Gould aceptó y fue embarcado en el Elizabeth, en Gravesend.

No había abandonado aún Inglaterra cuando el gobierno ofreció doscientas libras por cualquier dato sobre el asesinato. Se envió al sargento Otway a entrevistarse con él. Gould accedió a hablar, pero exigió que se le garantizara una parte del botín para compensar la pérdida de su pasaje. Al día siguiente, una orden judicial lo puso de nuevo bajo custodia, esta vez por haber tomado parte en el robo de la casa de Templeman. Conducido a Bow Street, reclamó su libertad a cambio de revelaciones. Le fue denegada. El 11 de mayo emitió entonces una declaración incriminando a John y Mary Ann Jarvis.

En aquella versión, Gould afirmaba que el proyecto del robo se había discutido previamente, que Jarvis había preparado una pieza de madera perforada y que había entrado con él en la vivienda. Según su relato, Jarvis había golpeado a Templeman, lo había atado y vuelto a golpear cuando el anciano reconoció a sus asaltantes. Gould sostenía haber huido. Explicaba después cómo se había ocultado el dinero, cómo se arrojó una linterna a un estanque y cómo había comprado botas en compañía de la señora Jarvis. Aquella declaración añadía una escena de violencia a una causa ya de por sí sobrecargada; pero no podía tomarse por una confesión llana, puesto que pretendía desviar la culpa hacia los Jarvis.

Pelham asevera que la versión referente a los Jarvis fue desmentida de inmediato y que las sospechas contra ellos quedaron sin fundar. Con todo, las comprobaciones sobre la linterna y el calzado confirmaron, según el relato, pormenores de la participación de Gould en el robo. La primera acusación por asesinato había desembocado en una absolución; la justicia no podía procesarlo una segunda vez por aquel mismo homicidio. Los allegados de Templeman entablaron, pues, una causa separada por robo con allanamiento. La distinción entre los cargos conllevaba aquí una consecuencia decisiva: el desenlace del segundo juicio no revocaba el veredicto dictado en el primero.

El 22 de junio, Gould compareció de nuevo ante el Central Criminal Court. La acusación retomó los elementos ya expuestos y les sumó los hechos revelados en su propia confesión. El jurado lo declaró culpable de allanamiento con fractura. El barón Parke consideró que no cabía duda alguna de su culpabilidad en el asesinato y lo condenó a deportación a perpetuidad. Este parecer del magistrado, referido por Pelham, no altera el alcance del veredicto anterior: el jurado había absuelto a Gould de asesinato y, posteriormente, lo había hallado culpable del robo con fractura.

En prisión, Gould intentó fugarse junto a otro recluso; la tentativa fue descubierta. Al escuchar la nueva condena, perdió, según la crónica, su aplomo y dio muestras de agitación. Fue deportado fuera del país tras haber intentado aún esquivar su destino. El relato concluye aquí. Templeman no recibe desagravio ni justicia narrativa: permanece como el anciano cuya puerta cedió, cuyo dinero desapareció, y cuya muerte violenta, pese a las certezas formuladas por el juez y por el compilador, jamás valió a Gould la condena de un jurado.

De este caso podría nacer un libro

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El pasaje a Sídney

Novela corta enteramente ficticia. Un recluso absuelto de un delito atroz sube a bordo de un barco a punto de zarpar, cuando una recompensa pública reabre las pesquisas. Una oficial de actas encargada de cotejar la identidad de los testigos descubre que varios indicios provienen de una declaración interesada, pero un detalle material —las suelas reemplazadas del viajero— no encaja con su versión. Deberá impedir que la nueva acusación sirva para juzgar clandestinamente la causa ya zanjada. La trama se inspira en la distinción jurídica entre absolución y procesamiento independiente; los personajes, el puerto, los hechos y el desenlace son inventados.

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novela

La ventana y el veredicto

Novela ficticia inspirada en el abismo entre un allanamiento probado y un homicidio que no puede juzgarse por segunda vez. En una casa de dos estancias, un anciano yace muerto y su dinero se ha desvanecido. Años después, una joven abogada recibe los cuadernos de un testigo que primero acusó a sus vecinos antes de admitir su propia presencia en el lugar. Reconstituye no ya la culpabilidad, sino los límites de lo que cada proceso procesal podía fijar. El sumario, los parajes, los personajes y la resolución serán enteramente inventados; la novela examinará cómo un veredicto puede cerrar una acusación sin extinguir la duda.

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trilogía

Tres partidas de Gravesend

Trilogía de ficción en torno a las partidas frustradas y las identidades discutidas. Un hombre absuelto aguarda un navío; una viuda recibe un pasaje tras un juicio; un marinero queda retenido cuando un antiguo compinche regresa a reclamar una recompensa. Cada volumen sigue un procesamiento distinto y a testigos que pugnan por negociar su relato. Las intrigas no emplearán a Gould, ni a Templeman, ni los hechos de 1840: retomarán únicamente los resortes de la huida, el arresto bajo orden judicial y el testimonio interesado. Una misma casa armadora enlazará las novelas mediante su correspondencia ficticia.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

El relato sigue la compilación de 1891, la cual consigna la absolución de Gould por el asesinato de Templeman y su posterior condena en un proceso independiente por burglary (allanamiento con fractura), castigado con deportación a perpetuidad. La sentencia clausura este segundo juicio, mas no anula el primer veredicto. Las declaraciones se resumen y las conclusiones morales pertenecen al compilador. La identidad bajo el nombre de Nicholson figura únicamente como hipótesis biográfica del autor decimonónico. La procedencia pormenorizada y el cotejo documental se conservan en los archivos privados source-meta.json y preuve-lecture-source.json.

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