La esquela prometía una oportunidad, no una cita peligrosa. Un hombre que buscaba empleo mercantil acababa de anunciar en la prensa que prestaría ochocientas o mil libras a quien supiera procurarle un puesto. El 6 de febrero de 1828, una respuesta le indicó una dirección: el señor Howard, en el número 36 de Red Lion Square, en Holborn, recibiría a «J. L.» al día siguiente o al posterior, entre el mediodía y las cuatro de la tarde. Pasaron varios días antes de que el solicitante, el señor Mullay, se decidiera a acudir. En la narración de Camden Pelham, consultada en la edición de 1891, el autor afirma no poder rastrear la historia del acusado y supone que el nombre de Howard era ficticio; no nombra al corresponsal que había enviado la nota a Mullay.
La casa albergaba las reuniones de una sociedad cooperativa londinense. Cuando Mullay expuso el objeto de su visita, Howard se mostró dispuesto a hablar de negocios. Aseguró ser pariente de un caballero cuya influencia podía conseguir empleos lucrativos. Mullay rectificó el sentido de su anuncio: no pretendía comprar un puesto, sino adelantar una suma a cambio de un nombramiento, mediando las garantías adecuadas y sin intereses. Howard le propuso entonces subir a la planta superior. Pasaron a una buhardilla situada en la parte trasera del inmueble, donde prosiguió la conversación sobre el préstamo.
Aquella primera entrevista fijó la siguiente cita. Mullay debía regresar al día siguiente a la una, provisto del dinero; un señor Owen, presentado como el individuo cuya influencia aseguraría el cargo, también estaría presente. Al día siguiente, Howard y Mullay se reunieron a la hora fijada, pero Owen no acudió. Durante dos horas, ambos hombres lo aguardaron. Pelham afirma que Howard se enteró entonces de que el visitante había traído quinientas libras para responder a la demanda anticipada.
La espera no calmó las inquietudes de Mullay. Howard lo observaba, escribe Pelham, como si tratara de sopesar sus fuerzas respectivas. En la habitación se hallaban una gran navaja y un pesado bate de juego, de cuya presencia el ocupante no ofreció, según el cronista, una explicación convincente. Mullay abandonó no obstante la casa tras prometer que volvería el lunes, con la esperanza de encontrarse aún con Owen. Este faltó asimismo a dicha cita. Howard fijó otra para el martes al mediodía y le encomendó que no olvidara el dinero.
Llegado ese día, Howard parecía, según el relato, extraordinariamente alterado. La conversación se entabló con aspereza e irregularidad. Pidió a Mullay que escribiera a Owen copiando un modelo que le tendió. Mullay se quitó el abrigo, lo colgó en la estancia y apenas comenzaba a escribir cuando vio a Howard hurgar con violencia el atizador en el fuego. El ademán lo desconcertó. Retiró el hierro y volvió a sentarse. En ese instante, Howard echó el cerrojo de golpe, empuñó el bate y el cuchillo antes advertidos y se arrojó sobre él.
Mullay comprendió que debía resistir. Los golpes del bate cayeron sobre su cabeza. Howard sostenía el cuchillo con la mano izquierda; Mullay logró partirlo en dos durante el forcejeo, pero sufrió profundos cortes en las manos. La sangre manaba de sus heridas y la vista se le oscurecía. Gritó varias veces: «¡Asesino!» Su agresor le respondió, según Pelham, que aquellos clamores de nada servirían, pues tenía secuaces cerca que le ayudarían a «acabar» con él.
Mullay redobló sus gritos y corrió hacia las ventanas, pasando las manos a través de los cristales para que los vecinos lo oyeran. Empuñó luego el atizador e intentó una última defensa. La refriega los arrojó al suelo; Mullay, que era el más vigoroso, consiguió plantar la rodilla sobre el pecho de Howard. Se oyeron pasos que se aproximaban al otro lado de la puerta. Mullay temió en un principio que nuevos atacantes acudieran en apoyo de su agresor y se dispuso a vender cara la vida. Howard suplicó entonces piedad, asegurando que no quería causarle daño. Mullay no lo soltó hasta haber escuchado reiterada esta súplica.
La puerta se abrió casi de inmediato. Entraron los moradores de la casa y mandaron llamar al sereno de Red Lion Square, quien redujo a Howard. La habitación y las ropas de ambos hombres estaban cubiertas de sangre. Un cirujano examinó a Mullay y constató heridas de gravedad. Howard fue conducido a la comisaría de policía de Hatton Garden. Negó con vehemencia haber pretendido asesinar al denunciante y declaró padecer una enfermedad tan grave que moriría si no se le facilitaba de inmediato una onza de opio. Fue enviado a Newgate a la espera de juicio. Las pesquisas sobre su situación, refiere Pelham, revelaron que se hallaba en la más absoluta indigencia.
El juicio se celebró en el Old Bailey el 26 de febrero. Tras la declaración de Mullay sobre lo acaecido, Howard leyó su propia versión. Dijo residir en Red Lion Square desde hacía unas tres semanas y encontrarse en una difícil situación económica. Un hombre al que conocía con el nombre de Owen compartía aquella penuria. Ambos, explicó, habían urdido un plan a partir del anuncio de Mullay: lograr que depositara su dinero en un banco a nombre conjunto de Mullay y Owen. Dicho depósito debía permitirles presentarse como hombres solventes y obtener crédito a continuación.
En esta versión, Howard había hablado de una plaza vacante en la administración, tasada en trescientas cincuenta libras anuales. Owen podría conseguirla, aseguraba, si Mullay aceptaba hacerse pasar por pariente suyo; la contrapartida esperada sería el depósito en un banquero de una suma equivalente a tres años de salario, pagadera al término de tres meses a título de prima. La declaración, tal como la transmite Pelham, no precisa quién debía percibir dicha prima. Howard sostuvo que Mullay pareció consentir y que se concertaron varias entrevistas para cerrar el trato.
Ambos relatos de la transacción discrepan entre sí. En la primera exposición de Pelham, Mullay ofrece un préstamo sin interés, contra garantías, a cambio de un puesto. En la declaración leída por Howard en la vista, se trata de un depósito bancario mancomunado a nombre de Mullay y Owen, destinado a facilitarles la obtención de crédito; la suma prevista como prima se entregaría pasados tres meses, sin que el pasaje identifique al beneficiario. Owen sigue siendo la figura de un arreglo narrado por Howard, y no comparece en esta fase de la causa.
En la declaración leída en el proceso, Howard justificó la violencia del martes por un insulto. Mullay, hastiado de no ver a Owen, se habría encarado agriamente con ellos. Howard alegó hallarse enfermo y poseer un temperamento irritable; ofendido por una injuria, habría asestado un golpe en el rostro a Mullay. Reconoció que se desató una lucha violenta y que hizo todo lo posible por defenderse, pero insistió en que su contrincante era más alto y corpulento que él. La narración anterior de Pelham había presentado las sucesivas citas como los preparativos de una emboscada; Howard, en su versión, describía una disputa que degeneró en reyerta.
El jurado desestimó esta explicación. Declaró a Howard culpable de agresión con intención de robo; la sentencia no fue, pues, un veredicto de asesinato. La condena impuesta fue la de deportación perpetua. Pelham juzga verosímil que el reo compareciera bajo nombre supuesto, al tiempo que admite su incapacidad para ofrecer una crónica fidedigna de su pasado. El legajo impreso deja así la verdadera identidad en penumbra. Conserva, en cambio, la secuencia tangible de los hechos: quinientas libras prometidas, una puerta con el cerrojo echado, un bate, una navaja y los gritos desgarrados tras las ventanas.
