La muchacha enviada a casa de los vecinos entró en la vivienda de Joseph Hollis un viernes por la mañana. La puerta no estaba cerrada con llave. Sobre la mesa quedaba una taza de café a medio vaciar; junto al fuego, un pedazo de pan tostado yacía empezado. El anciano yacía en el suelo, con el cuerpo ensangrentado. La silla volcada y las armas halladas junto a él atestiguaban una lucha. Lo que había comenzado como una partida matinal para comprar ovejas había concluido en una estancia donde el desayuno había quedado suspendido.
Hollis vivía solo en una mitad de cabaña en Compton, en el condado de Surrey; la otra mitad estaba alquilada a James Cooper y a su madre, Mary. Ambas viviendas ya no compartían puerta alguna, pero los testigos afirmaron que los ruidos atravesaban el tabique de un lado a otro. Hollis rozaba los setenta años. Era robusto, ahorrador y gustaba de exhibir sus caudales. Un testigo describió tres talegas de lienzo: una contenía billetes; la otra, oro y plata; la tercera, monedas de cobre. Cuando Hollis quería pagar apenas seis peniques, vertía sin embargo todo el oro y la plata en su mano; aquel testigo le había visto reunir hasta cien libras. Hollis era el propietario de toda la cabaña y Cooper le arrendaba la otra parte. Semejante opulencia aparente podía alimentar la sospecha de un robo, pero no probaba el móvil. Mary Wisdom acudía cada día a ocuparse de los quehaceres domésticos.
El 3 de mayo, víspera de su partida prevista, Hollis había hablado con Goddard sobre la feria de Guildford. Pensaba levantarse temprano y ponerse en camino hacia las cuatro para comprar ovejas. A Mary Wisdom, que venía a diario a cuidar de su casa, le advirtió de que no tendría que acudir al día siguiente. El jueves, por tanto, ella no se presentó. El viernes, hacia las diez, su hija, muchacha de unos trece años, entró en la vivienda y lo halló muerto. Corrió a pedir auxilio; un condestable que cruzaba los terrenos comunales regresó con ella. Otros vecinos no tardaron en acudir.
El cuerpo yacía tendido en el suelo, con las piernas cruzadas y la cabeza apoyada sobre un brazo. La crónica de Camden Pelham refiere que la postura parecía haber sido dispuesta tras el crimen. Bajo el cadáver se descubrió un cuchillo de hoja plegable, casi cubierto de sangre, así como un atizador manchado también. Hollis tenía el cráneo fracturado, la mandíbula rota y la garganta prácticamente segada. La presencia de estos objetos y el desorden del desayuno relataban un ataque a quemarropa, pero no señalaban aún a agresor alguno.
El viernes por la noche, madre e hijo fueron arrestados y se registró su vivienda. Los magistrados no hallaron entonces más que meras sospechas y los pusieron en libertad. Como Hollis no llevaba encima más que dos chelines, se supuso que el homicida se había llevado su dinero.
Las pesquisas continuaron. Revelaron una disputa por el arrendamiento: la víspera del asesinato, Hollis había manifestado su intención de desahuciar a Cooper, quien juró vengarse antes de quince días. Su madre exclamó en un principio: «Dios nos libre de ello», y añadió luego que nadie quería al viejo. Un examen más minucioso de la cabaña sacó a la luz, ocultas en el tejado, ropas de James manchadas de sangre; la investigación estableció asimismo que el cuchillo y el atizador hallados en casa de Hollis pertenecían a los Cooper. Estos nuevos indicios motivaron un segundo arresto de la madre y del hijo. Mary declaró que sabía que su hijo había matado a Hollis, pero negó haber tomado parte en el crimen. Relató que el joven había salido al anochecer con el cuchillo y el atizador. Poco después, oyó ruidos en la casa contigua, seguidos de gritos de socorro y de un golpe seco contra el tabique. No afirmó haber presenciado el ataque. Su relato admitía, pues, un conocimiento de los hechos a posteriori, al tiempo que rechazaba toda complicidad.
En el juicio, celebrado durante las sesiones estivales del tribunal de Croydon en 1809, los miembros del jurado hubieron de sopesar indicios, palabras referidas y la declaración de la madre. El acta de acusación formulaba dos cargos: la fractura del cráneo y la herida de la garganta. La vista duró casi todo el día y se sustentó en las deposiciones de varios testigos; ninguna de ellas describía de forma directa el asesinato. Las ropas, las herramientas, el litigio por el alquiler y la amenaza situaban a James en el centro de las sospechas. Mary, por su parte, quedaba atada al silencio de la noche por lo que decía haber oído y por el conocimiento que luego reconoció. Pelham refiere que el hijo fue declarado culpable, mientras que su madre resultó absuelta. La distinción reviste importancia: la suerte de uno no fue la de la otra.
James fue sentenciado a la pena capital. El cronista no pormenoriza ni los alegatos ni las cuestiones formuladas al jurado, ni precisa la fecha exacta de la ejecución. Únicamente consigna que tuvo lugar el lunes siguiente. Pelham le atribuye entonces la aceptación de la justicia de su condena, sin transcribir confesión pormenorizada alguna. Esta escueta mención no suple las actas del proceso, omitidas en el volumen.
Hollis había vivido en la casa que le pertenecía, a escasos pasos de sus arrendatarios. El fragor de una lucha bien pudo atravesar el tabique; no obstante, el tribunal no disponía de ningún testigo directo de su muerte. La taza, el pan, las talegas de dinero, las herramientas y las ropas articularon la instrucción y, más tarde, el veredicto. Al lado, la palabra de Mary trazó una frontera más estrecha: sabía, aseguraba, pero no había prestado auxilio. Su absolución preservó esta distinción en el fallo. La crónica antigua no refiere el resto de sus días, ni el destino de la muchacha que descubrió el cadáver. Deja aquella casa dividida y sus dos destinos judiciales en el umbral mismo de la puerta abierta.
Nota documental: relato adaptado del capítulo «James Cooper. Executed for Murder» de Camden Pelham, The Chronicles of Crime; or, The New Newgate Calendar, vol. I (Londres, T. Miles & Co., 1887), págs. 455–456; prefacio fechado el 1 de julio de 1840. Pelham resume la causa de las sesiones de lo criminal y refiere indicios circunstanciales; no reproduce las actas completas de los debates ni testimonio contemporáneo alguno. No se ha consultado ningún registro local, judicial ni parroquial.
