A las cuatro de la madrugada, Angélique-Catherine Darcy fue a buscar a su tío. Su madre acababa de fallecer, decía, a consecuencia de una indisposición; ella la había sostenido, le había dado de beber y había recogido su último suspiro. Era la narración de una hija que permaneció sola junto a un lecho hasta el final. Cuando Bourgeois entró en la casa, el cadáver se hallaba, en efecto, sobre la cama. Unas horas más tarde, sin embargo, la muerte cambiaría de lugar en las declaraciones de Angélique: se habría producido en el establo. A la indigestión sucedería el accidente. A una vaca se le encomendaría explicar las heridas.
Las dos mujeres vivían desde hacía nueve años en Le Breuil, en el cantón de Limay, cerca de Mantes. Angélique tenía treinta y seis años y había servido durante largo tiempo como criada. Para convencerla de que regresara a su lado, su madre le había prometido una vaca cuyas ganancias le pertenecerían. Aquella propuesta asociaba el deber filial a una ventaja muy concreta. No se trataba solo de compartir un techo: era preciso vivir, trabajar, retener una parte del fruto del propio esfuerzo. La crónica abre el retrato de la hija con juicios sobre su avaricia; los hechos que siguen demuestran sobre todo hasta qué punto las disputas por dinero se habían vuelto frecuentes.
En casa de sus antiguos amos, Angélique había dejado, no obstante, el recuerdo de una sirvienta inteligente y honrada. Tal reputación volvía el contraste más arduo de comprender; recordaba asimismo que un carácter no se agota en un solo trazo. Los patronos habían conocido a una trabajadora en su hogar. Los vecinos conocían las riñas en el propio. Entre ambos espacios, la misma persona ocupaba posiciones distintas, y ningún testimonio abarcaba por sí solo la totalidad de su existencia.
El vecindario las oía a menudo. El viernes 9 de mayo de 1828, hacia las diez de la noche, Choisnel percibió un altercado en el pequeño jardín. Dupuis oyó igualmente las voces. No les prestó más que una atención limitada, pues estaba habituado a tales pendencias. Aquella costumbre habría de conferir a posteriori un sentido aterrador a lo que en un principio había parecido trivial. Nada de lo que un vecino escucha tras una pared le advierte de antemano cuál disputa será la última. Por la mañana, empero, las palabras de la víspera regresaron con renovada fuerza, como si el silencio que las sucedió las hubiese transformado.
Bourgeois, el tío avisado, era guarda del campo. Halló el cuerpo de su cuñada tendido, con un pañuelo anudado al cuello. Previno al alcalde y regresó luego con Choisnel y su esposa. Al disponer el lecho, advirtieron una magulladura cerca de la mandíbula y exigieron una explicación. Angélique habló de una cornada recibida algún tiempo antes mientras cuidaba de la vaca. La herida habría precedido, pues, a la última dolencia; la indigestión continuaba siendo la causa que ella atribuía a la muerte. En aquel instante, ambas historias podían aún coexistir: una vieja lesión seguida de una indisposición inconexa.
El examen del médico tornó mucho más difícil sostenerlas. Giard constató numerosas huellas de violencia y, en el cuello, una lesión circular. Concluyó que hubo estrangulamiento, acompañado de golpes. Una muerte natural no explicaba lo que tenía ante los ojos. Al ser interrogada, Angélique abandonó entonces el lecho como lugar del deceso y afirmó que su madre había perecido en el establo a manos del animal. El magistrado le opuso sus primeras palabras. Ella cesó de responder, cayó de rodillas y reclamó ropas de luto. La relación de los hechos se empeñaría en ver en cada uno de sus ademanes un rasgo de su condición moral. La instrucción requería algo más.
Se descubrió detrás del establo una cuerda manchada de sangre. Angélique declaró primero que servía para atar la vaca y que la bestia había pisoteado a su madre. Acosada a preguntas, reconoció haberse servido de ella contra esta, para retractarse luego de dicha confesión. La inspección cotejó la cuerda con la marca observada en el cuerpo; los médicos las juzgaron compatibles. La autopsia confirmó su dictamen acerca de las violencias y el estrangulamiento. Así, las mudanzas del relato no quedaban solas sobre el tapete: se había hallado un objeto, y el estado del cadáver ofrecía una respuesta a la causa de la muerte aducida por la acusada.
En una nueva declaración, Angélique relató la disputa. Habían ido a atender a la vaca; ella deseaba venderla, pues la creía enferma y temía perderla como a otra res muerta tiempo atrás. Su madre prefería aguardar y consultar a otros tratantes. La desavenencia parecía minúscula a la luz de lo que sobrevino; para ellas, atañía a años de dependencia, de trabajo y de cuentas comunes. No conocemos de aquella conversación sino lo que Angélique refirió. Reconoció haber derribado a su madre e infligido contra ella las violencias que el médico había constatado.
Atribuyó a la víctima súplicas de piedad y la promesa de una suma de dinero. Después volvió a retractarse. Conviene retener ambos movimientos a un tiempo: se habían consignado confesiones minuciosas, pero su autora las impugnaba. El juicio no sería, por ende, la mera ratificación de una confesión pacíficamente sostenida. La acusación debía evidenciar aquello que enlazaba las declaraciones con las comprobaciones independientes, mientras que la defensa podía discutir su valor y el estado en que fueron prestadas. Una palabra asentada en un sumario no pierde toda tacha posible por el solo hecho de que un actuario la haya fijado sobre el papel.
El 8 de agosto de 1828, Angélique compareció ante la audiencia de lo criminal de Seine-et-Oise. Interrumpió la lectura del acta de acusación, negó los hechos y regresó al percance del establo. Al recordársele sus confesiones, sostuvo no haber dicho lo que se le atribuía. Interrumpió asimismo a los testigos. La crónica insiste en su desenvoltura y luego en su impasibilidad, con una animadversión que termina por despojarla de casi toda humanidad. Semejantes impresiones colman el relato de antaño; mas no reemplazan a la cuerda, ni a los hallazgos periciales, ni al examen de unas declaraciones que no cesaban de mudar.
El ministerio público sustentó su acusación sobre estos elementos: las huellas advertidas por los facultativos, el hallazgo de la atadura, las violencias y las reiteradas confesiones. Sostuvo igualmente que Angélique gozaba de sus facultades. El abogado de oficio intentó, por el contrario, que se reconociera una enajenación mental. La reseña procesal no brinda elementos bastantes para reabrir este debate cual si fuese un examen clínico contemporáneo. Cabe constatar que tuvo lugar y que el jurado desechó la tesis de la defensa. Declaró culpable a la acusada; el presidente pronunció una condena a muerte por parricidio.
La pena conllevaba entonces un ceremonial agravado, inherente al asesinato de un ascendiente. La crónica describe a Angélique llevándose la mano a la muñeca al escuchar la sentencia. Sigue luego su cautiverio, la desestimación de su recurso de casación y su ejecución, en Versalles, el 28 de octubre de 1828. Otra mujer, condenada en una causa distinta, fue ajusticiada el mismo día. El periodista citado por Champagnac oponía las lágrimas de una al silencio de la otra y medía casi por esta diferencia la compasión que podían merecer. La justicia había concluido su labor; el público continuaba juzgando el modo en que una reo manifestaba su pavor.
De la madre, el texto no conserva el nombre de pila. Se conoce su casa, el animal prometido para atraer de nuevo a su hija, las disputas oídas y la muerte que se pretendió imputar a aquella res. Ello basta para rehusar que desaparezca tras el mero retrato monstruoso de la acusada. Había llamado a una hija a su lado y organizado, con los medios a su alcance, la existencia en común. Nueve años después, quienes acudieron a componer su lecho debieron empezar por escuchar una explicación, y luego otra. El duelo narrado a las cuatro de la madrugada se había tornado pesquisa judicial porque las heridas, por su parte, no mudaban de versión.
