El 10 de junio de 1843, los empleados de la estación de Fegersheim advierten un hedor insoportable que emana de un cajón abandonado desde hace cinco días. En su interior descubren el cuerpo desmembrado de una mujer, de una edad estimada entre los cuarenta y los cincuenta años. La garganta presenta una herida abierta y profunda; las piernas han sido separadas por las articulaciones y no se encuentran dentro del bulto. Falta el nombre, del mismo modo que falta la identidad de quien despachó el envío. Con premura, las sospechas se concentran sobre Jean-Nicolas Bletry, comerciante de Mulhouse arruinado y de dudosa reputación, y sobre las personas de su entorno.
Los facultativos concluyen que la herida del cuello fue inferida en vida de la víctima y que provocó su muerte. No observan señales de forcejeo ni lucha previa. El lienzo que envolvía las piernas ostenta las iniciales B. G.; asimismo, se halla un retazo de tejido idéntico entre los enseres de la casa de Bletry. El cajón lleva un rótulo: «de Dornach a Fegersheim», en el que la palabra Dornach parece haber sido raspada para borrarla. El trayecto constituye desde ese instante una pista material. Sin embargo, continúa sin arrojar el nombre de la finada ni revelar la mano que asestó el golpe.
Las miradas de la justicia se dirigen hacia Mulhouse y hacia Bletry, un comerciante de cuarenta y cinco años, procedente de buena cuna pero al borde del abismo financiero. Su compañera sentimental, Françoise Lallemand, comparte su techo; criados y sirvientas entran y salen de la morada. La acusación sostendrá que una mujer vestida de luto, una misteriosa visitante, acudió a la vivienda el 3 de junio. El crimen se habría perpetrado en el domicilio de Bletry, tras lo cual el cadáver fue ocultado y remitido por tren. No obstante, ni la identidad de la mujer ni el móvil están acreditados. Con el propósito de dar un rostro a la víctima, los pesquisidores conjeturan sobre Adèle Bülart, antigua amante de Bletry y madre de su hijo. La hipótesis encaja con demasiada pulcritud: un lazo íntimo, una ausencia repentina, un hombre acorralado por las deudas.
Entonces, Adèle Bülart se presenta con vida. Llegada desde lejos, demuestra ante el tribunal que no es el cadáver reconocido por diversos testigos. Estos habían creído identificar sus ropas, sus alhajas o sus facciones; otros tantos habían evocado su pasada relación con Bletry. Aquella identificación se derrumba en plena vista judicial. El cuerpo vuelve a carecer de nombre, y la instrucción pierde el semblante con el que había pretendido vestirlo.
Semejante error judicial no despeja el enigma del cajón. Los médicos describen una incisión en la garganta que juzgan letal y asestada en vida; la parte acusadora vislumbra en ello la prueba irrebatible de un homicidio. Empero, el compilador, al término del proceso, reconsidera la cuestión: ¿basta el cadáver descubierto para establecer con rigor que se cometió efectivamente un asesinato? La identidad de la difunta permanece en el misterio, y la hipótesis del crimen, por contundente que resuene en el pliego de cargos, no resulta refrendada por el veredicto. Conviene, por tanto, deslindar las constataciones médicas, la tesis del ministerio fiscal y la culpabilidad que los jurados no hallaron en ninguno de los encausados.
Entre los justiciables figuran Bletry, Lallemand, el criado Friedrich Weidenbacher y la sirvienta Magdalene Dinicher. Los alegatos fiscales atribuyen a unos y a otros distintas funciones en la preparación, el traslado o la ocultación del hecho. Un lienzo marcado, los vestigios hemáticos señalados en la vivienda, el continuo trajín, las palabras puestas en boca de los testigos: cada elemento encuentra acomodo en la arquitectura de un crimen mancomunado. Mas esos mismos indicios admiten interpretaciones diversas. Las iniciales en la tela no nombran a la muerta. Una mancha no explica por sí sola su origen. La mera presencia de un individuo en una estancia no demuestra su complicidad en un degollamiento.
Las declaraciones que nutren la causa provienen de deponentes cuya credibilidad es blanco de fundadas tachas. Marie Neuschwander, Thérèse Fleury y el agente de policía Roy se cuentan entre aquellos a quienes los acusados y sus letrados censuran por haber atizado la murmuración. Otros testimonios entran en abierta contradicción con los primeros. Se patentiza aquí la fragilidad de un litigio en el que las palabras corren de boca en boca antes de asentarse: un testigo describe a una dama y luego titubea; otro asevera haber visto, mas el recuerdo se desfigura con el paso de los meses. La acusación apela al conjunto del cuadro indiciario; los defensores aíslan cada pieza para poner al desnudo sus fisuras.
Las primeras audiencias dan comienzo ante el tribunal de lo criminal de Haut-Rhin en septiembre de 1844. A petición de las defensas, las sesiones quedan aplazadas y la causa es remitida a la corte de Colmar. El juicio se reanuda el 10 de marzo de 1845. Multitud de curiosos acuden en tropel a la antigua ciudad imperial y las gacetas parisinas envían a sus cronistas. Semejante notoriedad no torna más fidedignas las memorias; al contrario, amplifica cada reconocimiento, cada retractación y cada sospecha. La causa adquiere ya la dimensión de un gran espectáculo público tanto como la de una instrucción sobre un cadáver anónimo.
La defensa no pretende esfumar el cadáver existente; combate, en cambio, la inferencia que va de la occisa desconocida a los reos presentes en el banquillo. El proceso, argumenta en esencia, se halla preñado de coincidencias que, sumadas, causan un efecto más rotundo que consideradas por separado. Recuerda que la dama vestida de negro no ha sido identificada fehacientemente con la víctima y que un tercero bien pudo haber facturado el cajón. Y por encima de todo, los jurados no ignoran ya que una identificación clamorosa —la de Adèle Bülart— se vino abajo cuando la presunta difunta compareció de carne y hueso en el estrado.
El dilema no radica en una inocencia respaldada por una coartada incontrovertible, sino en la suficiencia probatoria: ¿puede el ministerio público acreditar que Bletry asestó la herida, que Lallemand prestó auxilio, que la servidumbre participó en el hecho o encubrió las huellas? Ya la instrucción previa había dado muestras de vacilación; en la última fase del juicio oral, la fiscalía desiste de la acusación contra Dinicher y Weidenbacher. En lo tocante a Lallemand, admite la concurrencia de circunstancias atenuantes. Este repliegue no dilucida el enigma, pero delata la precariedad del edificio acusatorio inicial.
Concluidos los debates, el presidente del tribunal inquiere a los reos si tienen algo más que manifestar. Bletry proclama su inocencia y declara su anhelo de lavarla ante sus conciudadanos y su familia, intercediendo al par por sus coacusados. Tal aseveración queda consignada en las actas; no constituye una prueba, del mismo modo que su firme continente no prueba su culpa. Sobrevienen a continuación las preguntas de veredicto sometidas al jurado: ¿dio muerte voluntariamente a esta mujer cuya identidad se ignora? ¿Concurrió premeditación? ¿Cometió el hecho para consumar un robo? ¿Y qué grado de auxilio o concierto cupo a los demás?
El jurado delibera apenas diez minutos. El portavoz responde negativamente a la totalidad de las cuestiones. Bletry exige entonces algo más que una simple absolución: la restitución pública de su honra. El presidente le replica que el tribunal no tiene facultad para traspasar los límites de su excarcelación. La ley puede declararlo no culpable; no tiene potestad para despojar a la ciudad de sus sospechas.
El fallo no identifica los despojos ni señala culpable alguno. Tampoco zanja el interrogante que el recopilador judicial deja en suspenso: ¿acreditan por sí solos la herida y el cadáver la existencia de un asesinato? Clausura, con todo, el procedimiento penal: los cuatro procesados resultan absueltos. La crónica prosigue refiriendo el otro castigo, aquel que la sociedad impone al margen de los tribunales. En los salones y cafés donde Bletry intenta tomar asiento, el público se aparta con repulsa; se le trata como a un criminal convicto. Al poco tiempo desaparece, y corre la voz de que ha partido hacia América. Este último paradero no pasa de ser una mera conjetura sin confirmación documental.
El propio volumen se inclina en ocasiones por conjeturar la culpa de Bletry, para admitir enseguida la imposibilidad de valorar los testimonios a tanta distancia en el tiempo. Es esa zozobra la que pervive mucho más allá del cajón, de los lienzos o de los nombres de los encausados. La justicia no dio respuesta a la pregunta que la muchedumbre formulaba con avidez: ¿quién era la muerta y qué mano segó su vida? Respondió únicamente a lo que el derecho podía dirimir: ¿eran estos acusados culpables más allá de toda duda razonable? El cajón había surcado el tendido férreo de Dornach a Fegersheim sin revelar el nombre de la víctima; el veredicto, en su prudente rigor, rehusó inventarle uno.
