El disparo partió del ángulo de un huerto, muy cerca del camino de Saint-Béat. Tres balas alcanzaron al señor de Fondeville; su hijo recibió la misma descarga en el brazo. Los acompañantes del comerciante acudieron al instante, lo trasladaron hasta el castillo de Rap y le procuraron cuantos auxilios fueron posibles. Según Champagnac, expiró sin haber nombrado ni señalado a persona alguna. Sin embargo, casi de inmediato, su hijo, el señor de Labatut, afirmó que el homicida era Bernard Martin y que su padre, al desplomarse, había exclamado: «¡Ah, Martin!, ¿qué has hecho?».
Aquel fue el grito referido en el seno de una causa donde dos familias ya se hallaban enfrentadas. Fondeville sostenía un litigio de envergadura contra los Martin; se habían propuesto avenencias, mas la querella distaba de estar resuelta. Los resentimientos eran notorios, constaban amenazas previas y Bernard Martin, el hijo menor, había manifestado abiertamente su aversión hacia el linaje adversario. Al pronunciarse el nombre del joven, la antigua enemistad revistió la acusación con la apariencia de un móvil plausible. No bastaba, con todo, para determinar por sí sola quién había empuñado el arma.
A comienzos de enero de 1781, Bernard se hallaba trabajando en Bagnères a las órdenes de su padre, quien poseía una manufactura en Saint-Béat y le encomendaba la elaboración del carbón indispensable para el taller. El 8 de enero, un arriero entregó una misiva al viejo Martin. Este ordenó a su primogénito que escribiese a Bernard intimándole a permanecer en Bagnères hasta que se hubiese transportado todo el carbón. La carta no partió sino a mediodía. Al día siguiente, el joven se encontraba en compañía de los hermanos Cazat, quienes le propusieron ponerse en camino la jornada posterior. Bernard replicó que de buena gana lo haría, pero que el mandato paterno le ordenaba aguardar. Mademoiselle Cazat porfió: ella misma se encargaría de aplacar al progenitor. La fuente sitúa la partida el jueves, a las doce; marchó en compañía del señor Cazat y de Laffont, quien llevaba a la doncella a la grupa de su cabalgadura.
Durante el trayecto se mostraba jovial, pese a temer el recibimiento paterno. Cerca de Gaud, se apartó de los caminantes para impartir instrucciones en una finca perteneciente a su padre. La ruta que acababa de tomar enlazaba Saint-Béat, Gaud, la residencia de Rap y las aldeas circundantes; fue en aquel paraje donde habrían de seguirse con minuciosidad las idas y venidas de diversos individuos, antes de que las versiones sobre sus encuentros fuesen sometidas a cotejo.
El 10 de enero, un vecino, Soulé, había tomado prestada la escopeta de Martin padre, renombrado cazador. A la mañana siguiente, una de las hijas de Martin le rogó que acudiese a Gaud para entregar a la criada grano destinado a las aves de corral. Una borrica partió por delante en compañía de la sirvienta. Con miras a su paseo, el padre quiso llevar también un arma: hallándose la suya aún prestada, su cuarto hijo le procuró otra de un solo tiro. Aquella misma mañana, Fontan el mayor se presentó para solicitarle una valija con la que transportar 3.181 libras a Fondeville, suma que los Martin adeudaban en virtud de un mandamiento ejecutivo. Así convergieron en torno a un mismo sendero las diligencias domésticas, los pagos pecuniarios y las partidas de caza.
Martin padre partió a pie entre las nueve y las diez de la mañana, pertrechado con su fusil y su morral. En la puerta de Saint-Béat, manifestó al cónsul Boussac que se dirigía a Gaud, si bien bordearía primero el río Garona en busca de ánades. Arribó a la casa entre el mediodía y la una, mandó encender un poco de lumbre y se dispuso a leer. Bernard quedó sorprendido al encontrarlo allí. El padre le afeó haber desobedecido la orden de aguardar en Bagnères; el vástago presentó sus excusas.
Tras un breve descanso, volvieron a salir juntos. Al emprender la marcha, el hijo tomó la escopeta y el morral de su progenitor. Al dejar Gaud atrás, toparon con el molinero Castevan, que regresaba de cazar. Este les refirió lo esquivos que se mostraban los patos. El padre instó a Bernard a probar fortuna; el mozo respondió que atajaría por el prado. Prosiguieron a la par hasta el declive del terreno y luego se separaron. Bernard enfiló hacia el Garona; su padre montó a caballo y retornó a Saint-Béat hacia las tres de la tarde.
En la sala de billar, Martin padre coincidió nuevamente con Fontan. Este no se había trasladado al castillo de Marignac, según lo previsto: Fondeville había marchado la víspera a Fos. El negociante se había encaminado hacia allí en compañía de Bessan de Rap y del cura de Tusaguet; habían cenado y pernoctado en casa de Doniez. Al día siguiente reanudaron el viaje, disgregándose la comitiva en el camino de regreso. Labatut se detuvo a jugar al billar con un primo; Fondeville permaneció un tiempo en Saint-Béat atendiendo a sus negocios, al paso que Bessan y el eclesiástico caminaban delante de él en dirección al castillo.
Otro declarante había divisado, hacia las cuatro de la tarde, cerca de Géry, a un desconocido vestido de gris y tocado con sombrero. Un mendigo acababa de pasar; el forastero se había acurrucado en la nieve para luego inquirir por el sendero de la cuesta de Géry. La deposición no aportaba su nombre ni establecía nexo alguno con los encausados. Con todo, quedó consignada entre las siluetas que cruzaron aquel camino a la hora precisa en que Bernard Martin regresaba de su cacería.
Hacia las cuatro y media, el joven se cruzó con la hija de Buhan-Denard junto al estanque del Estagnan, y más adelante con Pierre-la-Gaillarde. Algo más allá se topó con Bessan y el párroco de Tusaguet, cerca de los hornos de cal. Le preguntaron si había abatido ánades; Bernard respondió que la suerte le había sido esquiva. El hecho de haber extraviado a su perro suscitó en Bessan una chanza sobre el peregrino sin báculo; este le ofreció sus propios canes. Bernard le dio las gracias y continuó su camino. Topó a renglón seguido con Fondeville y Labatut, y posteriormente con Mademoiselle de Rap y Jeanneton La Molle. Hizo su entrada en la villa, saludó a Mademoiselle Cazat y se recogió en casa de su padre.
Fue pasadas las cinco cuando resonó el estampido fatal. Labatut sostuvo ante los presentes que su padre había increpado a Bernard por su nombre. Se intentó hacerle ver la temeridad de señalar con tal premura a un homicida; perseveró en su dicho. La multitud no tardó en repetir su incriminación a guisa de certidumbre inconcusa. El hombre capaz de confirmarla yacía muerto; la crónica hace constar que expiró sin haber designado a nadie. La frase que Labatut ponía en sus labios se convertiría así en el punto de partida de unas pesquisas destinadas a deslindar la afirmación de un hijo de cuanto los testigos presenciales habían visto y oído en verdad.
A la jornada siguiente, el clamor llegó a oídos de Bernard. Su primer impulso fue ponerse a disposición de la justicia. Varias personas lo disuadieron: más le valía, arguyeron, aguardar a que amainara la agitación y renaciera la cordura. Cedió a los consejos y cruzó la frontera hacia España. Aquella ausencia cobró de inmediato dos lecturas antitéticas: para la parte acusadora, revestía los caracteres de una fuga culpable; a ojos de Bernard, constituía el medio aconsejado para sustraerse a la ciega efervescencia popular. Más tarde, el hijo de Fondeville alegó que el crimen había sido concertado de común acuerdo entre Bernard y su progenitor.
La instrucción sumarial concluyó el 8 de mayo y la causa fue elevada a los jueces el 23 del mismo mes. Declararon más de ciento cincuenta testigos; subraya Champagnac que no hubo dos cuyas manifestaciones coincidiesen de pleno sobre un mismo extremo. Los testimonios entremezclaban observaciones directas, rumores, conjeturas y decires atribuidos a ausentes. No escaseaban los elementos para la acusación: la inquina entre las dos familias, el itinerario de Bernard a lo largo del día, la posesión del arma de fuego, su huida tras propagarse la sospecha y la imprecación referida por Labatut. Sin embargo, no todos aquellos indicios gozaban del mismo peso ni procedían de una idéntica certidumbre.
El 25 de junio de 1781, Bernard Martin fue sentenciado a la pena de rueda. Su padre, acusado de complicidad, burló asimismo la acción judicial y fue condenado en rebeldía en primera instancia. El primogénito de la casa encomendó entonces a Élie de Beaumont la defensa de ambos reos. El insigne letrado examinó a fondo las diligencias originarias, evidenció sus irregularidades procesales y sostuvo que resultaba imposible atribuir con certeza el homicidio a Bernard: Fondeville contaba con numerosos enemigos tanto en Francia como en España, y el autor del crimen bien podía ser ajeno por entero al hijo menor de los Martin.
En 1784, el Parlamento de Tolosa sobreseyó formalmente a Bernard Martin de toda culpa procesal.
