Nathaniel Hawes se negaba a pronunciarse sobre su culpabilidad o inocencia mientras no le restituyeran su hermoso traje. Se lo habían arrebatado tras su detención por el robo perpetrado en Finchley Common. Decía no estar dispuesto a comparecer ante el tribunal de las sesiones si no era con el porte debido a un caballero. La sala respondió que no le correspondía devolvérselo. Hawes persistió en su silencio.
Tiempo atrás, había logrado escapar de una prisión a través de una brecha que otra reclusa había comenzado a horadar. En aquel trance, sólo era un reo al que se imputaba haber asaltado a dos viajeros que se desplazaban en una calesa procedente de Hampstead. Había escudriñado los muros de New Prison, juzgándolos harto sólidos para acometer cualquier tentativa por iniciativa propia. No obstante, la mujer confinada en su misma celda, arrestada por robo menor en comercios, vislumbraba una escapatoria allí donde los dos hombres no acertaban a concebir salida alguna.
Hawes aseguraba ser vástago de un hacendado ganadero de Norfolk, fallecido cuando él apenas contaba un año de edad, y pretendía haber sido despojado de gran parte de su legítima herencia. Esta versión procedía exclusivamente de sus labios; la crónica no confirma la veracidad de tales asertos. Quienes asumieron la tutela de su crianza lo colocaron como aprendiz de un tapicero. Sirvió en aquel oficio cerca de cuatro años, hasta que empezó a frecuentar a mozos entregados al despilfarro. Principió hurtando calderilla de la arquilla de su patrón, manteniéndose largo tiempo sin levantar sospechas. Una sustracción de mayor cuantía condujo a su detención, juicio y condena. Movido por la extrema juventud del muchacho, el tribunal se compadeció de su suerte y le concedió el perdón.
Semejante indulgencia no puso freno a sus fechorías. Hawes regresó a los caminos en compañía de camaradas que consumían sus jornadas bebiendo, jugando a los dados, persiguiendo faldas y eludiendo todo trabajo honesto, según el severo retrato trazado por la crónica de la época. Descolló bien pronto por su arrojo y trabó una alianza estrecha con Richard James. Juntos asaltaban a los viandantes en el camino de Oxford; el registro histórico les atribuye tratos inclementes hacia aquellos a quienes despojaban. Hawes llegó a persuadirse de que tal celebridad hacía de él un héroe de leyenda. La osadía, que tantas veces lo había favorecido, alimentaba una imagen desmedida de su persona, ajena por entero a los peligros y sufrimientos que imponía al prójimo.
Salía a cortar el paso a viajeros solitarios o acometía diligencias atestadas de caballeros. Lo mismo encañonaba a los convoyes de carros que avanzaban en recua por la ruta de Oxford rumbo a Londres. La crónica lo describe como un facineroso capaz de empeñarse en empresas que ninguna cárcel ordinaria parecía capaz de refrenar. Con todo, fue una sospecha nacida del asalto a dos hombres en carruaje ligero lo que motivó su reclusión en New Prison. Quedó encerrado junto a otro recluso y una mujer ataviada con evidente elegancia, presa por hurto de mostrador. Hawes examinó el calabozo: ningún resquicio le parecía franqueable.
La mujer les preguntó si tendrían el aplomo necesario para intentar la fuga de mostrarles ella el camino. Hawes replicó que acometería cualquier trance con tal de recobrar la libertad; su compañero se declaró presto en cuanto se vislumbrara la menor oportunidad. La reclusa les mandó reunir lo indispensable para mantener viva la lumbre. Reservaron un chelín para emergencias y gastaron el resto del peculio en leña, carbón y aguardiente. Mientras los carceleros hacían la ronda, la mujer fingía estar sumida en el más hondo abatimiento; ambos hombres la imitaron, mostrándose como almas derrotadas que aguardaban ya el cadalso.
Al llegar la hora del encierro nocturno, ella rogó con hilo de voz que le alcanzasen un utensilio semejante a un atizador. Un mozo de la prisión consintió, a cambio de dos peniques, en acercarle un viejo barrote de hierro retirado de un ventanal durante unas reformas. Los cerrojos cayeron. En cuanto los guardias se alejaron, la mujer extrajo de entre sus ropajes dos taleguillas de herramientas que mantenía ocultas. Les señaló una sillar encajado en el ángulo del muro y les indicó cómo aflojar los herrajes que lo aseguraban. El fuego cobró de inmediato un destino muy distinto al de mitigar el frío. Durante la noche, lograron abrir un boquete en la parte superior; desembocaba a la calle, si bien a considerable altura.
La prisionera desenrolló entonces una soga de cuatro yardas que llevaba disimulada bajo el vuelo de su saya, aseguró un extremo a la barra de hierro y arrojó el otro por encima del parapeto. Los tres reclusos tenían al fin el camino expedito. Agradecidos a quien había trazado y dirigido la evasión, los dos hombres la auparon para que fuese la primera en trasponer la muralla. Ella ganó la calle antes que nadie; luego descendieron ellos. La fuga había sido obra de la mujer procesada por hurto, y no de Hawes, quien en un principio había desahuciado la empresa por imposible.
No tardó en reanudar las correrías. En Finchley Common interceptó a Richard Hall y le quitó unos cuatro chelines. Se apoderó asimismo de su cabalgadura, confiando en valerse de ella para procurar un botín más pingüe que compensara la menguada suma. Al poco fue localizado, capturado, hallado culpable y condenado a la horca. La ligereza que había exhibido tras sus evasiones dio paso a un nuevo alarde de jactancia: Hawes proclamó que ganaría, mediante su descaro frente al suplicio, una reputación superior a la de cualquier otro salteador de caminos ejecutado en los últimos siete años.
Durante la audiencia se le leyó el pliego de acusación, pero Hawes persistió en negarse a contestar. El magistrado le recordó que la ley no condenaba a muerte a hombre alguno sin haberlo escuchado ni sin pruebas terminantes; doce ciudadanos debían valorar dichas evidencias, y la propia corte actuaba, según señaló, en calidad de consejo legal del reo. A fin de ser sometido a juicio legal, Hawes debía pronunciar las palabras «no culpable» frente al cargo que se le imputaba.
Hawes espetó que el tribunal, otrora sede de justicia, se había trocado en antro de iniquidad. Aseguró que no abrigaba duda de que los jueces recibirían en su día una sentencia más implacable que la pronunciada contra él. Añadió que no temía a la muerte y que deseaba despedirse del mundo con el mismo arrojo demostrado en los caminos. Sus compañeros de prisión bromearon insinuando que tal vez rehusaba hablar porque no le habían restituido su hermoso atuendo para comparecer con lustre en la horca. Hawes se defendió de ello con encendida vehemencia: afirmaba querer salvaguardar hasta el último suspiro la fama del más osado de los bandoleros.
El tribunal ordenó leer la providencia reservada a los encausados que persisten en un silencio contumaz. Hawes soportó el tormento del peso sobre su pecho durante más de siete minutos, hasta que terminó doblegándose ante la justicia ordinaria que comprendió ineludible. No pereció bajo la prensa. No obstante, los quebrantos infligidos a su cuerpo fueron tan atroces que apenas le restaban alientos para modular las oraciones con que deseaba implorar perdón por sus extravíos pasados. En aquel breve espacio que le quedaba de vida, la máscara de bravucón ya no le servía de amparo.
Hawes confesó llanamente los crímenes que alcanzaba a recordar. Procuró asimismo exculpar a personas encarceladas o tenidas bajo sospecha por delitos perpetrados en realidad por él o por su cuadrilla. Mencionó en particular a un criado retenido en el Poultry Compter y al hijo de un sujeto al que aludió a propósito de cierta posada. Declaró no constarle tacha alguna sobre el joven; lejos de acusarlo, manifestó su anhelo de que su propio cadalso sirviese a este de severa advertencia. En vísperas del suplicio, Hawes recibió el sacramento. Las muestras exteriores de piedad y compunción que ofreció contrastaban vivamente con la reputación de violenta intrepidez que con tanto afán había intentado erigir.
Fue ajusticiado en Tyburn el 22 de septiembre de 1721, cuando transitaba su vigésimo año de edad. Consigna la crónica que dejó tras de sí una esposa, quien sucumbió al poco tiempo, consumida por el pesar que le produjo su ejecución.
