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Bandidos y caminos reales · Alemania

El hombre que llamó a los gendarmes

Kneissl: un refugio, dos muertes y un anfitrión acusado de haber tendido una trampa mortal.

Michael Rieger había mandado avisar a los gendarmes. Era precisamente eso lo que se le reprochaba. Sentado junto a Mathias Kneissl ante el tribunal de lo criminal de Augsburgo, el campesino debía responder a una acusación singular: al llamar a los hombres encargados de prender al bandolero, les habría tendido una celada. Dos de ellos habían muerto. La justicia trataba ahora de dilucidar si la casa que los había recibido era un refugio, una ratonera o simplemente el lugar donde un hombre aterrado había intentado deshacerse de un huésped peligroso.

Kneissl no presentaba el aspecto prometido por su reputación. El cronista Hugo Friedländer lo describe demacrado, pálido, aún marcado por una prolongada hospitalización. Con cadenas en manos y pies, flanqueado por dos gendarmes, aguardaba las preguntas. El ciclista armado que había recorrido la campiña bávara se había convertido en un cuerpo difícil de desplazar. Las precauciones tomadas en torno al tribunal recordaban, no obstante, lo que aquel hombre había costado a quienes lo perseguían.

Procedía de una familia cuyo nombre precedía a cada uno de sus actos. Su padre había rendido cuentas ante la justicia; su madre había sido condenada; un pariente, Pascolini, pertenecía ya a la memoria legendaria de los bandoleros bávaros. En la vista, el presidente del tribunal volvió sobre esta herencia como quien busca una explicación. Kneissl la refutaba o le restaba importancia. Una antigua compañera de escuela declaró que los niños habían padecido humillaciones por causa de su familia. Semejante circunstancia no bastaba para absolverlo, pero otorgaba otro origen a las miradas con las que se había cruzado en el mundo.

Tras una primera y larga condena, había intentado ganarse la vida como carpintero. Su patrono, Christoph, acudió a declararlo ante el jurado: el operario era diestro y diligente; lo había mantenido varios meses a su servicio conociendo su pasado. Luego, las visitas de la gendarmería y las protestas de los demás oficiales hicieron imposible su permanencia. Kneissl partió. Otros testigos confirmaron sus búsquedas de empleo y las negativas recibidas. Su abogado defensor, Walter von Pannwitz, hallaba en este punto el quiebro exacto donde la marginación social había clausurado la vía de la legalidad.

Otra senda se había abierto con Holzleitner. Los dos hombres planearon primero un robo en una casa parroquial, para luego desistir. El 25 de octubre de 1900, entraron en la vivienda de los Scheurer, en Oberbirnbach, presentándose como comerciantes de lúpulo. La familia estaba a la mesa. Ottilie Scheurer los dejó esperando; al poco, los sorprendió en el dormitorio, entregados al saqueo y forzando las arcas. Holzleitner la amenazó; los intrusos se apoderaron de dinero, joyas y títulos de crédito. La visita mercantil les había permitido franquear la puerta sin levantar sospechas.

En el juicio, Kneissl sostuvo que él no había amenazado a la mujer. Ella confirmó este extremo, pero puntualizó que participaba activamente en el expolio. En el sótano, él había pedido que respetasen las pertenencias del pequeño zagal. Este detalle alimentaba la línea de la defensa: aún conservaba ciertas consideraciones hacia los desvalidos. Sin embargo, aquel gesto no restituía a los Scheurer sus caudales ni devolvía a Ottilie la paz de su hogar, donde había quedado encerrada bajo llave para dar tiempo a que los ladrones pusieran distancia.

Siguieron otros asaltos. En casa de Josef Mooseder, el relato de la intimidación carecía ya de cualquier atisbo de templanza: un hombre enmascarado exigía el dinero a un matrimonio anciano. Kneissl reconoció la extorsión, mas afirmó que jamás tuvo intención de disparar. Aquella distinción se repetía sin tregua. Empuñaba las armas para obtener lo que buscaba, para intimidar, para abrirse paso en la huida; se negaba a que se confundiesen tales propósitos con la resolución de matar. Mas las personas situadas frente al cañón no disponían de medio alguno para comprobar hasta dónde alcanzaba su determinación.

El 30 de noviembre, llegó a Irchenbrunn y demandó la hospitalidad de Rieger, quien había conocido a su padre. El campesino le procuró pan, carne y cerveza. También mandó recado a la gendarmería. El comandante Brandmeier y el gendarme Scheidler acudieron a la granja, acompañados por algunos mozos del pueblo. Rieger tardó en abrir. Kneissl se había ocultado; en cuanto los agentes dieron con él, abrió fuego. Brandmeier pereció a causa de sus heridas; Scheidler sucumbió tras ser trasladado al hospital. El fugitivo eludió una vez más su captura.

¿Por qué Rieger había avisado para luego dudar en el umbral? La acusación deducía una conducta concertada. La defensa alegaba el pánico cerval a revelar a Kneissl que lo había delatado. Un testigo refirió las amenazas de muerte que el bandolero dirigió a su anfitrión si osaba abrir. Se debatieron otros indicios, así como ciertas declaraciones prestadas por Kneissl tras su detención, en las que había inculpado a Rieger antes de retractarse. Los letrados reclamaban que no se tuviera al reo por embustero cuando se defendía y por hombre intachable cuando acusaba a su compañero de banquillo.

Se había prometido una recompensa de mil marcos por su captura. La suma no había bastado para vencer todas las reticencias: delatar a un hombre que aún sabe escabullirse expone a volver a cruzarse con él.

En marzo de 1901, la policía cercó a Kneissl en una granja de Geisenhofen. Un fuerte contingente rodeó los edificios. Tras un tiroteo y el asalto final, fue reducido gravemente herido. En la vista, agentes muniqueses reconocieron haberlo protegido de los golpes que pretendían asestarle gendarmes fuera de sí. Uno de ellos explicó que había disparado al confundir la sombra de su propia arma con la del fugitivo. El arresto, lejos de haber sido una maniobra de impecable maestría, había tenido su buena dosis de espanto y desconcierto.

Los facultativos cuidaron de él durante meses. Compareció de nuevo ante la justicia del 14 al 19 de noviembre de 1901. El fiscal Farnbacher demandó que se desterrara la leyenda del bandido valeroso; Pannwitz insistió en sus conatos de redención por el trabajo, en las penalidades de su infancia, en las contradicciones de los testigos y en la ausencia demostrada de dolo homicida. La viuda de Scheidler compareció para recordar otra realidad lacerante: quedaba sola con cinco hijos pequeños. Ni los excesos del prendimiento ni las humillaciones pretéritas podían borrar la desolación de aquella familia privada de su sustento.

El jurado diferenció la naturaleza de ambos óbitos. Declaró probado el asesinato en el caso de Brandmeier, mas consideró lesiones dolosas con resultado de muerte en el de Scheidler. Lo halló asimismo culpable de varios robos con violencia. Rieger, por su parte, resultó absuelto de todos los cargos. El mismo veredicto devolvía la libertad al labrador y condenaba a Kneissl a la pena capital, además de imponerle penas accesorias por los restantes delitos. Su madre prorrumpió en gritos de protesta; fue arrestada a su vez al abandonar la sala de vistas.

Las peticiones de clemencia resultaron baldías. El 21 de febrero de 1902, Kneissl fue guillotinado en Augsburgo. Las coplas y los relatos populares continuaron haciéndolo galopar por los caminos, más libre tras el cadalso de lo que jamás lo había sido en vida. Para recobrar la suya, Rieger había tenido que demostrar que jamás deseó la muerte de los hombres a quienes él mismo había convocado. Entre el terror al bandolero y las sospechas de la justicia, la hospitalidad de una sola noche estuvo a punto de costarle el resto de sus días.

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novela corta

La puerta de Rieger

Un hombre avisa a los gendarmes para librarse de un huésped peligroso, para verse después sentado en el banquillo, acusado de haber orquestado su muerte.

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novela

El buen obrero

La semblanza novelada de un antiguo presidiario convertido en artesano ejemplar y empujado de nuevo a la fuga, hasta un proceso donde cada testigo retrata a un hombre distinto.

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trilogía

Las casas del fugitivo

Tres volúmenes recorren las familias que dieron cobijo a Mathias Kneissl: la solidaridad forzada, el miedo cerval y las cuentas pendientes tras el estampido de los disparos.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

Hugo Friedländer dedica una extensa crónica al proceso de Augsburgo de noviembre de 1901 en sus Interessante Kriminal-Prozesse (1911). Las declaraciones procesales permiten deslindar la trayectoria vital de Kneissl, los robos y extorsiones, las dos muertes acontecidas en Irchenbrunn y la grave imputación formulada contra Michael Rieger, que concluyó en su absolución. El veredicto no calificó ambas muertes con idéntica severidad jurídica: asesinato en la persona de Brandmeier y lesiones dolosas con resultado de muerte en la de Scheidler. El Historisches Lexikon Bayerns confirma la fecha de la ejecución capital, fijada el 21 de febrero de 1902. No se dan por fidedignas las leyendas relativas a sus supuestas últimas palabras.

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