El 7 de diciembre de 1815, Madame Ney procuraba obtener del rey el indulto de su esposo. En las Tullerías sabría que era demasiado tarde: el mariscal había sido fusilado. La víspera, la Cámara de los Pares había pronunciado su condena a muerte tras oír a la defensa; él se había negado a que prosiguiera sin poder esgrimir la convención sobre la que afirmaba haberse amparado. El hombre detenido por haberse unido a Napoleón durante los Cien Días se había transformado, en cuestión de jornadas, en el acusado de un pleito donde se dirimían asimismo el valor de la palabra empeñada y el significado de una derrota.
Ney había sido uno de los mandos militares más insignes del Imperio. Ante el inminente regreso de Napoleón en marzo de 1815, Luis XVIII le había confiado una misión contra el emperador. En el juicio, Ney sostuvo que se hallaba en sus posesiones campestres cuando recibió la orden de marchar a Besanzón y que no supo del desembarco de Napoleón hasta llegar a París. Trató entonces las palabras que se le atribuían: traer a Bonaparte «en una jaula de hierro». Si se había expresado de tal modo, argüía, no era sino una necedad perdonable, demostrativa de su designio de servir al rey. Dicha frase, fanfarronería y justificación al unísono, habría de confrontarse con los hechos del 14 de marzo.
Tras varias semanas de audiencias, los debates se concentraron en las determinaciones de Ney en primavera y en la convención de julio. El 4 de diciembre, el conde de Bourmont rebatió la tesis de que el mariscal hubiese obrado sin alternativa. Relató que, a mediados de marzo, el mariscal había expuesto que las tropas podían sumarse a Napoleón, que el rey partiría ileso y que procedía ya «unirse a Bonaparte». Bourmont evocó asimismo una confidencia íntima: Ney no deseaba ver a su esposa regresar cada anochecer deshecha en llanto a causa de los desdenes y agravios padecidos.
Ney replicó. Bourmont, aseveró, había refrendado su proclama y comparecía ahora frente a él creyendo salvarse de la suerte corrida por Labédoyère. Conminó a Bourmont a reconocer que había juzgado satisfactoria la proclama. Bourmont hizo ademán de que tal aseveración era incierta. Ambos hombres no ofrecían la misma versión de su entrevista; los testimonios y los actos de marzo, más que sus meras palabras presentes, debían dirimir la responsabilidad del mariscal.
El señor Batardy declaró haber comunicado a Ney el desembarco de Bonaparte el 7 de marzo. Según su testimonio, el mariscal había exclamado: «¡Dios mío, qué desdicha!». El general Heudelet describió la sublevación de Dijon como un incendio difícil de contener y a las tropas como presas de un pernicioso espíritu de insubordinación. Interrogado sobre si Ney disponía de medios para oponer con éxito sus fuerzas al avance de Napoleón, evocó los cuatro regimientos incompletos con que contaba el mariscal.
El mariscal Davout rememoró la convención militar concertada a principios de julio y suscrita en Saint-Cloud el 3 de julio. Explicó de qué modo los plenipotenciarios franceses habían incorporado estipulaciones sobre la línea militar, la seguridad de las personas y de los bienes, y por qué había dispuesto la ruptura de las negociaciones de mediar una negativa. Los defensores de Ney pretendían hacer valer el artículo XII, el cual garantizaba a los habitantes de la capital y a quienes allí residieran la conservación de sus prerrogativas, sin que pudieran ser perseguidos por sus cargos, su conducta o sus opiniones políticas. Ney sostenía que semejante salvaguardia le había persuadido de permanecer en Francia.
El presidente vedó a la defensa inquirir a Davout acerca de la interpretación que el gobierno provisional confiriera a dicho precepto. Sentenció que el texto debía examinarse según su tenor literal, y no con arreglo a la intención de quienes lo concluyeron. Bondy, signatario de la convención, aseveró que la amnistía había sido admitida sin reserva; Guilemot depuso que había recibido instrucciones de suspender las conferencias si se denegaba dicho punto. El ministerio público adujo que el soberano no había ratificado el instrumento. El presidente invocó asimismo la ordenanza real del 24 de julio, que había remitido a los tribunales a varios de los sujetos a quienes aquel texto pretendía amparar.
El 6 de diciembre, el letrado Berryer invocó la convención. El procurador general interpuso protesta; el presidente recabó el parecer de los pares y prohibió a la defensa hacer uso de dicho argumento. El abogado Dupin ensayó otra vía: el tratado del 20 de noviembre había rectificado la frontera oriental. Dupin alegó que la tierra natal del mariscal yacía ahora fuera de Francia y que, por ende, este había perdido la nacionalidad francesa. Ney se irguió, demudado: era francés y moriría francés. Exigió que se le permitiese defenderse con plenitud de recursos o que cesara toda defensa. Acto seguido, conminó a sus letrados a suspender su patrocinio mientras no pudiesen esgrimir cuantos medios estimasen necesarios.
La sala guardó un instante de silencio. El procurador general declaró que renunciaba a la réplica en vista de que el encausado abandonaba su defensa. Ney no había revocado sus declaraciones; rehusaba que sus defensores continuaran dentro del estrecho marco que se les imponía. Los pares se retiraron a deliberar. Mientras sopesaban su suerte, Ney regresó a su estancia y estrechó en sus brazos a su abogado. «Vos lo habéis querido», le dijo este. Ney contestó que se reencontrarían en el otro mundo.
Mandó servir la cena y comió. Al advertir el recelo de su custodio ante un pequeño cuchillo, le inquirió si presumía en él miedo a la muerte, tras lo cual arrojó el utensilio a un rincón. Acabado el yantar, fumó un cigarro y se acostó; Borrow refiere que durmió, o aparentó dormir, a lo largo de dos horas. Tras seis horas de deliberación, los pares lo declararon culpable y lo condenaron a la pena capital, con las costas del proceso. Ney no asistió a la lectura de la sentencia; el secretario fue comisionado para notificársela.
Entrada la noche, el secretario de la Cámara acudió a leerle el fallo. Ney lo atajó para instarle a acudir derechamente a lo dispositivo. Al enumerarse sus títulos y dignidades, hizo notar que nada añadían a Michel Ney, pronto reducido a un puñado de cenizas. Protestó asimismo contra la aplicación de un precepto concerniente a la sucesión de la corona. Su esposa y sus vástagos comparecieron poco después. Madame Ney cayó desvanecida al entrar; Madame Gamon, hermana del mariscal, se hincó de rodillas ante él; los infantes permanecieron mudos. Ney les habló en voz queda y les suplicó que salieran. La crónica no consigna sus palabras.
Un granadero de la guardia le encareció poner el pensamiento en Dios. Al clarear el alba, anunciado el momento de la partida, Ney tendió la diestra al sacerdote para asistirlo a subir al carruaje. Le dijo que sería él quien primero arribaría arriba. La comitiva cruzó los jardines del Luxemburgo hacia el paraje dispuesto cerca del Observatorio. Ney manifestó extrañeza por no ser conducido a la llanura de Grenelle, donde aguardaba que tuviese lugar la ejecución. Descendió, empero, sin titubeos, entregó su tabaquera al clérigo para su consorte y repartió unas monedas de oro a los menesterosos.
A tenor de la relación de Borrow, caminó hacia el muro, se plantó ante el pelotón y clamó a los soldados: «¡Camaradas, directo al corazón! ¡Fuego!». El 7 de diciembre de 1815, en la avenida del Observatorio, Ney pereció antes de que su esposa lograra postrarse ante el rey. En las Tullerías, el duque de Duras anunció a la mariscala que la audiencia carecía ya de objeto.
La Cámara había juzgado el proceder del 14 de marzo y la lealtad de Ney al retorno de Napoleón. El artículo XII, en cambio, había sido cercenado del debate. El proceso no se limitó, pues, a trocar una defección en castigo postrero; dejó flotando en el estrado un interrogante que la corte había rehusado sopesar en los términos reclamados por el reo: ¿hasta qué punto la palabra empeñada en una capitulación amparaba a quien había mudado de soberano?
