Desde las cuatro de la tarde, varios desconocidos seguían a John Talbot por las calles de Londres. El clérigo acababa de entrar en la ciudad tras un litigio con ciertos feligreses de Laindon, en Essex; temía que estuviesen a punto de notificarle una orden de arresto. Los viandantes con quienes se cruzaba se le antojaban agentes de justicia. Mas aquella tarde, los hombres que seguían sus pasos no acudían a entregarle mandamiento alguno. Aguardaban la hora propicia para asaltarlo.
La recopilación criminal de George Borrow, publicada en 1825, menciona por su nombre a cuatro de los perseguidores: Stephen Eaton, confitero; George Roades, comisionista; Henry Pritchard, sastre, y Sarah Swift. La cuadrilla sumaba seis hombres y una mujer. Talbot había servido como capellán de regimiento en Portugal; de vuelta en Londres, había predicado en St. Alphage antes de aceptar la cura pastoral de Laindon. Una disputa con sus parroquianos lo había devuelto a la capital. Persuadido de que se le buscaba para emplazarlo ante la justicia, esquivaba todo contacto con extraños. El móvil de sus perseguidores fue muy distinto: el dinero que creían que llevaba consigo, o un rencor que jamás pudo probarse.
Talbot intentó despistarlos variando varias veces de rumbo. Llegó a Gray’s Inn, escribió a algunos conocidos suplicando auxilio y buscó amparo en las cámaras de un letrado. Al ver que nadie acudía en su ayuda, salió por una puerta trasera, cruzó Old Street y se adentró en los campos abiertos en dirección a Shoreditch.
La noche estaba ya muy cerrada. Entre los rastrojos y sembrados distinguió de nuevo las siluetas que lo acechaban. Trató de ganar una caseta de huerta cruzando un seto vivo; antes de alcanzarla, varios hombres se abalanzaron sobre él. Lo despojaron de su dinero y de su navaja, atacándolo de inmediato con esa misma hoja. Cuando los albañiles que pernoctaban en las cercanías acudieron alertados por los gritos, hallaron a Talbot en camisa, malherido y cubierto de sangre. Uno de ellos le dio a beber unas gotas de aguardiente. El clérigo les señaló con la mano la dirección que habían tomado los agresores.
Se dio la alarma a la ronda de Shoreditch. Un sereno advirtió a un individuo tendido en un matorral de ortigas. Muy cerca yacían un cuchillo ensangrentado y el jubón de Talbot. El hombre fingió dormir y luego intentó huir al verse cercado, pero los vigilantes lo redujeron. Hallaron junto a él una jarra de peltre cuya marca de contraste había sido limada. Era Eaton. El confitero fue conducido a la posada Star Inn, adonde Talbot había sido trasladado para ser atendido por un cirujano.
Talbot reconoció a Eaton y, privado de voz, redactó en un papel que lo había visto asestarle el golpe. Dejó constancia asimismo de que había más cómplices. Cuando le presentaron a Sarah Swift, la identificó de inmediato: por la tarde, según recordaba haber oído, uno de los hombres le había preguntado si debían tomar un carruaje llamándola «Sarah». La mujer acabó confesando su identidad al condestable. El señalamiento escrito por el clérigo orientó las pesquisas. Otras tres personas fueron detenidas, y Talbot identificó a una más.
Los facultativos abrigaron al principio esperanzas de salvación. El cirujano Litchfield vendó la herida; se le unió el doctor Hodges, reputado médico de la City durante la peste de 1665, y más tarde el doctor Ridgely, llamado por mediación del capellán de Charterhouse. Durante varios días no se manifestó síntoma alarmante. El domingo, Talbot se levantó y se vistió; quienes lo asistían lo creyeron fuera de peligro inminente. Poco después, un violento acceso de tos reabrió un vaso sanguíneo, desatando una pérdida de sangre tan copiosa que el clérigo se desvaneció, con las extremidades ya yertas. Aunque la hemorragia pudo contenerse en un primer momento, se reanudó tras un nuevo golpe de tos. Litchfield dictaminó después que la hoja había perforado el pulmón y que dicha lesión había precipitado la muerte.
Llegada la noche, Talbot mandó llamar al cura de Shoreditch. Le respondió con voz clara, tras haber pasado jornadas enteras comunicándose únicamente por señas o sobre el papel. Se le inquirió si persistía en la certeza de haber señalado a los verdaderos culpables. El acta consigna que ratificó cada una de sus identificaciones. Preguntado si los perdonaba, respondió que rogaba a Dios por sus almas, pero que deseaba que sobre ellos cayera todo el peso de la ley. Murió poco después.
Durante la vista de la causa, el condestable Went relató las detenciones y exhibió las hojas escritas de puño y letra por Talbot. En las cartas remitidas a sus amigos, el sacerdote había dejado constancia de las siete horas durante las cuales se supo perseguido y de los rodeos con que intentó burlar a su escolta. Declararon sucesivamente los peones que lo habían socorrido, los serenos que sorprendieron a Eaton y el cirujano que reconoció las heridas. La trama procesal giraba en torno a indicios elementales: la navaja, el jubón abandonado entre las ortigas, la jarra raspada. Varios testigos corroboraron que Talbot había sido seguido durante horas y que los sospechosos aguardaron emboscados en los descampados.
Antes de expirar, Talbot había pedido por escrito a Went que interrogase a Eaton: ¿alguien de Laindon le había pagado o instigado a actuar? Eaton no sólo negó haber cobrado recompensa alguna, sino que sostuvo no haber visto jamás a Talbot antes del careo. Las pesquisas en torno a un posible autor intelectual no arrojaron fruto alguno. Sarah Swift rechazó con idéntica firmeza cualquier participación en el crimen. La acusación rebatió a los procesados señalando que ninguno de los cuatro pudo justificar su paradero a partir de las nueve de la noche en la fecha del asalto. El jurado pronunció veredicto de culpabilidad. Henry Pritchard fue indultado con posterioridad merced a atenuantes alegadas en su descargo; los demás reos fueron llevados a Tyburn. Refiere la crónica que los dos hombres confesaron el homicidio al pie del cadalso, en tanto que Sarah persistió en su inocencia hasta el último aliento.
El móvil de la agresión quedó envuelto en el misterio. Talbot había acudido a Londres por desavenencias con su parroquia, y el sumario sugiere tanto la codicia de quienes le suponían caudales como la venganza por mano de algún enemigo encubierto. Ni los condenados ni las actas señalaron a instigador alguno. Lo que perdura con nitidez sobre el papel es el itinerario de una caída: las callejuelas donde Talbot muda de rumbo, los aposentos de Gray’s Inn donde busca en vano un refugio y, finalmente, la huida a campo abierto por un terreno que sus captores ya conocían. Los ladrilleros oyeron sus gritos y lo hallaron antes de que expirara. Los escritos que legó y las prendas abandonadas junto a sus verdugos impidieron que su última noche quedara sepultada con él.
