James Shaw, quien se servía también del nombre de Smith, fue condenado tras la muerte de Philip Pots, asaltado por varios salteadores a pie en las inmediaciones de Pancras. Conforme se aproximaba su propia ejecución, Shaw admitió haber estado al tanto del suceso, si bien sostuvo con firmeza que no había tomado parte en el homicidio. La crónica no zanja semejante distinción; describe, en cambio, los robos que confesó, las añagazas que refería y la conspiración de fuga tramada en la prisión donde aguardaba su traslado a Tyburn.
El cronista ignoraba cuál de los dos nombres —James Shaw o Smith— era su verdadera identidad. Sus padres disponían de recursos y de la firme intención de proporcionarle una esmerada educación, pero, según la relación de los hechos, su natural veleidoso se vio acrecentado por la excesiva indulgencia familiar. Se le procuraron diversos oficios, sin que lograra apegarse a ninguno. Permaneció el tiempo suficiente con un armero, fabricante de llaves de chispa, para aprender una parte del oficio; obtenía de ello alguna ganancia de cuando en cuando, mas prefería de ordinario caminos harto más fáciles.
Shaw achacaba parte de sus primeros delitos a su esposa. Cuando ganaba nueve peniques a la semana con su trabajo y regresaba exhausto, afirmaba, hallaba el hogar revuelto y a nadie que dispusiera su cena o velara por sus escasos bienes. Presentaba esta penuria como el origen de sus necesidades y de los medios fatídicos que eligió para remediarla. Esta explicación le pertenece exclusivamente a él; la crónica no la corrobora mediante testimonio ajeno.
El camino de Hampstead constituía su principal teatro de operaciones. Shaw pretendía no hallar gran malicia en despojar del dinero superfluo a quienes lo dilapidaban en el lujo o lo habían obtenido haciendo trampas en el juego. Incluía en estas categorías a las gentes que frecuentaban los Wells y Belsize. Cierta noche se aproximó a un carruaje en el que viajaban un conocido magistrado, que acababa de ganar cerca de cuatrocientas libras en el tapete, y el conde U——n, afamado tahúr extranjero. Shaw y otro individuo a caballo detuvieron el vehículo. El magistrado deslizó su larga faltriquera tras un almohadón; el conde, que poco tenía que perder, tendió unas cuantas piezas de oro, y el magistrado ofreció veinte guineas para persuadir a los bandidos de que partiesen.
Shaw no se dio por satisfecho con tal dádiva. Insinuó que la bolsa oculta debía de contener sumas mayores y conminó a los viajeros a descender del coche. Sacudiendo con violencia el almohadón, hizo caer la bolsa, cuyas monedas rodaron y se esparcieron por el suelo. Los dos jinetes recogieron el dinero. El magistrado, según la crónica, maldijo la mala fortuna que le arrebataba sus ganancias, al tiempo que el conde colaboraba en la recogida de las piezas. Casi al punto comparecieron testigos; Shaw y su compinche huyeron al galope, mas fueron aprehendidos en Londres unas tres horas después del asalto, junto a los testigos, y conducidos ante la autoridad judicial.
Shaw preguntó por qué razón el conde no habría de ser castigado igualmente, puesto que había tomado parte en la recogida del botín. El magistrado inquirió la identidad del forastero, a lo que se le respondió que era un conde llegado de Nápoles tras atender graves negocios. El oficial declaró haber oído hablar de él con anterioridad, pero anunció que no daría curso a la acusación por viajar en compañía de su colega. La suerte judicial del conde difirió, por ende, de la de los dos salteadores, por más que Shaw sostuviese que aquel también se había beneficiado de las monedas recogidas. Tras esto, Shaw fue puesto en libertad.
Ya en la calle, carente de fondos para adquirir un caballo, reanudó sus andanzas como salteador a pie. Explicaba que el bandido de a pie no podía huir sin herir a su víctima o al caballo de esta. Un anciano de semblante grave al que cruzó en Hampstead Road le suplicó que se mostrase comedido y le prometió unos calzones viejos atestados de dinero y alhajas de valor. Señaló un árbol junto al cual, según dijo, había sepultado su caudal movido por la avaricia. Shaw acudió al paraje indicado, donde el anciano le hizo buscar tres fragmentos de pipa que supuestamente señalaban el escondrijo. Mientras Shaw permanecía inclinado, el hombre desenvainó la espada y le asestó varias estocadas en el cuello, el costado y el pecho.
En otra ocasión, igualmente cerca de Hampstead Road, Shaw trabó contacto con un hombre de pulcra vestimenta, antiguo peluquero metido a tahúr. El sujeto lo tomó por un incauto y le propuso una partida de naipes. Shaw fingió haber hecho juramento de no volver a jugar bajo techado, pero consintió en apostar unos chelines sobre el césped si su acompañante ataba antes su montura a un árbol. Ambos aseguraron sus cabalgaduras cerca de una modesta taberna y ganaron un prado. En cuanto el fullero comenzó a barajar, Shaw se abalanzó sobre él, lo aferró por la garganta y le sustrajo tres guineas y media del bolsillo de las calzas. Rompió después dos cajas de naipes trucadas, partió dos pares de dados cargados y desparramó las cartas, dejándolo atado de pies y manos.
Se hallaban por entonces apostados soldados en aquel camino; su presencia tranquilizaba al vecindario de Londres, pero distaba de poner a resguardo a los viandantes. Según la crónica, los asaltos prosiguieron y los bandoleros maltrataban a veces con mayor crudeza a sus víctimas por temor a verse perseguidos. Por un crimen de semejante jaez resultó condenado Shaw. Philip Pots cabalgaba cuando fue acometido por varios salteadores a pie junto a los hornos de tejas de Pancras. Derribado del caballo, fue herido en diversas partes del cuerpo con su propia espada, arrebatada por uno de los atacantes. Unos transeúntes lo socorrieron y lo trasladaron a la posada del Pinder of Wakefield. El ataque había tenido lugar en sábado; el lunes siguiente, víctima de atroces dolores, rindió el alma.
Shaw fue prendido por este homicidio y por otro robo perpetrado entre Highgate y Kentish Town. En un principio, negó saber nada del asesinato; a medida que la muerte se avecinaba, admitió haber tenido noticia de él, si bien aseveró que no había participado en su ejecución. El jurado lo halló culpable de dicha muerte y de otro asalto; hasta el postrer instante, Shaw sostuvo la firme divisoria que trazaba entre tener conocimiento del hecho e intervenir en él.
Mientras aguardaba la ejecución junto a John Smith, William Colthouse y Jonah Burgess, los cuatro reos urdieron un plan de fuga. Habían obtenido pistolas y proyectaban abrirse paso por la fuerza frente a cuantos intentasen detenerlos. El complot fue desbaratado antes de consumarse. Burgess, enfurecido, se degolló a sí mismo. Según la crónica, afirmó entonces que Shaw había querido quitarse la vida con una de las armas de fuego. Shaw lo negó tajantemente. Sostuvo, al contrario, que en el momento en que Burgess manifestaba su deseo de impedir que sus enemigos lo viesen desfilar por Holborn Bridge camino del patíbulo de Tyburn, él, Shaw, lo había conjurado a no quitarse la vida y a no conceder a sus adversarios una segunda victoria perdiendo su alma.
Su esposa seguía presente en sus reproches. En las postrimerías de su existencia, Shaw continuaba atribuyéndole el origen de sus desvíos y se mostraba incapaz de perdonar su conducta, tal y como él la describía. La crónica precisa que no confesó el homicidio de Pots, pero que tampoco lo negó de modo categórico. Contaba con cerca de veintiocho años y murió el 8 de febrero de 1722, el mismo día que John Smith. Shaw marchó así al cadalso de Tyburn, tras una vida de salteador de caminos y un motín frustrado, sin transformar jamás su condena en una confesión cabal.
