El 1 de septiembre de 1670, se da lectura al pliego de cargos contra William Penn y William Mead. Se les imputa haberse congregado con trescientas personas más, el 14 de agosto, en Gracechurch Street, haber turbado la paz y, en el caso de Penn, haber predicado con el concurso de Mead. Ambos se declaran inocentes. Se suspende la audiencia; no comparecen nuevamente ante el tribunal hasta el 3 de septiembre.
A su entrada, alguien les ha despojado del sombrero. El tribunal manda que se lo devuelvan, y ellos permanecen cubiertos. El Recorder les pregunta entonces si son conscientes de encontrarse ante la corte del rey y por qué no muestran el debido acato. Penn responde que reconoce estar ante un tribunal, pero no estima que descubrirse sea una señal obligada de respeto. Los magistrados los condenan a cada uno al pago de cuarenta marcos por desacato. Penn recuerda de inmediato que habían entrado con la cabeza descubierta y que fue la propia corte quien ordenó que volvieran a cubrirse. El proceso arranca así con una sanción impuesta por un ademán que la propia providencia del tribunal había hecho patente.
El primer deponente es el teniente James Cook. Declara haber sido comisionado para disolver una asamblea en Gracechurch Street. Vio allí a Penn hablar, pero no logró escuchar sus palabras; la multitud le impedía abrirse paso. Cook calcula la asistencia entre trescientas y cuatrocientas almas. Añade que Mead le instó a permitir que Penn terminara de hablar, prometiéndole llevarlo ante él inmediatamente después.
Richard Read, el condestable, ofrece un cuadro más áspero. El 14 de agosto halló una nutrida concurrencia y oyó a Penn predicar, mas sin deslindar su discurso. Intentó, en unión de sus agentes, hacerlo descender; la gente les arremetió a patadas. Read tasa la reunión en cuatrocientas o quinientas personas. Vio a Mead hablar con el teniente Cook, si bien ignora los extremos de la conversación.
El último testigo no figura con nombre en el pasaje de Borrow. Vio una densa muchedumbre y creyó que Penn se dirigía a ella, pero no pudo escucharlo. No advirtió la presencia de Mead. El tribunal interpela directamente a este para saber si se hallaba en el lugar. Mead invoca el principio de que nadie está obligado a incriminarse a sí mismo y reprocha al juez su afán de tenderle un cepo. Penn interviene para señalar que consideran un deber supremo congregarse para dar culto a Dios. La corte le rebate aduciendo que no se le procesa por profesar su culto, sino por quebrantar la ley.
Penn afirma no haber infringido disposición alguna e inquiere sobre qué precepto reposa la acusación. El Recorder responde: la common law. Penn pregunta dónde reside esa ley y advierte que, si en verdad es común, no debería presentar dificultad exhibirla. El Recorder le replica si acaso será menester desenterrar todos los precedentes para satisfacer su capricho. El lord corregidor puntualiza que tal denominación deslinda la common law de la norma estatutaria y que las asambleas desprovistas de licencia se consideran ilícitas porque ponen en riesgo la tranquilidad pública. Penn sostiene que su libertad, «después de la vida», se halla en trance, aduciendo que la controversia no radica únicamente en su culpa, sino en la legalidad del pliego de cargos. El Recorder replica que bien podría permitirle formular preguntas hasta el día siguiente sin que saliera de dudas. Penn añade que todo estriba en las respuestas; asegura no pretender ofender a la corte, pero imputa a los magistrados la negativa a mostrarle la ley aducida. El lord corregidor manda que se lo traslade al «bail-dock». Penn protesta de nuevo e invoca a los jurados para que amparen las leyes vetustas consagradas a la libertad y la propiedad. Es conducido entonces al cercado destinado a los procesados.
Mead toma la palabra ante el jurado. Califica el auto de acusación como un hacinamiento de falsedades e invoca la noción de riot formulada por Coke: tres personas coligadas para acometer a alguien, penetrar por la fuerza en sus tierras o perpetrar cualquier otro desafuero. El Recorder concluye la definición con estas últimas palabras y agradece con ironía a Mead la lección jurídica impartida. Mead replica que ya no tiene por qué temerle. Había inaugurado su descargo explicando que en tiempos pasados empuñó armas, pero que su sumisión a Dios le vedaba en lo sucesivo causar agravio a nadie. El lord corregidor le conmina con cercenarle la lengua por haber ultrajado al tribunal. Mead responde que se le garantizó una vista imparcial y que reclama para sí las prerrogativas de todo inglés.
Mead es conducido igualmente al cercado de reos. Ambos acusados permanecen allí confinados mientras el Recorder dicta sus instrucciones al jurado. Protestan por que se instruya a los jurados en su ausencia, clamando que se les impidió formular una defensa cabal. El juez inquiere si no se hallan presentes y con oído apto. Claman de nuevo por la palabra; la corte conmina por fin a los jurados a retirarse a deliberar.
Transcurrida media hora, ocho jurados regresan a la sala; la corte ordena traer a los cuatro restantes. Su primer pronunciamiento declara a Penn culpable de haber hablado en Gracechurch Street. El Recorder los devuelve a sus deliberaciones. Al reingresar en el estrado, el presidente del jurado entrega un documento rubricado por todos: Penn habló o predicó ante una asamblea congregada en la calle, pero Mead resulta absuelto del pliego acusatorio. La corte repudia el pliego. El lord corregidor aduce que las declaraciones testificales prueban además un concurso tumultuoso y que Mead auxilió a Penn. Este último arguye que, a su entender, fueron los agresores quienes desataron el tumulto. Especifica que la soldadesca les vedó el ingreso a su casa de reunión, obligándolos a congregarse tan cerca como les fue tolerado. Tal es la versión vertida por él en sala; el testimonio de Borrow no ofrece una corroboración independiente de dicho extremo.
El 3 de septiembre, los jurados permanecen incomunicados, desprovistos de viandas, bebidas, fuego o luminaria alguna hasta la próxima sesión. Llegada la alborada, el portavoz reitera que Penn es culpable únicamente de haber hecho uso de la palabra en la vía pública. El lord corregidor insiste con vehemencia: ¿acaso no se hallaba ante una congregación ilícita? El jurado Bushel afirma que no rendirán otro veredicto que el formulado ya. El lord corregidor lo tacha de faccioso. El Recorder amenaza luego a los miembros del jurado con dejarlos morir de inanición a menos que rindan la respuesta «categórica» que reclama. Penn le advierte que el jurado ya absolvió a Mead y sostiene que no pudo consumar una conjura en soledad. La corte aplaza de nuevo la causa y mantiene a los jurados en idéntico cautiverio.
En la audiencia del 5 de septiembre, rinden por fin su fallo: proclaman a Penn y a Mead inocentes. La corte condena a cada uno de los jurados a una multa de cuarenta marcos por haber actuado, a su criterio, contra la evidencia palmaria; quedan recluidos en tanto no satisfagan el pago. Penn exige que se decrete su libertad, habida cuenta de su absolución. El lord corregidor responde que permanecerá entre rejas por las multas y el desacato. Jurados y acusados son conducidos juntos a Newgate.
Los testigos situaron a Penn en el centro del gentío, mas ninguno logró precisar los términos de su plática. Read describió las acometidas padecidas por los agentes; el deponente anónimo no advirtió a Mead; Cook y Read brindaron cómputos dispares sobre el volumen de asistentes. El jurado rehusó extraer de ello el cuerpo delictivo fijado en los cargos. Su determinación puso fin al proceso, sin restituir en el acto la libertad a quienes acababan de pronunciarla. En las páginas de Borrow, el acto resolutorio no se despliega ante la escena del sermón, sino tras consumarse el veredicto: la justicia traslada a los jurados y a los enjuiciados hacia un mismo confinamiento penal.
