En Wapping, los hombres que se decían amparados por las Siete Ciudades de Refugio no se conformaban con cerrar sus puertas a los alguaciles. Poseían sus propios libros de registro, sus juramentos y hasta un tribunal a su conveniencia. Cuando un oficial acudía a prender a un deudor, el gentío podía apresarlo a su vez, conducirlo ante un juez designado por los propios moradores y ejecutar después una pena que ninguna ley había sancionado jamás. En semejante universo de jurisdicción improvisada participó Charles Towers en la liberación de John West, y fue su rostro ennegrecido, exhibido ante el jurado como un disfraz prohibido, lo que habría de conducirlo a la horca.
Aquellos refugios perpetuaban una antigua pretensión. Recuerda el cronista que varios santuarios habían derivado antaño su privilegio de la religión romana; tras su abolición, no pocos deudores continuaron sosteniendo que los oficiales de justicia civil no podían internarse en determinados barrios. La antigua Mint, en Southwark, figuraba entre dichos recintos. El Parlamento hubo de ordenar finalmente que los sheriffs pudieran ejecutar allí los mandamientos, con el auxilio que fuese menester, y castigar con severidad a cuantos intentasen sustraer a un hombre de la justicia. Semejante disposición, según la reseña, redujo los desmanes en casi todos los enclaves concernidos, mas la Mint aún ofrecía resistencia.
Los oficiales que osaban aventurarse en su interior se exponían a ser rodeados, golpeados y arrastrados por zanjas o callejones inmundos. El sonido de un cuerno convocaba a individuos estrafalariamente ataviados con el propósito de amedrentar a quienes pretendían dar cumplimiento a un acto judicial. Cuando el privilegio de la Mint quedó abolido, sus antiguos moradores se dispersaron; muchos de ellos no tardaron en verse nuevamente acosados por las deudas. En lugar de someterse a los cauces procesales ordinarios, se coligaron e intentaron erigir en los aledaños de Wapping otro enclave: las Siete Ciudades de Refugio. Un antiguo juez de paz de nombre Santloe, desposeído de su cargo y convertido a su vez en refugiado y presidiario de la Fleet, habría prestado su concurso para organizar dicha empresa.
Los cofrades asentaban sus nombres en grandes libros y juraban defenderse unos a otros de los alguaciles. No limitaban su celo a impedir una detención en sus propios lares: eran capaces de rescatar cautivos y penetrar en las moradas de los oficiales que los custodiaban. La facción transformaba de este modo una solidaridad entre insolventes en un auténtico poder coercitivo. Se dotó de una corte, citaba a testigos y hacía comparecer a los ministros de la ley en calidad de reos acusados de perturbar su sosiego. Quienes eran declarados culpables por su juez sufrían azotes o padecían vejaciones que, a decir de la crónica, ponían en peligro sus propias vidas.
Towers arrastraba desde antiguo funestos negocios. Por prestar auxilio a un allegado, se había comprometido a responder de una deuda de cuantía considerable a cambio de una o dos guineas; el amigo faltó a su compromiso y Towers se vio obligado a buscar cobijo en la vieja Mint. Pronto pasó a integrar la nueva asociación de Wapping, la cual llevaba todavía más lejos sus acometidas contra los oficiales de justicia. La noticia histórica lo sitúa entre los valedores de semejante jurisdicción y asistente a sus simulacros de juicio; a renglón seguido, lo señala como uno de los más activos ejecutores en el rescate de West.
John West había sido prendido por John Errington, quien lo había conducido a su propia vivienda, en las inmediaciones de Wapping Wall. Un domingo por la mañana, los refugiados se congregaron en nutrido número, provistos de fusiles, espadas, garrotes y otras armas. Marcharon hacia la morada de Errington y, sembrando el espanto entre cuantos allí se hallaban, arrebataron a West de su encierro. Afirmaban obrar con arreglo a sus juramentos: West figuraba inscrito en los libros como un hombre colocado bajo su protección.
Towers figuraba en la primera línea de la partida, a tenor de la acusación consignada por el cronista. Vestía una casaca marinera azul, desprovisto de sombrero, peluca y camisa. Llevaba el rostro y el pecho embadurnados con una sustancia que la reseña describe como una mezcla de hollín y grasa. Aquel tumulto se había producido con posterioridad a la entrada en vigor, el 1 de junio de 1723, de la ley promulgada contra los hombres enmascarados conocidos como los Waltham Blacks. Fue la concurrencia de tales circunstancias —el asalto para libertar a West y el aspecto exterior de Towers— lo que suministró el fundamento al pliego de cargos.
Durante la vista, los hechos quedaron, según el proceso, cabalmente demostrados ante el jurado. Towers alegó en su descargo que no iba más disfrazado de lo que su penosa miseria le imponía: carecía de vestiduras y su semblante acaso se hallaba manchado de lodo. El jurado lo halló culpable y se dictó la sentencia de muerte. Esta condena descansaba sobre el punto estricto de la infracción contemplada por la ley sobre disfraces. No obstante, antes de subir al cadalso, Towers impugnó con vehemencia que su rostro hubiese sido ennegrecido con la intención dolosa definida por el texto legal.
Reconocía haber presenciado y secundado diversas sesiones de aquellas pretendidas cortes de la Nueva Mint. Negó, empero, haber oficiado como juez durante los ultrajes infligidos a un alguacil apellidado Westwood. El cronista recoge asimismo su cólera frente a los ministros de la ley y el modo en que, según aseguraba, algunos de ellos trataban a los refugiados cuando lograban tener a uno a su merced. A un carpintero le habrían acuchillado y destrozado el brazo derecho con tal saña que fue preciso amputárselo; otros hombres, aseveraba Towers, habían padecido mutilaciones que les impedían ganar el sustento. Él mismo exhibía en la cabeza anchas heridas infligidas seis semanas antes, las cuales aún no habían cerrado en el trance de su muerte.
En lo tocante a los rostros tiznados, sostuvo de continuo que semejante usanza jamás había existido en la Nueva Mint. Admitía que allí se celebraban mascaradas y confesaba haber concurrido en una ocasión disfrazado de molinero, con la faz enteramente emblanquecida. Negó con firmeza, empero, haber empleado hollín o cualquier otro artificio para ocultar sus facciones durante el rescate de West; según sus palabras, llevaba sus ropas ordinarias, al igual que los demás integrantes del grupo. Semejante alegato no revocó el veredicto del jurado, pero permaneció en el núcleo de sus protestas hasta el postrer instante.
Towers redactó una súplica implorando clemencia, en la que exponía las circunstancias de la causa y el excesivo rigor que, a su juicio, padecía a consecuencia de una mera interpretación de la ley. Recordaba asimismo la penosa situación de su esposa y de sus dos hijos, mientras aguardaban el nacimiento de un tercero. Su mujer llevó la petición ante el monarca, aguardando a las puertas de la Sala del Consejo. Regresó sin haber obtenido modificación alguna de la sentencia. Cuando Towers conoció el resultado infructuoso de la gestión, afirmó resignarse y aceptar el paso a una morada de paz, lejos de un mundo que juzgaba turbulento y despiadado. Rezó a continuación con fervorosa entrega y se mostró, según la crónica, exento de rencor hacia su acusador y los testigos de cargo.
El 4 de enero de 1725 fue conducido en carreta hacia la horca de Wapping. El gentío, en un ademán que el cronista subraya como desacostumbrado, se compadecía de él y vertía copiosas lágrimas. Towers conservó la serenidad durante las oraciones. Luego, encarándose a los concurrentes, reiteró no haber llevado disfraz alguno al momento de liberar a West. Señaló al capitán Buckland, y no a su persona, como el hombre que había presidido el tribunal en el proceso contra el alguacil Jones, agregando que había sufrido crueles vejaciones durante su propio encierro a causa de aquel asunto.
Rechazó de igual modo los robos y raterías que se le imputaban, aseverando que tales cargos eran patrañas ante la inminencia de su muerte. Admitió que tal vez cayeron algunas monedas del bolsillo de un alguacil al ser arrojado a una zanja, mas sostuvo ignorar su destino y no haber visto nada. Se declaró inocente de un pretendido designio de robo contra la mansión de sir Isaac Tilliard. De este modo, en el preciso instante en que reconocía las faltas que consideraba haber perpetrado, Towers deslindaba su participación en los tumultos de los refugiados de las imputaciones de enmascaramiento, hurto y conspiración contra una morada.
Juzgaba justo el castigo divino por sus múltiples ofensas, pero reputaba inicua la severidad de la ley terrenal, por cuanto creía no haber incurrido en delito conforme al tenor literal del precepto que lo condenaba. Clamó una vez más contra los alguaciles e invocó con vehemencia a Dios para que acogiese su espíritu. Aquel día se extinguió su vida. La muerte de Towers no disolvió las asociaciones de deudores: consigna el cronista que las maquinaciones para guarecer a los fugitivos y desbaratar los mandamientos judiciales continuaron vigentes. El destino de aquel ajusticiado, no obstante, había evidenciado hasta qué extremos podía conducir una facción que oponía a la ley sus propios libros, sus armas y sus tribunales clandestinos.
