En Saint-Hélier, el lunes 7 de septiembre de 1829, una disputa familiar se trasladó a la calle. Varios testigos vieron al padre perseguir a su hijo; pocos minutos después, el padre yacía herido en la cabeza y el hijo se alejaba. La crónica publicada en Jersey yuxtapone miradas parciales, palabras referidas y dos versiones sobre el número de ladrillos arrojados.
Jolin tenía veintiún años y trabajaba como herrero. Su padre, Philip Jolin, padecía de gota y, según el cirujano que lo atendía, su salud era precaria. Sin embargo, el mismo médico, E. F. Dickson, atribuyó sin vacilar la muerte a la herida recibida aquel día. Requerido entre la una y las dos de la tarde, halló al herido cubierto de sangre. Tras vendar la herida, dejó que recobrara el conocimiento; cuando regresó cuarenta o cincuenta minutos más tarde, el hombre había fallecido. El examen de la cabeza reveló una gran cantidad de sangre derramada sobre el cerebro. Dickson determinó que fue la causa inmediata del deceso, y el cirujano naval William M’Doual confirmó que un golpe había roto un vaso sanguíneo.
La crónica judicial distingue dos etapas. El jueves 24 de septiembre, un jurado de Saint-Hélier declaró a Jolin culpable; este solicitó a continuación el beneficio del Gran Jurado. El lunes 28 fue conducido de nuevo ante la Royal Court, cuya vista y declaraciones testimoniales posteriores recoge el impreso. Pertenecen, por tanto, a esta segunda fase y no al jurado inicial. El texto no precisa el alcance jurídico específico de dicha petición; señala, en cambio, que el jurado reunido el día 28 emitió un veredicto unánime de asesinato y que el tribunal dictó seguidamente la pena capital.
La prueba del acto procedía de quienes habían presenciado, de forma fragmentaria, la riña. Jane Le Maistre, oída en la audiencia, declaró haber visto al padre perseguir a su hijo, quien lloraba como si fuese a golpear. Refirió que el padre le había prometido hacerle ver más a su regreso. Poco después, Jolin volvió con fragmentos de ladrillo. A pesar de sus súplicas, según el testimonio de la mujer, arrojó uno que alcanzó a su padre en la cabeza y luego se dio a la fuga. El padre estaba irritado; la testigo, por su parte, se había agachado para esquivar el impacto.
Thomas Bertram, de quince años, narró una secuencia más violenta y prolongada. Había visto al hijo salir de la casa llorando, seguido por el padre, quien decía querer «acabar» con él. Jolin se habría dirigido a un montón de ladrillos, habría tomado uno, partiéndolo en dos, para luego encararse de nuevo con su padre. Bertram afirmó haberle suplicado que no arrojase los pedazos; el joven amenazó entonces con tirárselos a él si no se apartaba, y acto seguido los lanzó contra su progenitor. Uno de ellos le golpeó en la cabeza y lo derribó. Jolin le habría espetado: «Ahora, levántate», antes de marcharse. Bertram lo creía ebrio.
Mary Le Riche, que observaba desde una ventana próxima, vio al padre perseguir al hijo y oyó una amenaza recíproca; vio a Jolin coger un ladrillo, pero no presenció lo que siguió. Thomas Thornton había oído ruido y vio al padre y al hijo reñir. Observó luego al joven tomar un ladrillo en cada mano, regresar, y volver a pasar unos instantes después con las manos vacías, comiendo una manzana. No supo precisar si estaba ebrio. Por el contrario, Edward Le Feuvre afirmó haberlo visto ebrio desde antes de las ocho de la mañana; más tarde, Jolin habría acudido a su tienda a contarle que su padre le había pegado, pero que él lo había derribado a su vez, y que tenía a «otro» en mente. Le Feuvre lo describió entonces ebrio, incapaz de saber lo que hacía.
Hacia las cuatro de la tarde, Philip Winter Nicolle, centenario de la parroquia, halló a Jolin en los muelles tras haber tenido noticia de la muerte. Al reprocharle haber matado a su padre, el joven respondió, según Nicolle, que no había podido evitarlo; al mentársele la horca, rompió a llorar. Nicolle lo condujo a prisión e hizo avisar al fiscal del rey para que se celebrase una investigación sobre el cadáver. Los testigos del auxilio, Thomas Hinchliffe y James Clark, describieron después el hallazgo del herido, que perdía abundante sangre por la nariz y la boca. Varios de los presentes solo habían oído la llamada o ayudado a levantar al padre.
Pero el juicio no se limitaba al lance fatal. Los testigos llamados por la defensa de Jolin describieron una historia doméstica que la acusación no podía reducir al mero instante de la calle. Philip Manuel, antiguo capitán del bergantín Pelican, conocía al joven como marinero. Afirmó haberlo visto beber con otros muchachos y haber oído que deseaba arrojarse al mar; añadió, sobre todo, que había visto al padre golpearlo. Catorce meses antes, según Manuel, el viejo Jolin acababa de golpearlo en la cabeza con una barra de hierro; el hijo, ensangrentado, yacía tendido mientras su padre impedía que se le socorriese. Manuel afirmó también haberlo visto golpearle en las piernas.
Philip Aubin, que había servido en el mismo buque, recordaba episodios en los que el joven parecía «trastornado» en Buenos Aires y amenazaba con tirarse al agua. No sabía si tales conductas derivaban de la embriaguez o de una enfermedad del espíritu. Philip Jeune relató haberlo visto, encolerizado, fuera de sí; un día, Jolin había empuñado un fusil como si quisiera disparar, mas el testigo no podía determinar si mediaba provocación ni si su estado obedecía a un desorden mental. Estas antiguas memorias suscitaban la duda sobre su estado psíquico, sin dirimirla con la certeza de un examen médico.
Otras declaraciones respaldaban la existencia de malos tratos. Margaret Collas afirmó haber oído a la madre pedir auxilio y haber visto al padre golpear a su hijo con una barra de hierro; aseveró asimismo que a menudo lo privaba de comida. John Case, compañero de trabajo del padre, recordaba golpes asestados con un martillo o con cualquier objeto al alcance de la mano, con frecuencia dirigidos a la cabeza. Su mención acerca de una pizarra arañada, que creía obra del joven, resultaba incierta. Philip Binet, en cuyo taller Jolin había entrado a trabajar el 7 de septiembre, lo consideraba ebrio antes del desayuno; tras enterarse de que había derribado a su padre, Binet le reprendió y le aconsejó buscar a un médico. El joven rompió a llorar.
El informe del forense, leído tras estos testimonios, concluía que Jolin había matado a su padre arrojándole deliberadamente un ladrillo a la cabeza. El tribunal oyó al abogado defensor, el señor Hammond, y a continuación al fiscal del rey. Tras una hora de deliberación, el jurado constituido el 28 de septiembre lo declaró por unanimidad culpable de asesinato. No debe confundirse esta resolución con un dictamen médico sobre su salud mental: los testigos habían descrito episodios de embriaguez, conductas inquietantes y violencias familiares, pero el impreso no consigna que el jurado lo declarase inocente por demencia. El tribunal denegó después la petición de atenuación de la pena, y el bailío pronunció la sentencia de muerte.
El documento no ofrece una transcripción taquigráfica de las palabras de Jolin ante la corte; refiere que, tras el alegato de Hammond, el letrado leyó una declaración escrita del reo. En ella, este reconocía un crimen, si bien sostenía que no fue premeditado, y argumentaba que habría tenido mejores ocasiones de matar a su padre cuando este, postrado por la enfermedad, dependía de sus cuidados. Evocaba asimismo los altercados entre sus progenitores, los golpes y la embriaguez de los que afirmaba haber sido testigo. Aquel escrito constituía una defensa y una súplica de compasión, no una prueba independiente de cada uno de sus recuerdos.
Edward Durell, pastor de Saint-Sauveur, visitó a Jolin a partir del 26 de septiembre, tras el veredicto inicial del jurado de Saint-Hélier, pero antes de la vista de la Royal Court del día 28. Su breve opúsculo, publicado pocas semanas después, relata varias visitas a la prisión e insiste en el arrepentimiento religioso del joven. Durell advierte de que sus conversaciones no fueron tomadas al taquígrafo: reconstruía su sustancia de memoria. Refiere que Jolin le habló el día 27 de su comparecencia del 24; no obstante, el acta judicial sitúa la vista de la Royal Court descrita con detalle el día 28. El clérigo estaba además persuadido del arrepentimiento de Jolin y profundamente conmovido por su suerte. Las escenas de celda, los diálogos referidos y su descripción de una mudanza interior arrojan luz sobre el acompañamiento espiritual que recibió el reo; mas no deben leerse como actas procesales ni como un diagnóstico clínico.
Jolin fue ejecutado el sábado 3 de octubre. Respecto a esta última jornada, Durell precisa que no estuvo presente y cita un periódico insular del 6 de octubre. Conforme a dicha crónica periodística, el condenado abandonó la prisión poco después de la una, escoltado por unos doscientos alabarderos y acompañado por dos eclesiásticos. Subió con paso firme al cadalso, habló a la multitud sobre los peligros de la embriaguez y la mala educación, y leyó un pasaje del Nuevo Testamento. La prensa le atribuye el reconocimiento de la justicia de su condena y señala que afirmó morir en paz con el mundo. Tras la ejecución, su cuerpo permaneció suspendido durante una hora y tres cuartos; fue devuelto a la prisión y conducido para ser sepultado en la noche del 4 de octubre.
La sentencia clausura la causa judicial sin resolver la discordia doméstica que la precedió. La crónica recoge un acto letal y un veredicto, pero también testimonios de violencias pretéritas, una embriaguez dudosa y miradas incompletas. La muerte de Philip Jolin permanece en el centro; a su alrededor, las versiones jamás llegan a coincidir del todo.
