Durante casi dos meses, un hombre vivió atrincherado en las entrañas de un navío. Disponía de cuchillos, una barra de hierro y, según afirmaba la tripulación, cerillas. Por encima de él, los hombres vacilaban antes de descender a buscar el carbón indispensable para la cocina; el capitán parlamentaba, prometía el perdón y mandaba clavar la escotilla cada noche. Una vez que el Lady Douglas hubo zarpado de Santa Elena, el miedo cristalizó en designio. El 23 de abril de 1887, Hassein fue herido por disparos en la bodega, izado a la cubierta y muerto de un balazo en la cabeza.
La bricbarca británica se había hecho a la mar en Gascoigne, en la costa occidental de Australia, el 11 de enero, con rumbo a Londres. La dotación apenas contaba con diez hombres; el capitán James Cocks enroló a dos marineros malayos, Hassein y Cassein. A tenor de la relación del Pitaval, Hassein era un marino discreto y sus compañeros se burlaban de él. Las fricciones se agravaron. Quejoso de su suerte, intentó arrojarse al mar según los testigos; el contramaestre se lo impidió.
El 21 de febrero, Hassein desapareció durante su guardia. Cocks ordenó registrar el barco sin hallarlo. El cuaderno de bitácora imputó su ausencia a un percance fortuito o al suicidio. Diez días después, el contramaestre lo descubrió dormido en la bodega de proa. Interrogado, Hassein declaró sentirse desdichado y desear la muerte. Se negó a reincorporarse a su puesto y se procuró armas. Conminó a cuantos pretendieran acercarse; los marineros no se atrevían ya a bajar a la bodega, donde yacían las reservas de carbón.
El capitán procuró al principio persuadirlo de que subiera. Hassein accedió a llenar los cubos de carbón a cambio de agua y víveres, mas no reanudó su servicio. El 28 de marzo, al rayar el alba, se presentó en el camarote de Cocks y posó una mano sobre su hombro. El capitán despertó dando voces; Hassein huyó. Dos oficiales le dieron alcance y le echaron los grillos. Logró zafarse, regresó a la bodega y volvió a hacerse fuerte en ella. Las fuentes no esclarecen de qué modo quebrantó las ataduras ni si medió auxilio ajeno.
Los tripulantes relataron haber clavado entonces maderos sobre la abertura al caer la noche, disponiendo una celosía durante el día para permitir la ventilación. Hassein recibía su ración de agua, galleta y carne, conforme a las declaraciones, si bien las cantidades y los plazos divergen en los testimonios. La marinería decía recelar un asalto, un fuego intencionado o una vía de agua abierta en el casco. Temía asimismo que las herramientas y la barra de hierro le sirvieran para atentar contra los hombres. Nada, no obstante, acredita que intentara de hecho incendiar el buque o dar muerte a tripulante alguno.
El 20 de abril, en las inmediaciones de Santa Elena, un marinero propuso desembarcar a ambos malayos. Cocks se negó y anunció que conduciría a Hassein a Londres para someterlo a la justicia. Al día siguiente, el capitán hizo asentar en el diario una acusación contra Charles Hunt, un tripulante que se había opuesto a la determinación de matar a Hassein. A Hunt se le imputaba haberle facilitado armas y atizado una sedición. En el juicio, las pesquisas no hallaron indicio alguno de tal connivencia. Hunt afirmó haber dado tan sólo tabaco a Hassein e intercedido para que lo condujeran a Inglaterra. Las testificaciones de la marinería y el cuaderno de bitácora revelaron que la versión oficial del capitán discordaba de los preparativos consumados en la nave.
El 22 de abril, los marineros intentaron forzar a Hassein en su reducto. Lo hostigaron a través del mamparo y abrieron fuego contra él; un disparo le alcanzó en el pie. A la mañana siguiente, abrieron de nuevo la escotilla. La tripulación acudió provista de armas. El contramaestre Gleaves disparó su fusil; el marinero Webster hizo fuego con el revólver del capitán. La crónica estima que uno de los primeros proyectiles, probablemente el de Gleaves, hirió a Hassein en el costado. Charles Hunt descendió entonces asido a una soga, aferró un bichero a las ropas del herido e hizo que lo alzaran a la cubierta. Hallábase exhausto y privado de toda defensa. Webster le descerrajó un tiro en la cabeza. Escasos minutos después, el cadáver fue arrojado al mar, lastrado para que se fuera a pique.
Las primeras anotaciones del cuaderno de bitácora justificaron esta muerte como un disparo en legítima defensa y recalcaron las amenazas proferidas por Hassein. Mas el ministerio público se apoyó en los testimonios recabados en Londres y en los propios asientos de los marineros. Sostuvo que la tripulación había concertado de antemano el homicidio de Hassein y que después abatió a un hombre malherido e indefenso. La defensa replicó que dos meses de angustia habían tornado peligroso el buque, que Hassein estaba armado y que el capitán hubo de velar por la vida de todos. Invocó asimismo la disciplina naval y la obligación de acatar las órdenes del mando.
Al fondear la nave, el capitán entregó el cuaderno de bitácora a las autoridades. Las diligencias preliminares se prolongaron tres semanas; los marineros permanecieron custodiados mientras los magistrados tomaban declaración a la tripulación. Peter King, el dispensador de víveres, pormenorizó las raciones y las repetidas disputas; David Thow corroboró gran parte de sus manifestaciones. Hunt, por su parte, refutó la imputación asentada contra él en la bitácora e insistió en que se había opuesto a la muerte. Los oficiales alegaban haber obrado por miedo; los hombres de la maestranza y marinería revelaron que el designio de abatir a Hassein había sido debatido antes de los disparos. La frontera entre una conmoción incontrolable y una resolución concertada adquirió entonces capital trascendencia.
La vista ante el jurado se celebró durante el 29 y el 30 de junio. Los defensores de Cocks, Gleaves, Evans y Webster no sostuvieron idéntica línea argumental. Algunos alegaron la legítima defensa y la preservación de la nave; el letrado de Webster adujo que no cabía exigir responsabilidad a un marinero por haber obedecido las órdenes de su superior. El fiscal rebatió que ninguna disciplina facultaba para ultimar a un hombre reducido. El cuaderno de bitácora fue leído a los miembros del jurado, pero las rúbricas de los oficiales resultaron insuficientes para desvirtuar las declaraciones que contradecían su contenido. El juez conminó a los jurados a valorar la culpa de cada encausado a partir de los hechos probados, sin arredrarse por el temor de que un veredicto condenatorio socavara la autoridad de los capitanes.
El juez Stephen exhortó a los miembros del jurado a desatender las repercusiones generales de su fallo para la marina mercante. La cuestión primordial, expuso en sustancia, radicaba en discernir si los reos habían segado una vida sin que una necesidad ineludible e inmediata lo impusiera. Recordó que la legítima defensa no ampara un homicidio perpetrado por conveniencia ni consumado una vez que la víctima ha sido privada de ofensiva. El pavor de la tripulación quedaba probado en autos, mas no acreditaba que Hassein, ya sobre cubierta, entrañase peligro alguno. Según el compendio de la fuente, el magistrado apreció en el último disparo un asesinato y consideró el concierto previo como circunstancia agravante.
Tras deliberar cerca de una hora, el jurado declaró a los cuatro procesados culpables de asesinato premeditado. Recomendó no obstante la concesión de clemencia, al entender que habían obrado en la ignorancia y bajo una errónea interpretación de la ley. El juez pronunció la sentencia de muerte. El fallo no zanjó la controversia: diversas hermandades y gentes de mar celebraron una asamblea en Londres para implorar el indulto, sosteniendo que la dotación creyó salvaguardar su propia vida. Otras voces recordaron que Hassein había sido subido con vida y ultimado en total desamparo.
La gracia soberana llegó el 6 de julio de 1887 mediante despacho de Whitehall. La reina conmutó la pena de Cocks por cinco años de trabajos forzados; Evans y Gleaves recibieron sendas penas de dieciocho meses, y Webster, un año de prisión. La crónica no sugiere que el episodio de la bodega suscitara un juicio moral unánime. Deja más bien al lector en el linde riguroso donde el derecho deslinda el pánico del peligro inminente: la tripulación había soportado una zozobra prolongada, mas el tiro de gracia se descerrajó una vez que Hassein yacía en cubierta, herido y desvalido. La mar tragó el cuerpo; los autos del proceso preservaron la memoria de la resolución forjada a bordo.
