La tarde del 29 de junio de 1840, el guardabosques Scheinert y su ayudante recorrían el bosque comunal de Schmiedeberg cuando una emanación fétida los guio, a seis pasos del sendero, hacia un claro de pinos jóvenes. Yacía allí un cuerpo en una hondonada, cubierto casi por entero de tierra y arena. Un perro negro de patas pardas parecía haber estado escarbando el suelo antes de huir a la carrera en cuanto se aproximaron. Las primeras diligencias fueron las que imponía cualquier hallazgo sin nombre: convocar a las autoridades, desenterrar el cadáver, inventariar las heridas y consignar cuanto lo rodeaba.
Los facultativos constataron una fractura del cráneo y una incisión profunda en la parte anterior del cuello. Cualquiera de aquellas lesiones bastaba, a juicio de los peritos, para ocasionar la muerte. El cuerpo había sido envuelto en una tapicería de lino verde ceñida con una correa de cuero; conservaba aún sus ropas, y varios efectos yacían esparcidos junto a la fosa. El rostro no permitía ya reconocer al difunto. El conjunto de los indicios condujo a una compañía de volatineros y titiriteros ambulantes que había permanecido en la comarca pocos días antes. Se comprendió que el cadáver había viajado con aquella comitiva antes de ser abandonado entre los árboles.
La primera persona capaz de dar curso a tales indicios fue Marie Magdalene Heinrich. Detenida meses más tarde en Fráncfort, declaró haber seguido a la tropa de Christian Brand, a su esposa y a sus hijos. Nombró a Joseph, el hijo criado por Brand, a las dos hijas, Karoline y Therese, y a Rudolf Wuchinger, compañero de viaje. Según su testimonio, Christian había desaparecido en la noche del 18 al 19 de junio. Al día siguiente, Joseph afirmó que los hermanos Richter habían dado muerte a Christian y que a uno de ellos lo apodaban Graf. A continuación, condujeron la carreta hasta el bosque de Schmiedeberg, donde se cavó la fosa.
Heinrich no se limitó a vagas indicaciones. Guió a los instructores por el camino recorrido con la tropa y les señaló el paraje exacto. Recordaba que unas raíces prominentes habían trabado la rueda del carromato en el instante en que cargaban el cuerpo. La precisión del detalle se avenía con el terreno y con el relato del traslado. La carreta, las mantas, las prendas y los objetos exhumados junto al cadáver aportaron nuevas concordancias. La viuda de Brand reconoció varias piezas pertenecientes a su marido. El perro, asimismo, fue identificado por quienes lo habían tratado.
El informe judicial reunió estos extremos para sostener que el cuerpo pertenecía, en efecto, a Christian Brand. Admitía que la putrefacción impedía un reconocimiento directo por parte del hijo, pero aducía una convergencia concluyente: el lugar indicado por Heinrich, los enseres personales, la filiación física del difunto, una antigua cicatriz en la mano y el tiempo transcurrido según el dictamen del cirujano coincidían con la desaparición de Christian. La identificación no descansaba, por tanto, en la vista del rostro, sino que el tribunal se apoyó en la convergencia de objetos, parajes, descripciones fisonómicas y ciertas señas corporales.
La instrucción fue ampliándose a medida que los nombres circulaban entre postas, mesones y despachos oficiales. En marzo de 1841, un individuo arrestado en el Gran Ducado de Baden bajo la identidad de Johann Blum fue identificado como Joseph Brand. Viajaban con él sus dos hermanas menores. Mediante papeles falsos y pasaportes alterados habían encubierto su identidad, pero los agentes reconocieron pronto a los menores buscados. Las autoridades ordenaron el traslado a Prusia de Joseph, de sus hermanas, de la carreta y de los bienes incautados. La pista de los hermanos Richter, a quienes Joseph había señalado al principio como autores del crimen, se desvaneció por completo: carecía de más fundamento que su propia palabra.
Joseph negó en un comienzo toda culpabilidad. A lo largo de tres semanas de interrogatorios, sostuvo que los hermanos Richter habían golpeado a su padre y que él se había limitado a darle sepultura. Los pesquisidores le exhibieron las piezas extraídas de la fosa y confrontaron sus versiones con el itinerario de la compañía. El 29 de mayo, tras un careo con dos peones que habían colaborado en mover el bulto envuelto en mantas, solicitó comparecer ante el juez instructor. Confesó haber dado muerte a Christian, si bien describió una escena de riña: su padre lo habría golpeado, él habría empuñado un garrote descargando un solo golpe y la acometida, aseguró, fue involuntaria. Reconoció después haberle seccionado el cuello y ocultado el cadáver.
Esta primera confesión alteró los términos del proceso sin clausurarlo. En mayo de 1842, el tribunal de Naumburgo condenó a Joseph como autor de un homicidio sin premeditación a la pena de reclusión perpetua. Marie Heinrich resultó absuelta del cargo de encubrimiento y de lucrarse con el delito. Las dos hermanas, todavía impúberes, quedaron exentas de persecución judicial; Wuchinger fue tenido por ajeno a los hechos. Joseph acogió con inicial alivio un fallo que le salvaba de la muerte, siendo trasladado a la casa de corrección de Halle a principios de julio.
Unas diez semanas tras su ingreso, se retractó de una parte sustancial de sus declaraciones. Aseveró entonces que Christian Brand era su padre natural, que su verdadero apellido era Dilany y que el crimen se había consumado con premeditación. La nueva versión desplazaba el homicidio de la disputa al sueño: Joseph habría aguardado a que los demás integrantes de la compañía se durmieran para descargar sobre la cabeza de su padre repetidos golpes con un madero, asestándole después un tajo en el cuello con un sable. Manifestó haber abrigado el propósito homicida desde días antes, atribuyendo tal determinación a la severidad paterna y a su oposición a que contrajera enlace con Heinrich.
A partir de aquel instante se entrelazaron dos cuestiones capitales. La primera atañía a la veracidad de la confesión. La defensa arguyó que el encierro se le había tornado intolerable y que había urdido un asesinato premeditado con el único fin de procurarse un rápido suplicio. El tribunal rebatió este argumento examinando el momento del testimonio, el régimen de detención, la instrucción religiosa recibida y las confidencias hechas al pastor de Halle. El compilador del Pitaval hace suya en buena medida tal conclusión, aunque su relato amalgama las comprobaciones sumariales con una lectura moralizante sobre la conversión y el remordimiento de Joseph, apreciaciones que no deben confundirse con una constatación fehaciente de su fuero interno.
La segunda cuestión radicaba en la filiación. Joseph sostenía ahora que Christian era su padre biológico, Wenzel Dilany, y que el apellido Brand era fingido. La viuda había jurado al principio que Joseph era hijo suyo; más tarde se desdijo, manifestando que lo habían recogido de niño, habido de otra mujer. La documentación familiar se hallaba extraviada. Las pesquisas practicadas en los registros parroquiales de Nancy no confirmaron una primera fecha de nacimiento suministrada por Joseph; una partida hallada en Bohemia guardaba analogía con su relato, pero sin permitir acreditar su identidad. La sala mantuvo en la penumbra el origen biológico y se atuvo a la condición de padre nutricio, concepto bajo el cual Christian lo había criado e inscrito ante la administración.
Los peritos forenses fueron llamados de nuevo para cotejar la primera versión con los restos corporales. A juicio de los facultativos, la fractura craneal y los destrozos del rostro no podían atribuirse a un golpe único; se requerían múltiples impactos, y la herida de sable infligida en el cuello resultaba compatible con la postura de un hombre ya desplomado y malherido. El volumen de sangre vertido sugería asimismo una secuencia cronológica de las lesiones. La pericia avalaba la confesión más grave, aun sin dirimir por sí sola el dolo premeditado. El tribunal se fundó, además, en las sucesivas contradicciones de Joseph, la preparación cautelosa de un garrote oculto junto a su jergón y las maniobras desplegadas para ocultar el cadáver.
La corte de Naumburgo dictó su segunda sentencia el 10 de abril de 1844. Declaró a Joseph Brand-Dilany culpable del asesinato premeditado de su padre de crianza y pronunció la pena capital, con arreglo al ritual descrito en la obra. El fallo, notificado formalmente en mayo, no llegó a ejecutarse. Joseph padecía de antiguo una afección pulmonar y falleció en la prisión de Eilenburg el 11 de agosto de 1844. La causa impresa no refiere, pues, una ejecución consumada en el cadalso, sino una condena cuyo desenlace fue atajado por la enfermedad.
Al borde de aquel camino forestal, lo que en principio pareció tan solo un cuerpo anónimo había convocado objetos, memorias y relatos inconciliables. Una carreta reconocida, una raíz que traba una rueda, unos vestidos exhumados de una fosa: las pesquisas lograron hacer hablar a las cosas mudas. Con todo, la justicia no disipó todas las sombras. El enterrado fue vinculado a Christian Brand mediante un haz de conjeturas; Joseph fue sentenciado primero por homicidio en riña y luego por asesinato premeditado tras mudar de confesión. Entre ambos fallos permanecen abiertos los enigmas que los autos no logran zanjar: lo que el reo sabía de su propio origen, lo que resolvió antes de aquella noche y qué parte de su última confesión pertenecía a la verdad estricta o al molde de la interpretación judicial.
