La señora Cooke había acudido en busca de dinero. Se vio, en cambio, retenida dentro de un banco. Su esposo regentaba unas salas de billar en el número 358 de Strand y le había encomendado los billetes recibidos la víspera para que los canjeara ante los establecimientos obligados a su pago. Algunas gestiones habían prosperado. En la firma Glyn y asociados, en Lombard Street, uno de los billetes interrumpió la ronda. Aquel pedazo de papel, presentado como un valor de cinco libras del banco de Salop, suscitó explicaciones y requirió luego la presencia del marido. Fue preciso relatar la velada de juego antes de que el matrimonio pudiera marcharse.
El parroquiano del que provenían los efectos respondía al nombre de Richard Moore. Tenía treinta años. En la relación que Pelham ofrece de su juicio londinense de febrero de 1841, el individuo pertenecía a una familia irlandesa acomodada y había recibido, al alcanzar la mayoría de edad, rentas suficientes para vivir con desahogo. El compilador le atribuye una juventud disipada, primero en su tierra natal y más tarde en Londres, achacando gran parte de su quebranto al tapete. Tal semblanza preparaba los alegatos de la defensa. Los hechos sometidos a los jurados, por su parte, versaban sobre billetes, pagos y las cartas redactadas cuando ya no fue factible hacer pasar aquel papel por dinero contante.
El 31 de enero, Moore había entrado en la casa de Cooke acompañado por un asiduo del local. Se jugaba allí al loo. Durante la noche alternó ganancias y reveses, y cubrió sus primeras pérdidas con billetes de bancos provinciales que guardaban la apariencia de billetes ordinarios. Cooke le concedió adelantos. Al marcharse, Moore le adeudaba treinta libras. Extendió un reconocimiento de deuda y fijó su domicilio en el Wright’s Hotel, en Strand. Nueve de los billetes aportados habían motivado asimismo que el hostelero le devolviera cambio en metálico.
A la mañana siguiente, la señora Cooke marchó a convertirlos. Aquel trayecto por la City mudó la naturaleza del débito: el cliente no sólo debía treinta libras a un garito de juego; los pagos allí efectuados comprometían en adelante a quienes habían aceptado su papel. Tras las explicaciones dadas por el matrimonio en la entidad bancaria, un mozo del hotel Fricour, en Leicester Square, llevó una misiva de Moore. La dirección facilitada al término de la partida no coincidía con aquella desde la que escribía entonces.
En dicha carta, Moore manifestaba su pesar. Afirmaba haber descubierto que los billetes eran falsos y aseguraba su intención de indemnizar a Cooke más adelante. Sostenía haberlos recibido la antevíspera de manos de un antiguo condiscípulo, en pago de una apuesta hípica. Tal era su descargo, mas no el origen acreditado de los valores. Cooke se personó en el hotel junto a Forrester, el agente comisionado para dar con el jugador. Lo hallaron en el salón del café. A decir de Pelham, Moore no intentó huir ni negó la culpabilidad que se le imputaba al ser arrestado.
Las pesquisas toparon entonces con una singularidad. Los grabados de los billetes no constituían toscas imitaciones: procedían de las mismísimas planchas abiertas para los bancos cuyos nombres figuraban al frente. Lo que viciaba su legitimidad residía en otra parte. Las menciones preceptivas para su puesta en curso, en particular las firmas, habían sido añadidas fraudulentamente. Una estampación auténtica podía convertirse así en billete espurio, dotado de un dibujo exacto y de una promesa de pago desprovista de valor.
Los grabadores Perkins y asociados, establecidos en Fleet Street, explicaron su proceder gremial. Solían remitir a los bancos de provincias pruebas de sus planchas a modo de muestras de su pericia. Aquellos pliegos iban adheridos a cartones gruesos. Los ejemplares empleados por Moore habían sido desprendidos de su base. Como el papel de impresión resultaba demasiado fino para equipararse al de un billete en curso, se le había pegado una segunda hoja al dorso. La superposición confería al conjunto una consistencia más verosímil. Las rúbricas, en cambio, no habían sido todas copiadas de billetes verdaderos; algunos nombres ni siquiera coincidían con los de los administradores de los bancos emisores.
Pelham deja en suspenso el modo en que tales pruebas fueron a parar a manos del encausado. El proceso material quedaba descrito; su cadena de abastecimiento, en absoluto. Correspondía a los jurados pronunciarse sobre su puesta en circulación y sobre la conciencia que Moore tenía de su carácter fraudulento. Su letrado, C. Phillips, propuso encuadrar aquellos pagos en el ambiente donde habían sido admitidos. Su patrocinado, arguyó, había sido desplumado por tahúres e intentó recuperar lo que le habían hecho perder mediante ardides deshonestos, ciertamente, pero afines a los de sus contrincantes.
Phillips trajo a colación aquellos billetes falsos de los que, según él, se servían las casas de juego para engatusar a sus víctimas. Apeló sobre todo a la misiva cursada a Cooke: aquella advertencia espontánea debía granjear a su defendido cierta conmiseración. Los jurados no lo absolvieron. Lo declararon culpable, si bien recomendándolo a la clemencia judicial por el motivo esgrimido por la defensa. El relato del jugador arruinado había obtenido dicha recomendación; no por ello los billetes resultaban pagaderos.
Pesaba sobre Moore una segunda acusación. Afectaba a dos billetes de cinco y diez libras presentados como fondos del banco de Boston. Los hechos eran anteriores a la velada en casa de Cooke: se remontaban al 28 de enero, en un garito regido por Thompson en el número 7 de Leicester Square. Moore había preguntado si había partida y a cuánto ascendía la banca. Le informaron de que sumaba ciento treinta libras. A falta de otro contrincante, Chappell, empleado del local, consintió en jugar contra él.
Las pérdidas se sucedieron con presteza. Chappell le ganó setenta libras, satisfechas con billetes de provincias. Moore declaró hallarse sin fondos, inquirió si la sala permanecería abierta y regresó cerca de un cuarto de hora después. Thompson se encontraba ya presente. Hacia las cuatro de la madrugada, el jugador había cedido otras setenta y cinco libras. Pretendió salir en busca de más caudales. El dueño vaciló: la hora habitual de cierre había expirado. Moore salió, empero, y regresó hallándose la puerta atrancada. Protestó y exigió su desquite. Chappell acabó por franquearle la entrada.
A las nueve de la mañana, conforme a la crónica compilada, se habían perdido trescientas ochenta libras suplementarias. Moore entregó dos letras bancarias de Mánchester, una de trescientas libras y otra de ochenta, antes de retirarse. Thompson y Chappell acudieron luego a descontar los billetes provinciales percibidos durante la noche. Por algunos obtuvieron numerario ante un comerciante en metales preciosos de Cheapside, previa retención de un dos y medio por ciento. En otros bancos, su sola exhibición les acarreó el arresto. Se repetía el mismo itinerario: pagos aceptados en torno al tapete se tornaban sospechosos frente a la ventanilla. Ambos hombres recobraron la libertad tras dar razón de su procedencia.
Al ser prendido Moore, portaba otra carta, destinada a Thompson. En ella aseguraba, nuevamente, haber descubierto que había sido burlado y que había pagado con papel falso. Proponía letras de cambio a diversos vencimientos para saldar la cantidad debida. La defensa reiteró los argumentos ya expuestos; el segundo veredicto fue igualmente de culpabilidad.
El juez Coltman adoptó una interpretación contraria a la del jugador desvalijado. La posición social y la educación de Moore agravaban a sus ojos el delito. En una nación mercantil, razonó, no cabía tratar con ligereza la falsificación de los instrumentos sobre los que descansaba el comercio. Pronunció sentencia de quince años de deportación penal. La compilación no sigue el rastro del condenado más allá de este fallo. Quedan de él dos cartas de arrepentimiento y unas pruebas de grabador transmutadas en dinero: en torno a las mesas de juego, Moore había podido seguir perdiendo; ante la ventanilla, alguien debía responder de lo entregado para pagar.
