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Justicia y escándalos · Austria

El paquete de «delicatessen»

Viena y Galitzia, 1859–1860. Tras la desaparición de Karl Hurk, un baúl expedido como mercancía permanece sin destinatario hasta que en su interior se descubre un cadáver. La caligrafía de las cartas, los efectos reconocidos por la familia y las mentiras del dependiente Johann Schmidt vinculan el envío con el depósito vienés. El tribunal lo condena a cadena perpetua; Maria Bichl recibe cuatro años por complicidad en el robo, mientras que su hermana Rosa es absuelta por falta de pruebas concluyentes.

El 20 de enero de 1860, en Rzeszów, un baúl devuelto intacto desde Lemberg comenzó a exhalar una fetidez tan insoportable que la casa de transportes Reich y Kraus mandó llamar a su aprendiz de cerrajero para forzarlo. La guía anunciaba lámparas de araña, porcelana y «delicatessen»; el conocimiento de embarque cifraba el peso en ciento sesenta y una libras y el valor del contenido en doscientos florines. El aprendiz reventó la cerradura. En el interior del cofre, comprimido entre ropa blanca y algodón, yacía un hombre en avanzado estado de descomposición, con el cráneo destrozado.

Hacía casi un año que Karl Hurk se había desvanecido sin dejar señas. El 14 de marzo de 1859, su hermano Joseph lo había visto en Viena, ocupado en las tareas de caja y contabilidad del negocio familiar. La firma explotaba una fábrica de maquinaria y fundición en Leobersdorf, un taller de dorado y un almacén de venta en la Bischofgasse. Karl debía reunir los fondos necesarios para los pagos del día siguiente. En casa de Pichikal retiró 6200 florines en billetes y cobró asimismo una letra de doscientos florines; hacia las cinco de la tarde, otro testigo lo vio presentar en la casa Pollak una letra de mil florines por cuenta de la empresa.

No volvió a vérsele. El 15 de marzo no acudió al almuerzo. El director Rudolf Schönwetter recabó noticias entre los empleados, acudió a los depósitos donde se reconocía a los ahogados y telegrafió a Leobersdorf. Joseph Hurk llegó a Viena. Las ropas, la lencería y los papeles de su hermano permanecían ordenados en su sitio; solo faltaban Karl, su cartera, su reloj, su leontina, su sello y el dinero que llevaba consigo. La posibilidad de una huida con la caja no tardó en cobrar fuerza entre los acreedores, pues el comercio vienés atravesaba horas críticas; el propio Joseph temió que semejante eclipse precipitase la ruina del negocio. Se negaba, no obstante, a creer que su hermano hubiese abandonado a los suyos.

La primera sospecha recayó en Johann Schmidt, el dependiente que trabajaba a las órdenes de Karl en el depósito. El día en que Joseph le preguntó por el paradero de su superior, Schmidt se turbó. Adujo, no obstante, haber pasado la velada con Maria Bichl, su amante; tanto ella como su hermana Rosa corroboraron que el mozo se había reunido con ambas tras el cierre. Un agente de policía las interrogó. Maria y Rosa fingieron al principio no conocer a ningún Schmidt, para luego admitir que lo trataban con el nombre de «Jean». Cuando el pesquisa regresó acompañado por él, sostuvieron que había acudido como de costumbre. Semejante coartada desvió provisionalmente la investigación.

Schmidt no cesaba de propalar que Karl había huido con el dinero. Según a quién se dirigiera, hablaba de seis a ocho mil florines, y aun de veinte mil; a la portera le juraba que su antiguo jefe había embarcado rumbo a América. Ante el desasosiego de Joseph, el joven dependiente se presentaba como el amigo más leal del ausente. Partió durante un tiempo a Moravia, donde derrochó caudales a manos llenas e hizo correr la voz de que Maria era hija de un rico hacendado. De vuelta en Viena, fue mantenido en su puesto dentro de la empresa, pese a las fundadas sospechas de malversación que ya gravitaban sobre él. Joseph albergaba aún la esperanza de que arrojara alguna luz sobre el destino de su hermano.

No fue una delación lo que reabrió la causa, sino un bulto olvidado en el engranaje del transporte. En Viena, un baúl adquirido en las inmediaciones del depósito había sido consignado al ferrocarril. El 15 de marzo partió facturado a nombre de Joachim Poppe, con destino a Praga, bajo la declaración de «lámparas de araña, porcelana y delicatessen». El destinatario consignado no era Poppe, sino Johann Treffler, hostelero del Blaue Stern, quien no aguardaba remesa alguna de tal naturaleza y dejó el aviso sin retirar. Una misiva rubricada por el falso remitente solicitó más tarde que el fardo fuese reenviado más lejos, a Galitzia. De Praga pasó a Rzeszów, y de allí a Lemberg; nadie acudió a reclamarlo. El comerciante David Mahl acabó por devolverlo a la casa de tránsito Reich y Kraus.

Cuando el cajón regresó a Rzeszów, la marca roja estampada en Viena resultaba aún perceptible y el candado no había sido forzado. La autopsia determinó que el interfecto había recibido en vida múltiples golpes violentos en la cabeza, propinados con un instrumento contundente, acaso una barra o una pesada herramienta de hierro. Uno de los impactos le había hundido el lado izquierdo del cráneo. Entre la lencería que lo envolvía, los peritos repararon en unas iniciales y una cifra: «C. H. 20»; una toalla ostentaba idéntica marca. Un funcionario que trataba a la familia Hurk ató cabos y previno de inmediato a Joseph. Este reconoció el cadáver de su hermano por la corpulencia, el bigote, las manos y, muy especialmente, por una pieza dental con un empaste reciente. La camisa marcada faltaba, en efecto, de su ajuar desde el día de la desaparición.

El conocimiento de embarque y la orden de reexpedición exhibían trazos caligráficos que recordaban de modo flagrante los de Schmidt. Joseph reconoció asimismo el baúl comprado por su dependiente. El reloj y la leontina de Karl fueron hallados en poder del propio Schmidt; varias prendas ensangrentadas habían pasado por manos de Maria Bichl, quien, según las conclusiones que más tarde sentarían los jueces, no ignoraba que tales despojos provenían de un homicidio. El pretendido «Michael de Berlín», a quien Schmidt imputaba los golpes mortales, no resistió el cotejo de las pesquisas. Había fantaseado con un cómplice prusiano, pero el rastro condujo en realidad hasta Friedrich Tuschhof, viajante de comercio con quien había coincidido en Viena. Este relató que Schmidt le había propuesto transportar un baúl cerrado hasta la frontera rusa a cambio de doscientos florines y los gastos de viaje. Tuschhof había rehusado; poco después tuvo noticia de que Karl se hallaba en paradero desconocido.

La concatenación de indicios cercó el almacén, el dinero, el cofre y al dependiente. Faltaba, sin embargo, el testimonio presencial del crimen. El sumario judicial situó la muerte en el local mercantil durante la noche del 14 de marzo, en tanto que las piezas procesales demostraban la última presencia indubitada de Karl en la ciudad, las heridas letales, el traslado del cuerpo y la sustracción de sus efectos personales. Schmidt negó haber dado muerte a su principal. Se obstinó en sostener que Karl había sido acometido por el «berlinés» y que él se había limitado a encubrir el cadáver; explicaciones movedizas que los magistrados desecharon de plano.

Maria Bichl reconoció haber recibido ropas manchadas y otros efectos, para luego hacerlos desaparecer. Sabía, coligió el tribunal, que Schmidt había ultimado y facturado el cuerpo, mas no se logró probar que hubiese conocido de antemano el designio homicida. Rosa Bichl, por su parte, compareció acusada de haber intervenido en la ocultación; la sala consideró insuficientes los indicios para acreditar que hubiese escuchado las conversaciones o que conociese el origen ilícito de los bienes. Las dos hermanas no compartieron, pues, la misma suerte ni el mismo veredicto.

La vista pública dio comienzo el 30 de mayo de 1860 ante el tribunal criminal de Viena. Diversos testigos reconstruyeron las postreras horas de Karl, el arqueo de la caja, los conocimientos ferroviarios y los pasos de Schmidt; los facultativos pormenorizaron las lesiones halladas en Rzeszów. El 5 de junio, el tribunal criminal de Viena, constituido por cinco magistrados, dictó sentencia. La opinión pública la tildó de benévola; según la glosa jurídica del compilador, la legislación de la época vedaba la pena capital cuando la culpabilidad descansaba en meros indicios y no en la confesión del reo. Schmidt fue declarado culpable de asesinato perpetrado para robar y de malversación, y condenado a cadena perpetua en régimen de prisión rigurosa. Debía, asimismo, indemnizar a Joseph Hurk.

Maria fue condenada por su participación en el robo, mas no en el homicidio, a cuatro años de reclusión severa (*Kerker*); resultó absuelta del cargo de complicidad en el asesinato por no existir prueba de que conociera el plan antes de su consumación. Rosa fue puesta en libertad, si bien la insuficiencia probatoria no quedó formulada como una declaración terminante de inocencia. Tanto el ministerio fiscal como los penados apelaron. El 24 de julio, el tribunal superior confirmó lo sustancial del fallo, limitándose a matizar los términos relativos a Rosa: fue declarada no punible por falta de pruebas bastantes, en lugar de ser exculpada de manera taxativa de todo auxilio en el despojo.

Los raíles habían conducido el cofre mucho más allá de las ciudades donde aún se buscaba a Karl con vida. No habían logrado, empero, borrar las iniciales de su lencería, los trazos de las cartas ni la derrota mercantil del envío. Ante los jueces, el supuesto viajero de Berlín quedó reducido a una fábula; la pena, por su parte, se atuvo estrictamente a las certidumbres que pudieron acreditarse y a las lindes que el derecho de aquel tiempo imponía a sus conclusiones.

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Acaba de leer el relato completo de este caso histórico. Nos inspira tres proyectos de ficción aún por escribir. ¿Cuál le gustaría ver publicado? Su voto guiará a AB Éditions.

novela corta

El baúl regresado de Galitzia

En una ciudad ferroviaria imaginaria, un bulto sin destinatario regresa a su punto de partida tras meses de errancia. El empleado postal que lo recibe reconoce en la etiqueta la caligrafía de un oficinista desaparecido y alerta a una joven pasante de juzgado. Esta sigue el rastro del envío a través de tres estaciones, mientras un testigo se retracta y una viuda intenta proteger a su hermana. Esta novela corta policial inventa el crimen, los personajes, los indicios y el proceso; pone en escena el modo en que un itinerario comercial puede transformarse en una prueba de cargo.

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novela

La cuenta del dependiente

Esta novela de ficción rigurosa sigue a un empleado bancario a quien acusan de haber asesinado a su socio antes de hacer desaparecer sus libros contables. Una caja metálica cambia de manos entre el puerto, una posada y una casa de subastas; cada traslado añade un testigo que cree no haber visto más que un pormenor insignificante. Una abogada descubre que las firmas fueron imitadas por dos personas distintas. Los personajes, lugares, el delito y el veredicto son ficticios. La narración indaga en la duda judicial y en la responsabilidad de quienes aceptaron objetos ignorando su procedencia.

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Las tres expediciones

Esta trilogía policíaca de ficción enlaza tres paquetes sospechosos a lo largo de varias generaciones. En el primer volumen, un baúl regresa de una isla sin haber sido abierto; en el segundo, un envío postal oculta un libro de actas desaparecido; en el tercero, un cajón de mercancías saca a la luz la doble contabilidad de una compañía. Una misma investigadora de estirpe transmite los expedientes a sus sucesores, quienes deben deslindar la complicidad, la imprudencia y el mero azar. Cada entrega cuenta con sus propios personajes, indicios y desenlace. Nada se retoma del caso de Karl Hurk ni de su verdugo.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La transcripción mediante OCR alterna las grafías Hurk y Hurtz para Karl y Joseph; la presente crónica adopta Hurk, forma predominante en el título y en los pasajes nucleares del texto de origen. La sentencia del 5 de junio condenó a Schmidt; el recurso de apelación del 24 de julio ratificó lo sustancial del fallo, introduciendo un matiz técnico en la absolución de Rosa. La pena capital quedaba excluida en este procedimiento al fundarse en una prueba indiciaria exenta de confesión.

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