En Magdeburgo, la mesa familiar se convirtió en el escenario de una pesquisa judicial. Un pastel preparado para una tía enferma, un polvo blanco cuyo uso nadie conocía aún y, más tarde, el examen retrospectivo de la muerte anterior de la segunda esposa de Bernhard Hartung: las sospechas no cobraron su forma definitiva hasta que el propio comerciante hubo relatado, y luego desmentido, una parte de la historia. En el proceso, no se trataba únicamente de averiguar quién había manipulado el veneno. Era preciso dirimir qué muertes podían atribuirse a un asesinato y cuáles quedaban fuera del alcance del tribunal.
Hartung era comerciante. El relato del Neuer Pitaval lo presenta como un hombre instruido, desenvuelto en los negocios y capaz de componer al piano; su familia no lo tenía por un extraño. Emma Schröder, su tía materna, acudía a aquella casa y compartía las comidas. Tenía cuarenta y dos años. Las memorias recogidas por el compilador la muestran querida por sus allegados, si bien estas páginas fueron redactadas con posterioridad a los hechos y entreveran declaraciones testificales, autos judiciales y reflexiones del propio autor. Con esta obligada reserva conviene seguir el relato de la primera muerte.
En enero de 1852, Emma se hallaba indispuesta. El día 21 le sirvieron una preparación dulce que Hartung había elaborado y ofrecido con la intención expresa de reponerla. El capítulo describe una crema o masa de repostería, denominada en el relato «Baiser», a la cual se había añadido arsénico. Los comensales ignoraban que se hubiera incorporado una sustancia letal. Emma la probó; poco después, su estado alarmó a cuantos la rodeaban. El texto refiere las llamadas de auxilio dirigidas a la tía y los esfuerzos por comprender lo que le sucedía, pero tales pormenores proceden de la narración retrospectiva del Pitaval: no deben convertirse en diálogos fidedignos más allá de lo que transmite la fuente.
Emma falleció al día siguiente, el 22 de enero. En un principio, la enfermedad aún podía ofrecer una explicación verosímil. La medicina legal alteró por completo la naturaleza de la causa. El examen del cadáver reveló signos característicos del envenenamiento por arsénico; los pesquisas repasaron las comidas, las visitas y las relaciones del hogar. Hartung no tardó en ser interrogado. Confesó haber mezclado veneno en la preparación. Esta primera admisión de culpabilidad no disipó los interrogantes: ¿por qué aquella tía, por qué en ese instante preciso, y pretendía acaso apoderarse de su dinero? La crónica vincula el acto con intereses crematísticos y pólizas de seguros, pero resulta indispensable distinguir lo que el sumario judicial acredita de la interpretación psicológica añadida por el compilador.
Parte del trasfondo económico se perfilaba en una correspondencia anterior al crimen. Tras la muerte de Marie, acaecida en julio de 1850, Hartung había reclamado a la compañía aseguradora la liquidación de la póliza y apremiado para percibir un anticipo de quinientos táleros. Las misivas revelan a un hombre que discutía plazos y cláusulas con la minucia propia de un mercader; el compilador destaca asimismo que presionó a la entidad hasta obtener el cobro íntegro. Ello no constituía, por sí solo, indicio incontestable de delito. No obstante, cuando los investigadores sacaron a la luz más tarde los compromisos comerciales de Hartung y sus apremios de liquidez, aquellas cartas adquirieron otro cariz: aportaban un marco verificable a la hipótesis del móvil, sin probar por sí mismas el envenenamiento de una u otra mujer.
Hartung había abandonado con posterioridad una actividad mercantil y vendido su residencia. Había contraído segundas nupcias con Alwine Schütze para asociarse después con Haßfurth a fin de adquirir un negocio. Debía aportar varios miles de táleros en un vencimiento estipulado. La narración sitúa el fallecimiento de Emma en el momento en que dicha obligación se aproximaba y las disponibilidades de Hartung volvían a menguar. La acusación podía formular así un móvil plausible; la defensa podía replicar que una penuria económica no prueba un asesinato. Tal distinción, soslayada con frecuencia en las crónicas de crímenes célebres, se mantuvo en el centro del debate probatorio: se juzgaban hechos acreditados, no la catadura moral que la prensa ya había condenado.
Acreditado el envenenamiento de Emma, las pesquisas retrocedieron hacia un óbito anterior. Marie Braconier, segunda esposa de Hartung, había expirado en julio de 1850 tras padecer una dolencia. Su cuerpo fue exhumado y sometido a peritaje. Los facultativos apreciaron indicios compatibles con una intoxicación, pero la dificultad radicaba precisamente en lo que pesaría ante los jurados: un vestigio de arsénico y un deceso no bastaban para demostrar que el veneno hubiese sido la causa determinante de la muerte. La crónica señala que Hartung había reconocido haberla envenenado, así como a la criatura que llevaba en su seno, en una confesión previa; semejante declaración fue más tarde impugnada y retirada. En la vista pública, el ministerio fiscal debía aportar una prueba concluyente que el examen cadavérico no brindaba con la misma certeza que en el caso de Emma.
Los meses de reclusión depararon testimonios fluctuantes. Hartung redactó memoriales, explicaciones y, de manera alterna, declaraciones de culpabilidad y vehementes protestas de inocencia. Aseguró que los instructores le habían inducido las respuestas y que había acabado por suministrarles el relato que aguardaban. Sostuvo asimismo que la muerte de su tía podía obedecer a otra causa. El tribunal no podía reputar por ciertas al unísono todas aquellas versiones, pero tampoco podía desestimar con ligereza las dificultades de la prueba facultativa. La confesión distaba de ser un mero desenlace: se erigía en la materia misma del proceso.
La acusación expuso las muertes sucesivas, los tóxicos descubiertos, el trato de Hartung con ambas mujeres y las declaraciones reunidas a lo largo del sumario. Recalcó la intención dolosa y el posible lucro material. La defensa, por su parte, combatió la fiabilidad de las confesiones y la atribución médica del fallecimiento de Marie. Respecto a este segundo óbito, la distinción resultó determinante. A la tercera cuestión, los jurados respondieron afirmativamente: Hartung había suministrado veneno a Marie con la intención deliberada de causarle la muerte. No obstante, agregaron que no constaba probado que hubiese fallecido por efecto de dicho tóxico. En consecuencia, el tribunal lo absolvió del cargo de asesinato de su esposa. En cuanto a Emma, por el contrario, los jurados apreciaron el asesinato premeditado con circunstancias agravantes.
El fallo, pues, no sancionó todas las imputaciones por igual. Hartung fue declarado culpable del asesinato de Emma Schröder. En lo concerniente a Marie Braconier, los jurados apreciaron el suministro premeditado del tóxico, mas declararon no probado que su defunción se debiera a este; el tribunal lo absolvió consecuentemente del asesinato de su consorte. La primera muerte se insertaba en una concatenación de indicios y comprobaciones que persuadió a los magistrados y al jurado. La segunda permaneció en la incertidumbre médica, a despecho de la confesión pretérita consignada por la crónica. El clamor popular sobre otras posibles víctimas, propagado al calor de la causa, no cristalizó en nuevas condenas: el capítulo puntualiza que tales sospechas jamás fueron probadas en el proceso.
El tribunal dictó la pena capital por el asesinato de Emma. La sentencia fue elevada para su confirmación real, con arreglo al derecho procesal prusiano. Hartung continuó impetrando la atención de las autoridades y sosteniendo su versión exculpatoria; tales diligencias no impidieron que el soberano ratificara el fallo. El 2 de diciembre de 1853 fue ejecutado por decapitación en Magdeburgo. El relato refiere que conservó la serenidad hasta el último instante y que reconoció entonces el asesinato de su tía; los pormenores de esta postrera confesión pertenecen al testimonio transmitido por el Pitaval y deben recibirse con igual cautela crítica.
La mesa donde Emma probó el pastel no reveló por sí sola toda la verdad jurídica. Cerca de dos años de sospechas, exhumaciones, peritajes forenses y confesiones desdichas se requirieron para deslindar dos muertes que la acusación pretendía fundir en un mismo designio. Recayó condena por el asesinato de Emma. En la causa de Marie, los jurados dieron por probado el suministro premeditado de veneno, pero la relación de causalidad entre este y el óbito no pudo establecerse; el tribunal absolvió a Hartung del asesinato de su esposa. La justicia rehusó transmutar los rumores en certezas procesales. Mantuvo, empero, en el caso de Emma, una certidumbre suficiente para conducir a un hombre al patíbulo.
