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Justicia y escándalos · Alemania (Hesse-Darmstadt y Baden)

El profeta y la frontera

Heddesheim–Viernheim, 1854–1855. Peter Träger, un joven que reconoce haber fingido trances proféticos, es acusado de asesinar a Valentin Schäfer a instancias de su esposa Élisabetha. Tras un secuestro transfronterizo y dos procesos judiciales distintos, un jurado de Hesse-Darmstadt lo condena a diecisiete años de trabajos forzados, computándole un año de prisión preventiva.

El domingo 19 de febrero de 1854, un transeúnte tropezó en la oscuridad con un cuerpo tendido en el camino que unía Heddesheim con Viernheim. El alcalde de Heddesheim acudió a examinar los despojos, pero la gravedad de las heridas los hacía irreconocibles. De regreso, llamó a la puerta de una casa donde aún ardía una lumbre: era la morada de Valentin Schäfer, quien no se encontraba allí. Su esposa exclamó: «¡Ah, ojalá no sea mi marido!» La identidad del cadáver no se confirmó como la de Schäfer hasta bien entrada la noche. Las sospechas no tardaron en recaer sobre un muchacho al que acudían a pedir milagros: Peter Träger, el profeta de Viernheim.

Träger aún no había cumplido los veinte años. Desde hacía algún tiempo, congregaba en Viernheim a centenares de devotos oyentes. Aseguraba caer en un profundo sopor, del cual despertaba relatando visiones de ángeles y exhortaciones a la penitencia. El párroco Baumann declaró ante el tribunal que el joven pregonaba el fin del mundo y describía a un ángel que lo había transportado por los aires sobre el Rin. El médico de distrito Stubenrauch, intrigado en un primer momento, advirtió luego que las convulsiones anunciadas carecían de signos físicos concluyentes. Terminó por considerarlo un impostor ingenioso, dotado de una imaginación viva y de un singular ascendiente sobre la muchedumbre.

El proceso brindó a Träger la ocasión de describir por sí mismo su cometido. Refirió que a los catorce años había padecido unas fiebres a las que siguieron ensueños místicos, mas admitió que, con posterioridad, simulaba dormir para retener a sus visitantes y conservar las dádivas que estos le ofrendaban. No se trataba, por ende, de dilucidar la veracidad de sus visiones; la cuestión judicial atañía a su grado de complicidad en el asesinato de Valentin Schäfer. La fe de sus fieles, el lucro que de ella obtenía y el crimen componían el mismo telón de fondo, sin constituir por ello una sola y única prueba.

Schäfer era un acomodado propietario de Heddesheim, casado con Élisabetha. La crónica del Pitaval presenta su matrimonio como una unión desdichada y atribuye a la joven un claro dominio sobre su esposo; semejante retrato pertenece al cronista. Las deposiciones de los testigos y las propias declaraciones de Träger demostraron que este frecuentaba la casa, que la esposa le colmaba de regalos y que sus relaciones íntimas habían comenzado antes del fallecimiento de Schäfer.

La mujer mostraba un fervoroso interés por las profecías de Träger y participaba en las devociones que se celebraban en su aposento. Ciertos testigos declararon haberla visto orar a solas en una pequeña capilla; otros aseguraron que bailaba con él y que acudía con frecuencia a su encuentro. En su deposición, Träger reconoció una relación íntima y afirmó que Élisabetha le había prometido un porvenir compartido una vez que su marido hubiera desaparecido. El patrimonio de Schäfer debía revertir en su viuda, quien lo estimaba en unos veinte mil florines, si bien otras tasaciones aportadas durante la vista arrojaban sumas muy inferiores.

El designio homicida, según las confesiones de Träger, adoptó al principio la forma de plegarias para que Dios se llevara a Schäfer. Al comprobar que estas resultaban estériles, Élisabetha y su tía Schrönelsäcker habrían sopesado otros arbitrios. Träger relató que se barajó el ahorcamiento, una caída fortuita desde un desván y, por último, el veneno. Adquirió matarratas en la botica de Pirsch. Un brebaje mezclado con los alimentos hizo enfermar a Schäfer sin causarle la muerte; un testigo confirmó que el café o la sopa le habían sabido amargos. Tales episodios procedían de las confesiones y del sumario resumido por el cronista, no de una autopsia que demostrase formalmente el envenenamiento.

El domingo en que se consumó el crimen, tras una reunión de oración en casa de Träger, ambas mujeres se apartaron con él para ultimar los detalles del plan. Al anochecer, según la deposición del reo, la joven pidió a su esposo que fuera a buscar unas gotas a la botica de Viernheim. Schäfer consintió en marchar en compañía de Träger. Antes de salir, ella le quitó a su marido el capote nuevo y le vistió con uno viejo; Träger refirió que le dio a entender que la prenda flamante quedaría para él. Asimismo, le entregó un cuchillo y una pequeña hacha, encomendándole que perpetrase el hecho en territorio badense, donde los gastos de sepultura resultaban menos gravosos.

Ambos hombres abandonaron Heddesheim en dirección a Viernheim. Träger relató que caminaba al lado de Schäfer, con el pecho agitado por los latidos, vacilando en varias ocasiones antes de empuñar el hacha. Al aproximarse al linde entre ambos Estados, le asestó por la espalda un golpe en la cabeza. Schäfer cayó; Träger le descargó nuevos golpes y huyó después a través de la nieve hacia Viernheim. El cadáver fue hallado en el camino, en la parte badense de la frontera. El reconocimiento pericial reveló múltiples heridas craneales. Ningún accidente ni caída fortuita podía explicar semejante muerte.

Cerca del lugar, los pesquisidores encontraron una herramienta ensangrentada; bajo una teja de la morada del sospechoso se descubrió un cuchillo. El vecindario ya murmuraba acerca de la conducta de la esposa y del joven profeta. Élisabetha fue apresada al día siguiente, pero Träger residía en territorio hesiano. Cerca de una semana después del homicidio, unos emisarios llegados de Baden lo sorprendieron en una taberna, lo obligaron a salir y se lo llevaron por la fuerza en un carruaje. El cronista describe la maniobra como un secuestro transfronterizo; las autoridades de Hesse protestaron en el acto y exigieron la restitución de su súbdito.

Recluido en Heidelberg, Träger cayó enfermo de tifus. En la noche del 14 de mayo, en medio de una violenta tempestad, despertó a su carcelero y le confesó el asesinato. Ratificó su testimonio ante el juez al día siguiente. Tiempo después se retractó, aduciendo que había confesado en Baden con el propósito de ser conducido a Hesse y recobrar allí la libertad. Más tarde revocó dicha retractación. La crónica añade que ora manifestaba remordimiento por su acción, ora exteriorizaba su enojo por haber confesado. Tal volubilidad forzó a los magistrados a confrontar la confesión con los restantes elementos materiales, sin juzgarla de manera aislada.

La justicia badense instruyó la causa con detenimiento. Träger no fue juzgado en Mannheim por el homicidio: el proceso incoado allí afectaba a Élisabetha Schäfer y a su tía. En las vistas de Mannheim, el jurado declaró a ambas culpables en grado de complicidad; Élisabetha fue condenada a reclusión perpetua y Schrönelsäcker a doce años de trabajos forzados. Cumplido este trámite, Träger fue entregado a las autoridades de Hesse-Darmstadt, que lo condujeron ante su propia audiencia provincial.

En Darmstadt, las sesiones se celebraron los días 19 y 20 de octubre de 1855. Comparecieron treinta y tres testigos; el cronista anota que cerca de trescientas personas habían comparecido a lo largo de la instrucción. El ministerio fiscal le acusó simultáneamente de tentativa de envenenamiento y de asesinato consumado. Träger no negó haber herido de muerte a Schäfer. Explicó que había resistido largamente a las instancias de Élisabetha, para ceder al cabo ante la promesa de una herencia y un posterior casamiento. En la declaración transcrita en autos, afirmó que Schäfer, tras caer al suelo al primer embate, le imploró compasión; Träger reconoció haberlo golpeado de nuevo para impedir que lo delatara.

El jurado lo halló culpable de ambos cargos. El ministerio público solicitó dieciocho años de trabajos forzados, requiriendo que se dedujese un año por haber permanecido en prisión provisional sin falta imputable a su parte desde el 26 de febrero de 1854 hasta el 20 de octubre de 1855. El tribunal falló diecisiete años de trabajos forzados, con abono de una anualidad preventiva, apreciando como circunstancias atenuantes su corta edad, el ascendiente ejercido por Élisabetha y su confesión. La justicia no disculpó al visionario ni a sus cómplices, mas tampoco convirtió los delirios místicos en causa directa del delito. En Viernheim, el joven había hallado en el fervor público un auditorio y cuantiosos réditos; en Heddesheim, la codicia del oro y la promesa de una nueva existencia le pusieron el hacha en las manos. El tribunal juzgó los hechos consumados, el concierto criminal y la confesión, desentendiéndose al fin de aquella raya fronteriza que la pesquisa había quebrantado por la fuerza antes de reintegrar al reo al fuero de sus jueces naturales.

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El marco histórico y nuestra parte de reconstrucción literaria

La crónica original fue redactada por un compilador que ridiculiza las devociones populares, juzga moralmente a los encausados y aventura apreciaciones psicológicas. El presente relato distingue dichas opiniones de las deposiciones testificales, las confesiones transcritas, las sentencias y las condenas. La causa abarca un primer procedimiento en Mannheim contra Élisabetha Schäfer y su tía, seguido del juicio a Träger en Darmstadt; los fueros y las respectivas responsabilidades no se confunden. El material de archivo presenta discrepancias ortográficas en los nombres y una discordancia de fechas respecto a la vista de Mannheim (1855 en la cronología, 1865 en un fragmento impreso), la cual se consigna en el texto sin precisión de día. La fuente transcribe el término para el municipio vecino como «Viernheim»; se mantiene la grafía contemporánea Viernheim a lo largo de la narración, preservando la del volumen en las referencias documentales. En su deposición, Schäfer implora que le perdonen la vida tras el primer hachazo, sin que conste en autos que ofreciera entonces sus posesiones.

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