Según Charles Horne, la cabalgata nocturna hacia Annesley concluyó cuando William le ordenó aguardar en el camino; su hermano mayor se alejó con el saco donde yacía una criatura de tres días de vida. Transcurrieron decenios antes de que Charles relatara semejante escena ante un jurado. En las assizes de Nottingham, la causa descansó sobre el recuerdo de un antiguo hallazgo y sobre una interrogante mucho más espinosa: ¿por qué rompía el silencio precisamente entonces?
El panfleto de 1760 sitúa a los hermanos en la casa paterna de Butterly, en Derbyshire, y el abandono del fardo en la parroquia de Annesley, perteneciente a Nottinghamshire. Abre, no obstante, con una discordancia que conviene dejar al descubierto. Su portada anuncia un asesinato perpetrado en 1724; el acta de acusación y el testimonio de Charles fechan el suceso a mediados de febrero de 1724, especificando la acusación que se trataba de un varón de tres días. La introducción, por su parte, refiere que en la primavera de 1727 una muchacha de la familia habría dado a luz a un niño que fue hallado más tarde bajo un pajar. El folleto no concilia semejante desfase. El proceso versó formalmente sobre el infante varón de tres días y la incriminación de febrero de 1724; el episodio de 1727 permanece como una versión introductoria divergente, no como un hecho asimilable al procedimiento judicial.
Cuando el chiquillo fue descubierto, según los testigos comparecientes en 1759, el saco se hallaba bajo un montón de heno perteneciente a John Gellstrop. John Wootton, que acudía a cebar al ganado, habría tanteado el bulto con su horca antes de arrojarlo por encima de un seto. Thomas Limb relató que abrieron el costal en su morada y que su esposa extrajo de él a un niño muerto, ya yerto. Mary Hall recordaba haberlo sostenido arrimado a la lumbre, frotándolo en un vano intento por reanimarlo. John Weightmen, tras examinar el cuerpecillo, no apreció marcas ni contusiones; dictaminó que el frío y la intemperie habían provocado el deceso. Aquellos hombres podían dar fe del hallazgo y del estado aparente de la criatura; ninguno afirmó haber presenciado quién había deslizado el saco bajo el heno.
La respuesta a esta incógnita procedía, en el expediente impreso, del testimonio de Charles. Declaró que a mediados de febrero de 1724, hallándose en un aposento de la casa solariega, William vino a buscarlo cerca de las diez de la noche. Su hermano le previno de que debía acompañarlo a caballo. William tomó de la estancia contigua a la cocina al bebé de tres días, tras lo cual ambos se encaminaron a la cuadra. Charles montó a Robin; William tomó una pequeña yegua castaña. Se introdujo a la criatura en un largo saco de tela, calificado en el juicio como saco de lencería. Charles aseveró haberlo sostenido mientras William acomodaba en su interior al recién nacido, anudando después la abertura.
Partieron con rumbo a Annesley, trayecto de cinco millas según la distancia consignada ante el tribunal. Al aproximarse, William inquirió si la criatura aún respiraba. Charles afirmó haber arrimado su rostro al del infante y contestado que sí. Acto seguido, William tomó el fardo, ordenó a Charles permanecer en el camino y desapareció durante cerca de un cuarto de hora. A su regreso, habría manifestado haber depositado al niño junto a una hacina, cubriéndolo con heno. Esta narración distaba de ser una declaración tomada al calor de la muerte: Charles adujo haber guardado el secreto a instancias de su padre, no revelándolo sino decenios más tarde. La tardanza no invalidaba de por sí su testimonio, pero constituía uno de los nudos cruciales del debate.
Charles arguyó que su padre descubrió la trama a los pocos días de la cabalgata, cuando Benjamin Jackson le puso al corriente del hallazgo de un infante bajo el heno. El progenitor, siempre según Charles, le conminó a no pronunciar jamás palabra del asunto. Pese a ello, reiteró la imputación ante terceros mucho antes del arresto: ante John Kelsall, ante conocidos de Derby, ante arrendatarios de William y ante John White, convocado a su cabecera durante una grave dolencia. Diversos declarantes ratificaron que Charles les había hablado del niño, imputando su muerte a su hermano. De tal suerte, acreditaban la antigüedad del rumor; ninguno podía, por la mera repetición de aquellas palabras, certificar lo sucedido en el camino real.
El panfleto transmuta esta revelación en designio providencial y retrata a William como un terrateniente codicioso y abominado. Semejante pintura hostil no equivale a una comprobación judicial. Los autos procesales sitúan la acusación de Charles a raíz de una reyerta con su hermano, en el momento preciso en que ciertos allegados tramitaban una orden para interrogarlo sobre el óbito del infante.
La defensa no tardó en explotar esta quiebra. Numerosos testigos depusieron que Charles había amenazado con llevar a William a la horca, que codiciaba asegurarse una porción de la herencia o que se habría avenido a desistir de declarar a cambio de una suma pecuniaria. Uno aseguró haberle oído desear la muerte de su hermano; otro refirió la frase con la que advertía que «juraría contra su vida» si William no le proveía el sustento. Hubo quienes sostuvieron que Charles había reclamado dinero para emigrar a ultramar o que había denunciado a William movido por pura perfidia. Tales decires se vertieron bajo juramento en el juicio, si bien en calidad de expresiones remotas, preservadas de memoria. Obligaban al jurado a sopesar la credibilidad del delator sin anular por ello el resto de los indicios.
La manifestación más tangible de esta pugna atañía a la conducta de William al iniciarse la búsqueda de la orden judicial. John Turzer, alguacil de Annesley, describió el registro practicado en compañía de sus auxiliares. Se personaron al atardecer sin lograr acceso a la finca, regresando con las luces del alba. Registradas las dependencias, Samuel Roe insistió en forzar un gran arcón de ropa blanca. Conforme al relato de ambos actuantes, la esposa de William consintió al fin en franquearlo y el sospechoso emergió de su interior. Roe declaró que le estrechó la mano mientras este musitaba que Charles era tan culpable como él. La relación impresa expone esta escena a modo de remordimiento culpable; procesalmente, no pasa de ser el testimonio de quienes ejecutaron el allanamiento, lejos de una confesión formal asentada por un actuario.
El libelo consigna otros dichos atribuidos a William. Samuel Smith y Henry Coltman afirman que tildó el asunto de añagaza malévola y que aludió al «Cock-Bag», expresión que remitía al saco descrito por Charles. John Walker refiere cierto comentario en el que advertía de que no se podía ahorcar a Charles sin colgarlo a él al mismo tiempo. En otros pasajes, varios testigos evocan las enérgicas negativas de William. Este entramado verbal carece de la contundencia de una pieza de convicción material: cada elemento se halla tamizado por el recuerdo individual y por la transcripción tipográfica. Su valor probatorio quedó enteramente al arbitrio del jurado, cuyo fallo resume con sobriedad el folleto.
En estrados, la defensa de William resultó lacónica: alegó ignorar cuanto concernía al crimen y proclamó hallarse perseguido por individuos que ambicionaban su hacienda y su vida. El argumento no era baladí. Charles había confesado una participación directa en el traslado de la criatura y sus contradictores sacaban a relucir su interés pecuniario. Con todo, los deponentes de descargo ventilaron sobre todo amenazas y demandas de dinero; el impreso recalca que ninguno aportó testimonio directo sobre la noche del suceso. El expediente que nos ha legado la imprenta carece de estenografía íntegra o de los cuadernos del magistrado. No consiente rescatar las inflexiones de los alegatos, limitándose a consignar las declaraciones que juzgó oportuno preservar.
La vista se abrió el sábado 10 de agosto de 1759 ante el barón en jefe Parker. El pliego acusatorio pormenorizaba los actos achacados a William: introducir a un infante varón, nacido vivo y de tres días, en un costal de lencería, transportarlo hasta un descampado de Annesley para después abandonarlo, exponerlo a los rigores y desampararlo. Se imputaba la muerte a tal sucesión de hechos. William se declaró inocente. La audiencia se prolongó cerca de nueve horas según la relación; tras la recapitulación del juez, los jurados deliberaron apenas media hora antes de retornar con un veredicto de culpabilidad. Asegura la fuente que la condena capital se pronunció de inmediato.
Más de treinta años mediaban entre el delito imputado y el fallo. La versión de Charles circulaba por la comarca sin haber desembocado con anterioridad en una causa formal. Según el panfleto, un magistrado de Derbyshire vaciló ante la lejanía de los hechos y el peligro de deshonrar a una estirpe entera; el compilador no reproduce documento alguno que lo corrobore. Las diligencias pasaron luego a la jurisdicción de Nottinghamshire. William ingresó en prisión, impetró la libertad bajo fianza ante el Tribunal del Banco del Rey —la cual le fue denegada— y aguardó las assizes estivales.
Pronunciada la sentencia, varios vecinos suplicaron una prórroga a fin de que el reo dispusiera su ánimo ante la muerte. El juez otorgó primero una suspensión de un mes, seguida de nuevos aplazamientos. El panfleto asevera que William consumió dicho término en estériles demandas de clemencia y le afea no admitir su culpa. Semejantes admoniciones morales corresponden al editor anónimo, que trata al reo de consumado criminal e inscribe el suceso en una lección providencialista. Lo indiscutible en su propia relación reviste mayor sobriedad: la ejecución fue postergada y William murió en el cadalso el 11 de diciembre de 1759.
El caso quedó clausurado con una ejecución, sin que el lector contemporáneo pueda escuchar de viva voz a los dos hermanos ni examinar un legajo judicial oficial. La crónica yuxtapone una incriminación tardía, indicios concurrentes sobre el hallazgo del niño y una defensa empeñada en demoler el crédito y los móviles del acusador. Conserva asimismo una contradicción cronológica que su autor no se molesta en esclarecer. Es en esa grieta —entre un sendero desvelado treinta y cinco años más tarde, un silencio de familia y la sentencia impuesta en 1759— donde permanece la cuestión capital del proceso: no tanto el juicio moral que el impreso pretende dictar sobre William, cuanto los motivos por los que el jurado otorgó plena fe a la cadena de testimonios que desfiló ante sus ojos.
