Una pregunta inesperada atravesó el proceso de un pastor acusado de sedición: ¿qué opinaba de la victoria de Waterloo? Los testigos de la Corona fueron interrogados sobre este extremo, al igual que sobre las palabras atribuidas a Niel Douglas a propósito del rey, del príncipe regente, del Parlamento y de los tribunales. El Lord Justice-Clerk, sin embargo, desestimó la cuestión. Waterloo no figuraba en el acta de acusación. Aquel límite, fijado en plena audiencia, prefiguraba la dificultad intrínseca de la causa: no bastaba con retratar a un predicador político; era preciso probar las expresiones exactas que se le reprochaban.
El 26 de mayo de 1817, el Tribunal Supremo de Justicia de Edimburgo juzgó al reverendo Niel Douglas, predicador universalista en Glasgow. La crónica procesal, registrada taquigráficamente por John Dow y publicada ese mismo año, se abre con un extenso pliego de cargos. Este no se ceñía a un sermón fechado con certeza: se dirigía contra palabras que Douglas habría pronunciado en enero, febrero o marzo, señaladamente el 6 de marzo, en la sala de la Andersonian Institution, en la calle John de Glasgow. Se describía a las concurrencias como numerosas, compuestas sobre todo por gentes del pueblo; el marco religioso tornaba, a juicio del ministerio público, las expresiones todavía más graves.
El acta dividía las imputaciones en tres capítulos. Douglas habría asimilado al rey Jorge III con Nabucodonosor, afirmando que el soberano había sido expulsado de la sociedad de los hombres a causa de su infidelidad y su corrupción. Habría comparado al príncipe regente con Baltasar, acusándolo de no haber extraído lección alguna del destino de su padre, y lo habría calificado de pobre príncipe infatuado o devoto de Baco. Habría tildado asimismo a los Comunes de cuerpo corrompido, a sus miembros de ladrones y salteadores, y a los escaños parlamentarios de mercancías vendidas como bueyes. Por último, habría denunciado una justicia que condenaba a los súbditos sin testigos ni juicio. Eran estas las alegaciones del libelo acusatorio, no todavía las conclusiones de un jurado.
Al ser llamado por su nombre, Douglas respondió que no era culpable. Sus letrados no impugnaron de inmediato la pertinencia jurídica del acta; presentaron escritos de defensa negando que hubiese proferido tales expresiones o fórmula alguna de idéntico sentido. Ofrecieron demostrar que siempre se había expresado con reverencia hacia el soberano y el Parlamento, elogiado las leyes del reino y exhortado a sus oyentes a rehuir el tumulto. El debate no versaría, pues, únicamente sobre la libertad del púlpito, sino sobre la frontera entre las palabras imputadas, el sentido que dedujeron quienes las escucharon y el significado que el tribunal podía examinar con arreglo a derecho.
Antes de las declaraciones testificales, los magistrados declararon el acta lo bastante precisa para dar curso al juicio, reservando a Douglas el derecho de exponer los hechos que pudieran exculparlo o atenuar su falta. Habiéndose prolongado la sesión, el tribunal sopesó si procedía suspenderla. La Corona deseaba proseguir para evitar a los testigos un nuevo desplazamiento, y la defensa no solicitaba aplazamiento alguno. Pese a las reservas de ciertos jueces acerca del cansancio y de las restantes causas que aguardaban turno, la vista continuó. Vecinos de Glasgow, agentes municipales y varios asistentes a los sermones iban a comparecer ante el estrado.
El primer testigo, Alexander Gollan, que había servido como vigilante de patrulla, declaró haber escuchado a Douglas en una o dos ocasiones. Recordaba una analogía entre Jorge III y Nabucodonosor, entre el príncipe regente y Baltasar, y después una petición de reforma por la vía de memoriales. Su relato se detenía a menudo en el punto exacto en que convenía precisar los términos literales. Interrogado sobre los Comunes, no recordaba detalles; respecto a la suspensión del habeas corpus, solo acertaba a manifestar que Douglas manifestaba reparos al respecto. Describió al predicador como un orador impetuoso, a veces arduo de seguir, y admitió que ciertas frases se le escapaban. Ante la barra del tribunal, una convicción general no equivalía, por ende, a una cita cuyo alcance pudiera determinarse.
Otros testigos de la acusación aportaron recuerdos de fuerza desigual. James Waddell, cirujano, aludía a una impresión: creía recordar que Douglas había equiparado al príncipe regente con Baltasar, pero era incapaz de reconstruir los periodos oratorios. Un agente municipal comisionado a las reuniones recordaba varios temas, si bien se negó a precisar lo que ya no podía certificar. Matthew Lowson afirmó, por su parte, haber oído al orador calificar de corrupto al Parlamento. Alexander Taylor refirió comentarios sobre los escaños comprados y la reforma, pero olvidaba ciertas expresiones. Otro testigo, John Waddell, expuso que le pareció haber oído comparar al príncipe con un hombre más digno de la horca que del trono; no presentó estas palabras como una cita fidedigna. Apremiao por el tribunal, reconoció que el clamor de la sala y su llegada tardía bien pudieron mermar lo que alcanzó a percibir.
La Corona intentó vincular los sermones con reflexiones más generales, entre ellas Waterloo. La defensa objetó que un juicio sobre una batalla, aun siendo extravagante, no acreditaba ninguno de los cargos formulados. Lord Hermand y Lord Gillies recalcaron que el acta se articulaba en imputaciones taxativas: contra el rey, contra el regente, contra los Comunes y contra la administración de justicia. No cabía extender la prueba a cualquier dictamen que desagradara al fiscal. El Lord Justice-Clerk convino en que la pregunta carecía de pertinencia a la vista de la forma del pliego acusatorio. El propio proceso acababa de trazar una divisoria entre el examen de un delito concreto y el juicio moral a un individuo.
El tribunal estableció asimismo una norma para el curso de los interrogatorios. Cuando un testigo solo conservaba una impresión, los letrados no debían sugerirle de entrada los términos literales de la acusación para inquirirle si los había oído. Correspondía invitarlo primero a relatar lo que recordaba; las precisiones podían sobrevenir después. Aquella advertencia revistió notable trascendencia, pues la prueba no descansaba sobre un texto manuscrito del sermón, sino sobre memorias recabadas a posteriori. Los testigos se veían interrogados sobre asambleas en las que Douglas peroraba con premura, en ocasiones en un recinto ruidoso, al hilo de glosas consagradas a diversos capítulos bíblicos.
A continuación se dio lectura a las declaraciones prestadas por Douglas ante el sheriff de Glasgow en el mes de marzo. En ellas reconocía haber intercalado, en las lecciones sobre el libro de Daniel, consideraciones sobre los negocios públicos y haber censurado la suspensión del habeas corpus. Manifestaba haber trazado un paralelismo entre Gran Bretaña y la Babilonia mística, a semejanza de aquellos exégetas que descubrían en la Escritura algo distinto de Roma. Negaba, empero, diversas fórmulas del acta, en particular las que retrataban a los miembros de los Comunes como ladrones. Sostenía que la reforma debía recabarse mediante peticiones pacíficas y reprobaba la violencia; justificaba sus intervenciones políticas como un imperativo de conciencia al comentar el texto sagrado. Sus declaraciones distaban de ser una simple confesión: entreveraban admisiones, desmentidos y rectificaciones aportadas de una comparecencia a otra.
Los testigos de la defensa eran, en su mayoría, asistentes habituales al culto. Diversos feligreses refirieron sermones en los que Douglas oraba por el rey, imploraba su restablecimiento y encarecía la sumisión a las leyes. Negaron haberle oído tildar al regente de infatuado, equiparar a los diputados con salteadores o vindicar la violencia; lo describieron como partidario de una reforma constitucional articulada por peticiones y enemigo de los motines. Uno de ellos introdujo, no obstante, un matiz: recordaba que Douglas había aludido a artículos de prensa según los cuales se traficaba con escaños, sin poder precisar los pormenores. La defensa no aportaba un escrito que zanjara la contienda; oponía a unas impresiones otros recuerdos, a menudo más familiarizados con el timbre y la oratoria del predicador.
El Solicitor-General tomó la palabra tras concluir las testificales. Censuró con vehemencia la pretensión de que un eclesiástico debatiera las providencias gubernamentales desde el púlpito, y juzgó las comparaciones bíblicas imprudentes, cuando no sediciosas. Adujo que, si bien faltaba prueba sobre uno de los cargos, otros dos le parecían acreditados a tenor de los testimonios. Añadió enseguida, con todo, que no pediría al jurado que declarase a Douglas culpable de extremo alguno del pliego. Estimaba las declaraciones excesivamente vacilantes y los recuerdos harto desfigurados por el tiempo; instó a los jurados a sopesar si el veredicto debía ser de «no culpable» o simplemente de «no probado». Este repliegue no transmutaba su alegato en prueba: revelaba la distancia insalvable entre el juicio moral que le merecían los sermones y lo que en derecho consideraba factible exigir al tribunal del jurado.
Francis Jeffrey, en nombre de la defensa, reclamó la absolución pura y simple. Hizo hincapié en la incertidumbre de los testigos de la Corona y en su dificultad para entender a un predicador cuya voz, acento y celeridad desconcertaban a los extraños. Los fieles presentados por la defensa, arguyó, llevaban meses siguiendo sus enseñanzas y penetraban con mayor acierto sus alusiones. Recordó asimismo la intachable conducta del propio Douglas: cuando su hijo resultó condenado en una causa distinta, el pastor encomió públicamente la imparcialidad de los tribunales. La Corona, tras pintar a un hombre que arremetía contra la justicia, admitía por boca propia la ausencia de prueba sobre el tercer cargo relativo a su administración.
El Lord Justice-Clerk confió la deliberación a los jurados sin imponer la distinción sugerida por el ministerio público entre «no culpable» y «no probado». Tras breves minutos de deliberación, el jurado regresó con un pronunciamiento unánime: Not Guilty. El tribunal declaró a Douglas absuelto sin reservas y ordenó su puesta en libertad. El veredicto no convalidaba cada versión ofrecida sobre los sermones; significaba que el cargo de sedición no había quedado demostrado en su contra al término de aquella audiencia. El juez le dirigió, no obstante, una amonestación: aun libre de culpa legal, debía escoger sus pasajes de suerte que no propiciaran una lectura sediciosa. Douglas dio las gracias al tribunal y reiteró su lealtad al monarca y a la familia real. La sentencia puso término a la acusación, sin extinguir la controversia secular sobre el verdadero sentido de su palabra.
