En Tréfort y Varambon, el nombre de Frillet dominaba por igual actas, tierras y hombres. Procurador fiscal, comisionado de terriers y notario, podía intervenir en los asuntos de la gente humilde por múltiples vías; Champagnac afirma que se valió de tales cargos para enriquecerse mediante rapiñas y exacciones. El tejar de Joseph Vallet despertó su codicia. Para apoderarse de él, relata el cronista, Frillet ideó acusar a los Vallet de dos presuntos asesinatos: el de Dupleix, que una sentencia anterior había atribuido a una pleuresía, y el de Senos, quien reapareció con vida.
El primer nombre que pretendió vincular a la familia fue el de Antoine Dupleix. Diecinueve años antes, Joseph Vallet ya había sido injustamente acusado de su muerte. Resultó absuelto al haberse demostrado que Dupleix había fallecido a causa de una pleuresía. Aquel antiguo fallo no impidió a Frillet resucitar la acusación, mas requería asimismo un segundo difunto, una trama lo bastante oscura como para dar cabida a declaraciones falsas. No se trataba únicamente de lograr una sentencia contra los Vallet: era preciso borrar primero, mediante testigos sobornados, una prueba que ya los había librado. La primera causa mostraba, no obstante, el escaso valor de una imputación cuando el hecho material que pretende explicar obedece a otra causa. La pleuresía había restituido a Dupleix su verdad; el proceso pretendía ahora arrebatársela.
En 1722, el hijo mayor de Joseph Vallet había sido asaltado y despojado por los hermanos Pin y otro sujeto. La investigación no arrojó pruebas suficientes para condenarlos. Joseph Senos, campesino oculto tras un matorral durante el robo, manifestó luego en una taberna que habría perdido a los hermanos Pin de haber sido llamado a declarar. Uno de ellos, Antoine Pin, resolvió silenciarlo. Lo embriagó, le asestó un golpe en la cabeza con una podadera y le arrebató cuarenta escudos. Senos fingió estar muerto; Pin, creyéndolo sin vida, huyó a Dombes y se alistó en el regimiento de La Sarre.
La herida no fue mortal. Al recobrar el sentido, Senos vendó su llaga como pudo y permaneció dos días a solas en su casa. Luego desapareció, sin que se supiera adónde había ido. Aquella ausencia terminó de dar cuerpo al rumor: se creyó que había sido asesinado y se tuvo a Pin por autor del crimen. No había, sin embargo, cadáver alguno. La distancia entre una muerte presunta y una muerte certificada no tardaría en decidir la suerte de una familia entera.
Frillet aguardó seis meses, tiempo necesario, según Champagnac, para sobornar a los testigos. Presentó después una querella que atribuía a Joseph Vallet el homicidio de Senos: Vallet lo habría sepultado junto a la boca del horno de su tejar para arrojar luego sus despojos a las llamas. Los testigos corrompidos depusieron en tal sentido. Se decretó orden contra la familia; el padre, la madre y los dos hijos fueron detenidos, encerrados en el castillo de Pont-d'Ain y arrojados al calabozo, con grillos en pies y manos. Supieron únicamente durante el interrogatorio que se les imputaba el asesinato de Senos.
La querella reavivó asimismo el proceso de Dupleix. Frillet habría comprado al testigo que en su día exculpó a Vallet, induciéndolo a declarar en esta ocasión todo lo contrario. Antoine Pin, convertido en soldado, fue arrestado a su vez. También él, sostiene Champagnac, había sido captado por Frillet: cargó contra los Vallet por la muerte de Dupleix y osó culparlos de la de Senos. De este modo, el expediente reunía bajo una misma acusación dos muertes de naturaleza diversa: una constaba como fallecimiento por enfermedad; la otra carecía de cuerpo hallado, mientras que el hombre que lo había agredido lo creía difunto y se hallaba en fuga. En vez de esclarecer tales contradicciones, el juez de Pont-d'Ain, a quien el cronista retrata como afín a los intereses del procurador fiscal, condenó a los Vallet a la cuestión de tormento ordinaria y extraordinaria el 9 de mayo de 1727. Los padres y los hijos, recluidos entre hierros, solo supieron tardíamente del cargo que se les imputaba; la violencia de su cautiverio precedió, en el relato, incluso al instante en que pudieron responder al cargo.
El parlamento de Dijon ordenó que los Vallet y Pin fuesen interrogados por separado sobre el banquillo de los acusados. Pin, a quien los magistrados consideraban el más culpable, debía ser sometido además a tormento. Bajo la tortura, persistió en acusar a los Vallet. Mas al cesar el suplicio, algo se transformó en su ánimo. Hizo llamar al relator, se retractó de sus declaraciones y proclamó inocentes a los Vallet. Se confesó único culpable de lo que aún creía el asesinato de Senos. Aquel giro no resucitaba a un muerto: reconocía una agresión y una desaparición que los hechos, hasta entonces, habían confundido con un homicidio.
Al día siguiente, el parlamento condenó a Pin a expirar en la rueda. En su testamento de muerte, mantuvo su última confesión y reveló otros nombres. El carcelero, afirmó, lo había instigado sin cesar a culpar a los Vallet; Vaudan, según él, había recibido dinero de Frillet para prestar falso testimonio. Pin aseguró además que la detención de Vaudan sacaría a la luz muchas otras maniobras. Antes de sufrir el castigo, hizo pública reparación a los Vallet, falsamente incriminados; entregado después a manos de los verdugos, murió en la rueda.
Las revelaciones de Pin condujeron hasta Vaudan. Detenido este, se retractó a su vez de sus declaraciones y exculpó por entero a los Vallet. Fue condenado a la horca, previo tormento. Claude Maurice, otro testigo, acusó luego a Frillet de haberlo sobornado mediante ardides, promesas o amenazas. Maurice fue sentenciado a la horca. El mismo auto decretó la prisión de Frillet; en cuanto tuvo noticia de ello, huyó y halló refugio en Saboya.
Fue entonces cuando Senos reapareció en Bourg. Aquel a quien se daba por muerto vivía. Su retorno confirmaba la inocencia de los Vallet en la acusación urdida en su contra; la familia elevó una súplica para que Senos fuese interrogado. Frillet, refugiado en Saboya, instigó al hermano de Antoine Pin a solicitar del Consejo de Estado la rehabilitación de la memoria del ajusticiado. El Consejo avocó la causa, que concluyó remitiendo a Frillet ante el parlamento de Dijon; la orden fue ejecutada.
Frillet sufrió diversos interrogatorios y fue careado con numerosos testigos. El procedimiento acreditó, según la crónica, la falsificación de actas y autos judiciales, así como el soborno de una multitud de testigos por cuenta suya. Intentó aún justificarse. La sentencia definitiva del 7 de agosto de 1733 lo condenó a la horca, al pago de daños y perjuicios y a la confiscación de sus bienes. Dicha pena capital, sin embargo, no se ejecutó: el rey conmutó el suplicio por un destierro de diez años fuera de la provincia. Frillet hubo de satisfacer las indemnizaciones y murió en el camino, mientras marchaba a cumplir su condena.
Champagnac concluye censurando una clemencia que tacha de inmoral e inicua. Los falsos testigos sufrieron las penas más rigurosas, mientras que aquel a quien el cronista señala como instigador de sus crímenes eludió el patíbulo merced a un destierro. El codiciado tejar no fue más que el origen: había sido menester transformar una pleuresía en homicidio, a un hombre herido en cadáver, y el silencio de un desaparecido en prueba irrefutable. Senos regresó; la condena de Frillet, en cambio, fue mudada. En este pleito, la justicia desveló al fin la trama de las falsas acusaciones, mas la pena impuesta a su autor no fue la que el tribunal había sentenciado.
